sábado, 9 de octubre de 2021

A silent war cry

Yibambe: del hausa, (lenguaje africano). En este idioma, la palabra yibambe proviene del dialecto xhosa y se puede traducir como «resistir» o «soportar» para que ningún invasor pase sus defensas.


Yibambe

Cuando despierto, agotado, pues los sueños que me acogen no traen paz, no traen sosiego. No traen más que dudas y preguntas que jamás serán resueltas, jeroglíficos oníricos cuyos versos vampíricos drenan vida, gota a gota, mientras huyo quieto y sin descanso de la noche que me acosa tras un día que me caza.


Yibambe

Con cada paso que me aleja

De allí a donde pertenezco

Con cada otro que me acerca

A donde nunca fue mi sitio


Yibambe

Cada mañana,

Cuando el sol aun duerme

Y es mi paso el que arroja al mundo

Luz

Y sombras

Como nadie vio jamás

Como nadie quiere ver


Yibambe

En el silencio de una ciudad no nata

En el bullicio insoportable de mil almas estridentes que caminan sin un rumbo más allá del que les dictan unas voces pastoriles que al rebaño redirigen

Mientras yo sigo el silencio

Que otrora llenó una voz que ya no escucho


Yibambe

A cada adoquín

Tras cada esquina

Cuando cruzo cada calle


Yibambe

Por cada voz inesperada que no quiero que me hable


Yibambe

Por cada voz que antes bebía y que acabó por agotarse

Yibambé por esa sed


Yibambe

Ante cada escollo

Por ese nudo en la garganta que engullo ahora

Por cada nudo en la garganta que nunca debí mostrar

Tras cada vez que, ilusionado, abrí esa puerta


Yibambe cuando recuerdo por qué la decidí cerrar


Porque hoy

Quizá y sólo quizá

Estas palabras digan algo

O no digan nada más


Porque hoy

Quizá y sólo quizá

Vuelvo a tener razón

Y tire la llave al mar


Yibambe

Y a caminar

viernes, 6 de agosto de 2021

舞踏カイピリーニャ (Caipirinha de Butō)

Caipiriña (Portugués: [kajpiˈɾĩj̃ɐ] caipirinha) es una bebida brasileña clasificada como un cóctel. Su ingrediente principal es la cachaça (cachaza), pero también lleva lima o limón sutil, azúcar y hielo). Este nombre fue puesto alrededor del 1900, y viene de una mezcla de “caipira” (término que hace referencia a los campesinos que habitaban en los bosques) y de “Curupirinha” (Curupira era un demonio místico que vivía en los bosques, cuyo diminutivo es “curupirinha”, además esta palabra se usa para referirse al estado de ebriedad en que comenzamos a tener visión borrosa).

Ankoku butō (Japonés: 暗黒舞踏), conocido en occidente simplemente como butō o butoh por su transliteración inglesa, técnicas de danza creadas en 1950 por Kazuo Ōno y Tatsumi Hijikata. El butō es una manifestación artística que nace de la posguerra y constantemente busca reflexionar sobre la cultura nipona posterior al desastre nuclear. Visualmente es reconocido por el uso de movimientos erráticos y grotescos, en muchos casos repetitivos. Los temas del butō suelen ser tópicos sobre la identidad, la ansiedad, el caos, críticas a la sociedad posguerra, la construcción del género y la orientación sexual.

Así, a priori y sin contexto, soy consciente de que poco o nada parecen tener en común los dos conceptos. Al fin y al cabo, ¿qué podría unirlos?


Uno es la luz

La fiesta

La risa

La alegría del verano, los amigos, quizá un ligue, el descontrol

Desconexión de la rutina, algo fresco

Dulce y paz, playita rica y piel morena.


Otro es gris, oscuridad

Retorcerse en el recuerdo, 

En el horror,

La memoria que arrastramos,

Cicatrices que ocultamos mientras,

Heridos, renqueamos.


Diríase, por tanto, que son noche y día, realidades diferentes de historias separadas… mas, ¡ay, ingenuos de nosotros!

Pocas veces nos percatamos de que son, empero, una misma realidad distorsionada.

Pocas veces alcanzamos a despejar la bruma que ante nuestros ojos se manifiesta.

Pocas veces conseguimos ver con claridad porque, al mirar, algo molesta.

Pocas veces nos paramos a pensar que, en el fondo, nuestra testa está adormilada.

Que percibimos, pero no todo. Que creemos que sabemos y brillamos cuando apenas intuimos y, de vez en cuando, destellos alcanzamos.

Y es que no es verdad que hoy en día sepamos más; tan sólo es cierto que tenemos más a nuestro alcance pero no, no sabemos más. Porque, dicen, que el saber no ocupa lugar pero no hablan del esfuerzo: saber cuesta. Y si en algo ha avanzado el mundo es en la búsqueda de la comodidad así que, ¿para qué aprender algo que podemos cunsultar cuando queramos? Y peor aún ¿para qué pensar? Pensar requiere tiempo, esfuerzo y atención. No siempre obtenemos resultados… o al menos no los que buscamos. Y eso frustra. Y eso de la frustración lo llevamos regular, ¿no?

¿Y si, en vez de pensar, tomamos una caipiriña? Nos relajamos, nos quitamos de encima las tensiones del trabajo, del jefe imbécil o el contable inútil o de ese abogado bueno-para-nada, mandamos a paseo al redactor baboso o al profesor que da la turra, a los padres plastas y, ¿por qué no? Al amigo llorón, al intensito y al que le da vueltas a todo. “Um pouco de cachaça” y a disfrutar, a embriagarnos y que la mente vuele… pero el ser humano no vuela por un motivo tan sencillo como que no tiene alas y sí, podemos subir, pero hay que aceptar que antes o después tocará bajar. Y de eso se encargará, en términos brasileños, Curupira.

Llegará un momento en que esa visión borrosa nos haga tambalear y, antes o después, de seguir así, caeremos. Caeremos embriagados, y nuestro cuerpo dejará de estar a nuestras órdenes y seremos apenas una parodia de quien somos. O mejor dicho, de quien pretendemos ser.

Y es que, curiosamente, hoy en día todo pasa por aplicar los filtros adecuados para mostrar al mundo que nuestra vida es de ensueño, que nuestros amigos siempre están a nuestro lado, nuestras casas son palacios, nuestras ventanas dan al paraíso y nuestros cuerpos fueron esculpidos por dioses griegos en una tarde de primavera hasta las cejas de afrodisíacos y que se nos zumbarían si, al menos, existieran.

Si algo de ello existiera.

Porque hoy en día, en realidad, la gente busca esa caipiriña para abotargar cuerpo y mente y no pensar. Porque, como dijo el gran Frank T, “Una reflexión merece: pensar escuece” y en pos de la tan ansiada comodidad, dejamos de pensar. Evitamos pensar, huimos de pensar. Porque, si lo pensamos, tendríamos que esforzarnos en resolver un gran problema:

Que no somos más que una proyección; que pensar nos recuerda que, en muchos casos, fingimos estar bailando y divirtiéndonos y que somos más como lombrices retorciéndose en un anzuelo que no recuerdan cómo las atrapó y del que cuesta más trabajo pensar cómo salir de lo que les cuesta, en definitiva, acostumbrarse a que les perfore las entrañas lentamente.

El problema, en definitiva, de que es más fácil vivir yéndonos de caipiriñas mientras nuestras almas, atormentadas por los problemas que es mejor callar para no romper el ambiente de desconexión y negación que proporciona el no pensar, danzan un butō.

domingo, 18 de abril de 2021

Cold water magic

La tarde se deslizaba perezosa y Clara ya había perdido la cuenta de cuánto llevaba mirando aquella línea incompleta en el papel. Aquella frase inacabada que ya había encontrado un primer escollo difícil de superar cuando divagó durante quince minutos hasta decidirse por el nombre del que sería el protagonista de su historia. Otra más de tantas aventuras que comenzaba y dejaba sin acabar. Nada nuevo bajo el sol, como suele decirse y el sol, precisamente, parecía haberse puesto de acuerdo con las distracciones habituales para impedir que la joven pudiera seguir escribiendo. Cada pensamiento parecía consumir más energías de la cuenta y el calor causaba que cada letra costase más esfuerzo que la anterior. Completar una sola palabra se convertía en un portento que parecía fuera del alcance de sus manos. Poco a poco notaba que su caligrafía se volvía más torpe, brusca y sí, también vulgar, y si de algo presumía Clara (al menos en voz alta) era de lo agradable que resultaba su letra manuscrita. Y no era sin razón. Podía tolerar perder el tiempo con detalles banales, bloquearse a mitad de una frase, escribir situaciones o personajes estereotipados, recurrir a tópicos adrede o de forma inconsciente; lo que sin embargo no podía pasar por alto era que su deliciosa caligrafía perdiese un ápice de su delicadeza.

Le costó, pero comprendió que debía tomar medidas: estaba dispuesta a mover el culo de su silla para ir a por un vaso de agua y evitar lo que seguramente sería una ridícula muerte por exceso de calor. Quizá exageraba un poco pero si ella misma no se ponía entre la espada y la pared era capaz de dejarse llevar por la pereza terminando posiblemente inconsciente por la deshidratación. Por suerte, el sendero hasta la nevera estaba despejado, no había rastro de ningún obstáculo que requiriese terribles medidas de emergencia como dar dos pasos de más o, incluso, recoger algún objeto. Cuando abrió la nevera, una suave bofetada de aire frío le hizo abrir los ojos durante un brevísimo instante antes de cerrarlos y respirar como si acabase de salir del agua.

La sensación del agua fría era algo que le encantaba, es más, le parecía algo divertido. En la mano, el vaso frío era como cualquier otro objeto frío, no tenía nada de especial. Al sentir el agua ya en los labios le sucedía que, por instinto, tenía el impulso de cerrarlos para no dejarla pasar, como si su cerebro no quisiera que se arriesgase con los cambios bruscos de temperatura. Una vez superado ese reflejo, el recorrido de aquella helada masa sin forma bajaba por su garganta y parecía despertarla de un largo sueño hasta que la sensación se perdía en un punto sin determinar. Para cualquier persona esa sensación es lo más corriente pero para Clara beber un vaso de agua fría en el momento adecuado era pura magia.

Pero la magia acababa rompiéndose siempre tarde o temprano y la sensación del agua empezaba a desvanecerse. También se había mitigado en gran medida aquella sensación de pesar una tonelada y casi podría decirse que había recuperado las fuerzas. Sin embargo, recordar de golpe lo que tenía a medias contrarrestó casi por completo aquella incipiente euforia. En ese momento lo vio un poco más claro. Comprendió que llevaba demasiado tiempo allí y no podría escribir algo grande si su mente se encontraba en un lugar tan pequeño.

Lo había decidido, iba a salir.

Cuando ya estaba todo listo se aseguró de dejar la ventana entreabierta para que el aire fresco que empezaba a levantarse pudiera entrar en su habitación. Las horas de aquella tarde de verano seguirían avanzando perezosamente pero Clara ya tenía la cabeza en otra parte. Sólo tenía que asegurarse de que su padre no la pillase como aquella otra vez así que tomó todas las medidas para no hacer ruido y que no hubiera nadie a la vista. Sabía que la magia acabaría por romperse tarde o temprano cuando regresase, pero tenía que hacerlo si quería escribir algo tan bonito como su propia letra.

Cuando llegó el momento, como siempre hacía, Clara batió las alas y se alzó sobre las nubes. 

lunes, 15 de marzo de 2021

Sé de un lugar...

 Sé de un lugar que otrora supo de mi. Poco, como casi cada lugar del que algo sé. Porque yo mismo, de mí mismo, poco sé. Porque poco paso en donde sea que haya un lugar del que algo sepa.

Sé que ese lugar me vio correr a mi, que casi nunca corro ya. Quizá se me gastó entonces la poca prisa por crecer.

Sé que conocí ese lugar como todo conocía de niño, porque alguien me llevaba. Sé que estaba al lado de mi casa y durante años no lo supe. Lo ocultaban unas zarzas gruesas, de esas que dan moras que yo nunca probé porque de niño no comía fruta. Tampoco como mucha ahora. Ocultaban, como digo, un camino sin señales, un recorrido breve de apenas un par de minutos con las piernas de un chiquillo. Un par de minutos y, de pronto, otro mundo. “El Huerto” lo llamaba su dueño, el padre de un amigo del colegio. Mi primer contacto, me di cuenta mucho después, con gente de Galicia. Un trozo de tierra sin misterio en algún punto de la ladera de la montaña porque de pequeño sí, vivía entre montañas. Pero miento, sí había misterio. Porque no entendía entonces ni entiendo todavía cómo era posible que existiera esa dimensión distinta desde la que podía ver las ventanas de mi bloque de pisos y, sin embargo, no la hubiera descubierto.

El Huerto era, en realidad, un pasatiempo para Juan, el padre de Juan hasta que un día Rosa, mujer de Juan y madre de Juan, tuvo la idea de llevarnos a mi y a Juan, hijo de Juan, para que no estuviéramos todo el día enganchados a Bola de Drac o a “las maquinitas”. Yo no había ido nunca a un huerto y le pregunté a Rosa, a Juan y a Juan qué se hace normalmente en un sitio así.

No sé lo que me dijeron, hace mucho ya de aquello, pero sí recuerdo lo que hice el primer día. Divertirme “como un niño normal”. Y eso se repitió todas y cada una de las veces que Rosa nos llevaba a Juan y a mi junto a Juan, que solía llegar antes para, como decía él mismo “Echar el vistazo” porque aunque lo llamaba “El Huerto”, seguía siendo un trozo de tierra en la ladera de una montaña en la que podía salir una serpiente de cualquier parte. Lo cierto es que nunca vi una y estaba (y sigo) convencido de que se debía a la concienzuda labor del vistazo de Juan. Al fin y al cabo, cualquier cosa era posible en aquella parcela de mundo que estaba a la vez junto a mi casa y en otra dimensión.

Sé que en un momento nos mudamos. Nunca me despedí de Rosa, ni de Juan, ni de Juan. Ni del Huerto. Se suponía que me iba para unas vacaciones… eso también me lo creí.

Veinte años después pude volver a aquel bloque de pisos. Vi la ventana por la que solía mirar y no me pregunté quién habría allí ahora. Porque vi las zarzas, que todavía daban moras. Con el mismo aspecto que cuando, de pequeño, no las comía. Y me asomé buscando aquel camino.

Porque después de veinte años seguía sabiendo de un lugar.

Y el camino estaba allí.

Y “El Huerto”… A ojos de un adulto parecería que estaba abandonado y que la naturaleza, libre del yugo del hombre, había reclamado la parcela.

Pero en realidad,

Sé de un lugar que estaba en otro tiempo. Un lugar en que dejé parte de mi tiempo, sin perderlo. Un lugar que, después de mucho tiempo, sigue al final de un camino guardado por zarzas que dan moras que quizá nunca pruebe. Un lugar cubierto de verde. Un pasatiempo que, de alguna manera, le salió bien a Juan.