martes, 30 de abril de 2013

Die Kreatur muss sterben


Mira
¿Qué ves? 
Por supuesto a ti también te ve. 
No lo oyes 
Pero respira lentamente 
Exhala un hálito negro 
En silencio aúlla tu nombre 
Y busca 
Alcanzarte abriéndose paso 
Excavando desde mi interior 
Desgarrando a su paso 
Cuanto encuentra 

Sé lo que busca 
Lo noto en los huesos 
Cada vez que clava sus cuchillos 
Los arrastra lentamente 
Abre zanjas en que vierte 
Veneno, dolor y muerte 
Porque intenta volar y verte 
Aliviar su peso y fuerte 
Muy fuertemente 
Apresarte, llevarte 
Y darte 
La mirada que ha de hablarte 

Pero 
No ha lugar 
Esa bestia 
Que ahora soy 
Busca ahora otra presa 
Y debe morir

lunes, 29 de abril de 2013

R a -119°

Una conversación frustrada, cuando las palabras flotan, negro sobre blanco en una nada digital, una caricia puede parecer un golpe. Nada nuevo bajo el sol, vuelve a llover.
Preguntas sin respuesta, respuestas a preguntas que no existen, el viento aullando en mi ventana. Me busca como a un igual, ha visto que yo también llevo ahora el frío dentro.
La cuestión ahora es saber si queda algo más.
Diría que duele este frío, pero me ha insensibilizado desde dentro y, por eso, no soy capaz de saber si sufro aún o si, por el contrario, he perdido para siempre esa capacidad que era de lo poco que me daba la seguridad de no ser un monstruo completo. No saberlo hace que tampoco sepa si queda algo de humanidad, si alguien ve algo bueno en algún lado. Tal vez no quede nada que ver...
Creo sentir un latido y corro en busca del calor que otrora me brindasen mis talismanes, tal vez pueda hacerlo, tal vez el hielo haya cedido y pueda vencerlo.
Silencio.
Ni un movimiento.
Un susurro.
Conozco esa voz. Tu voz. Escucho...
Y me despierto.
El frío viento que me rasga las arterias me ha dejado muerto durante unos segundos para jugar conmigo. Una muerte cerebral pasajera para poner a prueba aquello en lo que creo...o creía. Ese lapso solamente era un aviso de que ahora estoy solo, un recordatorio de que ya no hay al otro lado nadie que sienta cómo estoy antes de que se lo diga. Ese pequeño alarde de control de un gélido hálito que me fue implantado bajo la piel para salvar mis entrañas, a cambio, devora mi esencia de tal manera que lo que queda tiene pocas opciones.
Se acaba el tiempo. Mi tiempo. Otra cosa se fragua donde antes hubo un corazón que latía tres veces. Otra cosa crece hacia dentro y cubre de escarcha cuanto encuentra a su paso. Otra cosa contra la que solamente podría haber luchado una voz que ya no se oye, una mano que no alcanzo, una sonrisa que no veo, un "Te amo" que no existe, un futuro que se me ha pasado, una vida que no vivirá, unos sueños que no han tenido tiempo de ser soñados para poder cumplirlos...
Noto su avance como un roce interno entre dos huesos secos y desgastados y en mi cabeza el chirrido de ese glaciar me impide captar sonido alguno. Quizás ese susurro era la voz que esperaba, pero no puedo oírlo, el hielo me grita desde dentro.
No hay nadie.
Soledad.
Me tiemblan las manos y preparo un té. Caliente. Quizás eso sirva. El agua hierve. Quema... se supone.
Azúcar, mucho. Poco dulce queda ahí ya, lo tengo que buscar fuera.
Vuelvo y tengo la absurda idea de que puede que haya una línea más, la que esperaba toda la noche.
Nada. Una nueva burla de un payaso frío. Diez segundos de esperanza que me ha dado y quitado para demostrar de nuevo que hará lo que sea para llevar las riendas.
Diez segundos solamente y el agua bullente se ha contagiado del frío que emito. El té se ha congelado.
Soledad.

sábado, 27 de abril de 2013

Paciente 119


Una semana.
En este tiempo, he estado alejado del mundo pese a haber seguido, de algún modo, en él. Tres décimas de fiebre mal contadas me han postrado en una cama, rodeado por cuatro paredes color salmón gastado mientras, a través de la ventana, solamente veía los canalones de un edificio cercano. Ni un pájaro que cantase aunque a decir verdad, yo tampoco cantaría en un lugar así. Cada mañana, la misma cantinela desde que aquél viernes me horadasen la piel para hacer hueco a la que estos 8 días ha sido la única que no se ha separado de mi, pese a que habría querido arrancármela en más de una ocasión. Esa lamprea de plástico que se ha quedado el mi brazo, impidiéndome moverlo, entumeciéndolo, entorpeciéndome, recordándome en todo momento que un movimiento cotidiano podía, en estas circunstancias, suponer un dolor repentino que me tirase al suelo y se multiplicase al tensarse el conducto del suero, tirando directamente de mis venas. Cada mañana, una sonrisa amable que venía, sin embargo, en busca de un nuevo tubo de sangre, una sangre que cada vez se ha ido volviendo más y más negra, más densa y que ha ido perdiendo la poca dulzura que le quedaba. Cada mañana, una nueva oleada de frío líquido antibiótico que me congelaba la piel desde dentro, que me llegaba al corazón causándome temblores por la escarcha que se me incrustaba en el pecho… y por el dolor.
Un zumo de piña, quizá una galleta. Esperar. Más palabras que trataban de reconfortarme, se habló de cirugía, se habló de un tatuaje en mis entrañas, se habló como si yo no estuviera. Se habló pero nadie se atrevió a decir nada. Tuve que enterarme haciéndome el dormido.
Mediodía y, con suerte, una sopa, así llaman al agua caliente con unas gotas de limón y, de nuevo, corriente helada hacia mis venas. Se me empieza a helar el corazón y ya no es sólo por el suero. Algo ha cambiado, algo me está cambiando. Estoy solo en la habitación y nadie sabe que estoy aquí. ¿Nadie? Sí, hay quien sí. Pero no vendrán. No pueden y yo… no sé si soportaría que me vieran así. Aún así, habría sonreído viendo una cara amiga. Sin embargo tuve que intentarlo, aguantar las lágrimas por estar allí tirado y solo, ora helado, ora febril pero en todo momento necesitando un abrazo que no llegó, una voz que me dijese que todo iría bien aunque fuese mentira. Porque no, no irá bien. Resultó, sin embargo, que las lágrimas también se me habían helado tras los párpados.
Otro vaso de zumo. Pasa otro día.
Nadie llama, nadie aparece, nadie sabe, nadie pregunta, y quien preguntó no quedó complacido con la respuesta. No hubo respuesta, no tuve respuesta. Ahora la tengo. Todos callan.
Soledad. Silencio. Una marca en mi pecho quema de frío. Los medicamentos luchan por cerrar una herida que solamente puede desaparecer si yo le doy permiso. Duele. Combaten bajo mi piel soldados sin voluntad que buscan cerrar un agujero que yo decido mantener abierto hasta el momento justo. Voluntad contra química. Dolor constante y lo que parece una determinación absurda pues a nadie importa si mi particular estigma existe o no. A nadie importa, salvo a mi.
Solo.
El séptimo día consecutivo de sol, el tiempo parece inmejorable, primaveral, idílico. Dolor y soledad me despiertan de nuevo. Una bata blanca, una nueva prueba y la vaga promesa de que, al acabar, podré marcharme. Más zumo, más frío directo al corazón, ya se ha calado mi alma, mi brazo izquierdo no sirve para nada, solamente existe para doler, para estorbarme. Creo oír una voz familiar y me derrumbo al equivocarme. La puerta no se abre.
Amanece el octavo día y, como un presagio de lo que está por venir, el cielo llora, se vuelve gris y, sin embargo, muestra ya no uno si no dos arco iris gemelos, paralelos y perfectos, uno junto al otro. Sigue lloviendo y la ambulancia va despacio.
Más basura a mis venas, celulosa repugnante bajando por mi garganta, lucho por contener las arcadas y me tumbo. Mi querida sanguijuela particular deja paso a basura radiactiva que termina de emponzoñarme. Tengo que dejar el anillo, el pendiente, el colgante… pero primero las gafas. No quiero ver mi mano así, no quiero ver mi pecho sin esa gota dorada.
No respire” y pienso que ojala no me vuelvan a dar permiso para hacerlo.
Se acabó. Me marcho. El cielo me acoge entre lágrimas. De nuevo, él llora por mí, salvo que hoy llora porque vuelvo.
Camino de vuelta en absoluto silencio y sé que ahora el cielo grita porque estoy helado. Como si de un gigante de hielo del mismísimo Jötunheim que fuese la primera ficha de un dominó que hubiese de provocar un Ragnarök, el aire a mi alrededor está frío. Pero no, no soy un gigante, no hay nada grande en mí. Ya no. Y sin embargo, sigue lloviendo. El mundo tiene ahora una criatura extraña, distinta a cuanto conocía, dentro de sí. Ni siquiera yo sé ya qué soy.
Mi habitación está intacta. Cierro la puerta. No logro llorar.
Oigo voces tras la pared. “Los médicos… prueba. Resultado… viernes tarde. Cita… ciruj… Visita y tratamiento… dos semanas. Operación… mal… vida normal… empezó demasiado joven… seis, siete meses…
Paso de escuchar más. No siento nada. Hace frío. No. Irradio frío. Cada latido es más débil, el hielo no deja respirar y aquél tercer latido con su nombre no se oye. Todo ha terminado. Yo me he terminado, me he consumido, así es como acabo. Ahora lo entiendo.
El cielo ha brillado en mi ausencia y ha llorado al ver en lo que me he convertido, al ver que, al final, estoy vacío. Esos dos arco iris intentaron recordármelas, a la que una vez fue mía y ala que algún día habría querido dar vida.
Pero ya no hay tiempo. Estoy vacío y solamente siento frío, mi propio frío escapando por cada poro de mi piel. Duele… pero ya no importa.
Ya no puedo hacer otra cosa más que daño, ya no puedo ofrecer más que hielo, sangre quebradiza, negra, envenenada. Ahora, yo soy la enfermedad para el mundo, soy quien solamente puede doler a otros… y ni siquiera así podré sobrevivir.
Ya está todo claro. Solamente puedo existir para causar dolor. Ya no queda nada bueno, nada limpio, nada que me aliente a levantarme y salir del quirófano cuando llegue el día… ya no queda nada que alguien pudiera querer abrazar y pienso que, quizá, si hubiese tenido solamente ese abrazo con el que días atrás soñaba, habría podido salvar ese pedacito que ahora tiene demasiado frío para llorar, para luchar… para latir.
Quizá.

miércoles, 17 de abril de 2013

When the enemy is inside


Tú, sí, tú, no mires a otro lado, no te hagas el despistado, sabes que te hablo a ti, maldito. O maldito yo por tu culpa si lo prefieres, pero sí, te hablo a ti. Te hablo desde la incredulidad por tu don de la oportunidad, desde el dolor que me provoca tu mera existencia y desde la rabia que siento al no poder anticiparme a tus jugadas, al no poder disponer de mi propia vida a mi antojo. Te hablo con la cabeza embotada, con la herida aun sangrante en mi brazo, doblado de dolor y con la vista nublada pero te hablo decidido a maldecir tu nombre como tú has marcado con tu estigma mi día a día.
Tú, cuyo nombre suena casi a dios de hiboria, tú, que no dices de dónde vienes pero sí hasta dónde piensas llegar. Tú, bastardo silencioso que solamente traes dolor y sustos, muchos sustos. Tú, insignificante sobre el papel pero monstruoso en tus obras, tú, que eres capaz de obligarme a matarme poco a poco y sin piedad, sin alivio, sin poderlo evitar y siempre, siempre, haciéndome sufrir, haciendo que desee cerrar los ojos, llevándome al extremo de querer no sentir nada, pues hasta de mi corazón los sentimientos vuelves contra mi. Tú, que me causas dolor con tan sólo respirar y logras que haya días en que solamente por amar no pueda tenerme en pie.
Tú, que me postras en cama y me impides luchar por mi futuro, que me anulas hasta el punto de que siento cómo se aleja cuanto me importa, que me haces ver cómo aquellos a quienes quiero se van, hastiados y asqueados por verme una vez más como un patético cuasi vegetal que, a veces, ni siquiera puede hablar. Tú, que me visitaste por vez primera como por casualidad y llegaste, como cada vez desde entonces, sin avisar, sin ruidos, sin grandes aspavientos. Te instalaste en mi vida bajo la excusa de que siempre estuviste, que tan sólo dormías, que por azares del destino despertaste y decidiste hacer de mi vida tu patio de recreo y como un niño salvaje comenzaste a romperlo todo. Siempre en silencio, siempre sin aviso y siempre marchándote para crear la falsa ilusión de que lo roto se puede enmendar, que quizá esta vez sea la última, que nunca volverás. Pero siempre regresabas y siempre regresarás.
Tú, en definitiva, que has marcado un día en tu macabro almanaque. A saber cuándo será. Pronto, parece todo indicar, pero eres un bastardo y no, no me puedes dejar en paz y por eso, cuando pasa cierto tiempo o simplemente empiezo a sonreír, vuelves, juegas, rompes y cuando todo está hecho trizas, te vuelves a marchar. Nunca dices hasta cuándo, nunca cuándo llegarás. Solamente sabes, llegar, hacer daño y marchar.
Tu nombre ya resuena en mi cabeza como “una cosa más”, no es el nombre que te he puesto, es el que otros te dan. No te odio por saber que has de matarme, es tu sino, nada más. No te odio, simplemente, porque no hay nada que odiar, porque eres solamente lo que había de pasar. No te odio porque seas un monstruo invisible que me araña las entrañas y me impide respirar, no te odio porque tú dormías y algo o alguien te hizo despertar. Ahora pago esa afrenta de la forma más cruenta, pues con esta muerte lenta solo tengo tiempo para pensar.
Quizá sea el tan manido Karma, justicia poética tal vez, una lección de vida o ironía, puede ser. Pero heme aquí que me pregunto si algo queda por probar, si de verdad hay algo o alguien que me anime a luchar. Cuán curioso es, sin embargo, cuando visto desde fuera, se comprende (si se entiende) que esto es sólo un caso más. Un momento puntual. Durará unos días, semanas quizá, pero tal como vino y viene, así, en silencio se irá. Caminaré de nuevo erguido aunque de nuevo salga herido. Veré con alivio cómo mi enemigo, mi Némesis, tras romper algo se ha ido. Respiraré un poco más tranquilo pero siempre habrá una parte temerosa de una nueva llegada silenciosa de tu presencia dolorosa.
Hierve en mi la sangre de pura rabia pues has venido a mi vida y si fueses a matarme lo comprendería. Pero no es tal tu juego. Retorcido como fui yo antaño lo eres tú ahora y cuando este duelo acabe tus manos estarán limpias de sangre. Al final, no serás tú quien me dé muerte, harás que lo haga yo. Con mis propias manos o con miedo para hacerlo, pero igualmente yo. No te odio porque existas pero juegas conmigo sabiendo que no podré ganar. Mis propios peones cercarán al rey y solamente tú sabes cuál de ellos dará el golpe. Pronto, tristemente pronto, la partida acabará, habrá silencio y una risa y tu dedo me señalará.
No sé cuánto queda, no sé cómo pasará, pero cuando caiga, no te habré de soltar y tú conmigo vendrás. No arriesgaré una vida al calvario que tú portas. Conmigo morirás.
Es cuanto te digo.
No sé nada más.

domingo, 14 de abril de 2013

Trangerine Speed



Hoy, sin más, así como suena, un día cualquiera.
Breve, intenso, pasajero, sin duda, solamente un día.
Nada nuevo bajo el sol, quizá alguien más, quizá alguien menos.
Entropía por doquier que ya no busco controlar, demasiado para mi solo.

Mi sorpresa fue mayúscula, no sé aún cómo ha pasado ni por qué.
Incipiente era aun el alba y he despertado con tu nombre en mis labios.
Nada nuevo, nada inesperado y aun así, la sensación, distinta… familiar.
Aquellas palabras que rezaba, han sido hoy, sin más, así como suena, mágicas.

En este caos, nubes blancas en tropel, cielo azul, un albor tímido.
Día de silencio, de reflexiones entre ecos, de reflejos en un charco.
Hoy, sin más, así como suena, un día cualquiera.
Hoy, sin más, me he vuelto a enamorar.

Saludando a este latido como a un viejo conocido, algo ha cobrado sentido.
Incluso ahora, al mirar atrás, veo que hay más de lo que había percibido.
Encuentro palabras que no supe asimilar en silencios que no debí guardar.
Menguan con fiereza los reproches y los gritos de las voces en mi cabeza.
Pudiera ser, tan solamente, tan simple como una gota que cae, algo natural.
Recuerdo cuando lo supe, cuando lo sentí y cuando al fin lo comprendí.
En este día, hoy, sin más, así como suena, me ha vuelto a pasar.

Cuándo habré de decirlo, no puedo saberlo.
Será pronto, será rápido, será fugaz: “Velocidad de Mandarina” se me antoja.
No le busques sentido, ni significado, son solo un color y una magnitud.
Una pequeña fruta dulce y ácida y un movimiento raudo y preciso.
Porque hoy, sin más, así como suena, así te robaría un beso.

Tanto que decir, tan poco margen de error y el miedo de que no lo entenderás.
Es, sin embargo, mi sino que hoy, sin más, así como suena, acepto tal cual.

Gajo a gajo, incrementa la velocidad a la que se mueven mis ideas.
A ritmo constante, la piel se resquebraja, liberando una tímida pulpa.
Brilla como un sol de atardecer y huele como sabían tus besos, a música.
Una trémula gota de la vida que guarda resbala por tus dedos, busca tus labios.
Mezcla exacta de acidez y dulzura, de ternura y fortaleza.
Hoy, sin más, así como suena, tus uñas han hendido mi piel y yo he sonreído.

Así es este día que ya toca a su fin, uno más, pero no uno cualquiera.
Más palabras que se ahogan, que no digo, que no oyes, que no ves.
Aún me pregunto, sobre este impredecible lienzo, qué podré pintar.
Rápido, dulce, preciso, ácido y, bajo la dura piel, ternura que te late.
Érase hoy, sin más, así como suena, que de ti me volví a enamorar.

lunes, 1 de abril de 2013

Reveil en sursaut d'un rève

While thou art in thy sleep I cannot but think about holding thy hand once again. Thinketh of it as the only way I can release my wings and fly, for thou, my princess, art and always been seen as if thou hath fallen from Heaven by these eyes of mine that cannot even think of anything as beautiful as thou, indeed, art.
Shall thou ask me to speak thy name but, sayeth, how could I? Four letters cannot contain that much beauty, that much magic thou breathe... four letters, thy name, my song, my prayer. Be sure, my dear, my desire is not to hide who thou art, nor thy name or how happy I am knowing this heart o'mine is and will always be in thy hands. Thine to take, thine to leave, thine to gift with another beat, thine to stab silent once and for all. Whatever thy decission turns to be, fear not, my beloved. My life, as my love, belongs to thy heart now and forever.
Hard days art to come in thy life but keep in mind, my lovely girl, thou art not alone. In my thought thy name is always a sound away, in my hollow chest there remains the echo of the third beat in which thy voice is kept as the treasure it is and in my eyes there's engraved as if made of stone, the shine of thy smile, the heat of thy own eyes which are, indeed, the true sun that lights my life.
No, my dear, thou art not alone nor will ever be as long as a single drop of blood can be spilled from my veins and a single breath can be stolen from my lips.
That last drop of life shall heal your wounds.
That last breath thou shall hear for it will say these last words:
I Love you.

Le Daft

Tal vez no sea el momento
ni yo el más adecuado
pero hay algo que tengo que decir
porque aun queda algo entre nosotros...

Tal vez no sea el más adecuado
ni el momento oportuno
pero hay algo que debo hacer por nosotros
un secreto que compartiré contigo:

Te necesito más que a nada en mi vida
Te quiero má
s que a nada en mi vida
Te echaré de menos más que a nadie en mi vida
Te amo más que a nadie en mi vida.