Hay días en los que todo parece agolparse en la vida y no da tiempo a reaccionar o siquiera a ordenar los pensamientos y las sensaciones. En uno de esos días, veo dos posibilidades: soltarlo todo o, más difícil, guardarlo.
Para lo primero, nada más sencillo que abrir la boca y dejar que las palabras escapen como les venga en gana, dejar libres las manos sobre un teclado y que formen las líneas como ellas mismas quieran, sacar a pasear al bolígrafo y que corra a su aire por el papel.
Para guardarlo todo, hay que estar dispuesto a soportar ese nudo en la garganta y correr el riesgo de que cada palabra se nos atragante y nos acabe asfixiando. Apretar los puños, cerrar los ojos con fuerza hasta ver ese arco iris tan extraño que se forma en las retinas, aguantar la respiración y tragar saliva intentando que ese nudo baje. Pero nunca baja del todo.
Es por eso que busco un minuto de calma a altas horas de la noche y me rodeo de cuanto silencio puedo para, entonces, volver a escuchar esa voz que me sosiega. Me pregunto cuánto queda de esa voz, tu voz, tal y como la recuerdo. Hace mucho que no cantas para mí pero no olvido aquella deliciosa sensación de sinestesia en la que pude escuchar un sabor. Y era dulce. La paz que me regala escucharte, aunque sea en mis recuerdos, no tiene explicación ni mucho menos comparación. A veces me sorprendo pensando que, si te tuviera aquí, intentaría cantar para ti. Es entonces cuando se agolpan de nuevo mis pensamientos y controlar ciertas ideas se me torna más difícil, como ahora.
Cuando leas esto, verás el resultado de no pocas correcciones y de muchas cosas que he tenido que cambiar o eliminar por respeto y precaución. Cosas que, si bien no son negativas “per se”, serían tal vez de mala educación. Decir siquiera tu nombre podría ser una metedura de pata que me llevase a cometer un párrafo tras otro y acabar amonestándote injustamente con una perorata escrita que no llevaría a ningún sitio. No diría nada nuevo. Es en esos momentos cuando, para contener ese irrefrenable impulso, recurro a contemplar la sigma tumbada que adorna mi pecho y que me recuerda que debo ser prudente, que debo respetar mis principios. Me recuerda que, ante la incertidumbre, he de hacer siempre lo correcto y lo correcto es cualquier cosa que evite hacerte daño una vez más.
Así que heme aquí, mi querida sigma tumbada, tal vez errando de nuevo por querer tan sólo decirte que si escuchas un tercer latido, no te asustes. Solamente estoy un poco nervioso por la idea de que se me escape decir cuánto te añoro…
No hay comentarios:
Publicar un comentario