sábado, 26 de octubre de 2013

Idiotez sobrehumana

Idiota: del griego ἰδιώτης (idiōtēs) Empezó usándose para un ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos. En latín, la palabra idiota (una persona normal y corriente) precedió al término del latín tardío que significa «persona sin educación» o «ignorante».

Habiendo aclarado este punto, a mi parecer básico, me dispongo a decir a la cara a un par de personas otras tantas cosas. Y es que así es, amig@s, hoy he recibido críticas bastante desconsideradas por mi anterior entrada en la que no pretendía ofender a nadie pese a la brusquedad de mis palabras, pero como parece que hay mucha necesidad de sentirse atacad@ y tener algo con que cargar contra quien expresa su opinión de una forma algo distópica, hoy paso de sutilezas esperando que esas mismas personas lean estas palabras sin tapujos de ningún tipo. Pero sobre todo, aviso que NO estoy disculpándome porque no dije nada que no fuese plenamente subjetivo, una opinión sin malas intenciones y que las verdaderas malas palabras vienen ahora por culpa de un par de tarad@s que se creen el centro de mi vida cuando no son más que una insignificante mota de polvo y que se creen el sol.
Para comenzar, hablé de la idiotez de algunos miembros del mundo de la biología que podrían criticar mi teoría sobre el carácter hereditario de la estupidez y las malas decisiones. Pues bien, así ha sido y por eso esta vez te lo digo directamente a ti, FRAN, el gran Fran, don Francisco, Paquito, como tanto te disgusta que te llamen: como dije, era solamente una METÁFORA, una idea peregrina y espera, imbécil, que aquí viene lo mejor... estaba hablando de la estupidez y las malas decisiones de MI padre y que tenía la impresión de haber "heredado" YO. En ningún momento he hecho alusión alguna a que tú hayas heredado algo así porque, primero, no conozco a tu familia y, segundo, creo que el ser todo un botarate, bodoque o sencillamente UN GILIPOLLAS, te lo has ganado tú solito, por tus propios méritos. Lo último que te diré es que, si tanto te molesta, el lunes cuando nos veamos me pides cuentas porque te lo diré igual que te lo escribo y, ya que es mi espacio para escribir, puedo decirte que mi teoría es que tú has empezado una línea evolutiva paralela en la cual, el cromosoma que te sobra, contiene información genética que te condiciona irremediablemente a la mediocridad y que si estás en esa carrera, no es porque valgas, si no porque "poderoso caballero es, sin duda, don Dinero". IMBÉCIL.
En segundo lugar, las leves divagaciones que dejé entrever sobre el mundo de la literatura han despertado la antipatía de una que yo me sé y cuyos mensajes no dejan mucho a la imaginación. Así que, Cristina, te diré solamente que si piensas ponerme de vuelta y media cuando tú eres la primera que suspende literatura en una filología, mi respuesta es simple: dedícate a leer un poco más (si es que aún recuerdas cómo funciona eso) y pasa menos tiempo pintándote como una puerta porque si esa es tu idea del buen gusto, comprendo perfectamente que no tengas ni idea de lo que dices y sobre todo, deja de criticarme cuando tú, estando en mi misma carrera, presumes de vete tú a saber qué cuando tu inglés lo habla un loro afónico (y con una voz menos irritante, dicho sea de paso).
Por último y ya lo más gracioso es el hecho de que venga a pedirme explicaciones sobre lo de la familia que perdí una ex-novia de la que no sabía nada desde hacía no sé si 6 ó 7 años y que me hace pensar que perderla de vista fue algo más que positivo. No diré tu nombre pero sabes que te hablo a ti, rubita, del mismo modo que no tienes ni idea de lo que me reprochas así que mejor cierra la bocachancla y sigue haciendo de florero porque es lo que me demuestras que has llegado a ser en la vida. Me alegro de que no quieras verme ahora porque yo soy incapaz de conservar siquiera un buen recuerdo tuyo salvo del momento en que mi vida empezó a avanzar sin ti. Y me alegro porque así demuestras que fuiste una imbécil haciendo las cosas así y lo sigues siendo al creerte que yo iba a disculparme si te ofendían mis palabras.

Acabo por hoy con este derroche de cariño y mala leche diciendo que si quiero decir que una persona es absurda, lo diré, porque tengo derecho a opinar así. Del mismo modo, quiero dejar claro que NO TENGO NADA EN CONTRA DE BIÓLOGOS, FILÓLOGOS NI NINGÚN COLECTIVO ACADÉMICO. Como en todas partes, hay de todo y hay gente de ciencias que son un encanto y otros que son un desperdicio humano, al igual que hay filólog@s que merecen la pena y otr@s que mejor harían en dedicarse a plantar hamburguesas, incluso puede que exista algún abogado decente y todo...
En fin, creo haberlo dejado todo claro y si alguien tiene alguna duda, es libre de preguntar pero también os digo, tanto a los que he mencionado aquí como a cualquier otra persona que tuviera en mente rajar sobre lo que no saben, que si tengo algo que decir, a quien sea, lo diré directamente y que quienes no mantenga una conversación conmigo al menos una vez por semana, no os considero parte de mi vida y por lo tanto, no desperdicio ni un minuto en escribir sobre vosotr@s ni me molesto en saber nada sobre vosotr@s porque, como he dicho, NO ESTÁIS EN MI VIDA.
Ahora criticad lo que queráis, pero tened narices y hacedlo a la cara.

viernes, 25 de octubre de 2013

Hemingway y el ADN

Antes de nada, quiero aclarar que no es mi intención hablar de literatura ni de genética en términos habituales ni, por lo tanto, basados en nada más que en impresiones. Aclaro esto porque aunque no suelo recibir comentarios, tampoco quiero que luego se critiquen mis alusiones al mundo literario ni venga alguien del entorno de la biología a ponerse imbécil por haber dicho algo sin sentido.
Sentadas estas bases, comenzaré hablando del motivo por el que he elegido este título. Tiene apenas dos meses y se llama Ernest. Mar y yo le encontramos una noche que salíamos a tomar un helado. Estaba en mitad de la carretera y pasó un coche que creímos que le habría atropellado. No fue así, pero se acercaba otro, más rápido que el anterior y había un 99,9% de posibilidades de que ese otro sí le arrollase. Lo pienso ahora y, valga la redundancia, no lo pensé mucho y salí derecho a por él. Ahí, en mitad de la carretera, estábamos los dos, un gatito asustado y yo inconsciente de que me podían atropellar a mi también y que solamente quería apartarlo del peligro… no se me ocurrió nada mejor que cogerlo en brazos y a día de hoy ese pequeñazo está, mientras escribo esto, acurrucado junto a ella en nuestra cama, posiblemente durmiendo sobre su cabeza o hecho un ovillo en su cuello para no perder su hábito de bufanda. Su nombre es un homenaje a Ernest Collin Hemingway pero ya no tanto por su obra si no más bien por su máxima vital. Hemingway valoraba, por encima de todo, la credibilidad aunque a él le gustaba más utilizar la palabra “veraz”, le gustaba cómo sonaba, una forma contundente de evocar la verdad… y desde hace un tiempo, como muchas personas ya sabrán, la verdad es para mi algo indispensable. Aviso también de que si alguien se va a poner gilipollas diciendo que yo era o yo hacía o yo decía, puede y debe plantearse seriamente irse a tomar por culo porque sé perfectamente cómo era, cómo hablaba y cómo actuaba tiempo atrás y, siendo veraz, como mi apreciado autor, si alguien es lo bastante vulgar como para seguir viéndome como era y no como soy ahora, es más que probable que ni siquiera entienda lo que estoy escribiendo y debería dedicar su tiempo a menesteres más adecuados a su escasa amplitud de miras. Y es que, si algo aprendí de Hemingway es que ser sincero no siempre va de la mano con los buenos modales ni está necesariamente reñido con decir a esta persona o a aquella, con total sinceridad, que son unos cantamañanas.
Sí, lo reconozco y no me enorgullece admitir que mentía mucho, tanto que hasta a mi me sorprende a día de hoy. Mentí a mi familia, a mis amigos, a mis (por entonces) parejas y sobre todo, a mí mismo creyéndome lo bastante buen mentiroso como para salir airoso de mis embustes. Perdí mucho y a muchas personas pero aprendí mucho sobre los demás y sobre mi mismo. A día de hoy, y aunque es poco en comparación con lo que otrora hiciere, hablo solamente con la voz de la verdad y no guardo secreto alguno. Por eso puedo decir que, quien quiere, me conoce, quien no me conoce y prefiere quedarse con la versión antigua y corrupta de mi persona, es su decisión pero me parece una soberana muestra de retraso mental puesto que es una persona que prefiere anclarse en un pasado negativo en vez de plantearse la posibilidad de un presente positivo. Es cosa de cada cual, pero imbéciles hay en todas partes y eso me sirve para identificarlos mejor y saber con quién no debo perder mi tiempo.
Por otro lado, esta sinceridad me viene de haber recibido suficientes golpes de mis errores y, qué curioso, después de cometerlos tuve una peculiar conversación sobre errores vitales con una persona con la que jamás creí que hablaría de estos temas: mi padre. Lo que me sorprendió no fue que él, de joven, cometiese errores si no el hecho de que los que él me relató tenían un pasmoso reflejo en los míos propios. Ni siquiera le había hablado de mis tropelías y ahí estaba él, hablándome de cómo él, de joven, hizo esto o aquello para conseguir tal o cual. Fue entonces como, si de una teoría Lamarck se tratase, me planteé la posibilidad de que hubiese errores con consecuencias capaces de dejar marcas tan profundas como para, de algún modo, filtrarse hasta nuestro ADN y convertirse en una suerte de herencia genética que nuestros descendientes estén condenados a recibir y repetir. Como dije al principio, esta observación no es más que una metáfora de cuán curiosa es la vida y cómo, sin saberlo, recibimos en ocasiones algo más que las características de los genes dominantes y las lecciones de la educación. La lección que aprendí fue dura al ver reflejadas en mi padre las consecuencias de sus actos y me di cuenta de que, de no haber dado un giro a mi vida, habría seguido por el mismo camino de mentiras y probablemente mi porvenir no habría sido más que un eco de un pasado que se habría repetido y me habría llevado a ser alguien que no quiero ser.
Por todo esto, con todo mi cariño, cuido de mi pequeño Ernest, al que no considero una mascota si no un amigo, un pequeño aprendiz al que intento instruir en el arte del Ninja (y debo reconocer que se le da muy bien atacar por sorpresa y esconder cadáveres), casi un hijo. Un hijo al que he dado un nombre que, para mi, significa ser sincero y por eso le enseño la verdad de las cosas junto a Mar, que le quiere como una madre y que me ayuda, día a día, a ser mejor persona y a superarme cuando creo que estoy estancado o cuando directamente lo estoy. Cometió mi padre, en una ocasión, el error de abandonar a su familia y como si fuese un rasgo ineludible garbado a fuego en mi genoma, yo hice lo mismo. Él la recuperó, yo tuve que hundirme hasta el fondo para, poco a poco, empezar de cero. Formé una nueva familia, una nueva vida y volví a ser la persona que el dolor y la rabia hicieron que dejase de ser y que nunca debí haber evitado mostrar.
Tengo presente lo que fui para así no caer en el mismo error, pero tengo aún más presente que ya no soy así y por tanto, si lees esto y me conoces sabrás que soy veraz y si no me conoces, puedes hacer la prueba y conocer al verdadero yo. Pero si conociste al antiguo yo y lo que prefieres es estancarte en la idea de que sigo siendo así, permíteme decirte, con toda mi honradez, que tienes una predisposición genética a la idiotez y la mediocridad y que posiblemente deberías invertir tu tiempo en encontrar el cromosoma que te falta para, de paso, no hacerme perder a mi un tiempo que puedo aprovechar en cuidar de quienes me importan y entre los que demuestras que no estás.

Shallom a quien me lea con el corazón y una “hostia bien dá” a quien solamente busca cotillear y criticar a las espaldas.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sayeth my name

Empezamos jodidos. Bueno, más bien tú.
Te despiertas como cualquier otro día, o eso parecería si no fuera porque, sin saber por qué, en cuanto terminas de bostezar se te viene mi nombre a la cabeza. El motivo, como he dicho, desconocido, pero así sin más cierras la boca para no pronunciarlo, pero lo tienes ahí, atragantado y no sabes ni por qué. Haces un pequeño repaso y ni siquiera has soñado conmigo ni con nada remotamente cercano a mi persona, pero ahí está mi nombre. Está ahí mientras vas al baño y te miras al espejo, mientras desayunas, mientras te vistes, mientras terminas de arreglarte. Sin darte cuenta, mueves tu lengua en silencio como pronunciando la primera letra para intentar quitarte ese “mono” sin abrir en ningún momento la boca para evitar que se te escape, no quieres que se oiga lo que ni siquiera tú quieres oír.
Te preguntas qué coño pasa y empiezas a enfadarte. No tiene ningún sentido, tú ya no piensas en mi y sin embargo ahí estás, sintiéndote gilipollas por culpa de una consonante que invade tus labios desde el interior y un nombre que evoca un sonido que o quieres escuchar. Lo peor es que eres tan idiota que aún sabiéndolo, intentas no pensarlo a base de decirte una y otra vez que no lo pienses. ¡Bendita estupidez la tuya!
Ahora dime, ¿hasta qué punto te jode? No debe de ser poco porque mírate, llevas una cara larga y tu mirada denota que tu día ha empezado jodido, como dije al principio. Ni siquiera llevas una hora despierta y se te hace eterna y te das cuenta de que, de seguir así, el día será un suplicio. Pues, ¿sabes? Vas a seguir así. El día de hoy parecerá no tener fin y cada palabra que oigas te sonará hueca, incomprensible. Tanto como el hecho de que tengas mi nombre rondando por esa puta cabecita tuya que te deja cada día más claro que no funciona como debería, que algo falla, que algo falta. ¿Un tornillo? Llámalo como te dé la real gana, pero lo que está claro es que tu vida está coja y eso, tarde o temprano, pasa factura y leer una factura no es precisamente como leer un poema o un buen libro. Se hace tedioso, eterno, lo aborreces y las palabras se arrastran ante tus ojos como mi nombre por tu mente, despacio, sin prisa, sin pausa y, sobre todo, sin intención de marcharse hasta haber cumplido su misión. ¿Que cuál es? Tú sabrás, hablamos de tu cerebro, de tu monólogo interno, de ese soliloquio que narra tus pensamientos, o al menos eso hacía hasta que esta mañana te has despertado con un cable cruzado y todo se ha ido a la mierda... tú te has ido a la mierda.
Transcurre un año y te das cuenta de que ni siquiera ha terminado el día, el puto día de hoy. Vuelves a casa con menos fuerzas que nunca y decides darte una ducha para despejarte. Pero no cuela. Cada gota de agua que resbala por tu piel te ensordece al arrastrar, milímetro a milímetro, esa maldita consonante por todo tu cuerpo, como si fuese un caracol dejando un asqueroso rastro a su paso, un rastro pegajoso que te recorre de pies a cabeza y que no te puedes quitar de encima. Gota a gota, palmo a palmo, casi no puedes ni respirar y sigues cerrando la boquita para que no se te escape y te ahogas un poco más. Das por terminada la que posiblemente haya sido la ducha que más te ha ensuciado en tu vida y te envuelves con una toalla en un vano intento de secarte todas esas consonantes que aún tienes pegadas a la piel. Te miras al espejo y casi esperas ver mi cara para maldecirme pero no, solamente estás tú, con los ojos cansados y los labios apretados intentando controlar esa despreciable palabra que no te atreves a vomitar.
Vuelves a tu habitación y ni siquiera cenas, tienes el estómago revuelto y el pulso te da por saco acelerándose sin motivo aparente. Sientes mareos, angustia y un desasosiego que no sabes describir. Y mejor que ni lo intentes porque, si hablas, lo primero que se te escapará será un nombre que no quieres ni que exista. Si escribes, más de lo mismo. Te pasa como a Tolstoi cuando su hermano le dijo que se quedase en aquél rincón hasta que dejase de pensar en un oso blanco... salvo que tú no eres Tolstoi, tu hermano no te ha dicho nada y yo soy el oso blanco en que no dejas de pensar.
Te fallan las fuerzas pero intentas no dormir por el acojone de soñar conmigo después del día de mierda que llevas con mi nombre en la sesera. Vete tú a saber qué mierdas puede proyectar tu subconsciente si, en plena vigilia, te ha estado puteando de esa manera. Es un fastidio pero ya no puedes con tus párpados y se apodera de ti una mezcla de cansancio y miedo que no te deja en paz pero, admítelo, lo que más te avergüenza es que en el fondo tienes una curiosidad casi tan grande como ese absurdo orgullo tuyo. Quizá incluso mayor... pero tienes que mantener esa fachada que, sin embargo, se cae a pedazos por mucho que te empeñes en intentar cubrirla con apariencias que no te tragas ni tú.
Y hablando de tragar, acabas de joderte la garganta un poco más al tragarte ese nudo que se te ha formado porque sí, has oído una voz y no es la tuya. Demasiado familiar para no reconocerla, demasiado nítida para ser un recuerdo. ¿Acojona, verdad? Relájate un momento y escucha. Es mi voz y la escuchas perfectamente y solamente pronuncia tres palabras para decirte, como si de Walter White se tratase, “Di mi nombre”. Venga, aguanta, no hagas ni puto caso... pero espera,empiezan a fallarte también las fuerzas que te mantenían en silencio, las que creías que impedían que tu cordura se desvaneciese y sin darte cuenta, abres un poco la boca, separas los labios lo justo para que se escape un sonido leve, casi imperceptible, como el ronroneo de un gato a punto de dormirse. Y lo dices. En un susurro, apenas una facción de segundo, casi ni tú lo has oído y sin embargo resuena por las paredes como un eco atronador y silencioso. Te encuentras ahora en paz, en tu cabeza se forman frases con ese nombre que no querías pronunciar y asaz sorprendente es el hecho de que, en contra de lo que pensabas al levantarte, te invade una sensación agradable, largo tiempo olvidada o, mejor dicho, soterrada. No sabes el motivo mas intuyes, empero, que esta noche dormirás de una forma distinta. Ni mejor, ni peor, sencillamente diferente a lo que te has habituado. No sabes lo que te espera pero te sorprendes sonriendo en la oscuridad con ese nombre, mi nombre, en tus labios dejándote un sabor dulce. Cierras los ojos y ves los míos. El día acaba, en teoría, jodido. Soy el oso blanco.

Y tú, caes.

lunes, 7 de octubre de 2013

Howl of Hróðvitnir



Such a cold winter day
while the afternoon fades away
I try to find you, the silent prey.

Say my name just once
and I'll reach to you in a glance
and we shall fight this lovely dance.

I'm deligthed with your scream
your open eyes, like in my dream
your blood in my lips, as I esteem.

Shall I chase your lovely bones
'till my life and yours are gone
and the masquerade's undone.

martes, 1 de octubre de 2013

Forbidden dreaming

De nuevo, para no variar, estoy despierto mientras la mayor parte de la gente del hemisferio acariciado por la suave luna duerme, descansa, sueña. Unos pocos trasnochamos, sí, y cada cual tiene sus motivos, algunos más lógicos, otros más absurdos e incluso los hay que, simplemente, velan de noche y duermen de día. En cuanto a mi... no tengo ni idea.
Tal vez sea eso, que estoy loco y aun no me doy cuenta
y mi cabeza no quiere que sueñe con algo mejor... contigo.
Me sucede desde hace unos años que, en ciertas ocasiones, me desvelo. Como consecuencia, paso la noche danzando de un lado a otro buscando en qué ocupar mi mente y mi tiempo a la espera de que el sueño me sobrevenga. Algunos días llega antes, otros después pero hay noches en que sencillamente se olvida de que existo y he aquí que me quedo sentado frente a un libro, una pantalla o un folio en blanco y lanzo miradas a la ventana más cercana y veo cómo, poco a poco, el negro de la noche se vuelve de un azul cada vez más claro hasta que despunta el alba. Cuando esto sucede, procuro suprimir mi presencia, evitar que quienes duermen bajo el mismo techo que yo sean molestados por mis circunstancias. Procuro no hacer ruido, no moverme demasiado para que mis pasos no despierten a los de sueño ligero, intento prever lo que puedo necesitar para hacer acopio en un solo viaje subrepticio para no tener que recurrir a abrir y cerrar puertas si no es estrictamente necesario. Esta noche por ejemplo, escribo con una botella de té con sabor a melocotón y un cigarro como únicas provisiones mientras una música suena lo suficientemente baja como para que incluso a mi me cueste oírla, no quiero despertar a nadie.
Y es que, cuando me pasa esto y alguien, por el motivo que sea, me “descubre” suele haber un enfado por parte de esa persona... pero supongo que es comprensible. Mi princesa duerme en la habitación de enfrente, sus padres en la que tengo a mis espaldas, cualquier descuido, un chirrido de una bisagra, una visita al cuarto de baño, cualquier cosa puede despertarles y necesitan descansar. Cuando, empero, soy visto en estas circunstancias, se me suele acusar sin acusación de haberlo elegido, de trasnochar por tal o cual razón y se me alecciona una y otra vez sobre las no poco negativas consecuencias mientras en sus rostros aparece una mezcla de varias sensaciones: enfado, preocupación, cansancio, culpa... pero por encima, prima el desconcierto de no saber por qué lo hago.
He ahí el punto de la discordia, pues no es esta mi elección y nadie me cree cuando digo que nada me gustaría más que llevar un horario normal... una vida normal. Me encuentro lejos de todo y de todos, pero sobre todo lejos de mi mismo. No puedo estudiar y mi búsqueda de empleo sigue sin dar frutos y, por tanto, mi vida es un cúmulo de tiempo libre, demasiado libre. Tanto es así, que mi cabeza no para de urdir ideas, planes, proyectos con los que intentar saciar mis acuciantes inquietudes intelectuales, mi hambre por saber, por conocer, por ampliar lo que sé de este mundo y quizá forjar alguno nuevo... pero sobre todo, esta máquina de movimiento perpetuo que es mi cabeza trabaja en busca de algo que apacigüe esta desazón que me invade al sentirme un inútil. Como he dicho antes, este curso no habrá estudios para mi y mientras no encuentre trabajo, no puedo evitar sentirme así, inútil, estancado y atrapado en una estasis física y mental, como si tan solo pudiera sentarme a contemplar cómo pasan los días mientras espero a que alguna de las semillas que he plantado germine. Si bien debo agradecer a mi chica el tiempo que pasamos juntos y todo lo que compartimos día a día, no puedo evitar pensar que aporto más bien poco a una relación que, en principio, fuese simbiótica... en pocas palabras, siento que recibo más de lo que puedo ofrecer. Ya no solamente a ella, pues su familia también está pendiente de mi, hasta Shara, su gatita, me hace compañía y “me habla” cuando salgo a la terraza o, simplemente, la encuentro dormitando en la silla en la que poco antes estuviese sentado.
Supongo que, ahora que leo mis propias palabras, me doy cuenta de que no duermo porque de noche pienso mejor y busco la forma de salir de este atasco vital en que me encuentro por todos los medios que tengo a mi alcance. Lo peor es que no soy capaz de explicar esto cuando alguien me pregunta por qué sigo despierto a estas horas. Lo absurdo, porque es absurdo, es que yo mismo descubro la explicación tras escribir sobre algo de lo que no tengo la más remota idea.

Lo triste es que, al parecer, pese a la explicación, no se entiende. Y mientras le doy vueltas, me doy cuenta de que daría lo que fuera porque, cuando leyeses esto, apareciese un mensaje tuyo diciendo que, al menos, lo has leído. No ya que lo aceptas porque no tienes por qué, pues es un problema que tengo que resolver, pero al menos que lo comprendes. Daría lo que fuese porque alguien lo entendiese... porque tú lo entendieses y me dijeses que no me odias por ser incapaz, por ahora, de hacer algo mejor que escribir estas tonterías en las que nadie se fija lo suficiente como para ver que te estoy llamando y que, a veces, quisiera sencillamente pasar la noche hablando de todo y de nada, haciendo esto o aquello o simplemente caminar divagando bajo este manto de estrellas y nubarrones de rebordes plateados que en breve se irán difuminando en un azul que despunta junto a un brillo dorado que ya no recuerdo y que, aun así, echo de menos.