jueves, 26 de septiembre de 2013

Weird kids' playground.

Desde que escribí sobre mis familiares, no he dejado de pensar en otras personas. Concretamente, en unos viejos amigos a los que hace un tiempo que no veo. A decir verdad, no los veo desde que éramos pequeños y me pregunto qué habrá sido de sus vidas. Lo que sí sé, es cómo fue mi infancia con ellos.
Foto familiar con la ropa tradicional. De izquierda a derecha:
No Lao Tsé, Ping Chi To, Gu Shi Lú,
su hermana pequeña, el hámster,
 la abuela de Jesucristo y yo.
Pasé mis primeros años (al menos de los que tengo recuerdos) en una casita en las afueras de la ciudad de Chu-Pao, al norte de Pekín y a veinte minutos de Tarragona. Solía jugar con mis vecinos y amigos Ping Chi To, que era un poco marranete, No Lao Tsé, que era algo despistadillo y Gu Shi Lú, todo un iluminado pese a su corta edad (y estatura). Seguramente os preguntaréis si, de pequeño, tenía alguna amiga... y os lo seguiréis preguntando. En cuanto a qué solíamos hacer, supongo que hacíamos lo típico de un grupo de niños en la China medieval del pleistoceno: concursos de pedos tres delicias (en los que Ping Chi To destacaba especialmente), carreras por las copas de los árboles a lo “Tigre y Dragón” pero sin zapatillas porque éramos asín de guays, íbamos al río a pescar vacas con palillos... creo que una vez incluso nos fuimos de excursión a Disney Land París pero nos llevamos un chasco al llegar porque todavía no existía (París digo, Disney Land existe desde que el universo hizo la comunión... o antes). Recuerdo que Gu Shi Lú se llevó tal disgusto que mató a un canguro de un pellizco en la oreja durante el viaje de vuelta. Estuve a punto de decirle que se había pasado pero lo cierto es que me importaba una mierda, yo también estaba enfadado y quería matar cosas y romper cosas y maldecir cosas y profanar cosas.
El caso es que, conforme nos fuimos haciendo mayores y más negros (al menos yo), fuimos desarrollando un gusto por distintas disciplinas. A saber: Ping Chi To se convirtió en todo un chef y su especialidad era la comida vegetariana, como las chuletas de rinoceronte y la ensalada de tigre de mar, que no era otra cosa que un tigre de estar por casa cocido en agua con cantidades descompensadas de sal. No Lao Tsé abandonó la escuela, bueno, más bien fue expulsado porque algunos profesores creían que se burlaba de ellos cuando le preguntaban su nombre (yo aún no termino de entender por qué ese empeño...) y se alistó en el ejército, en el “Cuerpo de Escritores de Pancartas Ilegibles” porque lo cierto es que desde pequeño siempre tuvo un don para la caligrafía y la escritura; no sabía leer una mierda, pero escribía de maravilla. Por último, Gu Shi Lú terminó la carrera y se graduó las gafas, tras lo cual decidió dedicar su vida a la ciencia y hoy se le recuerda por ser el inventor del papel (cosa que No Lao Tsé le agradeció mucho aunque iba con retraso), el jabón perfumado, las cremalleras de los vaqueros, el motor diésel, el cante jondo y los gatos dorados que mueven la patica y parecen decir “En pa cá hermoso y ponme refles que tengo el hombro reventao”. Por mi parte, mi espíritu deportivo me llevó a superar nuevas metas y acabé inventando las artes marciales, basándome en los movimientos de la naturaleza y de animales como el pato malvasía inglés, el cangrejo de río y la chinchilla; desarrollé el estilo de combate con armas como el tenedor y el chorizo de Cantimpalo y fundé una escuela donde mis alumnos pagaban precios desorbitados y aprendían que la mejor defensa es llamar al primo de Zumosol porque eran unos pringaos. En resumidas cuentas (con ábaco), los cuatro triunfamos en la vida.
¿Por qué (os preguntaréis) nos separamos? Pues si os digo la verdad, todo pasó muy deprisa. Nos encontrábamos en el punto álgido, el cúlmen, el cénit (es decir, “en to lo nuestro”) de nuestras respectivas carreras y, al día siguiente, eran los 80. El resto os lo podéis imaginar: drogas, alcohol, sacarina, tabaco (¿soy el único al que le suena como al anuncio de Nocilla?). Por si ello fuese poco, llegó al barrio un chico nuevo, un extranjero, un neoyorquino llamado Ghengis Kahn, hijo de un tal Pi Pi Kahn que se dedicaba al tráfico legalizado de lana de pavo. Ghengis era bastante gamberro pese a ser algo mongolito (su madre era de Mongolia, no penséis mal) e intentaba intimidarnos pese a que su constitución física era poco más que la de un Super Saiyan hinchado a esteroides y cereales dietéticos. Nosotros no queríamos problemas así que le dejamos a su bola y bueno, se nos fue de las manos. Cuando quisimos darnos cuenta había invadido media China, tres cuartas partes de Marbella, había fundado Microsoft y se había cambiado el nombre por el de Julio Iglesias. Al ver el fruto de nuestra irresponsabilidad, nuestra infancia acabó de sopetón con apenas 34 años de tierna edad. Fue triste.

Así, queridos lectores, es como se desarrollaron los primeros 500 años de mi corta existencia. Lo último que supe de mis amigos fue también lo primero y, por tanto, resultó que no sabía nada pese a saberlo todo... o algo así.

lunes, 16 de septiembre de 2013

'Ohana

A veces me da la impresión de que fallo en algo, además de en lo evidente. Si no, no me explico por qué no logro comprender el concepto de familia... bueno, en realidad sí creo que puedo entender el por qué me cuesta asimilarlo, y es que si miro a mi alrededor, lo que no me explico es cómo no me faltan más tornillos.
En condiciones normales (CN para los experimentos de física, dato curioso e irrelevante por que sí) la familia es un grupo de personas con las que compartes lazos afectivos y genéticos. En mi humilde opinión, los primeros surgen a consecuencia de los segundos casi indefectiblemente, habiendo excepciones, por supuesto. Supongo que se acaba cogiendo cariño a la descendencia por eso del esfuerzo que conllevan y demás, pero no quiero engañar a nadie, no tengo mucha idea al respecto porque mi experiencia personal es algo peculiar. Ojo, no quiero decir que mi familia no me quiera, porque sí que me quieren, pero no estoy seguro de si han “elegido” quererme o si lo hacen porque “es lo que toca”. Dicho así suena raro y tendré que establecer una serie de premisas. Partimos de la base de que mis padres no son un matrimonio típico, mi madre se casó con mi padre con el único objetivo de escapar de casa de mi abuela, algo bastante triste, la verdad, pero son su propias palabras. Mi padre siempre ha sido un tanto “suyo” y se ha metido en mil historias que no vienen a cuento pero que han hecho que su vida, tanto individual como de pareja fuese innecesariamente complicada y, para rizar el rizo, llegué yo. Al margen de lo “bala perdida” que fuese mi padre y las ansias de una vida distinta de mi madre, los dos eran y son todavía muy tradicionales en según qué cosas y bueno, no era muy “tradicional” que su hijo de tan sólo 15 días de vida comenzase a hablar (si es que repetir “ajo”, “papá” o “mamá” se puede considerar hablar). Ellos no le dieron mayor importancia, hasta se sintieron un poquito orgullosos según mi madre. La pega vino cuando eso lo supo el resto de una familia chapada a la antigua. La respuesta no se hizo esperar y la familia por parte de mi padre rehusó, por ejemplo, llamarme por mi nombre hasta el punto de que mi abuelo paterno murió sin haber pronunciado nunca mi nombre y, posiblemente, sin siquiera saberlo. Por parte de mi madre, me miraron siempre con recelo, y aún hoy lo siguen haciendo. Hablan conmigo intentando que no se note que, en el fondo, preferirían no hacerlo, pero como dije, “es lo que toca”. En toda familia hay un raro, un miembro que aunque no ha hecho nada malo, es diferente y no pueden rechazarlo del todo porque es de la familia pero que, si pudieran, si no fuese de su misma sangre, ni mirarían y mucho menos hablarían. No digo con esto que yo sea un santo, es más, he sido bastante cabroncete y confieso que he jugado malas pasadas, pero esas miradas de soslayo y esos comentarios en voz baja son anteriores a mis tropelías.
Un año y medio después llegó mi hermana y todos quedaron encantados con ella y no les culpo, mi hermana es un cielo y siempre supo ganarse a la familia, a los amigos, etc. y yo la quiero desde antes de que naciera. Siempre ha estado a mi lado, nos hemos criado juntos y nunca nos hemos llevado nada mal, hasta el punto de que en varias ocasiones la gente se ha quedado pasmada al saber que éramos hermanos, acostumbrados a ver peleas fraternales de la más diversa índole y con grados de violencia que, para mi, son desproporcionados. No, mi hermana y yo no somos los típicos hermanos porque además siempre hemos sido amigos y nos hemos apoyado el uno al otro y, aunque no me comprende del todo, me acepta.
Es, empero, harto curioso ver cómo, con el paso del tiempo, las diferencias que otrora se guardaron en silencio por razones inexistentes, salen ahora a flote, tras veintiocho años y convierten una sospecha en un hecho contrastado. Hoy puedo decir que no me siento querido por mi familia (salvo por mi hermana), al menos no del modo en que ellos se han empeñado en hacerme creer que me querían. Hoy me encuentro que mis padres no se aguantan, que mi madre nunca ha querido a mi padre y que posiblemente “se ve con otro”, que mi padre no tiene la cabeza en su sitio y está dispuesto a manipular, mentir y arriesgar mi vida con tal de conseguir sus propósitos incluso cuando ni él mismo sabe por qué quiere lo que dice que quiere y, cuando falla, lo paga con mi hermana porque tiene la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el peor momento. Hoy escribo desde una casa ajena porque mi abuela no quiere que siga viviendo en su casa para no tener que preocuparse por mi salud. Hoy veo cómo en apenas dos o tres horas comienza un nuevo curso de la universidad y yo, muy probablemente, estaré al margen y mis estudios se pospondrán todavía un año más. Hoy recuerdo todas esas veces en las que se me decían esas frases “de padres” como “Esta es y siempre será tu casa” mientras vero que mi habitación es, literalmente, un trastero. Veo cómo no puedo estudiar porque, dado mi estado de salud, la única manera en que podía costearme la matrícula pasaba por el apoyo de unos padres que me han dado la espalda por el simple hecho de querer continuar la carrera donde la comencé en lugar de en un hogar que no merece tal nombre, en el que no tengo siquiera un sitio físico en el que estudiar pues la que fuese mi habitación está invadida de todo aquello que no cabe en otras habitaciones. Hoy veo cómo me cuesta cada vez más ver en qué acabará todo esto.
Sin embargo, veo también algo muy curioso. Desde hace casi cuatro meses hay a mi lado una persona que no se ha separado de mi y que me ha apoyado y ayudado en todo, incluso cuando estaba en el hospital y me ayudaba a levantarme o acostarme o me traía un cigarro “de contrabando” que nos fumábamos en la ventana mientras hablábamos sobre lo que haríamos cuando me diesen el alta. Sí, soy así y fumaba en el hospital, ya os dije que no soy un santo pero tampoco he matado a nadie (todavía). Esta persona, mi chica, Mar, no solamente ha mostrado esa complicidad, además, me ha dado su cariño y apoyo desde que nos conocimos. Tanto es así que hoy escribo, como dije antes, desde una casa ajena, su casa y es que estoy viviendo con ella, acogido por los miembros de una familia que no es la mía y que, sin embargo, me han abierto las puertas que mi “verdadera familia” ha ido cerrando para intentar tenerme donde y como ellos querían. Hoy vivo con mi chica y tengo dos madres, dos padres, dos hermanos y una hermana y pienso y recuerdo y me doy cuenta de que ha habido varias ocasiones en mi vida en las que personas ajenas a mi bagaje genético se han portado conmigo como se supone que debería haberlo hecho esa familia que intentó inculcarme unos valores que jamás profesaron, al menos hacia mi.
Hoy doy las gracias a esas familias que me acogieron, durante más o menos tiempo, de una forma más simbólica o más literal, y que me hicieron sentir que era de la familia. Diría nombres si no fuese porque posiblemente haya quienes no quieran ni oír hablar de mi (de nuevo, no soy un santo). Que no mencione a nadie no significa, empero, que no me acuerde todas y cada una de esas personas y aprovecho para dar las gracias una vez más porque hoy me doy cuenta de que con ellos me sentí “de la familia” mientras que con mis parientes biológicos siempre me han hecho sentir “como de la familia”. La diferencia está en ese “como”.
Quizá hoy vea esto alguien y me recuerde con algo de cariño, quizá no.
Hoy, simplemente, veo que hay muchas personas a las que quisiera abrazar...

sábado, 7 de septiembre de 2013

Misplaced vanilla

Hoy no tengo muchas ganas de andarme con rodeos, la verdad. Pasa a veces que tienes un día relativamente normal hasta que, como de la nada, surge una conversación que te descoloca y ya todo se va a pique. Podría haber sido uno de esos días, pero esto va un poco más allá y es que no todos los días uno descubre que es adoptado.
Si soy completamente sincero, desde que tengo memoria siempre ha habido una parte de mi que no terminaba de encajar en mi “familia”, ya no por el hecho de ser tan distinto a ellos físicamente, que también, si no más bien era una sensación, una especie de cosquilleo bajo la piel que no sabría explicar y que jamás podía prever, aparecía sin más y me hacía sentir fuera de lugar, como una nota discordante en un compás que, de otra manera, podría haber sonado distinto, mejor. Me hacía sentir como cuando, al piano, los dedos se deslizan suavemente sobre las teclas y todo va bien hasta que de repente, sin verlo venir, esa yema traviesa de un meñique inquieto se resbala apenas un milímetro sobre la tecla siguiente, a destiempo, y la pieza queda “herida” aunque se intente continuar como si nada. Tras tanto tiempo, ponerle nombre, o más bien causa a esa sensación me resulta harto extraño, mas no del todo inverosímil habida cuenta de que, desde siempre, esa misma sensación me hizo plantearme esa posibilidad. Curioso, no obstante que mis “padres” hayan esperado hasta ahora para decírmelo, sobre todo porque, de pequeño, recuerdo que les preguntaba abiertamente si era, por casualidad, posible.
Por lo que tengo entendido, mis padres (sin comillas) son (o eran) una pareja de estadounidenses, Richard y Mary Jane Stevenson. Ahora va a resultar que cuando me confundían con un turista americano no iban desencaminados del todo. Por lo visto, mi padre era periodista y escribía en un periódico local mientras que mi madre era abogada. Según me han contado, un día, a los pocos meses de nacer yo, mi padre fue a cubrir una noticia sobre un incendio en una planta de reciclaje y se produjo un accidente que hizo explotar uno de los camiones de bomberos y mi padre murió por las graves quemaduras. Mi madre en aquél momento había viajado a España conmigo para darme a conocer a mis abuelos y, durante su estancia, se enteró de lo que había ocurrido. Se quedó tan trastornada que me dio en adopción y se suicidó.
No puedo decir que esté consternado, al fin y al cabo, no tengo recuerdos sobre ellos, pero sí me pregunto por qué ciertas cosas se hicieron como se hicieron. Me pregunto por qué ahora, después de tantos años, me hacen saber todo esto. Me pregunto si habría sido mejor saberlo antes, o no saberlo nunca. Me pregunto si el rechazo que he sentido siempre por parte de esta familia se debe a cómo actuó mi madre o si es simplemente porque no soy realmente “uno de ellos”... pero me pregunto sobre todo qué es una familia y ahora que sé un poco más de dónde vengo, me pregunto si yo, la persona que soy ahora, mi forma de ver las cosas, habría sido la misma o habría cambiado por completo si hubiese crecido allá en Virginia. Me pregunto cómo eran Richard y Mary Jane, si me pusieron mi nombre por alguna razón, si querían que tuviera hermanos, si me habrían llevado a pescar los domingos, si habrían sido, en resumen, los padres de las típicas series norteamericanas que parece que todo lo saben y todo lo pueden y siempre están para apoyara sus hijos cuando los necesitan. Me pregunto, simplemente, si me querrían ahora si estuvieran vivos.
Ahora mismo estoy algo perdido, desorientado y no estoy seguro de lo que debería hacer. Por un lado pienso que quizá sería correcto intentar contactar con los familiares de mis verdaderos padres, quizá alguno tuviera hermanos o mis abuelos sigan vivos. Por otro lado, sin embargo, no sé si sería buena idea. Quiero decir que la muerte de mis padres y mi entrega en adopción no serían cosas que pasasen precisamente desapercibidas para estas personas, sabían de mi existencia en mayor o menor medida y, sin embargo, nunca han intentado encontrarme o contactar conmigo...¿O sí? Tal vez sea otra de las cosas que mi “padre” ha hecho, la posibilidad de que la familia Stevenson haya intentado ponerse en contacto conmigo y él lo haya impedido. Hace tiempo habría pensado que mi “padre” no sería capaz de hacer algo así, pero desde hace unos meses, he descubierto que lleva mintiendo en más cosas de las que tengo ganas de enumerar. Si ha sido capaz de ocultarme que ni siquiera era mi verdadero padre, ya no sé qué más cosas puede haberme ocultado o haber manipulado para que yo siguiera viviendo en ése engaño por razones que quizá ni él mismo recuerde.
Perdonadme, estoy algo raro, pero llevo todo el día mirándome al espejo y añadiendo ese apellido a mi nombre y aun no me acostumbro a la idea de que ése sea yo. Sin embargo es extraño, pero saber que no soy “uno de ellos” me ha removido algo dentro que no sabría explicar. Sólo sé que, sin saber por qué, se me ha escapado una sonrisa.
No sé quién soy... pero sé un poco más de quién no soy.
Pensaréis que debo ser idiota por sonreír... pero quizá sea parte de quien soy.

Quizá, simplemente, sea cosa de familia.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Först Betänkande

Hubo una vez una persona que me dijo que, si me lo proponía, podía cambiar el mundo con mis palabras, que tenía dentro “algo” capaz de remover conciencias y poner en marcha algo imparable y que incluso podría causar que nada volviese a ser igual.
Just... THINK!
A día de hoy, esa persona ya no existe y no sé si pensaría lo mismo dadas las circunstancias... pero confieso que me sorprende el hecho de que no me importa. Desde hace unos días, llevo dando vueltas a lo que es un hecho obvio en mi vida y no es más que el que las palabras siempre han formado parte de mi vida, desde mucho antes de lo que yo mismo esperaba. Tal vez por eso escogí una carrera de letras (vale, también porque descubrí que no me abstraigo lo suficiente como para programar en JAVA) y más concretamente, el inglés. Sí, ese temido, odiado y sin embargo necesario idioma del que todos hemos oído hablar y pocos tienen un conocimiento más allá del “Good morning, my tailor is rich” y otras perlitas para el aprobado justito o incluso algún adorno para raspar unas décimas “For if the flies”. Aviso que no pretendo criticar a quienes no dominan este idioma porque no es mi intención y, si quisiera hacerlo, no tendría problema en hacerlo directamente cara a cara. Sin ir más lejos, yo empecé mi experiencia algosajona suspendiendo bajo la estricta mirada de una profesora que me decía en un perfecto catalán (que no citaré textualmente para quienes no conozcan la lengua de grandes como Dalí o Montserrat Caballé) que no aprendería inglés jamás. Por si acaso se me ocurría aprobar, ella buscaba cualquier forma para recordarme que los idiomas no eran lo mío. Hoy puedo decir que hablo cuatro idiomas, sigo peleando con el quinto, comprendo bastante bien un sexto y tengo nociones de un séptimo y un octavo a los que dedicaré más tiempo cuando decida si el noveno será el que me gusta o el práctico... y bueno, no cuento las palabras que me invento ni mi habilidad natural para la lengua de Mordor y el chiquitistaní de Barbate (JARL).
Si he de ponerme un poco serio, empero, es porque me doy cuenta de los no pocos giros y tumbos que ha dado mi vida desde ese primer encontronazo con el mundo de los idiomas hasta ahora. Han sido muchas las cosas a las que quise dedicarme y, la verdad, pienso que de no haber sido por aquella zorra... profesora que se empeñó en desanimarme, podría haber acabado haciendo la carrera de biología, que es lo que quise desde que descubrí lo que era, y en vez de escribir esto, podría estar riéndome desde una azotea contemplando cómo una bandada de criaturas mitad araña mitad somormujo sembrando el terror mientras Theodore, mi pato mayordomo, me comenta cómo van mis inversiones y dispara a un par de taxistas. Por ejemplo. En vez de eso (aunque puede que también llegue si os portáis bien) decidí tomar la vía de las letras y no, no me arrepiento. He descubierto cosas que ni siquiera sabía que existían en forma de grandes obras de autores que conocía tan sólo de oídas, he tenido ocasión de conocer las raíces del pensamiento de lugares tan lejanos que aparecen más en los sueños que en los mapas y me he dado cuenta de que dentro de poco, cuando acabe la carrera, querré volcar todo eso en otras personas y, quizá, abrir algunos pares de ojos ayudando a descubrir lo que yo he ido desentrañando en mi paso por este mundo de vidas y sueños plasmados en tinta.

Hoy me alegro de haber escogido este camino y quizá por eso me duele más tener que enfrentarme a ciertas cosas para salir adelante, pero se trata de mi vida, de cómo mi pasado me ha llevado al presente en el que estoy construyendo mi futuro. Nadie puede hacerlo por mi y nadie va a vivir por mi. Miro alrededor y me doy cuenta de que, en esto, algo ha cambiado, que ya no cuento con quienes decían que siempre me apoyarían y me pregunto si de verdad lo hicieron alguna vez o si, en el fondo, esperaban que fracasara o me rindiese para reprochármelo eternamente. Tampoco me importa porque ya lo he decidido. Cuando acabe, seré un cabronazo buen profesor que joderá vivos inspirará a sus alumnos y cuando mire atrás recordaré que alguien una vez me dijo que podía cambiar el mundo y me daré cuenta de que ni recordaré quién me dijo eso, pero me dará igual porque habré cambiado la vida de una persona y, como todo gran cambio, se empieza por un primer paso.