sábado, 30 de marzo de 2013

Danse parisiènne vol.3 - La clé de mon coeur

Otra vez danzan en esta ciudad de luces sin nombre las vidas ajenas de las sombras que por sus calles deambulan. Rostros ajenos que forman un mar de ojos que no ven más allá del lugar al que buscan llegar. Algunos, al alcanzar sus destinos, se sentirán vacíos y se preguntarán si mereció la pena el camino. Otros nunca llegarán.
Entre este oleaje humano me pierdo por callejuelas tan estrechas que, de cruzarlas contigo, deberíamos ir abrazados. Encuentro rincones donde uno sueña con los poetas que antaño poblaron estos lares, reunidos en torno a una mesa quizá con una botella de hada verde para componer versos que, cuerdos, jamás podrían haber logrado. Vislumbro fugazmente callejones oscuros que desaparecen tras un segundo de existir y en los cuales me adentraría para robarte un beso que supiera a sorpresa y a cielo, como saben tus labios desde el primer día. A lo lejos, como un faro, la torre arroja luz y sombra sobre toda la ciudad. A sus pies se encoje mi alma ante la imagen de un monstruo de metal que se alza hasta clavar su aguijón en el cielo gris. Dicen que, al subir, se puede ver más allá del mundo y sondear el infinito, que en los días de niebla la ciudad se oculta bajo un mar blanquecino y se tiene la sensación de que el mundo ha sido borrado y quienes lo contemplan son los supervivientes de un Armagedón silencioso que no se sabe cuándo ha ocurrido. Eso dicen, no lo sé, aun no es hora de subir, no sin ti, no si no he de poder poner el mundo a tus pies desde esta ciclópea atalaya te hierro y luz. No, princesa, no sin ti.
Me alejo de la mirada inquisidora de esa columna que une el cielo y la tierra y me pierdo de nuevo por calles que deben su nombre a hombres y mujeres que ya nadie recuerda, cruzo plazas con jardines, otras con árboles, otras de fría piedra mientras contemplo edificios oscurecidos por el aire otrora límpido que ahora el ser humano ha tornado en invisibles humaredas que con los siglos pintan de gris los huecos de fachadas que antaño fuesen blancas. Dos águilas de piedra vigilan la entrada de un edificio cualquiera, dos llamas coronan sendas columnas de una oficina a pocos metros, arcos diversos se mezclan rodeando ventanas tras las que millones de seres anónimos ocupan sus vidas tan solamente en vivir un día más. El rumor de un río parece sonar y sin dudarlo, acudo. Encuentro por el camino librerías que te regalaría tan sólo por saber que, si no entendieses este idioma, encantado me sentaría a leer para ti cada palabra, cada página de cada libro que llenase las estanterías aunque para ello me faltase tiempo en esta vida. Cruzo frente a un palacio donde se dan cita famosísimos desconocidos de un mundo tan vacío como vacíos están de vida esos jardines que no crecen, se compran. Imagino cuán distinto sería, empero, si ese jardín te fuese entregado, si ese palacio fuese para ti mi regalo, si junto a esa fuente preparásemos una merienda mientras una niña y una gata corren, juegan, ríen.
Al fin, encuentro el río. Emociona y entristece a la vez, tan poderosa criatura y tan tristemente teñida de un color de enfermizo marrón grisáceo. Mi querido Sena, cuánto dolor veo en tus aguas y aun así, cuánta belleza te queda cuando de noche brillas de ese modo. Cruzo un puente, el puente que buscaba, uno entre muchos, no es igual a otros. Brilla de un tono dorado noche y día. En él, incontables almas han dejado una muesca, una señal que les recuerde que en algún momento amaron a alguien y quisieron dejar constancia al mundo adornando el puente con un candado en el que inscribieron sus nombres. Miles de candados y el doble de nombres, símbolos abstractos de algo tan concreto como el aquí y el ahora, como el decirte que no dejo de pensar en ti y que ahora un candado más adorna el puente y se une al brillo dorado que refulge y grita al mundo que te amo más que a nada. Tal vez no conozcamos el mundo, pero ahora, el mundo entero nos conoce y sabe que al igual que en este humilde candado, en mi corazón tú tienes la llave.
Unos pasos más allá otro monstruo me aguarda. La catedral. Jamás soñé con tal coloso de piedra y cristal, jamás creí que me estremecería de tal modo al contemplar sus gárgolas velándola como perros guardianes protegiendo a su ama. A su dama, Nôtre Dame. Cuentan mil historias de magia y romance, tan increíbles y fantásticas que enseguida tachamos de cuentos, fábulas, fantasía… pero al contemplar este pétreo titán, vuela la imaginación y, por un momento se difumina la frontera entre realidad y ficción al punto que juraría haber visto a una gárgola sonreírme al no saber si realmente la sombra que corría por lo el tejado y los campanarios estaba allí o no.
Es ya hora de regresar y descansar por hoy. Cruzo calles bulliciosas, otras solitarias pero todas impregnadas de una música que nunca se oye con claridad pero que siempre está ahí. Las fuentes brillan con reflejos y colores, el último café de la tarde empapa el aire y, por un momento, la cálida sensación de que me coges la mano y caminas a mi lado. Y yo sonrío. Sonrío a una ciudad que es un mundo aparte porque, incluso en otro mundo, pienso en ti, te siento cerca y te llevaría al cielo en brazos por verte sonreír.
Incluso en otro mundo, princesa, mi mundo eres tú.
Je t'aimerai toujours.

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