En un silencio estridente, me hallo envuelto por una
oscuridad cálida y serena en la que puedo ver cualquier cosa con tan sólo
cerrar los ojos. Al abrirlos, veo lo mismo. Estás lejos y a la vez te siento
cerca y mi respiración se acompasa a la tuya. Respiro tu vida y por mis venas
corre la sangre al ritmo que me marcas, aún durmiente. No sé cómo lo haces. No
es la primera vez que siento algo así, pero contigo todo parece nuevo, como
aquel beso. A día de hoy soy incapaz de recordar ninguno anterior a aquel ni sé
cuánto podré vivir sin otro.
Diste a mi vida un giro inexplicable y el silencio que
otrora me enloquecía se volvió una alegre melodía con tu sonrisa como tonada
que alegraba mi alma. Podría quedarme mirándote la vida entera y no sentiría
que pierdo ni un instante.
A veces suena aun en mis oídos tu voz de miel y recuerdo las
caricias de muchas noches en las que fingía dormir para tenerte cerca y sentir
tu calidez. Al pensarlo un escalofrío me recorre el alma y me pregunto, mi
princesa, cómo tus pequeñas manos podían hacer que me sintiera tan envuelto,
tan protegido y tan sumamente afortunado. Tejías en mi piel bordados con las
yemas de tus dedos y aun hoy recuerdo los senderos que trazabas en mi cuello,
en mi espalda, en mi pecho y en mis manos. Todavía puedo ver la marca de tus
labios como una tenue cicatriz y recuerdo cómo, con cada uno, te colabas más y
más bajo mi piel. Hasta que llegaste con tus labios a mi corazón. Fue tal la
sorpresa al descubrir que aún quedaba un trozo que aun hoy recuerdo aquél
latido que convulsionó mi pecho y sacudió mi vida. Fue tal, mi niña, la alegría
de poder amar de nuevo, que desde aquél instante late tres veces un corazón que
se dio a ti voluntarioso y decidido.
Late una vez por tu nombre.
Late dos veces declarándose.
Late tres veces abrazándote.
Tal vez no lo oyes pero sé que nunca callará.
Porque te quise, te quiero y te querré.
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