martes, 28 de mayo de 2013

Silent screaming


Tercera estrofa de un poema que no quiero escribir y cuyos versos no son si no días que me son arrebatados, días que se escapan por la ventana mientras sigo anclado a esta cama que amenaza con pasar a ser parte de mi. De nuevo mi nombre desaparece en favor de un número, el 119. Tal vez acabe por sucumbir a la locura de marcar mi piel con este número tan lleno y a la vez vacío de significado que casi empieza a obsesionarme.
Cada nueva visita es una nueva sorpresa, nueva situación y nueva excusa para reírme de esta parodia de vida que llevo viviendo desde hace un tiempo. Tanto es así que las venas ya no pueden con más porquería y cada poco tienen que perforar un sitio nuevo porque se cierran y escupen la medicación que cae por mis brazos como lágrimas de color beige por la mezcla de sangre rezagada y antibióticos que pretenden correr demasiado. Libre un punto y presa ahora mi muñeca, escribir cuesta más y cada tecla que pulso tira de mis tendones arañando ese trozo de plástico que dicen que necesito.
Como novedad principal, un vaticinio según el cual habrán de perforarme el vientre, ya no solamente abrirlo cuando la operación, que se retrasa por el momento, si no atravesarlo con una aguja aun mayor. Quizá logre esta vez que me dejen inconsciente, quizá quieran oírme gritar de nuevo... y yo me pregunto, si es así, ¿Por que no vienen a verme en sueños? Porque es en sueños cuando grito, en esos sueños en los que oigo un eco de una voz que ya no me habla, es en sueños cuando intento escapar y entonces me muevo y el cable tira de la aguja, la aguja de mis venas y aunque no sale sangre, el dolor me trae de vuelta y me recuerda que solamente era un sueño. Que tal vez tú fueses solamente un sueño.
No, tuvo que ser real porque jamás mi mente me regalaría algo así. No, tuvo que ser real.
Y vuelvo a la realidad, vuelvo a mi mano dolorida, vuelvo a mi cárcel de color salmón, a mi cama con ruedas de la que penden botellas de venenos curativos, al silencio, a la ventana desde la que sólo veo una fachada marrón y persianas a medio abrir, al sofá azul, vuelvo al pasillo deprimente salpicado por puertas tras las que se guardan historias que no conozco, que no me importan, que no hacen más que recordarme que este es un lugar de paso al que se viene solamente para salir, vivo o muerto, tras no poco sufrimiento. Vuelvo al frío que me corre bajo la piel y a pensar en que mi nombre ya no dice quién soy. Vuelvo y me doy cuenta de que aquí solamente soy un número, una habitación, un expediente y me pregunto qué soy para ti cuando estoy aquí, qué soy para ella, para los demás y para mí mismo... y solamente sé que aquí y ahora soy 119 y una extraña sensación me recorre mientras añoro una voz que nunca llega y espero que me digan cuándo me han de atravesar el vientre porque aunque quiera irme ya no puedo. Nadie espera a este número y yo... yo sólo puedo esperar.

viernes, 24 de mayo de 2013

Hasta...

Prisas, gritos, histeria y por mi parte
No sé hasta cuándo... o si habrá un cuándo.
somnolencia, desconcierto... soledad.

Idas y venidas, se avecinan cambios
se cierne sobre mi la silueta de una aguja
y mis venas tiemblan de nuevo,
mi sangre se congela y ya no corre,
los ojos se me secan.

Se acaba el tiempo, mi tiempo
y ya no veo oro en mi vida
esos ojos se han cerrado
y solo puedo
recordarlos y quizá seguir amando
pero no, ya no contemplarlos.

Una promesa surge
y una voz suave me acompaña
un profundo océano dice mi nombre
y busca coger mi mano.
Tal vez sea hora de partir
de dejarme engullir
por un mar de tranquilidad
y cerrar al fin los ojos.

Tal vez aquí
o puede que allí
no importa.
Cuando pase
sé que sólo pensaré en ti.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Ocean tears


...y encontrar de nuevo un trocito de cielo en la tierra
A la altura de mis ojos adormilados
Y recuperar por un momento
Y así recibí un trocito de cielo, una nube para mi.
Gracias.
El impulso de seguir despierto pues,
Para cerrarlos siempre hay tiempo.

Una luz tenue, música de jazz
Un sofá mullido, páginas decorando una mesa
De madera oscura y firme
Y unos ojos atentos que ahora leen
Atentos a cada letra que otrora perfilé.

Silencio, la sonrisa se le fue
Y ahora mira hacia otro lado
Pero veo lo que ha pasado
Y una lágrima ha asomado
Y esos ojos no me ven.

Tiemblan esas manos
La voz se le ahoga
Y me mira interrogante
Sin saber bien qué decir
Y pregunta, llora.

Y esas lágrimas que brillan
Las provocan las palabras
Que pasaron de soslayo
Ante para quien fueron escritas
Y llevóselas el viento.

Y el nudo de su garganta
Atenaza aun más su voz
No consigo ya calmarla
Y la abrazo, ¿qué se yo?
No quiero hacer más daño

Habla por fin y me pregunta
Si ella nunca lo leyó
“Lo hizo” le digo yo
Pero tal vez no como haces
Como tú, con corazón.

Ojos de Mar



Noche, que te ciernes
Sobre el mundo con tu capa
De estrellas titilantes y
Una luna, pálida perla,
Que flota en un infinito negro
Y brilla celosa intentando
Que garabatee unos versos
En su nombre pero
Esta noche solo tengo ojos
Para unos ojos
Ojos de mar
Ojos profundos.

Noche que cae y apaga luces
No logras apagar sin embargo
La inquietud por los zafiros
Que contemplo en la distancia
Mientras vuelan las palabras
Y las almas cantan, bailan, charlan
Ni logras evitar que piense
Que hay de mi algo en ella
De ella, algo en mí
Ni que aparte la mirada
De esos ojos
Ojos de mar
Ojos profundos.

Ojos de mar que asomáis
A un mundo ignoto y maravilloso
No os apartéis de mí, seguid brillando
Seguid cantando, soñando
Como yo ahora os sueño en vela
Ojos salvajes, indómitos, tiernos
Ojos cálidos, ingenuos y expertos
Ojos de un mar que me ha atrapado
En cuyas aguas puedo al fin respirar
Ojos profundos a plena vista ocultando
Furia, paz, nerviosismo e inquietud
Ansias de saber y ser sabidos
Ojos de mar que esta noche
Miráis mis ojos.

Nunca os cerréis.

Sometimes, lonely boy...


A veces, solamente a veces
Pienso, no, siento, no, sé
Que un día llegará
Que un día llegarás
Y la voz que antaño decía
Mi nombre entre pétalos
Y besos
Volará de nuevo a mi corazón.

Es a veces, solamente a veces
Que me despierto y veo
Que no hay música
Que esa voz no suena
Y sólo es un recuerdo
O tal vez só
lo un sueño
Y por eso otras veces no despierto
Porque te quiero aunque seas
Fantasía onírica, irreal, mágica.

Es a veces que el dolor
De saberte ya no mía
De sentirte en lejanía
De la triste agonía
De esta amarga soledad
Atenaza mi existencia
Y me recuerda la verdad

Y por eso es que
A veces
El dolor no me hace fuerte
Ni me brinda ya la muerte
Y tan solo me recuerda
Que huya de la fuente
Del dolor de mi alma
Que huya del vacío que provocas
Al traerme solamente
Soledad.

viernes, 17 de mayo de 2013

άγνωστος


Who are you?
I can see your eyes
Both known and unknown
And I know
I’ve seen them before
Somehow I know
Those eyes meant something
But I see a stranger
I don’t know who you are

Who am I?
I cannot be the same
Not the one I used to be
For I look into the mirror
And for the first time in a life
I almost like what I see
Perhaps because I know
That he who I stares at me
Is about to leave

Who are you?
I hear your voice so clear
But still cannot say your name
For you sound just like her
But the words, the feeling
Is not there at all
For she spoke music
And all I hear from you are lies
Driving me insane and sad

Who am I?
I used to be fire and burn and shine
My heart pushed boiling blood
Through what once were ember veins
And even melt a cuirass to get a smile
But now there remains only a shape, a shadow
Filled with black, dry ice
And the one who was to help me live again
Is not there anymore, a stranger took her place

So say, who are we?
None of the two of us is known to me
You took her shape but not her soul
I’ve lost what defined my being
Your voice is much alike but there’s no word for me
I have no reason to go on, no dream to achieve
Your smile wounds the remaining pieces of my memories
I’ve come to see the truth of fate
My loved stranger, we’re both so lost and unaware…

miércoles, 15 de mayo de 2013

Bancos, Hospitales y el Karma.

...y la sangre corría por venas orgánicas y por otras de plástico
en una demente montaña rusa que horadaba la piel y dejaba
el alma fría y seca pero, sobre todo, triste.

Por segunda vez en menos de un mes, escribo recién salido del hospital. Esta vez el ingreso se veía venir y se lo agradezco con todo el cariño del mundo al imbécil que se hace llamar especialista y que, posiblemente, se sacó el título de medicina estudiando mucho en la facultad de arqueología, porque es la única explicación que encuentro a que un médico sea capaz de tamaña memez. Una tontería que, sin embargo, me tuvo postrado en cama durante 3 días en los que no hubo articulación de mi ser que no quisiera salirse de debajo de mi piel para separarse de los otros huesos y dejar de arañarse unos a otros. Tres días en los que no podía estar de pie… ni sentado… ni tumbado. Simplemente no podía estar porque el dolor me azotaba en todo momento, estuviese quieto o en movimiento, obligándome a arrastrarme literalmente por el pasillo como un gusano para cualquier cosa que me fuese imprescindible. Tres días en los que deseé cerrar los ojos y no volver a abrirlos porque lo único que no me dolía era la ropa y porque no es parte de mi cuerpo. Esta misma tontería ha acabado por insensibilizarme definitivamente la zona de mi pierna que se vio afectada la primera vez que esa maldita sustancia entró en mi vida. Parece cuestión de unos pocos días que tenga que desempolvar el bastón.

De vuelta al hospital, este mismo personaje se muestra incapaz de admitir que se equivocó rebajando la dosis a ese ritmo. De un suministro diario de 120 miligramos pasó a 45 en dos días cuando hasta una enfermera en prácticas sabe que no es aconsejable reducirlo más deprisa que restando 5 cada semana o, incluso, cada quincena. Él quiso ser guay y aquí tenemos el resultado, una rebaja de 75 miligramos en 48 horas que me ha dejado una lesión permanente en un músculo, que me ha robado otra maldita semana de mi ya de por sí asquerosa vida y que, por si acaso, ha acelerado las previsiones de la cirugía puesto que ha afectado a la capacidad de regeneración habitual del sistema inmune y, en pocas palabras, me ha perforado las entrañas y no se está curando como ni al ritmo que debiera. Pero no acaba aquí la cosa. En un alarde de originalidad, el mismo día el especialista solicita una prueba de cuyo resultado dependerá que la operación sea antes o después. La prueba no llega hasta tres días después pero lo mejor viene ahora. Antes de saber si habrá intervención, me colocan una vía periférica, un trozo de plástico que me recorre las venas desde el codo hasta el mismo corazón mediante un pinchazo con una aguja con la que, además, ensanchan la propia vena desde dentro, provocando un dolor que espero que nadie que conozca haya experimentado jamás. De nuevo y como dije antes, sin saber si habría cirugía, en un macabro “por si acaso”. Resumen de la jugada: vía en el brazo izquierdo, vía en el brazo derecho y ahora sí, incapaz de prácticamente nada por no poder casi mover los brazos para no obstruir las vías… y por el dolor. Si alguien pensase que exagero, diré tan solamente que, quienes me conocen lo suficiente, saben la rapidez con la que se me cierran las heridas y cómo desaparecen sin dejar rastro en cuestión de, incluso, pocas horas. A esas personas lanzaré la pregunta sobre cómo harían las cosas para que aun haya en mi brazo un agujero que ni siquiera se ha cerrado, literalmente un agujero a través del cual se ven músculos. Y sí, aún me duele.

La segunda parte viene por parte de los siempre divertidos asuntos financieros, porque es divertido y fascinante ver cómo, cuando un banco se mete en cualquier asunto, las cosas cambian de formas tan impensables que uno no puede más que mirar con la misma cara que un conejo cuando le das las largas (o____Ô). Y es que, en los siete años que llevo a este amiguito campando a sus anchas y pudriéndome por dentro, el seguro médico había hecho su trabajo de una forma impecable, facilitándome, en la medida de lo posible, la vida en lo que respecta a esta pequeña maldición genética. Pero tuvo que venir un banco y hacer lo que mejor sabe: absorber. En un abrir y cerrar de ojos, se adueñó de una otrora buena compañía de seguros médicos y empezaron las complicaciones, al punto de que mi estado actual se deteriora por momentos ya que esta nueva entidad, fruto de una fusión defectuosa e innecesaria, parece haber evolucionado un paso más, siendo ahora también capaz de poner precio a la vida. Este medicamento que se suministra en doce dosis es, por poco frecuente y delicado, inherentemente caro, del orden de los 6 mil euros la dosis. Haciendo cuentas rápidas, prolongar mi vida un año más le costaría a este “Bancospital” 72 mil euros. Siendo claros, no valgo eso porque han decidido dar todas las vueltas posibles para buscar excusas y fallos administrativos que lleven a que se acabe mi paciencia… y mi tiempo. Nunca me he preciado de ser un ser valioso en lo particular ni en lo general, pero debo admitir que me inquieta saber cuál es el criterio que siguen para saber qué vida vale esa cantidad y cuál no. Sea como sea y cual sea ese criterio, la conclusión es simple: no les compensa económicamente darme doce meses más, no soy una inversión sabia. A veces me sorprende cómo los términos financieros se pueden trasponer al ámbito personal de tantas personas, pero de eso ya hablaré en otra ocasión.

Para finalizar, la mención al karma. Principio de acción-reacción trasladado a la espiritualidad y que empieza a darme que pensar. Me detendré poco ya que poco hay que decir y es que empiezo a preguntarme si todo esto no será la consecuencia lógica de mis actos a lo largo de mi vida. Unos actos que han ido generando unas consecuencias que se han desarrollado de formas que jamás llegaré a abarcar y que han vuelto a mi para devolverme lo que yo hice en su momento. Y es que, mirando un poquito más debajo de lo que tenía por costumbre, es decir, agachando un poco la cabezota y dejando a un lado el orgullo, debo admitir con toda humildad que he hecho tanto daño a tanta gente y a lo largo de tanto tiempo que empiezo a pensar que el sufrimiento que he provocado ha ido creando una cadena de sucesos que, eslabón a eslabón, ha ido creciendo hasta que han surgido los grilletes que ahora me tienen preso a la espera de lo que a todas luces parece la consecuencia más lógica (y poéticamente justa) de unos actos que admito inconscientes a la par que egoístas, crueles, manipuladores y fruto de un desmedido orgullo que solamente buscaba tapar una inseguridad. La inseguridad y el miedo a mi mismo, a no saber contenerme y, por tanto, no encontrar quien me aceptase o, peor aún, encontrar a esa persona y perderla. Y así fue. Encontré personas dispuestas a intentar entenderme y cuanto más se acercaban, más daño les hacía. Causé dolores que ni siquiera puedo comprender a día de hoy y quizá ya nunca logre entenderlos. Esas personas se fueron para intentar curar las heridas que les infligí y no hay forma de saber qué acción provocó qué reacción que desencadenó toda una serie de acontecimientos que derivaron en lo que ahora hay. Y lo que ahora hay es que las malas acciones de mi pasado parecen haber vuelto a mí, como un boomerang, con la misma fuerza con que yo arrojé mi mal al mundo, pero en formas distintas, transformadas por el paso del tiempo y el transcurrir de las vidas de esas personas. Personas que habrán de vivir con mayor o menor recuerdo de mi paso por su ciclo vital. Ahora las heridas que provoqué vienen despacio pero sin pausa y desde mil frentes distintos.

Como se suele decir, “las vueltas que da la vida…”.

jueves, 9 de mayo de 2013

Pre-op attempt #2


Hoy, un dia en el que debiera estar en otros menesteres más oníricos por mi parte y más quirúrgicos por parte de otros, sigo aquí. En apenas una hora, se llevará a cabo la prueba en cuestión, esa que cada vez que es mencionada lleva un nombre distinto y ya no se sbae si es un TAC, una resonancia o si tendré que mantener el equilibrio sobre una oliva y un palillo. La cuestión es que hoy escribo de un modo algo más ortopédico ya que han decidido que, a pesar de que ahora no se sabe a ciencia cierta si pasaré por quirófano o no, debían colocarme una vía central para la anestesia. Sí, esa que ahora no sabemos si tendrá que llegar. Así que, por si acaso, como esto no duele ni estresa, vamos a bajar a UCI donde un montón de gente empieza a ponerse batas y mascarillas y, por mi tranquilidad, me cubren el brazo y la cara para evitar manchas y, de paso, qu eno vea la carnicería que van a llevar a cabo. En un ataque de previsión (y una altísima dosis de nerviosismo y pánico) solicito sedación para facilitar el proceso tanto a ellos como a mi. Por supuesto, ni caso. Primer intento y un dolor horrible con la que, si no me equivoco, es la aguja más gruesa con la que me he enfrentado en mi vida. Los nervios y el dolor me hacen gritar y lo único que se les ocurre decir es que no es posible que lo esté notando... sin embargo se dan cuenta de que lo noto cuando miran y ven que los músculos están tensos y la aguja no puede hacer su trabajo, no puede avanzar. Les replico que por eso solicité sedación. De nuevo, como el que oye llover. Tras unos instantes intentando recuperar el aliento y sin previo aviso, un segundo pinchazo a traición. Mismo resultado. Parece ser que voy a necesitar que me seden un poco. Jamás s eme habría ocurrido una idea tan genial, es mi pensamiento mientras miro a la doctora deseandole que nunca la ignoren a ella en un momento así. Tercer intento. Dolor, nervios, mareo, hiperventilación, musculación tensa, la aguja no avanza y, como sorpresa, un ruido que no sabría describir y una oleada de calor repentina en el brazo, resbalando por mi costado, por mi pierna y un par de voces alarmadas pidiendo apósitos mientras veo cómo varios pares de manos enguantadas vienen y van intentando contener la sangre que había empezado a salir a borbotones, mezcla de la presión de mis propios músculos que intentaban expulsar la aguja y de la perforación que ésta parece haber provocado en su intento de cumplir su desagradable misión... parece que lo de la sedación era un farol, un placebo verbal porque aunque vi una jeringa cargada (podía ser perfectamente agua, a saber) no estoy seguro de que la hayan utilizado. Creo que el dolor me hace perder el conocimiento o algo así, pero, de repente, siento cómo algo se arrastra por mi brazo, lo noto ahora bajo mi clavícula derecha, sigue avanzando, noto cómo me cruza el pecho y de repente se detiene. Ya es oficial: tengo un tubo de plástico que se me clava en la vena y se ha ido abriendo camino arrastrándose hasta la aurícula. Radiografía para comprobar que todo está en orden y, de fondo, oigo decir que todavía podrían empujarla un poco más. Deben haberme visto algo en la mirada para decidir dejarlo así.

Vuelvo a la habitación y me encuentro de nuevo postrado en la cama. Esta vez, ambos brazos mermados y aunque puedo realizar movimientos con cierta libertad, el dolor llega cuando menos lo espero y me acecha recordándome que puede venir en cualquier momento. Por eso, ahora mismo, escribir esto resulta doloroso y lento. Sumamente lento. Por eso intentaré aprovechar las pocas horas de conexión que mi padre ha tenido a bien facilitarme en un intento por aliviar el aburrimiento y la desesperación de estar aquí, así, ahora y por este motivo.

Al margen de las consideraciones físicas que pueda hacer, lo que me trae de cabeza es, precisa y redundantemente, lo que me pasa por la cabeza. Intentaré no desvariar mucho mientras espero los resultados de la prueba de la que acabo de volver.

No parece que vayan a llegar hoy y empieza a ser bastante molesto que dispongan de mis días como si no fuesen míos. Teniendo en cuenta las cuenta de los mismos, creo que debería tener algo más de voz en cómo emplearlos, pero parece que cuando uno se convierte en paciente de uno hospital, pasa a ser además propiedad de éste durante su estancia, lo cual me deja con un humor amargo que creo que es mejor no plasmar aquí.

Tal vez mañana haya novedades pero no sé si tendré posibilidades de escribirlas. Lucky you!

Pre-op attempt #1

Hoy es un día cualquiera, no hay nada que haga pensar que algo vaya a cambiar... a menos que sea en mi vida. De hecho, el cambio más llamativo que puede haber es que se acabe y, admitámoslo, no sería poca cosa.
No puedo decir a ciencia cierta si tengo miedo o no, lo cierto es que estoy como en una de esas burbujas de incredulidad que uno espera que se mantengan mucho tiempo y que, cuando explotan, sorprenden tanto como el hecho del que pretendían aislarnos y así nos quedamos, como besugos boqueando por la sorpresa doble de que, por un lado, no era un sueño y, por otro, que ha acabado sucediendo. Sorprende la situación que llega, sorprende la burbuja al estallar y sorprende lo ingenuos que podemos ser a veces. Sin embargo, si esta burbuja particular mía desaparece, tendría la ventaja de estar durmiendo y no enterarme y, más aún, la posibilidad de no despertarme y enterarme de que he muerto. La verdad es que preferiría ahorrarme la cara de lelo ante la noticia, todo sea por conservar un poco de silenciosa dignidad aunque sea ataviado con un pantalón de pijama y una camiseta de interior. Hay que tener siempre un mínimo de glamour, vivo o no tan vivo.
Pensando en todas estas chorradas me doy cuenta de todas esas otras que ahora mismo no me lo parecen tanto y, además, de todas aquellas que a estas alturas ya debería haber logrado. Uno no deja de sorprenderse de las vueltas que dan las cosas y cómo un plan sencillo puede acabar con tantas complicaciones y ramifiaciones imprevistas que todo se retuerce y ya no se ve siquiera el objetivo original... hasta que pasa algo así. Cuando uno está al borde de una cama de la que tal vez no vuelva a levantarse, se da cuenta de todas las telarañas que ha ido acumulando en la vida y cómo, una a una, han ido cubriendo con sus finas hebras un camino recto hasta desdibujarlo tanto que nos perdemos en carreteras secundarias que no llevan a ningún sitio. Sin embargo, aunque no sé si esto es lo habitual, me ha sucedido que me he dado cuenta de la existencia de esas capas innecesarias de complicaciones y de las vueltas tan absurdas que he dado en la vida, ora por desconocimiento, ora por imprudencia y muchas, muchísimas veces por prepotencia. Lo pienso ahora y me pregunto qué motivos podía tener para esgrimir esa inexistente superioridad ya que, realmente, siempre me he visto inferior a los demás. Y tal vez sea eso mismo, esa inferioridad, lo que intentaba enmascarar para que no me pisasen más porque ya era (y es) bastante difícil vivir día a día sintiéndose insignificante respecto a los demás. Lo que me viene a la mente en estos momentos es que, de un modo u otro, esa situación parece próxima a cambiar y para ser totalmente sincero, no sé si alegrarme de que algo negativo pueda cambiar hacia algo positivo o preocuparme, ya no solamente por la posibilidad de que empeores, si no también por no saber si seré capaz de adaptarme a un cambio que haga tambalearse mi retorcida comodidad vital. Sí, sé que mi vida está lejos de ser perfecta y/o ejemplar y desde luego no es una vida fácil, comprensible ni mucho menos es lo que hubiera querido ni lo que debiera haber sido, pero de alguna manera que no alcanzo a comprender me he acostumbrado a ella, a sus rutinas y a sus momentos imprevistos. Desde luego que cambiaría mil cosas sin pensármelo dos veces y si pudiera empezar de nuevo sabiendo lo que sé, probablemente ahora mismo no estaría escribiendo esto... o tal vez sí, pero al menos no lo haría solo. Maticemos, no estoy solo en la habitación, pero escribo cuando me quedo a solas, en los pocos ratos en que mi padre hace alguna incursión a la cafetería o echa una cabezada. Sé positivamente que no se pondría a leer lo que escribo, en ese sentido respeta bastante mi intimidad, pero admito que me avergüenza sobremanera y sin ningún motivo aparente que me vean escribir. Desde pequeño siempre que he escrito o hecho algo con una mínima carga emocional me he sentido muy cohibido, como si mostrar mis sentimientos fuese algo que debiera hacer en un círculo lo suficientemente reducido como para que no lo supiese nadie. Creo que ese tabú me lo impuse yo mismo sin darme ni cuenta y ahora de lo que me doy cuenta es de las muchas y muy evitables consecuencias que eso ha tenido a lo largo de mi existencia. Una de esas capas de complicaciones innecesarias que mencionaba.
La sinceridad ha sido también uno de mis particulares talones de Aquiles. Ya desde pequeño, mentía, mucho. Los motivos eran de lo más diverso, desde evitar una posible paliza por cabrear a los chicos guays de la clase, hasta conseguir que alguna chica se fijase en mi a base de inventarme toda clase de cosas impresionantes sobre mi o sobre mi familia, pasando por las típicas mentiras que se dicen para caer bien a otros, encajar en un grupo o, simplemente, tener algo de lo que hablar. Así pasé preescolar`y primaria, entre situaciones poco claras fruto de un incesante torrente de mentiras cortesía de una boca demasiado grande para estar cerrada y, paradójicamente, demasiado tímida para hablar cuando debía. Y es que la gracia del asunto es que, de pequeño, apenas hablaba... y que encima de todo fuese para no decir la verdad hace que, ahora que me doy cuenta, no se pueda tener un muy buen concepto de mi ahora y que no se pudiera ya desde mi más tierna y fraudulenta infancia.
Pasa el día, la máquina de pruebas sigue sin funcionar y, de momento, se pospone durante otras 24 horas un veredicto incierto de boca de un doctor que empieza a demostrarme que es imbécil y se sacó el título de medicina en la facultad de periodismo... A ver qué hay mañana. Por lo pronto, más repaso quizá a esta psique al borde de la extinción.

lunes, 6 de mayo de 2013

C21H28O5

Puta. 
Así te llamo. No hay en mi nada que me impida decirte hasta qué punto te aborrezco porque desde que entraste en mi absurda vida no has hecho más que complicarla, retorcerla y retorcerme a mi. No tenías bastante con tus esporádicas apariciones, que ya de por sí son mal presagio, no… tenías que venir, más fuerte que nunca y humillarme. Y lo peor es que tengo que permitirlo, dejar que hagas tu trabajo y deformarme a tu antojo, física y psicológicamente. O morir de dolor. 
¡Sonríe a la cámara, maldita!

Y sin embargo, el dolor que me quitas lo cambias por otro aun más insufrible porque ahora me has hecho preso. Maldita zorra, te detesto y sin embargo mi vida depende de que no me faltes, no de golpe. Y mientras me desintoxico como si fuese un adicto, te arrastras por mis huesos y me rasgas a placer, astillándome por dentro, entumeciéndome y quemándome mientras me congelas. Me has convertido en una bestia incapaz de saciar un apetito que ni siquiera me pertenece y has condenad mi ya de por sí patético aspecto… si ella me viese ahora huiría de mi oronda fealdad, por que sí, ¡PUTA! Me estás haciendo engordar para divertirte y dime, si no me quiere siendo yo, ¿cómo va a quererme siendo dos veces yo?

No, lo sé, no estás contenta y por si acaso, decides pasarte a verme, de cuando en cuando. Tus visitas me recuerdan que a veces, es peor el remedio que la enfermedad y tú eres la prueba. Sí, tal vez alivies mis entrañas pero a cambio, me has mutilado. Noches como anoche en que durante cuatro horas de insufrible agonía los huesos querían salirse por debajo de mi piel, mi frente ardía mientras me congelaba, mi cuerpo temblaba de dolor y mi garganta es ahora incapaz de producir más que un ronco sonido porque sí, zorra, me hiciste gritar de dolor. Arrancaste de mi pecho alaridos que hoy me impiden hablar como una persona normal, retorciste mis piernas y brazos para que no pudiera siquiera estar en pie, ni hablemos de caminar. Uno a uno, hueso a hueso, recorriste mi cuerpo haciéndolos crujir, rozar, arder y gritar por abrirse paso entre músculos y piel para escaparse. Conseguiste anularme y solamente podía gritar y respirar… gritar su nombre aunque sabía que no me escuchaba, respirar deprisa y tal vez desmayarme. Pero no me dejarías así como así… solamente te sirvió hacer venir a un médico para que me taladrase los músculos, analgesia directa, ansiolítico doble tras una ración doble de pastillas. Y aun así, te resistías. Pero yo no pude más. No recuerdo más.

¿Me dormí? ¿Me desmayé? ¿Lo soñé todo? No lo sé, lo admito. Pero sí sé que gritaba un nombre, su nombre. Sí sé que ahora estoy roto, que no puedo caminar y que no puedo retomar mi vida porque ahora sé que puedes llegar en cualquier momento, maldita ramera, y convertirme de nuevo en la fea criatura de miembros retorcidos que fui anoche, en el ser que no lograba articular más que alaridos de agonía intercalando una llamada desoída de cuando en cuando. No, no puedo vivir porque ahora, cada minuto que permanezco despierto, es una nueva posibilidad de que te vuelvas a meter en mis huesos para contorsionarme como si fuese un muñeco de alambre, de que vuelvas a quebrar mis huesos sin romperlos mientras haces que mi cuerpo sufra los desgarros de unas astillas que no existen ni dejan de existir. No puedo caminar, no puedo permanecer sentado, no puedo siquiera yacer y ni siquiera puedo perder el conocimiento porque, cuando estoy al borde del colapso, te detienes lo justo para dejar que coja aliento y, de nuevo, embistes contra mi. Si tú, zorra, has de ser la cura, olvídalo. Ya no quiero más. Ya no puedo más.

Tú y aquél contra el que luchas… no os queda nada que quitarme, ya me habéis vaciado así que marchaos, dejadme en paz y que el tiempo se ocupe de lo demás, pero basta. Así no vale la pena vivir, postrado en una cama, ora atormentado por la enfermedad, ora retorcido por la cura y, en todo momento, deseando cerrar los ojos y no abrirlos nunca más. No, ya no más. Esto ya no es vida, sólo es existencia y yo… no quiero seguir.

Quiero que ella apague la luz y me ayude a dormir como hace tanto que no duermo... la quiero a mi lado cuando cierre los ojos.