jueves, 28 de febrero de 2013

Regen


Aquella mañana llovía. Llovió también por la tarde y durante la noche siguió lloviendo hasta que se durmió. Pero él no lloraba, no sabía cómo hacerlo después de haber llorado tanto y hacía tan poco.
Desde muy pequeño había habido algo poco frecuente en él. Por norma general, las personas reaccionan a la lluvia, al sol, al viento, al frío y al calor. En su caso, parecía funcionar al revés. En alguna ocasión un viejo conocido le había hablado de aquella peculiaridad. Se trataba de alguien muy en contacto con toda clase de conocimientos poco frecuentes y no exentos de cierta lógica y, por lo tanto, aquellas teorías ofrecían una explicación que de otra manera no habría podido encontrar. Quizá la única explicación. No por ello tenía que ser cierto, pero tendría que conformarse con aquella hipótesis mientras no pudiera descubrir una causa basada en pruebas fehacientes.
En palabras de aquél hombre, había personas que acumulaban en su interior tal cantidad de energía que influían directamente sobre su entorno, pudiendo provocar sucesos en apariencia aleatorios que coincidían con los cambios anímicos que dichos individuos experimentaban. No era una teoría descabellada del todo si se tenía en cuenta que, en esencia, los seres humanos estamos formados, en última instancia, por energía y por tanto, era tan probable el hecho de emitirla como de recibirla, pese a que esto último era lo más habitual. Le contó que había “algo” distinto en él pero que no era capaz de entender qué era, tan sólo podía percibir que algo no era como en los demás.
No fue, no obstante, la única persona que le había dicho ni le diría algo similar, pero a él aquello no le aclaraba gran cosa. Ni siquiera, de ser cierto, se daba cuenta de cómo lo hacía ni sabía cómo pararlo. Al fin y al cabo, no podía estar seguro de que fuera cierto.
De lo que sí estaba seguro, empero, era de que había cosas que no sabía hacer y expresarse era, quizá, de las más graves.
Desde pequeño había soportado mucha presión y quienes debieron haberle apoyado se enfrascaron en una cruzada cuyo objetivo era “fortalecerlo”. Querían que fuera capaz de ignorar todo aquello que le causaba dolor, que pudiera pasar por encima de todas esas emociones que lo debilitaban y se centrase en sus estudios, en sus actividades, en su futuro como científico, o arqueólogo, o médico… aún no lo habían decidido por él, pero sospechaba que no tardarían.
Recordó entonces una ocasión en la que hizo una (quizá la única) travesura sin la mayor relevancia y recordó cómo su madre, siempre firme en ausencia de un padre del que conocía poco más que su nombre y apellido, le abofeteó con una expresión a medio camino entre el enfado y el desprecio. Recordó cómo se asomó a sus ojos una lágrima y su madre le golpeó de nuevo y aquél embrión de lágrima salió despedido de su rostro enrojecido al tiempo que ella le dijo “Si lloras, seguiré así hasta que dejes de llorar.”
Él alzó la mirada y antes de que pudiera decir nada, ella le propinó un tercer golpe, al parecer se había percatado de que, de nuevo, estaba al borde del llanto. Cayó al suelo mientras su madre se justificaba diciendo que aquello era por su bien, intentando esconder el hecho de que estaba descargando contra él la rabia por la recién descubierta infidelidad de aquél padre del que él apenas sabía un par de cosas. Al ver que no se levantaba del suelo, ella le cogió del brazo y le levantó en peso, apenas era un crío y la ira de ella le permitió ignorar los apenas 27 kilos de él y pudo levantarlo como si fuera de papel. “¡Mírame!” le espetó con la mano preparada para acometerle de nuevo. Él lo hizo pero ella se detuvo. No fue una lágrima lo que ella vio en su rostro si no una gota de sangre que manaba desde su ojo izquierdo a causa de haberse golpeado contra el quicio de la puerta cuando se precipitó al suelo. Pero no había lágrimas. Tenía miedo, estaba furioso y profundamente dolido por todo aquello… pero él quería a su madre con todas sus fuerzas y creyó que tal vez mereciera todo aquello por haber roto aquella pulserita. Sn embargo, no delataría a su hermana. Ella había tenido la idea, pero era muy pequeña y no quería ni pensar que le pudiera hacer algo así. Ella era muy pequeña y lloraría.
Mientras pensaba aquello, su madre le había llevado al cuarto de baño, él no se había dado cuenta siquiera. “Ven que te limpie eso” dijo ella. Él se sintió aliviado, creyó que lo peor había pasado. Fue entonces cuando vio a su madre acercarse a él y pedirle que se estuviera quieto al tiempo que le sujetaba con una mano y con la otra vertía directamente sobre su ojo aquél líquido que empezó a quemarle como si fuese fuego. Un fuego transparente cuyo olor le recordaba a cuando le pinchaban una vacuna o le sacaban sangre. “El alcohol sirve para que no haya infecciones” recordó que le había dicho una vez una enfermera. Aquella quemazón le hizo gritar… y llorar de nuevo. Lo último que recordaba de aquél día era la voz de su madre diciendo “¿Qué te había dicho de llorar?”

Desde entonces, se encerró en sí mismo. Siguió queriendo a su madre y pensando que de verdad había merecido todo aquello… pero a medida que pasaba el tiempo, era cada vez más inexpresivo, hasta el punto de que aunque llegó a enamorarse, no conseguía transmitir sus emociones, sus sentimientos hacia la otra persona y, en más de una ocasión, daba la impresión de que ni siquiera estaba realmente presente, de que su mente se había desconectado de la realidad y de la persona que tenía delante. Pero no era así. Él sentía, amaba, escuchaba y padecía pero había olvidado cómo compartir esa parte de sí mismo.
Sin embargo, cuando lloraba por dentro y sus ojos no recordaban cómo hacer para sacar las lágrimas que se le atragantaban en la garganta, llovía.
Le habían enseñado a no llorar y, en consecuencia, el dolor que no podía mostrar emanaba de él, silencioso y transparente como energía pura que impregnaba el mundo a su alrededor.
Aquél día había llovido. Mucho y mucho tiempo. Tanto como él había permanecido despierto. Escampó cuando el sueño le venció y se reunió de nuevo con ella…

miércoles, 27 de febrero de 2013

колибри (Kolibri)



Como el batir de alas
De un inquieto colibrí
Que busca el néctar
De un clavel altivo
Que calla su tristeza.

Latía mi pecho hueco y frío
Por la voz que me atormenta
Cada noche cuando entra
En mis sueños y está exenta
De luchar con algo, algo que no es mío.

Latía el pecho pero nada bajo él
Pues lo había entregado ya
Cierto día del año aquel
En que, como inquieto colibrí

Conocí tus besos, besos de miel.

Mich beißen

As my skin shakes
I draw back in fear
As I step forward
Once
Again towards you.

That smile you show
Makes me dream
Makes me fly, but
Also
Makes me cry.

I stand still
Stunned as I see
You walking towards me
And
Then you do what you did.

My hand trembles
Between yours of ivory
My blood freezes when
Facing
Your fiery shining eyes.

Warm words flow
Right from your red lips
And then I know my
Life
Is once more yours to take.

Your arms around my neck
My hands dare not to move
I feel your breath on my skin
Astonished
While you drink my soul in thirst.

And I feel as info I died
I feel so full of life
When I see my whole existence
Pouring
From your angelic evil smile.

domingo, 17 de febrero de 2013

ιερός (ierós)

… y por eso me pregunto, ¿qué hay sagrado hoy en día?
A decir verdad, no hay respuesta, todo depende de lo que cada cual considere sacro y por tanto, nadie tiene razón ni deja de tenerla.
No puedo si no hablar de lo que para mí es absoluto, pero aviso, si alguien hubiere de leer estas palabras con el gesto torcido en sarcástica señal de incredulidad, prefiero que ceje en su empeño e interrumpa el visionado de esta confesión. Si voy a hablar de lo que a mi más me importa, lo que no estoy dispuesto es a que venga cualquier figurín, lechuguino, petimetre, pisaverde, currutaco y demás entidades de madurez dudosa y que siempre miran desde la desconfianza de una inexperiencia inherente a sus prematuros planteamientos de lo que es un mundo que solamente conocen a través de unos preceptos inmaduros. Seres que miden la veracidad de unas palabras en función a cuán de acuerdo estén con sus pensamientos, abotargados por una sobredosis de basura de diversa procedencia que han venido asimilando desde su más tierna (y escandalosamente reciente) infancia. Y es que algunos no dejarán de ser niños hasta que se lleven un par de lecciones que no seré yo quien imparta… aunque no me desagradaría bajar del guindo a un@s cuant@s.
Volviendo al asunto, ¿qué es, para mi, sagrado? Pocas cosas, la verdad, pero entre ellas estás tú. Y quizá sea hora de decir tu nombre. Me lo pensaré de aquí a la despedida. Pero, ¿por qué tú? Simple y llanamente porque te lo has ganado a pulso. Ahora mismo, en mi vida, eres lo que más me importa e interesa y, como algo sagrado, me siento “bendito” cuando veo tu sonrisa cada día. Me pregunto incluso cuán grande eres tú más que el cielo porque aunque no hablamos, solamente viéndote me siento en una nube. Se suele hablar de “mariposas en el estómago” pero creo que, en mi caso, hay pterosaurios (por favor, obviemos las bromas respecto a mi edad y los chistes que me encasillan como ser de tiempos pretéritos, están muy vistos) porque, de verdad, me siento como cuando tenía quince años y me paraba ante la chica que me gustaba. Ahora tengo unos cuantos más y cuando te veo me quedo igual: mudo, nervioso y con el estómago como si tuviese un partido de Blood Bowl disputándose dentro. Desvaríos al margen, no sé cómo decirte que me gustas y creí que con la edad aprendería algo al respecto.
Otra cosa sagrada para mi es el decir la verdad. Ahora mismo se habrán alzado algunas voces llamándome de todo, pero quisiera explicarme antes de ser linchado… de nuevo. A lo largo de mi vida he mentido MUCHO, y no estoy orgulloso de ello. Mentía en el colegio de pequeño para evitar palizas, para impresionar en busca de amigos, para no admitir errores. Mentía de mayor porque me avergonzaba de mí mismo, de mis raíces y de mis actos, de mis impulsos y del hecho de no ser más que un ser humano corriente. Mentía para hacer lo que quería y librarme de las consecuencias. Lo peor de todo es que me mentía a mi mismo y creía que esas cosas eran las que quería y, en consecuencia, me traicioné a mi mismo, traicioné mi forma de ser, de pensar, de sentir… de amar.
El amor es algo que, para mí, siempre ha sido sagrado y ahora veo cómo cometí la herejía de traicionar ese principio que estuve buscando durante toda mi vida por culpa de las mentiras que me contaba a mi mismo. Para mi el amor siempre ha sido entrega, sinceridad, cariño, respeto, complicidad, dulzura, sonrisas, lágrimas, aprenderse el pasado de esa persona, dedicarle el presente y construir juntos el futuro. En secreto, siempre busqué a la princesa de los cuentos pese a no considerarme príncipe. El problema vino cuando me traicioné por miedo pues amé a alguien más de lo que creía que podría amar. Por así decirlo, me abrumó mi propia capacidad y determinación para amar a esa persona de una forma que crecía en una perfecta progresión geométrica y ese crecimiento exponencial me preocupaba y aterraba. No por mi, si no porque tenía miedo de sobrecargarla (ya me pasó una vez) o de no saber exteriorizarlo (posiblemente mi talón de Aquiles). No es excusa para lo que hice, ni mucho menos. Al fin y al cabo, no hay justificación alguna para ello ni la habrá jamás. Cometí un error terrible cegado por la idea de que podría resolverlo sin que nadie se enterase. Subestimé a muchas personas por ello y aprovecho para, de nuevo, decir con sinceridad que lo lamento.
Sin embargo, he aprendido que aunque mi pasado me ha traído a este momento, yo no soy mi pasado y por tanto ahora es el futuro también sagrado para mí. Veo en mi futuro el levantarme para ir a trabajar, inspirando a jóvenes mentes en la universidad para que piensen por si mism@s y aprendan a apreciar los mensajes que el mundo envía subrepticiamente para aquellos avispados que saben ver más allá. Veo cómo el primer paso hacia ese futuro lo he dado este año aprobando cada examen al que me he presentado y en mi determinación de no bajar el rimo ni un ápice de cara a junio. Puedo decir que he vuelto a ser YO, el verdadero, el que se había escondido por incontables razones, desde tiempos inmemoriales y tras infranqueables muros que erigí antaño. Soy, al fin, yo. Puedo soñar con el futuro que he empezado a edificar, consiguiendo las metas que me propongo, una a una. Puedo, al fin, desvelar quién soy, cómo soy, qué soy y sobre todo, el por qué. Puedo hacerlo y lo haré ante quienes de verdad quieran saberlo pues, desde hace ya un tiempo, no guardo ya secretos. La verdad es ahora el florete que esgrimo ante el mundo y ante las personas que ante mi aparecen y tú no serías una excepción, si tan solo me atreviese a acercarme a ti y hablarte.

Dime, si lo hiciera, ¿me escucharías?
Tal vez la única forma de saberlo sea hacerlo pese al miedo… pero solamente cuando tenemos miedo podemos ser valientes.
Escucha mi historia y quizá entiendas por qué tuve miedo y, sobre todo, de dónde vienen mis errores.
Quizá así sepas que te quise desde que te vi.

sábado, 16 de febrero de 2013

Ändra


Hoy me siento diferente, hoy me veo diferente. Me oigo hablar y es diferente, pienso y hablo diferente y hasta ando diferente. Hoy soy diferente.
En mi esencia duradera algo ha dado un vuelco, no sabría con certeza qué es ni hacia dónde ha virado, pero noto dentro el cambio y fuera otros empiezan también a verlo. Al margen de mi aspecto y de haber crecido un centímetro, hay algo que empieza a brotar y no sabría definir y que, quienes lo presencian, no saben explicarme.
Solamente acierto a decir que este cambio, sea lo que sea, hace que me sienta capaz de decir que te hablaría. No sé de qué y quizá mañana no vea lógica a estas líneas, pero hoy, ahora, aquí, si pudiera, te hablaría.
Y si quieres darte por aludida, hazlo, te escribo a ti para no tener que escribirte y poder hablarte. Hablarte de quién soy, de lo que veo cuando te miro y de mis metas en la vida. Hablarte de mi futuro, sí, pero también del pasado que me ha traído hasta este momento y que, sin embargo, ya no dice nada porque, como dijo Hume “Experiencias pasadas no predicen el futuro”. Hablarte de que soy ahora una página en blanco que ha pasado por incontables borrones, que se ha rasgado muchas veces y que a punto estuvo de caer a la papelera como tantas otras. Hablarte de que mi historia la escribo en presente y, a veces, en futuro y que para ello he tenido que reencontrarme con el pasado de formas que volverían loco a cualquiera. Y quizá esté loco por querer hablarte. Porque no me conoces.
Y aun así te hablaría. Te hablaría de mis sueños y mis pesadillas. De mis sonrisas pero también de unas lágrimas que por error escondí y acabaron por salir y quemarme la piel, furiosas por haberlas encerrado. Te hablaría de todas las historias que comencé a escribir y nunca terminé porque la inspiración me daba la idea, nadie el apoyo. Te hablaría de las canciones que compuse y a las que nunca supe poner música y cómo, frustrado y avergonzado por mi ignorancia melódica, quemé letras que nunca fueron mías. Yo solo las plasmé en el papel, su dueña fue mi musa. Te hablaría de cómo me embelesan esos ojos tuyos. Te hablaría de los libros que leí y de los que ahora leo. Te hablaría de canciones que hablan de ti. Te hablaría de cuanto nunca he hablado con nadie y te hablaría de una llave. Te hablaría de un cerrojo y una puerta tras la cual se esconde lo que nunca nadie ha visto. Hay quien no ha querido, hay a quien no he dejado. Te hablaría de mi mundo y de lo que he descubierto no ha mucho y quizá, hablando, comprendiese lo que otrora no podía.
Lo pienso y, a decir verdad, te hablaría de un antes y un después. Pero sobre todo de un ahora pues, como dijo B. Ford “Past is gone, now is all there is”. Aunque no todo el pasado se va. Por suerte he aprendido de mi pasado lo suficiente para poder ver dónde estoy y poder ver también a dónde quiero llegar. Pero lo mejor es que en este caminar me he percatado de que no soy quien creía ser, quien quería creer que era, quien mostraba. Te hablaría, por tanto, de quién soy en realidad, del verdadero motivo por el que estoy aquí, de mi cometido en esta vida. ¡Ah, sí! Te hablaría de mis raíces, de las páginas perdidas de mi historia y de las que ya están escritas pese a no haber llegado. Te hablaría de recuerdos que aun no sé si fueron sueños y de sueños que aún recuerdo y te hablaría del futuro que ahora me atrevo a soñar y comienzo a construir. Te hablaría, con un buen té caliente, de por qué te hablo de estas cosas, de por qué hablo tanto de tus ojos y dónde y cuándo escuché tu voz. Te hablaría de cuanto sé y quiero saber de ti y de cuanto quisieras tú saber de mí. Te hablaría en serio y en broma, entre susurros y sonrisas por hablarte. Te hablaría despacio, agitado por los nervios, con franqueza, con respeto, con cariño y hasta en verso.
Hoy estoy así, y de veras que lo haría, por las malas he aprendido a no mentir.
Por eso si tan sólo supiera que TÚ me escucharías, hoy, yo te hablaría.
Hoy te amaría.

viernes, 15 de febrero de 2013

Yo, Caronte. Quinto Aniversario.


Han pasado ya cinco años. No recuerdo la fecha exacta, pero se me antoja que no andaba lejana. Media década desde que te fuiste y yo sigo aquí, recordándote cuando nadie más lo hace. No es de extrañar, nunca hiciste mucho ruido en la vida de nadie… salvo en la mía cuando me despedí de ti.
Hoy te rindo este humilde homenaje, porque aunque breve, tu presencia y posterior ausencia dejaron en mi vida una marca imborrable. Hoy te recuerdo y aun sin nombre tienes en mi memoria un lugar que nadie puede ocupar.
Hoy recuerdo cómo tu despedida nos unió.
Nos conocimos por una de esas casualidades de la vida, pese a que no creo en ellas. Nos conocimos porque teníamos que conocernos, porque tú tenías que enseñarme una lección sobre la vida y sobre mi mismo. Nos conocimos una noche cualquiera, en una rambla como cualquier otra, mientras yo paseaba conversando y tú, simplemente, paseabas con tu familia. Un primer encuentro fugaz que, sin embargo, me dibujó una sonrisa. Me recordabas a mi pequeña.
Noche tras noche recorría ese mismo camino y rara era la ocasión en que no se cruzasen nuestras miradas. A veces solos, a veces acompañados, pero nunca nos detuvimos. Seguíamos cada uno nuestro camino.
Pasaron algunos meses y pese al silencio, había cierta familiaridad, o eso quise creerme yo. Te saludaba cada vez que te veía y tú me mirabas con esa mezcla de indiferencia, curiosidad y superioridad que solo los gatos saben proyectar. Aun así, me hacías sonreír si veía tus ojos verdes. Te había cogido cariño y te habría abrazado si hubiera podido, pero tenías miedo y huías. No te faltaban razones para ello.
Desde hacía tiempo, mucha gente (amigos y no tan amigos) hacían bromas sobre mi, llamándome “La Muerte” o “La Parca” y creando toda una mitología a mi alrededor según la cual yo devoraba almas, mataba con el tacto de mi piel o, simplemente, conducía a los muertos al infierno, a veces siguiendo instrucciones, a veces según mis propios designios.
Lo que nunca me dijeron era que, a veces, la muerte ha de sustituir al barquero. Aquella noche, sin previo aviso y sin preparación de ningún tipo, yo le sustituí. Yo fui Caronte.
Volvía por el camino de siempre preguntándome si te vería y por dónde huirías en esa ocasión. La respuesta fue tajante: sí, te vi, pero no huiste. Lo habías intentado pero aquel coche había sido más rápido.
No sé cuánto tiempo tardé en comprender lo que veía. Estabas allí, tumbado. Creí que descansando y que te marcharías en cuanto me acercase, pero no fue así. No sé aún cómo pero mi cuerpo se movió y cuando me quise dar cuenta, estaba arrodillado a tu lado, colocando mi mano en tu lomo, esperando sentir tu respiración. Aun espero sentirla. Miré alrededor en aquella calle vacía y silenciosa. No había nadie, era de esperar dadas las horas pero me di cuenta de que era una calle estrecha, demasiado estrecha para que un coche circulase a gran velocidad… ¿entonces?
A medida que la palabra “accidente” se difuminaba, surgió en mí la seguridad más aterradora de que alguien había hecho aquello. No fue un accidente, alguien quiso hacerlo.
Me quedé mirándote, pensando qué pasaría después. Ninguna de las dos opciones era digna. Podrías ser atropellado en más ocasiones o ser arrojado a la basura cuando pasase el camión. NO PODÍA PERMITIRLO. Pero no sabía qué hacer.
Hasta que lo supe. Tenía que llevarte a descansar.
Aun hoy no sé cómo fui capaz pero sé que no podía dejarte allí. Con más tristeza de la que se puede expresar con palabras, volví a hincar la rodilla, dispuesto a no levantarme sin llevarte conmigo. Fue entonces cuando me sobrevino la primera prueba: el golpe te había causado daños que no había podido ver hasta que intenté cogerte. La imagen aun está grabada en mis retinas. Con miedo de hacerte daño, recompuse tu figura lo mejor que pude y, con sumo cuidado coloqué en su lugar las entrañas que asomaban de tu vientre. La segunda prueba sería mas dura aún. Te examiné para asegurarme de que tu cuerpo sería trasladado con dignidad, como si estuvieras simplemente durmiendo y parecía que todo estaba en su lugar. Hasta que vi tu rostro. Tu mirada vacía, como vacía estaba la cuenca de tu ojo izquierdo. No estaba preparado para enfrentarme a tu mirada de miedo, de duda, de dolor. Tu mirada que buscaba un por qué. No podía enfrentarme a tu mirada y aparté la vista y allí lo vi, no muy lejos, el gemelo del ojo que me miraba y me atravesaba el alma. Casi llorando y con más cuidado del que ningún ser humano ha tenido jamás, coloqué aquella joya verde cristalina en su legítimo lugar… y te cerré los ojos para que nunca más vieras este mundo de locos.
Cuando te cogí en brazos me recordaste mucho a cuando cogía a Clover. Pesabas lo mismo, eras del mismo color, los ojos también verdes… continuamente me preguntaba qué clase de broma retorcida podía ser aquella.
Finalmente llegué abajo, donde, a veces, las lluvias forman una corriente de agua que corre paralela a la calle donde solíamos encontrarnos. Allí, junto a la única planta con flores, decidí que podrías descansar. No sé cuánto tardé, pero no es fácil arrancarle tierra a la tierra con las manos desnudas. Pero no me detuve. Me dolían los cortes que se estaban llenando de tierra, pero me daba igual, las heridas cerrarían. Al final conseguí abrir un agujero en aquella tierra dura y fría que parecía resistirse a mis intenciones. Estaba decidido y no me marcharía sin despedirle como merecía. Cuando acabé, tenía en las manos una mezcla de tierra, sangre y pequeñas piedras incrustadas en las heridas. Pero no sentía dolor. No ese dolor. Me acerqué a ti y te cogí en brazos por última vez para recostarte en tu recién excavada cama. Un momento después, te cubría con la tierra que había arrancado con mis manos y que ya no estaba fría. No pasarías frío.
Finalmente dije unas palabras que nadie más oyó. Fueron solamente para ti y sólo tuyas seguirán siendo por siempre.
Al volver a casa empezaron a dolerme las manos como nunca antes me habían dolido, pero tenía que contar lo que te había ocurrido, no quería que nadie se olvidase de ti. Así, en el otrora popular fotolog, escribí mi entrada en la que relataba mi experiencia como Caronte.
Hoy, un lustro después, rememoro aquella noche y te recuerdo a ti. No nos hicimos amigos pero te quise, aunque tú ni me recordases quizá de un día para otro.
Aquella noche aprendí lo frágil que es la vida y cómo, a veces, no hace falta conocer a alguien para querer hacer algo bueno por esa persona. Aprendí que el que siega las almas no tiene que enfrentarse a las miradas de miedo y tristeza como sí hace el barquero y por eso Caronte era ciego… pero yo no.
Hoy, como cada vez que paso junto a tu tumba, te he saludado, amigo mío y, como cada vez desde hace cinco años me pregunto si alguien alguna vez te dio un nombre y cuál pudo ser.
Ojala hubiese podido ofrecerte una cesta en la que acurrucarte.
Quizá sea cierto y fuese culpa mía. Quizá la gente muera a mi alrededor de un modo u otro y no me doy cuenta porque no veo sus ojos como vi los tuyos.
Quizá sea ya hora de dejar al mundo en paz…
Decida lo que decida, esta noche recuerdo las palabras que te dije y que nunca nadie ha oído y que solo una persona estuvo a punto de escuchar. No habrías huido de ella.
Esta noche, amigo mío, te recuerdo, te honro y te saludo.
Como cada día y cada noche al pasar junto a tu tumba.
El único lugar donde aun crecen flores.
Como tú, flores sin nombre.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Stumm

La voz no quiere salir, se me atragantan las palabras en la garganta y lo peor es que las únicas que se hacen un hueco y casi consiguen escapar son para decirte que te quiero… y evidentemente, me las tengo que tragar. La verdad es que de tanto que quisiera decirte, ni siquiera sé por dónde debería empezar, qué sería adecuado, qué podría impedir que te marchases sin dirigirme la palabra. No lo sé, sinceramente y me atormenta no tener las palabras necesarias para ti.
Miro en derredor y me sorprendo, no obstante, al ver que intercambias conversaciones con algunos especímenes que, simple y llanamente, no te llegan ni a la suela de los zapatos. Y no, no lo digo solamente por la apariencia de algunos, si no porque alcanzo a percibir parte de lo que te dicen y sobre todo el tono en que te hablan y me pregunto si de verdad tan mal concepto tienes de ti misma para considerar que es necesario castigar tu tiempo con conversaciones vacuas, absurdas y soeces que una princesa como tú no tendría que soportar. Siendo (casi demasiado) claro, vales más que esos contertulios tuyos que te hablan y se comportan de tal modo que degradan ya no sólo el arte y placer de una buena conversación, también a quien se ve envuelto en tan pueriles exhibiciones de nada en absoluto que decir, rabietas contra quien no tienen valor de afrontar a la cara y vulgaridades cuya obscenidad aumente a medida que disminuye el respeto hacia tu persona. Y es que lo siento pero no concibo que personas que hablen acerca de ti en esos términos estando tú ausente puedan profesarte el respeto que aseguran.
Debe ser que estoy hecho de otra pasta, una más anticuada, caducada quizá. Sé, empero, que no soy capaz de saludarte, me pueden los nervios; no puedo responder si lanzas una pregunta al aire, quizá mi respuesta no te sirva; soy incapaz de iniciar una conversación, me falta picardía aunque temas tenga algunos; no me atrevo a hacerte ni una pregunta, temo tanto tus respuestas como la ausencia de las mismas… y así me quedo, mudo, observándote como una estatua que te sigue con la mirada, incapaz de hablar, casi de moverme incluso. Petrificado, en definitiva, porque al verte tan hermosa y sonriente temo que, si me muevo, no sé cómo, estropearé tan idílica imagen. De piedra, al fin y al cabo, porque pétrea es la voz que no consigo hacerte llegar mientras que bajo mi enmudecido cascarón hay un corazón que grita. Grita con una voz capaz de atravesar la piedra y el hueso, el silencio y el alma. Una voz que, pese a todo, debo contener, encerrar con ese nudo en mi garganta que se forma cada vez que, al mirarte, casi se me escapan, incontrolables, esas palabras que te asustaría oir viniendo de mi.
La voz de una estatua agrietada que se tambalea desde dentro. Una estatua que, muda, grita:
Te Quiero.

Unsichtbar

Y es así. Simple y llanamente y aunque podría dar “mis” razones, no comprendo “las” razones, las que son al margen de mi punto de vista, las que son sin mi intervención, “das ding an sich” en lugar de “das ding für mich”. Lo que es, no lo que me planteo que es…
La verdad, ni idea. Solamente sé que te veo al menos un par de veces al día. Que cada vez que te veo, te miro a los ojos directamente y noto cómo esos ojos brillantes y preciosos pasan a través de mí, me atraviesan como si fuese un cristal que se hace pedazos cada vez que te veo y compruebo que aun estando, eres tú quien no me ve. Quizá si te dijese algo… pero, ¿qué? Me aterra lo que puedas responder si decidieses hacerlo, no podría con tu indiferencia o con un silencio atronador sabiendo perfectamente que me has oído y decides ignorarme. Demasiadas preguntas, ni una sola respuesta y de nuevo, solo puedo hacer lo mismo de cada día: mirar esos ojos y esperar. Esperar que no me atraviesen, que dejen de otear el vacío que se extiende a mis espaldas y se percaten de que estoy ahí, aquí, mirando e intentando decirte… decirte mil cosas. No sabría por dónde empezar, son tantas ideas y tantas las preguntas que quizá sería robarte demasiado tiempo, más al menos del que quisieras concederme. Debería tal vez ordenar mis preguntas mas no encuentro forma de saber si una es más importante que otra, si esta otra te hará reír o si la cuarta te incomodaría o te haría arquear una ceja preguntándote en tu fuero interno si soy así de tonto o si son simplemente los nervios inherentes a tener delante a quien me quita el sueño y cuyos ojos me hacen plantearme si realmente es el sol el que ilumina este mundo. 
No sé gran cosa, solamente que mañana te veré y que aunque haya quien diga que no has cambiado de ayer para hoy, te veré más bonita, más mágica y tus ojos serán más brillantes, más profundos y misteriosos, tu sonrisa se me antojará más dulce y tu voz, si alcanzo a escucharla de nuevo, se reafirmará como mi canción favorita… lo que no sé es si mañana tú me verás a mi, si tus ojos dejarán de atravesar cada fibra de mi ser como si no estuviese ahí, delante de ti, esperando un simple “Hola” que me alegre el día. 

No sé si mañana dejaré de ser invisible para ti, pero sé que mañana, cuando vuelvas a aparecer, tendré más ganas de dejar que te me acerques… y eso me da casi tanto miedo como la idea de que no llegues a verme.

viernes, 1 de febrero de 2013

I do...


I love you
There’s no escape
Even if you try to flee
You’re lost

I love you
For I must love you
For I can hear your voice
In ever single place

Call it an instinct
Maybe a wish, just my desire
For you’ll be
Only mine

I love you
For I cannot keep away
My obsession to be with you

I love you
Your whole life
I love you
Even if I don’t want to

It’s like a dream
That I dream every single day
For you’ll be
Only mine

I’m just a man
As many others
Watching you
Just a man, asking for your company

I love you
My dearest one
For I learn how to fly, always with you

I love you
Like I love summer
For you burn my skin
Just with your bare hands

I love you
Despite I shouldn’t
I love you
Dammit!
I love you
Every single minute
I love you
And that’s how I feel it

It’s like a wish
Like a sweet drop of poetry
For I give you my whole joy

Call it an instinct
Almost a challenge
You’ll be mine, only mine

I love you
Despite I shouldn’t
I love you
Dammit!
I love you
Every single minute
I love you
Just the way you are
I love you
Despite you don’t love me
I love you
You’re in my mind

I love you
Completely
I’m in love with you…