Sin vida en mis venas. Solo salitre que se agolpa en las cañerías vacías que una vez hicieron correr ríos de sangre que ansiaban derramar a sus semejantes. Apatía que obstruye unas arterias otrora férreas y que no son si no herrumbre quebradiza a punto de verter la nada que las recorre.
Quedan apenas unas marcas, cicatrices de batallas que se libraron más con palabras que con golpes.La marca en mi antebrazo de cuando Clover, mi gata, me clavó las uñas y tiró de la piel levantándola y rompiéndola a la vez. Una tosca letra "P" en mi pecho apenas visible que me recuerda que una vez quise a la persona equivocada. Una línea fina en mi rodilla de aquella vez que me puse delante de mi hermana para que una tubería caída de un camión no le golpease a ella. El golpe que aun se nota en mi frente de aquella mañana en que, haciendo idioteces, me caí de cabeza al suelo desde el borde de una fuente.
Dicen que se puede saber cuánto ha sufrido una persona por sus marcas pero ¿Qué ocurre cuando puedes contar con los dedos de una mano las cicatrices de alguien?
Ocurre que las marcas que de verdad lo definen están dentro, bajo la piel. No se ven con los ojos pero se pueden oír cuando la persona habla y se manifiestan en su voz o en cómo dice ciertas cosas. No puedes tocarlas pero lo notas en la forma en que esa persona toca tu piel allí donde su herida le quema por dentro.
Y piensas...