Qué curiosa puede ser a veces la vida. Un día estoy escribiendo
y me doy cuenta de que, para mi sorpresa, existe gente que me lee y
todo. Y resulta que no son solamente los cuatro gatos que pensaba,
hay pendientes de mis palabras ojos que ni sospechaba, y eso me hizo
pensar. Repasando un poco algunas de mis entradas, me he percatado de
que, salvo una o dos, todas son de un tono algo lúgubre, triste o
simplemente empalagosas hasta decir “que alguien mate a este tío”.
Lo cierto es que soy así, lúgubre, triste y empalagoso, pero
también soy otras muchas cosas (podéis ahorraros los insultos que
me los conozco y no me vais a sorprender) y una de esas cosas que
soy, además de un gamberro es... espera, iba a decir gamberro. Ya me
he pisado a mí mismo.
En definitiva, hoy quiero contar una de esas historias de mis años
bárbaros, de cuando era algo más joven y vagaba por el mundo cual
vaca desnortá y hacía tropelías mil con esos seres a los que a mi
me gustaba llamar “colegas”. Hoy no encontraréis, lectores,
declaraciones de amor a mi chica (esa la tengo guardada para otra
ocasión), ni mantras cargados de ira homicida contra el universo, ni
odas plañideras en honor de musas que han colgado su clámide en pos
de vaya usted a saber qué, ni sutiles indirectas para personas que
no existen, ni quejas médicas, ni, en definitiva, palabras que
provoquen mal rollete. Y es que, lo que hoy voy a contar, es una de
esas vergonzosas historias de tiempos mozos que, en el momento, hacen
que quiera que la tierra me trague y que, al recordarlas siglos
después, me dan la risa por muchas razones. Esta es una historia
real, así que no juzguéis mucho mis actos ni los de mis, por
entonces, compañeros de aventuras. Eran otros tiempos.
Todo empezó una fría mañana de invierno. Me desperté sin saber
muy bien dónde estaba, algo normal en mi persona por aquél
entonces. Cuando el sol entró por la ventana, me levanté con mi
habitual gruñido mañanero y, desde la ventana, escuché el gruñido
de mi amigo Olaf como respuesta, así como su habitual y estruendoso
pedo de buenos días, capaz de anestesiar a un toro adulto y que,
curiosamente, le hacía salir de su choza segundos después tosiendo
como si fuese a parir un corzo por la boca. Tras el saludo habitual,
que consistía en un cabezazo con intención de provocar un coágulo
cerebral (pero de buen rollo, conste) emitimos una serie de gruñidos
tales como:
- Hgrnaosmng sas dadk Olaf cbiDB - Que venía a significar
algo como “Hey, Olaf, buenos días so guarro”
- Cchbvñifhbvñ jodío memo nvfspfavibkanc cabrón de Hans
vbfpñivb? - algo así como “Buenos días estimado amigo Rhobert,
has visto a nuestro querido Hans por aquí?”
Antes de que pudiera eructarle la respuesta, Hans apareció
tambaleándose elegantemente mientras se rascaba el trasero con lo
que parecía ser una costilla de caballo o el brazo de un niño,
nunca se me dio muy bien la anatomía ajena y menos si el hueso
estaba masticado. Tras varios puñetazos con muy mala idea pero mucho
cariño, varios minutos de conversación tratando temas de suma
importancia como ventosidades, cerveza y quién tenía la barba más
llena de mierda, decidimos hacer algo productivo y, como era jueves,
fuimos a saquear.
Si soy sincero, no recuerdo del todo cómo llegamos allí porque
conducía Olaf y yo me mareo mucho en caballo de guerra, así que,
cuando volví en mi, ya habíamos alcanzado nuestro destino y mis
compañeros, como buenos bastardos, habían empezado sin mi. Por un
lado, Hans estaba corriendo de un lado a otro medio desnudo mientras
atizaba a los campesinos con una pata de algo que, supuse, había
matado o desmembrado poco antes. Le encantaba atizar aldeanos con
patas de animales. Por otro lado, Olaf era más sutil y entraba en
las cabañas en busca de mujeres y cerveza, aunque a veces iba tan
borracho que no sabía cuál era para beber y cuál para otros
menesteres y no era raro verlo decapitar a una joven campesina para
saciar su sed y, poco después, intentar beneficiarse a un barril. Se
sabe, sin embargo, que el barril lo pasaba peor. Por mi parte, me
dediqué a hacer lo que solía hacer en aquellos casos: correr de un
lado a otro con una antorcha en una mano y un hacha en la otra para
contemplar cómo los asustados pueblerinos sucumbían a una muerte
natural, porque si a una persona estándar le clavas un hacha en la
cabeza, lo natural es que muera. Supongo que podéis imaginaros el
resto, una típica tarde de jueves en Escandinavia. Hay quien se va
de compras, de museos... y hay quien se entretiene matando gente,
quemando aldeas y ridiculizando sus creencias antes de
descuartizarlos. Tan válida es una cosa como otra, total, no
hacíamos daño a nadie... que pudiera contarlo.
 |
Olaf siempre fue el que tuvo
más éxito con las mujeres... y los barriles. |
Esa noche, después de unas cervezas (JAMÁS del barril que traía
Olaf), estuvimos gruñendo sobre nuestras vidas, nuestro futuro y
sobre cómo quitar las manchas de sangre de las pieles porque no se
podían lavar en caliente y la limpieza en seco aún no se había
inventado. Hans nos sorprendió a todos cuando, con su característico
acento catalán de los fiordos, nos dijo que pasada la estación de
los saqueos, la de las violaciones y la de rascarse la entrepierna,
se marcharía al norte. Al principio nos sentimos apenados, pero
luego nos dimos cuenta de que no había tierra más al norte y nos
partimos el culo a su costa, cosa que le deprimió bastante. Eso nos
hizo reir más. Olaf, para variar, no tenía muy claro lo que haría,
pero dejó claro que no se marcharía antes del festival de
“Rascatelcüloadoblemanenfest” que consistía en toda clase de
actividades intelectuales como saber distinguir entre la mano derecha
y la izquierda para después rascarte el culo hasta que te sangre,
elaborar cerveza en tu propio intestino, derribar árboles a
pellizcos, esnifar patatas y desafiar a los dioses a un duelo de
punto de cruz. Sin embargo, le notamos algo menos entusiasmado de lo
habitual, como si se hubiera sentado en el filo de su hacha (otra
vez) y acabó por contarnos que, desde hacía unos días, no se
encontraba bien por culpa de una cabra. Al parecer, no había podido
desmembrarla mucho porque, tal y como nos dijo, “le puso ojitos”
y empezó a soñar con esa situación y tenía la sensación de que,
en nuestro próximo saqueo, no tendría tan claro lo de arrimar
cebolleta al barril de turno. Yo le ayudé como pude y le dije que no
se dejase seducir por ideas peregrinas porque las cabras vienen y
van, pero no me hizo mucho caso y así fue como sin darse cuenta de
ello (y de nada en realidad) mi colega Olaf acababa de inventar la
zoofilia.
A la mañana siguiente, cuando desperté entre un montón de
miembros cercenados y torsos ensangrentados, me di cuenta de que mis
compañeros no estaban. Hans había dejado una nota escrita en la
espalda del dueño de la posada que decía:
“Hvuafo cmncvih dco OIC CPIKKOL. Olaf y tú sois unos
malnacidos vfnooa v pfh OUHV ÑOHHN vbp ADSL cdsb lij Cthulh
F'tagn arriquitaun arsa ole pisha y ar caraho tó vfa il cnlid .
OJETE!”
Esto para los que no saben griego
antiguo, se traduce como:
“Queridos amigos, habréis notado mi ausencia. El deber me
llama y parto compungido por tener que dejaros. Rhobert, cuida de
Olaf y enséñale a leer, sois los dos unas bellísimas personas y os
deseo lo mejor en esta vida. Sed felices y acordaos siempre de
vuestro amigo en vuestros saqueos. Os quiere vuestro leal amigo Jose
Arturo “Hans”. Hasta siempre.”
La traducción es algo libre.
Cuando desenterré a Olaf de entre una
montaña de pieles, huesos, cadáveres y queso, le conté lo que
había pasado con Hans. Su respuesta no se hizo esperar y tuvo a bien
expresar sus sentimientos con un sonoro pedo que ni el eco de las
montañas tuvo valor de reproducir. Cuando recuperamos el (poco)
conocimiento, Olaf decidió emprender una misión espiritual y
recorrer el Camino de Santiago arrastrando la punta de su pene
descompensadamente grande desde su tierra natal hasta la susodicha
catedral. Intenté disuadirle pero fue en vano puesto que me amenazó
con su desproporcionado miembro. Si hubiese sido un hacha o una pata
mutilada de algún animal de granja, no habría tenido reparo en
replicarle, pero con eso... no, yo ya había visto suficientes veces
cómo amanecían los barriles que enganchaba por las noches. En un
último intento, le recordé que tenía pendiente el reto de punto de
cruz, que le llamarían cobarde si no participaba, pero, muy
elocuente él, me dijo que, si algún dios tenía (cito textualmente)
“los huevos lo bastante gordos” para llamarle cobarde, él le
haría callar a mandurriazos. Ante tamaño “argumento”, silencio
y respeto. Y así partió también Olaf.
Debería recordar esto con dolor pero
me parto el ojal al pensar que se fue a peregrinar a una catedral que
aún no habían construído mientras mi otro amigo, por listo, se
caía por el borde del mundo.
Por mi parte, acabé estudiando
filología... creo que fui el más perjudicado, pero al menos no
estoy (demasiado) loco.