
Una semana.
En este tiempo, he estado alejado del mundo pese a haber seguido, de algún modo, en él. Tres décimas de fiebre mal contadas me han postrado en una cama, rodeado por cuatro paredes color salmón gastado mientras, a través de la ventana, solamente veía los canalones de un edificio cercano. Ni un pájaro que cantase aunque a decir verdad, yo tampoco cantaría en un lugar así. Cada mañana, la misma cantinela desde que aquél viernes me horadasen la piel para hacer hueco a la que estos 8 días ha sido la única que no se ha separado de mi, pese a que habría querido arrancármela en más de una ocasión. Esa lamprea de plástico que se ha quedado el mi brazo, impidiéndome moverlo, entumeciéndolo, entorpeciéndome, recordándome en todo momento que un movimiento cotidiano podía, en estas circunstancias, suponer un dolor repentino que me tirase al suelo y se multiplicase al tensarse el conducto del suero, tirando directamente de mis venas. Cada mañana, una sonrisa amable que venía, sin embargo, en busca de un nuevo tubo de sangre, una sangre que cada vez se ha ido volviendo más y más negra, más densa y que ha ido perdiendo la poca dulzura que le quedaba. Cada mañana, una nueva oleada de frío líquido antibiótico que me congelaba la piel desde dentro, que me llegaba al corazón causándome temblores por la escarcha que se me incrustaba en el pecho… y por el dolor.
Un zumo de piña, quizá una galleta. Esperar. Más palabras que trataban de reconfortarme, se habló de cirugía, se habló de un tatuaje en mis entrañas, se habló como si yo no estuviera. Se habló pero nadie se atrevió a decir nada. Tuve que enterarme haciéndome el dormido.
Mediodía y, con suerte, una sopa, así llaman al agua caliente con unas gotas de limón y, de nuevo, corriente helada hacia mis venas. Se me empieza a helar el corazón y ya no es sólo por el suero. Algo ha cambiado, algo me está cambiando. Estoy solo en la habitación y nadie sabe que estoy aquí. ¿Nadie? Sí, hay quien sí. Pero no vendrán. No pueden y yo… no sé si soportaría que me vieran así. Aún así, habría sonreído viendo una cara amiga. Sin embargo tuve que intentarlo, aguantar las lágrimas por estar allí tirado y solo, ora helado, ora febril pero en todo momento necesitando un abrazo que no llegó, una voz que me dijese que todo iría bien aunque fuese mentira. Porque no, no irá bien. Resultó, sin embargo, que las lágrimas también se me habían helado tras los párpados.
Otro vaso de zumo. Pasa otro día.
Nadie llama, nadie aparece, nadie sabe, nadie pregunta, y quien preguntó no quedó complacido con la respuesta. No hubo respuesta, no tuve respuesta. Ahora la tengo. Todos callan.
Soledad. Silencio. Una marca en mi pecho quema de frío. Los medicamentos luchan por cerrar una herida que solamente puede desaparecer si yo le doy permiso. Duele. Combaten bajo mi piel soldados sin voluntad que buscan cerrar un agujero que yo decido mantener abierto hasta el momento justo. Voluntad contra química. Dolor constante y lo que parece una determinación absurda pues a nadie importa si mi particular estigma existe o no. A nadie importa, salvo a mi.
Solo.
El séptimo día consecutivo de sol, el tiempo parece inmejorable, primaveral, idílico. Dolor y soledad me despiertan de nuevo. Una bata blanca, una nueva prueba y la vaga promesa de que, al acabar, podré marcharme. Más zumo, más frío directo al corazón, ya se ha calado mi alma, mi brazo izquierdo no sirve para nada, solamente existe para doler, para estorbarme. Creo oír una voz familiar y me derrumbo al equivocarme. La puerta no se abre.
Amanece el octavo día y, como un presagio de lo que está por venir, el cielo llora, se vuelve gris y, sin embargo, muestra ya no uno si no dos arco iris gemelos, paralelos y perfectos, uno junto al otro. Sigue lloviendo y la ambulancia va despacio.
Más basura a mis venas, celulosa repugnante bajando por mi garganta, lucho por contener las arcadas y me tumbo. Mi querida sanguijuela particular deja paso a basura radiactiva que termina de emponzoñarme. Tengo que dejar el anillo, el pendiente, el colgante… pero primero las gafas. No quiero ver mi mano así, no quiero ver mi pecho sin esa gota dorada.
“
No respire” y pienso que ojala no me vuelvan a dar permiso para hacerlo.
Se acabó. Me marcho. El cielo me acoge entre lágrimas. De nuevo, él llora por mí, salvo que hoy llora porque vuelvo.
Camino de vuelta en absoluto silencio y sé que ahora el cielo grita porque estoy helado. Como si de un gigante de hielo del mismísimo
Jötunheim que fuese la primera ficha de un dominó que hubiese de provocar un
Ragnarök, el aire a mi alrededor está frío. Pero no, no soy un gigante, no hay nada grande en mí. Ya no. Y sin embargo, sigue lloviendo. El mundo tiene ahora una criatura extraña, distinta a cuanto conocía, dentro de sí. Ni siquiera yo sé ya qué soy.
Mi habitación está intacta. Cierro la puerta. No logro llorar.
Oigo voces tras la pared. “
Los médicos… prueba. Resultado… viernes tarde. Cita… ciruj… Visita y tratamiento… dos semanas. Operación… mal… vida normal… empezó demasiado joven… seis, siete meses…”
Paso de escuchar más. No siento nada. Hace frío. No. Irradio frío. Cada latido es más débil, el hielo no deja respirar y aquél tercer latido con su nombre no se oye. Todo ha terminado. Yo me he terminado, me he consumido, así es como acabo. Ahora lo entiendo.
El cielo ha brillado en mi ausencia y ha llorado al ver en lo que me he convertido, al ver que, al final, estoy vacío. Esos dos arco iris intentaron recordármelas, a la que una vez fue mía y ala que algún día habría querido dar vida.
Pero ya no hay tiempo. Estoy vacío y solamente siento frío, mi propio frío escapando por cada poro de mi piel. Duele… pero ya no importa.
Ya no puedo hacer otra cosa más que daño, ya no puedo ofrecer más que hielo, sangre quebradiza, negra, envenenada. Ahora, yo soy la enfermedad para el mundo, soy quien solamente puede doler a otros… y ni siquiera así podré sobrevivir.
Ya está todo claro. Solamente puedo existir para causar dolor. Ya no queda nada bueno, nada limpio, nada que me aliente a levantarme y salir del quirófano cuando llegue el día… ya no queda nada que alguien pudiera querer abrazar y pienso que, quizá, si hubiese tenido solamente ese abrazo con el que días atrás soñaba, habría podido salvar ese pedacito que ahora tiene demasiado frío para llorar, para luchar… para latir.
Quizá.