martes, 29 de marzo de 2016

El tejido de la realidad, las vacas y yo

Érase una vez y media, en una tierra muy lejana, pero mucho, lejana de cojones, a medio camino entre a tomar por saco y Mordor del Sur, a mano izquierda según pasabas el Cabo de Buena Esperanza y girabas en el kiosco de Manuel. Y pelín más p’allá. ¿Ya? Bueno, pues más o menos. Allí vivía yo por aquél entonces y claro, me quedaba todo a tomar por culo de lejos y tenía que desplazarme en vaca. Oye, que lo mismo alguno se piensa que era un capricho, que vale, en parte sí porque joder, ¿quién no quiere una vaca? Son útiles para todo, desde cambiar una bombilla hasta viajes interdimensionales que faltan al respeto al continuo espacio-tiempo y se ríen de las leyes de la física mientras hacen un sudoku. Valen hasta para quedártelas mirando sin más. Yo lo hacía a menudo. Mucho. Quizá demasiado. A lo mejor por eso cuando me di cuenta había cumplido ya los 20… a saber. Pero de la vaca no perdí ni un detalle, os podría decir hasta el número de matrícula en árabe si no fuese porque es probable que acabe cometiendo alguna herejía o, como aquella vez, invocando a algún dios y que se cabree porque estaba en la ducha.

¡'Güenlaputa ya, siempre cuando me estoy aclarando, cabrón!

La cuestión es que viviendo allí y desplazándome en vaca… bueno, perdón, que me enredo hablando de la vaca y (aunque cueste creerlo) no es aquí lo importante. De hecho, lo importante aquí es irrelevante, porque sí, porque si fuese a hablar de algo importante habría preparado un discurso sobre la vaca y sobre cómo se pasaba por las ubres las leyes de la termodinámica y hacía caso omiso de la tensión superficial de la mayoría de líquidos hasta el punto de que los ignoraba casi por completo. En serio, pasaba tanto de los líquidos que me lo contagió y ahora, cuando llueve, no me mojo y no porque sea impermeable, si no porque me la sopla tanto el agua que si no me concentro, me quedo seco. Soy así, un tío inconscientemente seco, es lo que hay. Hay quien es cojo, hay quien es de padre calvo, gente que no sabe aplaudir con las orejas, espectadores de “Mamarrachas, hanalfabetos y vistemierdas” y sabéis que podría seguir con la lista de desgracias y/o minusvalías, pero el concepto general lo tenéis. El caso, mi caso, es que soy impermeable pero no por nada, sino porque no me doy cuenta y me pasa con la tensión superficial de los fluidos newtonianos lo que a cualquiera que va con el móvil por la calle, que no me entero si cruzo según qué líneas y claro, al del móvil le pilla el tranvía (si tiene suerte y vive en San Francisco o Murcia) y a mí me arrolla una implacable desidia y claro, salgo perdiendo. Y ojo, no lo digo por decir porque para decirlo por decir habría dicho “digo”, pero no lo he hecho. Salgo perdiendo porque desde que me pasó eso, las leyes de la física me han perdido el respeto.
Os dejo una línea en blanco para que lo asimiléis.
Sé que estoy sexy cuando me vuelvo interdimensional.
Por favor, chicas, de una en doce.


Ya. Pues eso es así, hamijos, las leyes de la física me ignoran. Bueno, ya no, pero durante un tiempo me ignoraron y os aseguro que no fue fácil superarlo. Pero yo soy asín, toguaydeltó y mira tú por dónde (y ya que miras por ese “dónde” cuéntame lo que se ve, que yo con las gafas no puedo) lo conseguí. Y oye, pensaba que sería difícil, pero no, solamente fue lo segundo más jodido que he tenido que hacer en los apenas 14 siglos y veinte minutos que llevo en este planeta. Sin mucho rodeo, que no soy un vaquero de Tennessee (por decir algo, estaba buscando algún sitio cercano con tradición ganadera y era eso o Sanlúcar de Barrameda, que suena demasiado comercial), la solución estaba en tratar a las leyes de la física, la termodinámica y en general al grupito de las “guays” como a un gato corriente. Decidí pasar de ellas y me convertí en una ley universal porque sí, porque me dio la gana y me salió del cosmos. Y ahora lo más corriente (cuidadín con el enchufe) es que os preguntéis qué pasó cuando me convertí en ley universal. Pues mira, lo primero es que a las leyes de la física se les cayeron las bragas (conceptualmente hablando, todos sabemos que las leyes físicas son muy putillas y no usan ropa interior) y lo segundo es que descubrí que yo, como ley universal, podía dictar y modificar mis propias leyes y ojo, no solamente físicas, también naturales. Cágate lorito (pero en tu sitio, que lo pringas luego tó), ¿y eso qué significa? Pues que yo podía crear y alterar las leyes que a mí me diesen la gana y dictaminar a quién afectaría cada una y a quién no. Y todavía puedo porque una de las primeras leyes que dicté fue pasarme el tiempo por donde me diese a mí la universal gana, y eso explica cosas como que mi aspecto no haya cambiado desde que cumplí los 16 y mi intelecto desde que cumplí los 5. Esto me permitió avanzar y retroceder en el tiempo a mi antojo y claro, tanto ir ahora p’adelante y ahora p’atrás tuvo como efecto secundario que el delicado tejido espacio-tiempo se rasgase y de su interior saliese otro caminante de realidades que se desplazaba como yo y al que probablemente conoceréis como Chiquito de la Calzada. Ahora ya sabéis que nació para curar al universo y contrarrestar mi inmenso poder (a su manera).
Chiquito contrarresta mis poderes siderales
para proteger el continuo espacio-tiempo.

Entre mi creaciones más destacadas están el “Conjunto de leyes para putear al humano estándar” o, para abreviar “La ley de Murphy”, nombre que puse en honor a Robocop, primer alcalde de Detroit en el año 4003 tras la guerra contra Huesca (uy, que os he hecho “spoiler”) y que escribí más o menos anteayer. También quiero destacar la ley de la palanca (porque rima con mi tranca), la ley de la osmosis, la ley del más fuerte, la del más memo, la ley de propiedad intelectual que sólo entienden los más listos (de ahí el nombre) y que no dicta nada pero que hace un poco como de filtro para que los habitantes de Namibia no den mucho la lata, la ley de la divina proporción, las matemáticas y la más compleja, la ley que gobierna sobre los rizos de Eduard Punset. Eso sí que fue una movida tocha.

"Vais a flipar muy fuerte, la mía es así."
-Punset sobre la ley que explica su peinado.-

La lista sigue, ahí he citado solamente las más famosas y la de la palanca porque me ha hecho gracia a mí mismo que la inventé, por lo que vosotros os tendréis que estar partiendo el hojaldre. Claro, después de todo esto imaginaréis que acabé agotado, pero como ya había hecho aquella cosa científica con lo del tiempo, cuando terminé volví al año que viene y descansé hasta ayer por la mañana que me tomé un carajote, porque a mí un carajillo me deja como que con ganas de más y dije “pues a cholón”, y claro, no terminé de calibrar. Total, que sí, lo confieso, ayer en el futuro me cogí o cogeré un ciego bastante complicado de asimilar. Sobre todo porque hice/haré cosas que no dejaron/dejarán muy buena imagen de mí  que tampoco quiero detallar pero que si os ponéis coñazo pues lo mismo os doy una pista (y ya que estamos un par de hostias de las buenas, de las que se reparten en Albacete a los niños que dicen que quieren ser vegetarianos) os adelanto/recuerdo que ofendí a varias civilizaciones que dejaron de existir de puro enfado, profanaré ciertas imágenes religiosas que todavía no he inventado y creo que en algún momento di o daré un discurso en una graduación en Oxford… ¿o eso era Stalingrado? Nunca las he distinguido mucho. Pero bueno, la conclusión es la misma: si bebéis, compartid, cabrones, que os meto una ley física o natural que se os va a caer el pelo y si sois calvos… algo habréis hecho.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Interlude in b(each) minor

Aquella noche la luna estaba a medio terminar y las pocas nubes que había se dedicaban a cruzar de vez en cuando
Y taparla
Como intentando que la poca luz que daba se extinguiese
Y aun así
Verte era sencillo porque tú misma brillabas
Brilló tu sonrisa
Tu mirada
Y refulgía aquel vestido blanco como fuego de otro mundo
Como agua de otros tiempos ondeaba sobre tu piel
Y como un suave y fantasmal viento te envolvía haciendo que no fuese posible distinguirte de un sueño
Y por eso me acerqué
Y te rocé
Incrédulo
Inseguro de tu existencia hasta que mi mano alcanzó tu hombro y me miraste
Y tus ojos me atravesaron como si la vida misma me disparase a bocajarro y, del mismo modo, me salté un latido al morir por un instante de plena euforia al saberte allí
Tangible y pese a ello etérea e irreal
Como una visión de una mente delirante
Pues delirio fuiste y delirio eres para este observador que, empero, pudo alcanzarte y sentir tu piel
De seda
De cálida frialdad y adictiva sensación
Fue tu desafío, tu sonrisa desafiante y tus ojos entrecerrados
Tu fingida huida
Tu risa de música endiablada que taladra mi mente y no me deja pensar en nada salvo en sellar tus labios y saborear
Tu risa
Esa risa
Demente y celestial
Que me lleva al cielo mientras toma el desvío al infierno
Al purgatorio de tu cintura
Al limbo de tus caderas que castigan a mis manos encadenándolas a tu piel de porcelana y espinas
Y al acercarme a ti
Al acercarte a mí
Y no quedar entre los dos lugar siquiera para una brisa
Sentí el agua fría
Negra
Y la costa ya lejana
Las luces apenas visibles
Y seguimos caminando sobre las olas
Dejando atrás el mundo
Tus sandalias en la mano
Y tu vestido blanco
Lejos
Alzando el vuelo

sábado, 12 de marzo de 2016

Rose explosif


Cae la noche y el
Rocío baña tu piel de flor
Y cada pétalo
Refulge
Mientras las pequeñas perlas
Brillan con la luz de una luna
Argéntea
Y te contemplo embelesado
Tan bella y delicada
Tan salvaje y arrojada
Desoyendo a la razón
Persiguiendo la ilusión
De sentir el viento una vez más
De alzar el vuelo y sin cesar
Despojarte de las espinas
Que otrora marcasen tu piel
Y ser libre
Y regar tus hojas, dulce rosa
Con negra agua salada
Salpicada de estrellas y deseos
Y es entonces cuando siento
Como siente el propio mar
La caricia de tu risa y me pregunto
Una vez más
Si al abrazarte
Mis propias espinas
Con tu mirada comprenderás
Si en esta locura conjunta
Que nos invade al conversar
Esa  explosión de risa
De salvaje dulzura y paz
Como capricho,
Como tesoro
Me volverías a regalar

martes, 1 de marzo de 2016

Aquél primer latido

Nunca pude ni podré olvidar aquella aparición. Aquella noche vi por vez primera lo indescriptible, lo que no habría sido capaz de imaginar que pudiera existir porque ni siquiera sabía a ciencia cierta que era a ella a quien había estado buscando y esperando. Sí, era consciente de algún modo que faltaba algo pero no era capaz de decir qué, quién ni cómo era. Hasta que la vi.
Fue una visión, se encarnó ante mí el concepto de la perfección liberadora que inconscientemente había perseguido toda mi vida. Todas mis vidas. Tanto tiempo que ni yo soy consciente ni lo logro recordar. Pero allí, entonces, ante ella, todo cobró sentido de un modo que aun no entiendo y sin embargo, pese a no poder manifestarlo con palabras, tan natural y sencillo que hasta un niño podría haberlo hecho encajar.
Ella era preciosa, en todos los aspectos que abarca esa palabra. Ni muy alta ni muy baja, la estatura perfecta para alguien como yo. Una larga cabellera de brillantes hilos escarlata que, en ocasiones, fulguraban como rubíes líquidos cuando los caprichos de la luz así lo querían. Su piel tenía un color único, lejos del blanco que siempre me había obligado a pensar que tanto me atraía y con un matiz que recordaba a la miel y, como pude comprobar, poseía una suavidad que nada ni nadie pudo ni podrá siquiera aspirar a emular. Tan suave, de hecho, que hasta las gotas de lluvia, al tocarla, permanecían intactas como diamantes brillando sobre terciopelo. De sus ojos recuerdo haberlos comparado injustamente con el cielo, con zafiros y con infinidad de tonos y conceptos que jamás hicieron justicia ni evocaron con certeza un color que sólo existe para brillar al mirarla. Ese color, ese azul tan claro y al tiempo tan profundo, sé y supe siempre que no habría de poder hallarlo de no ser en su mirar. Y sus labios… ¿qué decir? Poco o nada que en su día no dijese sobre cuán hermosos eran y el ansia que en mi causaban de morderlos, acariciarlos y de hacer cuanto pudiese para que dibujasen la más bella sonrisa que jamás haya contemplado y que daba paso a la melodía más hermosa que el ser humano haya oído nunca. Y es que su risa sonaba como perlitas cayendo por una escalera de mármol.
No le hacía falta ser tan bella y aun así, lo era. Y yo recuerdo cómo aquella noche cambió mi vida, cómo se adueñó de mi percepción del tiempo y de mi tiempo mismo, de mi esencia y de todo cuanto había sido y sería a partir de entonces. Se apropió de todas las vidas que había vivido buscándola y de todas las que deseaba vivir junto a ella.
Y comprendí que nunca había amado hasta que la conocí.