jueves, 7 de marzo de 2013

Las aventuras de Chándalman: Capítulo 1

A ti, que me lees con paciencia:

Estoy bastante seguro, casi con la práctica totalidad de mis dudosas (pero firmes) convicciones de que alguna vez has conocido a un tío (o a alguien que lo haya sido) de ésos que van de machotes y picaflowers que hablan de las mujeres (o tías, hembras, jacas y demás cultismos) como si jugasen al parchís: se comen una y cuentan veinte. Formidables ejemplares que reivindican su derecho a vivir libres de ataduras sus años mozos pese a que muchos son de edades anteriores a que existiera la palabra “mozo”, allá por tiempos de Maricastaña, año arriba, año abajo. Seguro que se te viene a la mente algún ejemplo con su indumentaria ceremonial (chándal), aceporrado en su regio trono (el sofá o, peor, el tigre), blandiendo su cetro de mando (el de la tele) mientras busca, canal tras canal, en pos de algo que entretenga su ocupada mente y logre calar tan hondo en su conciencia como las entradas en su otrora copiosa cabellera. No sé por qué pero siento la necesidad de mandar un abrazo a mi padre…
Son los mismos que salen en rebaños que intentan dar aspecto de manada. Pobres, no se dan cuenta de que son la presa… eso lo hace más divert- quiero decir, “científicamente interesante”. Una vez superada la desternillante primera etapa del cortejo en la que él cree haber “pillado cacho”, comienza una fase aun más fascinante en la cual, por supuesto, jamás se dará cuenta de que en realidad él es el cacho (o cachito) que ha sido pillado. Tanto es así, que nuestro “Chandalman” tontorrón se nos enamora mientras cree que la enamorada es ella. Es como si un conejito aun vivo en las fauces de un lobo sonriese triunfante incapaz de ver que es la pieza y que esa “loba” solamente le está dando un paseo antes de comerse la poca “chicha” que pueda tener. Ése conejito, sin embargo, sufrirá menos.
Chandalman está enamorado. ¿Y ahora qué? Pues sí, has acertado, es hora de hacer unos cuantos cambios en la que antaño fuera una forma de ida dedicada a perseguir la perfección física (recordemos que la esfera es la forma geométrica más armónica) y la consecución de muchos y variados objetivos intelectuales (prometo que algún día lograré decirlo sin reírme). Estos cambios se dan desde dentro, a nivel molecular, y cabe destacar algunos como:

1.- La higiene personal: diversos aminoácidos en conjunción con la creencia religiosa en que estando más limpitos triunfan antes, provocan cambios en el sistema endocrino (que no saben para qué está ahí, pero oiga, será por algo). Estas alteraciones incluyen un incremento de la frecuencia de las duchas (ya no es cada miércoles), adopción del sistema perfumétrico para contrarrestar lo que los científicos denominan “oler a chotuno”, reconciliación paulatina con su gillette y el desarrollo de un inusitado dominio del peine.

2.- Comportamiento: suprimen conductas que les son inherentes en pos de un bien mayor (su entrepierna es su mayor bien) y manifiestan delicadezas dignas de un lord inglés talas como no rascarse (tanto) el paquete (ardua tarea, dicho sea de paso), hablar con educación (esto requiere MUCHA atención), abandonar la búsqueda y colección de mocos debajo de la mesa, usar ropa interior (¡a veces incluso limpia!), e incluso los hay que han llegado a renunciar a prácticas sumamente placenteras que les llenan de orgullo y satisfacción, como oler sus propios pedos debajo de las sábanas. ¡Eso es fuerza de voluntad, damas y caballeros!

3.- Cambios psico-ilógicos: estos son más complejos. Vienen determinados por un incremento de azúcar en los ganglios encefálicos, causando un estado conocido como “acaramelado” o “pasteloso” que provoca no poca repulsión hacia quienes lo ven desde fuera. Su principal síntoma externo es una alteración estructural que provoca una secreción de babas que, seamos claros, no puede ser sana. A nivel interno observamos dolencias como la aparición de un repentino gusto por la poesía (la de verdad, no la de las tascas), aumento de una caballerosidad que roza lo esperpéntico (por falta de costumbre), uso de palabras estrambóticas y rimbombantes (como ésas dos) y, más pronto que tarde, abandono del chándal. (¡NOOOOOOO!)

Con este esbozo vemos cómo Chandalman cuelga su uniforme y se convierte en… lo que sea. Si se equivoca, ella le abandonará a su suerte. Si lo hace bien, probablemente también. En cualquier caso, nuestro querido botarate habrá aprendido (o no) lo suficiente como para sobrevivir un día más. Se enfundará su ceñido chándal XXL y volverá a su Trono Mullido a la espera de su próxima “presa”… o de otra cerveza, según tenga el día.
¡Animo Chandalman!

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