Aquella mañana llovía. Llovió también por la tarde y durante
la noche siguió lloviendo hasta que se durmió. Pero él no lloraba, no sabía
cómo hacerlo después de haber llorado tanto y hacía tan poco.
Desde muy pequeño había habido algo poco frecuente en él.
Por norma general, las personas reaccionan a la lluvia, al sol, al viento, al
frío y al calor. En su caso, parecía funcionar al revés. En alguna ocasión un
viejo conocido le había hablado de aquella peculiaridad. Se trataba de alguien
muy en contacto con toda clase de conocimientos poco frecuentes y no exentos de
cierta lógica y, por lo tanto, aquellas teorías ofrecían una explicación que de
otra manera no habría podido encontrar. Quizá la única explicación. No por ello
tenía que ser cierto, pero tendría que conformarse con aquella hipótesis
mientras no pudiera descubrir una causa basada en pruebas fehacientes.
En palabras de aquél hombre, había personas que acumulaban
en su interior tal cantidad de energía que influían directamente sobre su
entorno, pudiendo provocar sucesos en apariencia aleatorios que coincidían con
los cambios anímicos que dichos individuos experimentaban. No era una teoría
descabellada del todo si se tenía en cuenta que, en esencia, los seres humanos
estamos formados, en última instancia, por energía y por tanto, era tan
probable el hecho de emitirla como de recibirla, pese a que esto último era lo
más habitual. Le contó que había “algo” distinto en él pero que no era capaz de
entender qué era, tan sólo podía percibir que algo no era como en los demás.
No fue, no obstante, la única persona que le había dicho ni
le diría algo similar, pero a él aquello no le aclaraba gran cosa. Ni siquiera,
de ser cierto, se daba cuenta de cómo lo hacía ni sabía cómo pararlo. Al fin y
al cabo, no podía estar seguro de que fuera cierto.
De lo que sí estaba seguro, empero, era de que había cosas
que no sabía hacer y expresarse era, quizá, de las más graves.
Desde pequeño había soportado mucha presión y quienes
debieron haberle apoyado se enfrascaron en una cruzada cuyo objetivo era
“fortalecerlo”. Querían que fuera capaz de ignorar todo aquello que le causaba
dolor, que pudiera pasar por encima de todas esas emociones que lo debilitaban
y se centrase en sus estudios, en sus actividades, en su futuro como científico,
o arqueólogo, o médico… aún no lo habían decidido por él, pero sospechaba que
no tardarían.
Recordó entonces una ocasión en la que hizo una (quizá la
única) travesura sin la mayor relevancia y recordó cómo su madre, siempre firme
en ausencia de un padre del que conocía poco más que su nombre y apellido, le
abofeteó con una expresión a medio camino entre el enfado y el desprecio.
Recordó cómo se asomó a sus ojos una lágrima y su madre le golpeó de nuevo y
aquél embrión de lágrima salió despedido de su rostro enrojecido al tiempo que
ella le dijo “Si lloras, seguiré así hasta que dejes de llorar.”
Él alzó la mirada y antes de que pudiera decir nada, ella le
propinó un tercer golpe, al parecer se había percatado de que, de nuevo, estaba
al borde del llanto. Cayó al suelo mientras su madre se justificaba diciendo
que aquello era por su bien, intentando esconder el hecho de que estaba
descargando contra él la rabia por la recién descubierta infidelidad de aquél
padre del que él apenas sabía un par de cosas. Al ver que no se levantaba del
suelo, ella le cogió del brazo y le levantó en peso, apenas era un crío y la
ira de ella le permitió ignorar los apenas 27 kilos de él y pudo levantarlo
como si fuera de papel. “¡Mírame!” le espetó con la mano preparada para
acometerle de nuevo. Él lo hizo pero ella se detuvo. No fue una lágrima lo que
ella vio en su rostro si no una gota de sangre que manaba desde su ojo
izquierdo a causa de haberse golpeado contra el quicio de la puerta cuando se
precipitó al suelo. Pero no había lágrimas. Tenía miedo, estaba furioso y
profundamente dolido por todo aquello… pero él quería a su madre con todas sus
fuerzas y creyó que tal vez mereciera todo aquello por haber roto aquella
pulserita. Sn embargo, no delataría a su hermana. Ella había tenido la idea,
pero era muy pequeña y no quería ni pensar que le pudiera hacer algo así. Ella
era muy pequeña y lloraría.
Mientras pensaba aquello, su madre le había llevado al
cuarto de baño, él no se había dado cuenta siquiera. “Ven que te limpie eso”
dijo ella. Él se sintió aliviado, creyó que lo peor había pasado. Fue entonces
cuando vio a su madre acercarse a él y pedirle que se estuviera quieto al
tiempo que le sujetaba con una mano y con la otra vertía directamente sobre su
ojo aquél líquido que empezó a quemarle como si fuese fuego. Un fuego
transparente cuyo olor le recordaba a cuando le pinchaban una vacuna o le
sacaban sangre. “El alcohol sirve para que no haya infecciones” recordó que le
había dicho una vez una enfermera. Aquella quemazón le hizo gritar… y llorar de
nuevo. Lo último que recordaba de aquél día era la voz de su madre diciendo
“¿Qué te había dicho de llorar?”
Desde entonces, se encerró en sí mismo. Siguió queriendo a
su madre y pensando que de verdad había merecido todo aquello… pero a medida
que pasaba el tiempo, era cada vez más inexpresivo, hasta el punto de que
aunque llegó a enamorarse, no conseguía transmitir sus emociones, sus
sentimientos hacia la otra persona y, en más de una ocasión, daba la impresión
de que ni siquiera estaba realmente presente, de que su mente se había
desconectado de la realidad y de la persona que tenía delante. Pero no era así.
Él sentía, amaba, escuchaba y padecía pero había olvidado cómo compartir esa
parte de sí mismo.
Sin embargo, cuando lloraba por dentro y sus ojos no
recordaban cómo hacer para sacar las lágrimas que se le atragantaban en la
garganta, llovía.
Le habían enseñado a no llorar y, en consecuencia, el dolor
que no podía mostrar emanaba de él, silencioso y transparente como energía pura
que impregnaba el mundo a su alrededor.
Aquél día había llovido. Mucho y mucho tiempo. Tanto como él
había permanecido despierto. Escampó cuando el sueño le venció y se reunió de
nuevo con ella…
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