
La puerta estaba entreabierta,
Caída de ningún sitio
Sus raíces clavadas en la tierra sobre la que se alzaba
Tambaleándose firmemente mientras la luz
Incapaz de arrojar ya sombras
Era tragada
Lentamente
Y la puerta,
La puerta sin pomo,
Sin goznes que la sostuviesen,
Sin lugar al que conducir,
Permanecía allí.
Al borde del espejo roto
Una nota disonante
Reverbera y
Despacio,
Se abre paso a cuchilladas
Desgarrando el mismo cielo
A la par que las paredes,
Las columnas y dinteles
Y cuanto pudiese soportar peso alguno,
Se derrite en un caudal
De líquido mármol de escarlata
Y se funde con un ritmo vivo
Con mi pulso,
Clavándose en mis venas
Enfriándome por dentro
Sintiéndome morir,
Devolviéndome a la vida.
Y desperté.
Sonreía.