domingo, 22 de octubre de 2017

The walk of Ms. Moon


Repicaba la campana aquella tarde
Queriendo la noche
Avanzar
Cubrir con su manto de foscas sedas
El mudo que fácil se ve, que fácil se siente
Ella camina ahora
Silencio a su paso, calles desiertas
Niños que huyen tras madres que la observan
Y la condenan
Y ansían ser como ella
Esa bruja hereje que ellas no tienen el valor de ser
Y aun ahora ella camina
Sobre un camino que se apaga tras de sí
Cuando a cada paso pisa
Una estrella hasta extinguirla
Repicaba la campana y ya era noche y ella
Ella sólo sale  por la noche
Y en sus oídos una música solamente suya
Ella sólo sale cuando la última campanada da a la noche
De lleno en el pecho
Y ella camina ahora
Con sus vaqueros y sus botas y su melena de un color que ni existe
Ella camina y le preguntan por su nombre
Pero la Luna no se gira a responder
Sólo camina entre campanadas

viernes, 13 de octubre de 2017

Love you away (blue side)

Se cerró
El círculo que empezó en un punto
Un punto muerto y en silencio
Un susurro resonó entre las voces
Que envolvían todo
A ti… mi todo

De la nada, del silencio
Aquella voz, aquella risa
Aquél mirar… y yo callé
Al escuchar de tus labios lo que sólo soñaba
Broma cruel creí que fue
Y de tus ojos mi ceguera aparté

No puedo, (no) quiero
No debo, (no) sé
Quererte
No entiendo, ni acepto
Ni permitiré
Que me quieras

Pero si alguna vez me hubieras querido
No me escuches y cállame a besos
Porque sólo sé quererte desde lejos
Mientras muero porque a mí me quieras cerca

lunes, 2 de octubre de 2017

Kyoto-Yaroslavl in watermelon screams


Los recuerdos de aquella noche no son claros. Nada hay que pueda recordarme cómo fue, qué pasó ni qué palabra inició todo lo que vino después. De las brumas del olvido sólo escapan los fragmentos tenues que callan más que dicen y que parecen sólo existir para recordarme que sí, fue real y no el hermoso y terrible sueño que se antoja a quien no pudo vivirlo. Sí, estuve allí. Sí, la vi.
Es confuso el tiempo para mí, lo admito, desde que los años decidieron ignorar mi forma para sólo tornear mi fondo con las caprichosas lecciones que me han ido dejando. Quizá fue hace un año, quizá fueron diez. Puede incluso que fuese ayer mismo o que esté por suceder, que ocurriese hace incontables siglos o tras el último atardecer. No lo sé. Recuerdo, empero, aquél aroma inconfundible. Poco hay más característico que el olor a sal, a mar por la mañana temprano. Como cada mañana, recorría los once siglos de Kyoto y al llegar a la bahía la vida explotaba en el ancestral baile entre mar y marineros, el que da y el que recibe el sustento. Terribles olas que aguardaban, calmadas, esperando no tener que desbocarse. Pescadores rudos ávidos por de las mejores presas y a la vez midiendo cada paso para no tomar más de lo permitido.
Como cada mañana, aquellos hombres pactaban sin saberlo con Ryojin, quien les miraba desde debajo de las aguas. Pocas veces reparaba en mí y reconozco que había sido la primera vez que conocía a una deidad tan peculiar. Sí, tuve miedo, pero que yo pudiera verle tampoco le había dejado precisamente tranquilo. Sólo un par de décadas de tantearnos con cuidado lograron que alcanzásemos aquél delicado equilibrio basado en un respeto poco usual. El respeto que se tiene a un dios dragón y el respeto que ese mismo dios dragón tiene a… bueno, a mí. No le sorprendió la noticia de mi partida llegando incluso a asegurar que iría a buscarme si los once siglos se le acababan demasiado pronto cuando decidiese volver a Kyoto. No sólo fue un halago, sé que lo dijo en serio.
Al final llegué aquí nada que no esperase encontrar. Aibhil tenía debilidad por buscarme para darme las noticias. Sus noticias. Aunque estaba ligada a la familia O’Brien, la más célebre de las banshees tuvo a bien venir a buscarme hasta Ярославль (Yaroslavl). A veces parecía disfrutar dando los mensajes pero lo que pocos sabían es que, al menos Aibhil, tenía cariño a la familia a la que destrozaba con sus gritos de muerte y tragedia. Por suerte para ella, darme noticias a mí era casi como unas vacaciones.
Hubiera preferido no entretenerme pero Nürmberg tiene… algo. Aunque de aquella visita no recuerdo nada, ninguno de los tenues retazos trata sobre la ciudad.
Lo siguiente que viene a mi memoria ya eres tú.
Si el tiempo no me dice nada, imagina qué efecto puede tener el lugar. Exacto, ninguno, o así era hasta que apareciste. De todas las posibles combinaciones que se pudieran manifestar ante mí en cualquier modo, concebible o no, tú eras sin duda la única para la que no estaba preparado.
Hablo de ella como si estuviese escuchando o como si en algún momento fuese a hacerlo. Disculpad, a veces no mido bien la realidad.
De la nada, imparable como el avance de Jagannātha, surgió un leviatán de verde y rojo, mas no provenía esta fuerza de mar o lago alguno ni descendió desde los cielos. Esta fuerza durmiente del mundo era distinta a cuanto hubiese conocido anteriormente y, sin embargo, me buscaba. Buscaba mi conversación. Ni siquiera ella misma sabía que me conocía pero nada la detuvo hasta que sus ojos de color madera comenzaron a horadar mi ser buscando lo que no puede ser visto.
Visto en perspectiva, podía haberme defendido, podía haber cerrado el paso.
Pero por primera vez en más tiempo del que creo posible siquiera contar, la que buscaba y lo que era buscado eran uno y lo mismo. Ella era tan yo como yo era ella.
Al cielo le falló el viento y las nubes caían poco a poco. Las aguas parecían inmóviles espejos no querido hacer ruido alguno que interrumpiese el silencio más profundo que el mundo jamás viviera. Todo y todos, seres conscientes y ajenos a aquél momento, contuvieron el aliento a la espera de una palabra, un gesto o quizá el inevitable fin de todo.
Sabía que era mi opuesta y sólo rozarla en una lucha nos mataría a los dos y después reduciría la existencia a un recuerdo condenado a perderse.
Pero tuve que besarla.
El fin del mundo tenía sabor a sandía.