miércoles, 5 de noviembre de 2014

Sjunga för mig, Djävulen

Stay close, you devil, and I shall soothe thy wounds...
Alza el vuelo y brilla, como solamente

Demonio
De mis mejores pesadillas de las que despertaba vivo,
Sabes. Urde un nuevo plan que haga
Que las noches en que velo
Vuele
Como otrora, en aquel tiempo que se antoja
Difuso en el devenir de los momentos.
Grita las canciones que entonabas para sosegar
Mi inquieta vida y haz
Que retumbe a través
De hueso
Piedra
Y mil silencios
Aquella voz suave que hablaba
De vida y muerte,
De lo que fue
Y será.
Canta una vez
Más
Para este insomne monstruo que
Mudo
Corea tu nombre entre susurros esperando
Que te gires y me mires
Y de nuevo
El mundo
Arda.

jueves, 23 de octubre de 2014

มโนรถ 2.3

And there she was
And it was you
So pretty, so soft
That white skin of yours and your eyes
Those I can’t forget
So big, so deep, so warm
And you were crying
And I asked you why
And you said you were
About to die
And all you got was me
For nobody heard your cry
And having me there
Made you feel afraid
For once
I left you flee
From me.

Then I held your hand
And said you were right
For I let you go
Once
In a dark day of my life
That still casts a shadow
On today, but
As I held your hand,
I hugged you tender
And kissed your cheek
And then
The world vanished
Once again
Like in the old times did
And this time
I kept my word
I kept you by my side
And the world crumbled
And collapsed
And everything was gone
Except my hand holding yours
And the sound of a heart

Made of two.

martes, 30 de septiembre de 2014

Costura en belladona ♭


La puerta estaba entreabierta,
Caída de ningún sitio
Sus raíces clavadas en la tierra sobre la que se alzaba
Tambaleándose firmemente mientras la luz
Incapaz de arrojar ya sombras
Era tragada
Lentamente
Y la puerta,
La puerta sin pomo,
Sin goznes que la sostuviesen,
Sin lugar al que conducir,
Permanecía allí.

Al borde del espejo roto
Una nota disonante
Reverbera y
Despacio,
Se abre paso a cuchilladas
Desgarrando el mismo cielo
A la par que las paredes,
Las columnas y dinteles
Y cuanto pudiese soportar peso alguno,
Se derrite en un caudal
De líquido mármol de escarlata
Y se funde con un ritmo vivo
Con mi pulso,
Clavándose en mis venas
Enfriándome por dentro
Sintiéndome morir,
Devolviéndome a la vida.

Y desperté.
Sonreía.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Lon|g|one|lost|and|hal|f|ound

Bugul Noz, o cómo explicar
lo que en principio se presenta
como lo que no es...

Hoy, después de no sé cuánto
y sin ganas de saberlo
de nuevo aquí me planto
delante del teclado
y busco
la receta que me indique
cuánto de esta u otra letra
y qué palabras presentar.
Y no, no sé bien ni lo que intento, ni sé bien lo que pensar porque hace ya un tiempo que aunque intento no sé hablar. Sea tal vez el silencio que guardo durante más horas de las que tiene el día o quizá se trate solamente de una crisis literaria. ¿Qué más da? Sea en esta madrugada que me obligo a divagar y escribiendo lo que pienso mientras pienso qué diré sobre cómo lo que escribo es lo que pienso sobre qué escribir.
Sí, lo admito, añoraba estos galimatías, aparentes sinsentidos que, empero, me mantienen vivo por dentro mientras inevitablemente muero por fuera como dicta la entropía a la que todos estamos ligados. acertijos y disparates a primera vista que quizá no signifiquen nada para nadie más... y me da igual. Tanto es así que mientras escribo todo esto me acabo de dar cuenta de que sonrío y no termino de saber por qué. Tal vez porque, de nuevo, escribo o quizá porque lo que escribo después de meses es esto. Un nudo como los que hacemos cuando somos pequeños dando vueltas al cordel de las formas más enrevesadas, intrincadas, ilógicas incluso pero siempre con el ingenuo propósito de que el nudo no se suelte. y al igual que esos nudos de niños, este es, en su complicación, inútil y abocad a desbaratarse por donde menos cabe esperar. Y oye, que me sigue dando igual.
Si miro a mi alrededor veo cosas con significados muy dispares por el mero hecho de conectar conceptos pertenecientes a puntos de vista en apariencia inconexos. Por poner algunos ejemplos, veo, en el mismo trozo de pared, un reloj que parece sacado de un cuadro de Dalí custodiado por las dos hermanas de Hana que descansan sobre una estantería en la que exhibo cinco musas de sendos colores.
¿Lógica? a simple vista, ninguna. Sin embargo, son elementos que, aunque disonantes por sí mismos, componen parte de una pieza mayor de la que, para bien o para mal, soy el elemento común, el fondo sobre el cual estas tres pinceladas encajan como parte de un cuadro que ni yo mismo alcanzo a ver completo. Cada pieza pertenece a un capítulo y no cuento con que nadie me conozca lo suficiente como para encontrar el sentido subyacente a toda esta parrafada. Es más, lo prefiero así porque de lo contrario significaría que existe alguien capaz de ver a través de mi como si fuese un cristal y no hace falta que explique que la falta de cierto misterio es lo que conduce al aburrimiento. Y yo no soporto aburrirme.
Me vuelvo a reír al leer por encima todo esto y ver cómo empezó y cómo va ahora y sí, ¡joder! Lo echaba de menos.
Tal vez mañana lo borre.
Quizá repita u escriba algo de lo que tengo pendiente.
Puede que me atiborre de absenta y deje que mis manos escriban a su aire.
O quizá me despierte
y no haya escrito esto
Dare you, come.
ni aquello
ni haya dicho nunca
ni lo haya hecho jamás
¿Quién sabe?
Quizá yo ya no sea
y por eso no consigo despertar.
Curioso porque
aun así
me da igual.
Y que venga lo que tenga que venir.

domingo, 25 de mayo de 2014

Año 1: Fecho allend Mar.

18 de Mayo de 2013.
Aquél sábado se presentaba como un día más, o casi. Acababa de salir del segundo ingreso hospitalario en menos de un mes y lo único que me apetecía era salir, ver a mi gente y olvidarme de las agujas, los médicos y las pastillas. No me lo pensé ni por un momento cuando un querido amigo mío me invitó a su cumpleaños cuando vino a visitarme al hospital. Iría sí o sí en caso de que me diesen el alta a tiempo. Técnicamente no me la dieron, la pedí voluntariamente y no les quedó otra que soltarme, así que aquella noche saldría.
Por consejo de otro amigo, me vestí de una forma menos “mía” ante la perspectiva de acabar la noche en compañía de unas estudiantes de erasmus que muy probablemente hubiesen vuelto a su país de origen si hubiese lucido mis “galas” habituales. Finalmente no hubo erasmus. En su lugar, hubo una cena agradable con muchas caras conocidas, una sensación de bienestar producida por las risas, el buen ambiente, la considerable distancia hasta el hospital más cercano... y ella.
Me senté en la silla más alejada al cumpleañero (la única disponible) tras acercarme a saludarle y felicitarle con cariño. A mi alrededor, pocas caras conocidas ya que a muchos de los asistentes no les había visto jamás.
Y, entre todos los presentes, ella. Utilicé todo el disimulo que mis conocimientos ninja me permitieron, pero aunque fuese de forma subrepticia y fugaz, procuraba no dejar de mirarla. Aquella melena rojiza, unos increíbles ojos azules, una piel del color del mejor café que jamás he probado, ni pálida ni tostada al sol, una sonrisa increíble y un cuerpo de infarto envuelto en un vestido vaquero que parecía estar hecho exclusivamente para ella porque sabía (y sigo sabiendo) que a nadie de este u otro mundo le quedaría jamás así de bien.
María del Mar.
El resto de la noche fue, cuanto menos, peculiar, caminando por una ciudad atestada de gente que iba de un museo a otro mientras yo charlaba con un amigo sin perder de vista a aquella maravilla que, de vez en cuando, participaba en la conversación, cosa que yo agradecía enormemente. Procuraba no hacerme muchas ilusiones ya que, al fin y al cabo, junto a ella, caminaba su inseparable novio, pero eso no me impedía intentar conocerla un poco. Algo me decía que aquella chica no era una preciosidad solamente por fuera.

22 de Mayo de 2013.
Llevaba cuatro días dándole vueltas. Gracias a mis increíbles dotes de investigación y a que su nombre estaba en el grupo de chat que se creó para acordar los detalles de la cena de cumpleaños, conseguí su teléfono. Lo difícil ni siquiera fue encontrar su perfil en las redes sociales. Lo verdaderamente jodido era buscar una excusa para hablar con ella sin que tuviese la típica impresión de “¿De dónde has sacado mi número de teléfono?” o “A ver si me va a estar acosando” o, peor aún, “Esto... ¿Quién dices que eres?”. Me habría tirado por la ventana, pero siendo un primero, como mucho, me habría roto una pierna y no quería arriesgarme a ser hospitalizado otra vez, así que, tras sopesar rápidamente mis opciones (solamente tardé todo el día), esa noche entablé conversación con ella.
Intercambiamos música, ideas, creo que incluso se rió conmigo (o quizá de mi, que también puede ser). La cuestión es que me sobrevino mi instinto suicida de mis años bárbaros de juventud y se me ocurrió proponerle, como el que no quiere la cosa, quedar al día siguiente para tomar un café. Mientras esperaba su respuesta, una voz en mi cabeza (una de tantas), la bipolar, me decía “¡Con dos cojones!” y después “Te falta un cromosoma, ¿verdad?”, seguido de “De perdidos al río, pero eres más tonto que una piedra...” y demás genialidades que no me apetece detallar. El caso es que pasaron 3 horas hasta que me dio una respuesta (en realidad contestó enseguida, ni un minuto tardó, pero joder, se me hizo eterno). Al parecer, tenía que cuidar de una entidad a la que ella llamaba “sobrino” (MIERDA), pero (HAY UN “PERO”) intentaría que su madre se quedase con él y así poder quedar conmigo. Ni que decir tiene que aun lo flipo.

23 de Mayo de 2013.
Tenía mil cosas que hacer antes de salir de casa aquella mañana y a ella no la vería hasta poco después del mediodía. Lo único que me apetecía era manipular el tejido espacio-tiempo para que, al salir de mi habitación, fuesen las dos y media y estuviese en la puerta de mi facultad, esperando que llegase. Sin embargo, no lo hice porque ya sabéis lo que pasa cuando se juega con las leyes de la física y, por mucho que sean idea mía, están ahí para algo. Me pasé gran parte de la mañana escribiendo mientras tomaba un café y esperaba que llegase un buen amigo que tuvo a bien quedar
conmigo mientras hacía tiempo antes de coger el autobús para llegar al campus. Él no dijo nada, pero creo que vio perfectamente que estaba de los nervios y no era por el café ni por haber pasado toda la noche en vela.
Llegó la hora y ni siquiera sé si fue puntual. Tampoco me importó. En aquellos momentos, solamente me preocupaba de no perderme ni un detalle de lo que decía, de cómo lo decía y, por mi parte, de aplicar un principio básico y muy sencillo pero que, sin embargo, había tardado mucho en aprender a costa de mucho sufrimiento (propio y ajeno): sería sincero en todo momento. Para mi sorpresa, esa sinceridad, lejos de hacerla huir por los tejados, parecía hacer que lo que le contaba sobre mi vida pasada y presente le interesase.
Aquella tarde hubo lágrimas, risas, paseos, anécdotas y toda una serie de sutiles indirectas que ella soltaba como el que no quiere la cosa, sin que yo me diese ni cuenta, algo raro porque normalmente las pillo al vuelo (NO). Lamentablemente, tenía que marcharme a una revisión médica (maldita la hora, dicho sea de paso, en que tuve que cambiar su compañía por la de un imbécil con bata que habiéndome visto la semana anterior, ni se acordaba de por qué iba a su consulta y que era más feo que un frigorífico con detrás y más inútil que una inanimada barra de carbono). Sucedió, empero, que antes de despedirme, le di un abrazo y me vi incapaz de soltarla. Lo sorprendente fue que, al parecer, ella tampoco podía o quería soltarme a mi. Aquella noche volvimos a escribirnos. Nos veríamos ese domingo.
Sin embargo, separarme de aquél abrazo es de lo único que me arrepentí aquella tarde... y aún hoy en día.

25 de Mayo de 2013.
La cosa se torció. Fiebre alta y una abuela paranoica me condujeron de cabeza al hospital por tercera vez en menos de un mes. A la mierda la película del domingo en compañía de aquella chica salida de un sueño. Al menos, antes de salir, pude enviarle un mensaje y contarle lo que sucedía. Jamás me habría esperado su respuesta: “Iré a verte” dijo. Esa misma tarde, apareció, bonita como ella sola mientras yo, con mi elegante atuendo de hospital con gotero incluido, seguía intentando procesar lo que estaba viendo y, para qué negarlo, dándole vueltas al abrazo de dos días atrás. Quería hablar con ella a solas y salimos de la habitación. Nada más cerrar la puerta, por puro instinto, la besé.


25 de Mayo de 2014.
Ha pasado todo un año desde aquél momento. Cuatro estaciones en las que han sucedido muchas cosas, buenas y malas pero cuyo denominador común es el hecho de que, desde aquél beso, no nos hemos separado. Hoy cumplo un año con Mar y por eso, estas palabras que siguen son para ella. Para ti.
Lo primero es darte las gracias. Digas lo que digas, te estoy agradecido y no es para menos. Llevas todo un año soportándome y, sobre todo, cuidándome. Tu apoyo me ha sacado adelante en momentos en los que, si no hubieses estado, me habría rendido. Me has visto en mis peores momentos, cuando era más tubos que persona, cuando ni siquiera podía tenerme en pie y se me presentaba un futuro complicado, por decirlo amablemente. Me has cogido la mano cuando he sufrido y cuando he reído y has recorrido literalmente centenares de kilómetros para asegurarte de que nuestras manos no se soltasen nunca más por lejos que tuviese que ir. Me has enseñado mucho y me has permitido enseñarte un poco de lo poco que yo sé. Cada día me dibujas una sonrisa en algún momento del día y cada día eres tú lo primero y lo último que veo. Con tu ayuda, nuestro pequeño Ernest crece con todo el cariño del mundo (y mis enseñanzas ninja).
No sé qué puedo decir que no te haya dicho ya en este año, salvo que te quiero, que te quiero con locura y que siento ser pesado pero no quiero que pase un solo día sin que sonrías como aquella noche en que me aprendí tus ojos de memoria. No te diré que te bajaría la luna por todo el tema de las mareas y que tenemos un gato capaz de usarla como ovillo, pero sí te diré que, desde aquella noche, el cielo ya no es tan oscuro cuando el sol se esconde ni el día me ciega tanto cuando la luna duerme. Creo que, sin saberlo, aquella noche encontré mi término medio, mi equilibrio y, sobre todo, te encontré a ti.
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Pese a lo que parezca, lo que sí es cierto es que antes de darme cuenta estaré escribiendo un texto parecido a este y el contador de los años habrá subido porque sé que no cometeré el mismo error que aquélla tarde en la que te solté de aquél abrazo que intento compensar abrazándote cada día, cada noche y, en mi corazón, a cada instante hasta más allá de lo que se comprende como el tiempo.
Gracias, Mar, por este primer año y por los que están por llegar.
Te quiero, princesa.





domingo, 11 de mayo de 2014

Mojón del Manga

Hoy estoy compungido, alicaído, pusilánime incluso. En pocas palabras, de bajón.
El motivo no es otro que la visita que realicé ayer al basurípido “Salón del Manga” de Cartagena. Partiendo de la base de que llegué con poco tiempo, apenas una hora de visita antes del cierre, lo que vi allí fue más que suficiente, demasiado diría incluso, para que esa hora contribuyese a formarme la opinión que me dispongo a exponer y que ojalá sirva para que esta mierda deje de serlo el staff del evento y/o sus participantes se esmeren un poco más.
Representación del evento:
una aterciopelada mierda para todos.


Lo primero que quiero señalar es que me molestó soberanamente (y sé que a muchos más como yo) lo lamentable que fue la organización de algo que, en principio, se iba a celebrar durante la primera quincena de Abril y que, el mismo día que se suponía que comenzaba, se aplazó hasta este fin de semana de Mayo. Desde ese momento ya empezó a olerme mal el asunto, leyendo numerosos comentarios de entusiastas que, contando con esa primera fecha, habían organizado viajes, tanto particulares como de grupos numerosos llegando a alquilar autobuses para desplazarse hasta la ciudad portuaria. Sobra decir que la crispación de esos grupos fue inimaginable y que el gasto que realizaron cayó en saco roto. Lo peor es que ni siquiera se les ofreció una solución, una explicación, ni siquiera un sencillo sacrificio de vírgenes, como mandan las buenas costumbres.

En segundo lugar, tuve conocimiento de que se celebraba el evento a través de un buen amigo que acudió a comprar su entrada anticipada un par de días antes. El precio de la misma, 4,5€ me resultó cuanto menos elevado para un evento de estas características. Me explico: la primera vez que fui a un “Salón del Manga”, fue en Jerez (Cádiz) y la entrada era gratuita. Lo que vi allí me dejó boquiabierto y ya no solamente por la cantidad de puestos con todo tipo de merchandising y demás, si no porque el lugar era enorme y al margen de las compras compulsivas típicas del fanatismo que este mundillo ejerce entre sus seguidores (entre los que me incluyo), se podía disfrutar de proyecciones, talleres bien organizados, degustaciones gratuitas de auténticas delicias del país del sol naciente, charlas e incluso conferencias de autores de renombre y firmas de ejemplares. Sin ir más lejos, me llevé dos ilustraciones firmadas por Luis Royo, que estaba en su stand charlando con los que se animaban a acercarse. Al año siguiente volví y el precio de la entrada era simbólico de un Euro y la calidad, lejos de decaer en pos de un intento de sacar el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo e inversión posibles, no sólo se mantuvo si no que aumentó considerablemente. Unos años después, visité el que se celebró en Murcia (el primero que se celebraba) y de nuevo, un Euro simbólico para la entrada y una experiencia sumamente satisfactoria, tanto por el propio evento como por el ambiente que ayudaban a crear participantes y staff a partes iguales.

Con todo esto en mente, el pasado año visité el “Primer Salón Manga de Cartagena” y, sinceramente, salí desencantado. Escasa organización, el lugar elegido era, cuanto menos, angosto para un evento como este, los talleres comenzaban tarde (o, directamente, no comenzaban) y preguntarle a algún miembro de la organización equivalía a: una mirada por encima del hombro + contestación de mala gana + resoplidos de resignación + contemplar cómo se pasaban la bola de unos a otros para no tener que desplazarse + desinterés total y absoluto. Ni rastro de la ilusión que se presupone para la primera edición de un evento como este. Lo que sí había, en abundancia además, eran puestos con ingentes cantidades de todo tipo de artículos relacionados con este hobby. Es más, parecía ser lo único que había ya que las zonas de talleres y demás estaban prácticamente vacías mientras la gente se amontonaba en los diferentes stands con esa mezcla de expectación y avaricia que caracteriza (y de nuevo me incluyo aquí) a la juventud deseosa de encontrar algo, una pieza para su colección otaku de su serie favorita, el juego del momento o incluso descubrir algo nuevo. Asaz complicada tarea, si se me permite el comentario, en gran medida debido a unos precios que distan mucho de ser razonables si tenemos en cuenta la edad media de los participantes y más aún si los contrastamos con el artículo en sí mismo. Muchas veces se paga por el nombre que llevan, no por la calidad y/o fidelidad del producto respecto a lo que representan (o pretenden representar).
Tras esta experiencia, mi sensación era de inquietante confusión, pues la idea era buena a priori mas la ejecución dejó en mi retina bastantes cabos sueltos.

Ahora viene la GRAN mierda de ayer siguiente parte.

Ayer, día 10 de de Mayo de 2014, sin tenerlo previsto, visité el “Segundo Salón Manga de Cartagena”. Iba ya un poco intranquilo debido a que un conocido lo visitó por la mañana y en apenas 2 horas había ido y vuelto desde Murcia, trayendo consigo una opinión agridulce.
Primera señal.
Nada más llegar, quedaba apenas una hora y media para el cierre. No era un factor determinante puesto que, desafortunadamente para mi, los talleres que me interesaban ya se habían realizado (o incluso aplazado/cancelado según me contaron) con lo que disponía de 90 minutos para visitar los puestos, empaparme del ambiente y quizá llevarme algún recuerdo. Pasamos por taquilla y la vendedora se nos quedó mirando extrañados a mi chica y a mi. No dijo nada, pero en su cara se veía que, para el poco tiempo que quedaba, pagar una entrada completa era poco menos que absurdo (y yo opino igual) pero aun así no tuvo ningún reparo en cobrarme los diez Euros (mi entrada y la de mi chica).
Segunda señal.
No habíamos terminado de pagar cuando un buen amigo mío (con un curradísimo cosplay de Trafalgar Law que le quedaba como un guante) se cruzó con nosotros en la entrada y nos dijo lo que la vendedora no tuvo la honradez de decirnos, que pagar la entrada para tan poco tiempo no merecía la pena.
Tercera señal.
Una vez pagada la entrada, comenzó el despropósito. Lo primero que me sorprendió fue el desinterés de la organización cuando, nada más sellar las entradas, un chico con la camiseta del staff nos pidió amablemente que esperásemos un momento. Llamó a una compañera suya y le pidió que nos guiase. La chica nos miró y comenzó a caminar mientras el chico, con una sonrisa, nos indició que la siguiéramos. Nos cruzamos con un grupo de 4 o 5 personas y la chica desapareció para siempre entre las profundidades del abismo, engullida por una efímera pero trágica anomalía espacio-temporal, devorada por Pitufos invisibles o asesinada por un Furby ninja, porque no encuentro otra explicación a la forma en que desapareció. Abandonados a nuestra poca y mala suerte, mi chica y yo nos adentramos a la zona de puestos que, pese a ser al aire libre, desprendía el característico olor a chotuno aroma de las concentraciones humanas en lugares pequeños. Inexplicable, pero oye, ahí estaba, como muchas otras cosas vergonzosas igualmente inexplicables, a saber:

- ausencia total del 90% de lo que se anunciaba en el folleto (numerosos comentarios de asistentes acerca de actividades canceladas o que nada tenían que ver con lo que se anunciaba).

- merchandising absurdamente caro y con ingentes cantidades de material defectuoso, de imitación y/o de escasa y dudosísima calidad.

- zona de comidas con precios abusivos, capaces de cobrar dos Euros por un supuesto plato de ramen y que resultaba ser un simple paquete de fideos que se puede encontrar a escasos 60 céntimos en cualquier supermercado.

Al margen de estos detalles, (ir)responsabilidad de una (des)organización que no parecía tener reparo en dejar patente que su meta era embolsarse cuanto más mejor, hubo también algunos detalles que, francamente, no me podía esperar encontrar y que venían de los propios asistentes. Por un lado, el ambiente, cargado ya no solamente por el perfume Eau de Sobac que flotaba en el aire, si no por las miradas por encima del hombro que lanzaban quienes iban caracterizados a quienes íbamos “de calle” y que no fue solamente una sensación mía ya que vi a muchas personas siendo objeto de miradas y risitas maliciosas, cortesía de quienes lucían un cosplay u otro y aunque no se pueda aplicar a todos, sí comprobé que era una tónica dominante. Me molestó (y confieso que dolió) ya que parecía que el evento se estaba sesgando en dos “clases”, como si los que iban disfrazados tuviesen un “status social” más elevado que quienes no podían o querían ir caracterizados, sobre todo porque, como otaku, sé lo que es que la “gente normal” discrimine a quienes tenemos unos gustos distintos y comprobar que dentro de este mundillo parece haber estamentos sociales como los que tanto nos desagradan y de los que muchas veces se nos excluye, no es plato del agrado de nadie. Creo.
Por otra parte, el consumismo del que se hizo gala me decepcionó sobremanera. Compras, compras y más compras. Pero, ¿qué hay de la esencia del evento? En ningún sitio encontré grupos de gente charlando sobre manga o anime y, los pocos grupos que veía, eran pequeños ecosistemas cerrados de antemano (premades, que se les llamaría) cuyos integrantes y sus opiniones se conocían de sobra, cerrando toda posibilidad de debate interno y mucho menos externo, y es que si las miradas matasen, habría que llevar un chaleco antibalas porque estos grupos de personas que tanto rechazo han sufrido en su vida por sus gustos, rechazaban a los “extraños” que pudieran querer (si es que alguien quisiera) acercarse. Por si fuera poco, favoritismos a la hora de disfrutar de diversas actividades (creo que aún hay cola para las partidas de ayer en la zona de consolas) numerosas irregularidades que, al parecer, sucedieron en algunos torneos con resultados más sospechosos que una choni leyendo un libro de física cuántica...
Pero, por encima de todo, un detalle del que nadie habló y que me caló muy hondo. Muchas sonrisas y diversión durante el evento, el recinto era un hervidero de alegría aparente que, sin embargo, se convertía en otra cosa al salir. Y es que era demasiado poco sutil ver cómo las mismas personas que unos metros atrás estaban divirtiéndose, al salir del recinto, ponían a parir (y esto no lo tacho) la organización deficiente, el incómodo recinto, el desdén del staff,los precios abusivos de las baratas imitaciones que se vendían como si fuesen de oro y, en definitiva, el evento en sí mismo. Quizá un alarde de hipocresía o un prudente silencio por vergüenza ajena, como la que no tuvieron a la hora de montar este puesto de mercadillo con precio de entrada, pero la cuestión es que las aparentes buenas vibraciones se destapaban como un descontento general de los participantes que abandonaban el recinto con más comentarios negativos que positivos. Muchos pensarán que soy genial, borde, un tío guay y que estoy más bueno que un bocadillo de jamón serrano un tanto exigente, que es el segundo año que se celebra y la inexperiencia y demás gilipolleces la falta de medios pueden justificar este timo esto o aquello, pero me remito a lo que antes mencioné sobre la primera edición del evento en Murcia, que estuvo a la altura y que demuestra cuándo hay ganas de hacer algo bien y cuándo sencillamente se intenta sacar tajada.

No todo fue malo, por mucho que parezca (y que conste que no es sólo que lo parezca) que acabé hasta los huevos de esta puta mierda cutre y absurda, porque al menos pude ver un par de cosas que me sacaron una sonrisa, como comprobar que el manga es un hobby que no entiende de edades, detalle del que me percaté al contemplar un muy trabajado cosplay de Monkey D. Luffy que lucía un señor que seguramente dejó atrás los 40 hace varios años y, por otra parte una costumbre que parece ya endémica de estos eventos, el ver vestidos preciosos y disfraces de personajes femeninos impresionantes... siendo exhibidos por las chicas a las que menos lucen dichos atuendos.

Sin ánimo de ofender (más) dejo mi opinión sin dejarme llevar por lo personal (venga, ya os podéis reír de eso) y, si alguien quiere preguntar y/o comentar su experiencia particular en esta basura sacacuartos este evento, podéis escribir libremente que ya me encargaré yo de mandaros a la mierda si no estáis de acuerdo conmigo, que para eso estamos en una democracia y se hace lo que yo diga.

Al próximo va a ir tu puta madre menos gente.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Trébol de esmeralda.


Verdes, así eran. De un color que jamás he vuelto a ver y que sé que jamás volverá a existir. Así eran sus ojos, así los vi cuando la conocí y con ese brillo me enamoré. No encuentro todavía forma de explicar lo irreal del verdor de aquellos ojitos que me miraron y se hicieron un hueco en mi alma para siempre. Imposible de explicar la forma en que, sin palabras, nos dijimos en un solo instante que queríamos estar juntos. Y así fue.
Ocho años hace desde que la conocí y ni un solo día ha pasado desde entonces sin que estuviese en mis pensamientos y hoy escribo algo que he intentado evitar desde que me dijo adiós hace apenas dos meses. Hoy, por segunda vez, la he sostenido sin vida entre mis brazos y, como sucediera la primera vez, no era ella y aun así, no podía más que verla a ella. Hoy, sin siquiera un mes de vida, he tenido en mis manos a mi pequeña y de nuevo he sentido lo que es que una lágrima grite por mí.

Y se llamaría Clover.

Recuerdo aquella mañana, caminando con mi padre hacia la tienda, cuando una vecina sacaba a pasear a su perro y, de repente, se agachaba y de entre sus manos, salía una pequeña bola negra. Nos acercamos a saludar y allí, apenas a la altura de mi tobillo, vimos a aquella criaturita minúscula con sus enormes ojos verdes mirando a todas partes y, de repente, me miró. En ese momento el mundo desapareció y yo la miré. Sin saber siquiera que lo estaba haciendo, sonreí y a día de hoy sigo creyendo que, de alguna forma, ella me sonrió. Cuando recuperé un poco mi sitio en el mundo, iba caminando con mi padre hacia la tienda y una pequeña bolita negra caminaba torpemente dando pequeños saltos junto a mis pies. Tras ocho años sigo sin ser capaz de decir quién de los dos estaba más contento de estar junto al otro. Según me contó mi padre, mientras yo estaba a saber dónde mirando fijamente a aquella preciosidad, su “dueña” le explicó no sé qué historia y, al parecer, estaba buscando quien la cuidase cuando, casualmente, nos cruzamos con ella. La verdad de todo aquello es que aquella inconsciente había comprado a aquella gatita apenas dos semanas después que a su perro, un cachorro juguetón pero muy poco delicado y, al no poder (o no querer) hacerse cargo de los dos, esa misma mañana había decidido abandonarla mientras sacaba a pasear al perro y poner como excusa que se había escapado o perdido. Nunca he creído en las casualidades.
La cara de mi madre fue un poema, pero me daba igual. Aquella gatita estaba conmigo. Nunca la consideré “mía” y siempre, a quien me preguntaba, le hablaba de ella como “mi amiga” o “mi protegida”. Debo confesar que tardé bastante en decidir su nombre y no lo elegí yo solo por lo que aprovecho para dar las gracias a quien me ayudó (si lo lees, gracias por la idea), pero desde que empezó a escucharlo, pareció identificarse con él, como si supiera que el trébol que daba color a sus ojos le daba, a su vez, una identidad. No fueron pocas las veces en que oía llamar a Clover y me confundía con mi nombre, sobre todo al principio. Todavía se me dibuja una sonrisa cuando recuerdo cómo dormía. Siempre conmigo, hecha un ovillo en mi pecho al principio de la noche y poco a poco subiendo hasta convertirse en una bufanda rodeándome el cuello y, a veces, haciéndose un hueco en la almohada delante de mi cara, como si mi respiración le ayudase a dormir. Por las mañanas, temprano, se despertaba y me daba golecitos con su patita para despertarme y que la llevase a desayunar y, si se me ocurría remolonear, los golpecitos se hacían más insistentes hasta que sacaba las uñas y tenía que despertarme sí o sí. Mientras me tomaba una infusión ella bebía de su cuenco de leche y, de vez en cuando, me miraba y se relamía. No hay palabras para explicar la sensación que me producía un gesto tan simple y, a la vez, tan profundo.
Más tarde, ese mismo año, me marcharía a estudiar fuera y separarme de ella me dolió más de lo que me atreví a admitir. Sin embargo, en las visitas que hacía a casa de mis padres, lo primero que hacía tras dejar las maletas era ir a buscarla y abrazarla y ella, como si nunca me hubiera ido, seguía siendo la misma. Mis padres y mi hermana me decían que era muy arisca y a veces incluso agresiva con ellos y los demás animales, pero conmigo siempre fue dulce y cariñosa. Siempre.
Hace unos años tuve un encuentro con un gato callejero idéntico a ella, salvo que era macho y aunque jamás hubo un contacto ni remotamente parecido, algunos días le llevaba algo de comer y al volver a pasar encontraba el lugar vacío de todo rastro de comida salvo porque en algunas ocasiones le pude ver terminando los últimos bocados. No era lo mismo, pero le cogí aprecio y por eso me dolió aquella noche en que le vi tendido en mitad de la calle, atropellado por algún indeseable que pasó por allí a más velocidad de la razonable en una calle tan estrecha. Me quedé helado. Por un momento vi a Clover allí tendida y algo se removió dentro de mí y, sin pensarlo ni saber muy bien lo que hacía, le cogí en brazos y caminé con su cuerpo sin vida hasta que encontré un lugar donde pudiera descansar en paz. No sé si hice bien, no sé si logré darle una despedida digna, pero en ese momento solamente podía pensar en que no podía dejarle allí, a merced de a saber quién o qué. Esa noche, por primera vez, Clover murió en mis brazos.
Hace dos meses recibí una llamada, era mi hermana con noticias sobre Clover. Había perdido mucho peso y no sabían qué le sucedía, la llevarían al veterinario para hacerle pruebas. Una semana después, tras hablar a diario para saber de mi pequeña, volví a coger el teléfono, estaban en el veterinario. Según los análisis, Clover tenía un recuento inusualmente alto de células afectadas por lo que parecía ser un tipo de leucemia. Había sido todo muy rápido, apenas unos meses antes había estado con ella en casa de mis padres y, sin más, mi hermana me pasó a mi padre al teléfono quien me dijo que lo sentía mucho... y colgó.
Unos días después, me llamó de nuevo para preguntarme como estaba y ni recuerdo lo que le dije. Lo único que recuerdo es que algo en mí se rompió y quizá por eso no me atrevía a escribir estas líneas. No quería creerlo, no podía, no era lo bastante fuerte. Y sigo sin serlo.
Hoy, uno de los gatitos que tuvo Shara, la gata de Mar, hace menos de un mes, ha muerto y mi primera reacción ha sido la misma que hace unos años. Al tenerlo entre mis brazos he visto a Clover cuando la conocí y las lágrimas que no pude derramar hace dos meses hoy se han escapado de mis ojos, incrédulos ante lo que estaba viendo. Esta misma tarde habíamos estado jugando con ellos y el pequeñín negro de ojos curiosos se quedó dormido en mi pecho como otrora hiciese mi pequeña. Lo último que hice, antes de que pasase todo, fue mirarle a los ojos y vi, entre el color grisáceo de los ojos de un gato que aún no los ha abierto del todo, un pequeño brillo verdoso tan dulce como familiar. Lo poco que quedaba en mi capaz de sobrellevarlo se ha venido abajo y lo único que puedo hacer es escribir estas líneas y llorar.
Porque hoy, por segunda vez, Clover ha muerto entre mis brazos.

Siempre te querré, mi pequeña, mi amiga, mí protegida… mi Clover.

domingo, 23 de febrero de 2014

Quizá homeostasis, quizá dolor.

En ocasiones, quizá demasiadas, la vida es más que una mierda. Hay veces en que se supera a sí misma y pasa a ser una verdadera malnacida que se empeña en jugar a eso de que las personas hagan planes para, cuando todo parece ir bien, recordarles que esa mierda sigue ahí y ahora su hedor es aún peor.
Hoy es una de esas veces.
Porque a veces, como hoy, uno mira en derredor y parece que todo, aunque por los pelos, empieza a encajar. Pero entonces algo empieza a oler mal. Entonces y sólo entonces, me doy cuenta de que lo que parece positivo, es perjudicial. Conviviendo con mi pareja veo el día a día de cada uno, nuestra vida individual y conjunta y lo que veo llega a dolerme. Porque duele hacer planes de futuro cuando no se tiene trabajo pero duele más cuando se consigue un trabajo y éste te coloca en una situación peor que la que había siendo desempleado. Duele ver cómo mi chica, cuya sonrisa intento dibujar de todas las formas que se me ocurren, no tiene fuerzas casi ni para hablar. Duele ver que puedo contar con los dedos de una mano las horas que pasamos juntos al cabo del día y duele, como añadido, pensar que me sobran dedos y vivimos bajo el mismo techo. Duele saber que hace su trabajo de forma impecable y pese a ello, le llueven quejas injustificadas y le salpica la ineptitud de otras personas que solamente buscan hundirla por la envidia que les invade al ver que una “novata” les da mil vueltas y en lugar de intentar aprender, hacen lo posible para que la despidan. Duele ver cómo se levanta a duras penas a horas tan tempranas en las que ni el sol se levantaría o llega tan tarde que la “hora bruja” queda ridículamente atrás. Duele terriblemente verla tan agotada que apenas tenga fuerzas para nada más que descalzarse y caer rendida hasta el día siguiente, como duele escucharla sufrir por las pesadillas que la atormentan mientras, en sueños, sigue en su puesto de trabajo, sufriendo por culpa de las representaciones oníricas de clientes y compañeras. Duelen sus desvelos, sus cambios de turno, sus treinta días de trabajo continuado sin siquiera uno solo libre por la organización inexistente de jefes a los que solamente preocupa que haga caja, su salud menguante y su ánimo en declive. Duele que, sin darse cuenta, siga trabajando aún cuando su jornada ha acabado, que su vida se el trabajo y el trabajo le quite la vida. Duele porque, en pos de cumplir un sueño, la persona con la que vivo no se acuerda de cómo es ser esa persona. Duele porque Mar sigue siendo Mar, pero no le quedan fuerzas para recordar cómo es ser Mar.
Y... ¿qué hago yo?
Poca cosa, me temo. Y es que esta vez se han juntado tantas cosas que no he podido siquiera afrontarlas de una en una. Un curso perdido por los mismos problemas que, al final, me llevaron a pasar el verano en una cama de hospital. No hay manera de encontrar un trabajo más allá del callejón sin salida en que se convierte ser comercial a puerta fría y, mientras, mis días se pasan frente a una pantalla, escuchando, observando, buscando pero, sobre todo, esperando. Esperando a Mar para darle un abrazo y que me cuente cómo ha ido el día, las anécdotas, cualquier cosa. Quiero que llegue para beberme sus palabras y comérmela a besos mientras le digo que la quiero. Quiero verla sonreír y no me importa hacer el ridículo o quedar como un pardillo si, a cambio, oigo esa música que sale de su interior cuando las comisuras de sus labios señalan al cielo. Quiero darle una buena noticia que nos permita echar a volar juntos hacia nuestro nido y dejar de ser un lastre, quiero que pueda apoyarse en mi como yo en ella. Quiero verla feliz y, sin embargo, todo se me acaba escapando de las manos y veo cómo el cansancio la derrota, la desazón invade todo su ser y su sonrisa dura cada vez menos a medida que su voz se apaga entre pocas horas de sueño y pesadillas que la persiguen hasta en la vigilia. Y es entonces cuando veo cómo todo se viene encima como quien contempla un aluda al pie de la montaña y su voz, casi muda, me arroja un jarro de agua helada que me arranca de mi, hasta ahora, homeostática existencia mientras las frías gotas se escurren por mi piel llevándose consigo los sueños que, otrora, vi posibles. Y es que quizá sea ése, precisamente, el fallo, haber soñado. Quizá debí haber interpretado lo accidentado de mi carrera como una señal de que no es mi sino el que yo creía. Quizá no deba ser ese genial profesor de universidad que, en día de malhumor suspende a un alumno mientras que en día propicio suspende a toda la clase. Quizá deba aceptar que, aunque sea “lo mío”, no es “para mí” y que la esperanza de algún día ser la inspiración de un gran escritor que aprendió en mi clase, era solamente una quimera. Aceptar que probablemente mi nombre jamás quedará grabado en lugar alguno más que en la losa de un nicho y que jamás habrá en una estantería de biblioteca o librería un libro con mis iniciales en el lomo. Aceptar, en definitiva, que mi oportunidad de ser grande se escapó o tal vez nunca existió y deba resignarme al multitudinario anonimato de la inmensa mayoría de quienes han vivido, viven y vivirán. Aceptar que, quizá, lo más sensato sea seguir buscando ese trabajo que me permita, en la medida de lo posible, engordar mi cartera mientras mi mente se queda “a medio hacer” y mi curiosidad sea saciada de un modo más bien “amateur” en lugar de perseguir el que un día, ante mi nombre, aparezca la palabra “Doctor”.
Quizá ése sea el camino y deba aceptar ese sabor amargo que impone la derrota ante un sueño que aún no ha sido soñado y ya se ha esfumado.

Quizá lo único dulce que hay ahora mismo es la plácida expresión de Mar sin pesadillas y la ridícula cantidad de azúcar que le he puesto al té.

sábado, 8 de febrero de 2014

Voiceless Phoenix's Eyes

El día comenzó de una forma algo extraña. Me encontraba en lo que parecía un aparcamiento acompañado por un viejo amigo al que hacía muchos años que no veía y jugábamos con una pelota amarilla y otra verde, del tamaño de una pelota de tenis, mientras manteníamos una conversación que debía ser harto insustancial pues ni siquiera recuerdo de qué trataba. En un momento, la pelota amarilla cayó en un pequeño trozo sin asfaltar cubierto de arena y fui a recogerla para descubrir que la otra se encontraba también allí, semienterrada. Entonces escuché un sonido extraño que provenía de debajo de la arena. No sabría describirlo pero parecía una respiración pesada y una parte de mi quería quedarse a averiguar de qué se trataba mientras mi lado más o menos sensato me encomiaba a que no me quedase a descubrirlo. Volví junto a mi amigo y me propuso ver una película y tomar algo. Mi respuesta fue afirmativa y añadí que, si su hermana se encontraba allí, podía unirse a la velada... nada extraño salvo por el hecho de que él no tenía ninguna hermana. Este detalle no pareció siquiera sorprenderle y se dispuso a prepararlo todo. Yo, por mi parte, me encaminé a un pasillo que se oscurecía a medida que avanzaba y que estaba escasamente iluminado por unos candelabros cuyas llamas carecían de la fuerza necesaria para combatir una oscuridad que casi parecía ser algo físico, palpable, como si se tratase de una neblina lo bastante densa como para que la luz no pudiese atravesarla pero, a la vez, tan ligera que resultaba imperceptible para cualquier sentido que no fuese la vista.
Escuché entonces un sonido como de voces y mi instinto me sugirió que me ocultase. Encontré un desvío hacia mi derecha que daba a unas escaleras y me agazapé a tiempo para no ser visto. Ante mis ojos desfilaba, como si de una procesión se tratase, un grupo de personas irreconocibles cubiertas por largas capas negras, sus rostros ocultos bajo capuchas y entonando un cántico a un volumen suave pero perfectamente audible. Por un momento contemplé la escena incrédulo pero consciente de que no lo estaba imaginando y con la inquietante seguridad de que no sería buena idea dejarme ver. Seguí oculto hasta que aquella congregación pasó de largo a un paso perfectamente sincronizado y, tras un par de minutos de margen, decidí seguir su ruta invadido por la curiosidad. Desde aquella distancia prudencial podía distinguirlos y me embelesó la precisión de su marcha que llegaba a tal punto de parecer una sola persona. Recorrieron el pasillo por el que había ido yo y, en lugar de encontrar el lugar donde me había despedido de mi amigo, llegamos a una gran antesala con una puerta doble en el centro que daba a una estancia que no pude ver en detalle pero que, no obstante, se me antojó enorme. Como pude, me escabullí al lado de la antesala opuesto a la gran puerta y pude contempla una pequeña puerta a la derecha de ésta y, a la izquierda, una pequeña carpa formada por cortinas de un color a medio camino entre el rojo y el púrpura. Entonces, de entre la fila de caminantes, una figura se separó y se dirigió a las cortinas y las abrió ligeramente. Tras unos segundos, se dirigió a la figura que encabezaba la hilera y dijo:
  • Todavía no está lista, tendréis que esperar. Entrad, yo os avisaré.
En silencio, obedecieron y fueron entrando en la sala sin emitir ya sonido alguno. La figura que hacía guardia ante las cortinas no se movió hasta que las puertas se cerraron. Entonces, como apremiada, echó hacia atrás a capucha. Se trataba de una muchacha joven, de cabello corto, apenas sobre los hombros. Se despojó de la túnica y me sorprendió enormemente su indumentaria, reducida a un collar de cuero con púas del que descendían otra dos tiras de cuero que cubrían lo justo antes de unirse a lo que parecía una pieza de ropa interior también de cuero. Calzaba unas botas negras que casi llegaban hasta sus rodillas y piel era increíblemente blanca. Estaba convencido de que la había visto antes, es más, la conocía... Pero, ¿de qué? Se dio la vuelta para abrir las cortinas y vi un tatuaje en su hombro izquierdo, pero no pude distinguirlo desde donde me encontraba. Tenía que acercarme un poco más.
Entonces se escuchó un movimiento tras las cortinas y en ese momento todo se paralizó a mi alrededor. De detrás de aquel dosel apareció otra chica, exactamente igual, idéntica a la primera, con la misma indumentaria, el mismo corte y color de pelo, los mismos ojos y, aunque su expresión era triste y de claro agotamiento, tuve la impresión de que hubieran colocado un espejo junto a la otra chica. Jamás había visto a dos personas tan iguales. Fue tal mi sorpresa que perdí por completo la noción de mí mismo, de dónde estaba y ni siquiera me había dado cuenta de que seguía sin saber qué estaba pasando. Solamente podía pensar en que esas dos chicas eran literalmente idénticas, salvo por el tatuaje que la primera llevaba en el hombro y la segunda lucía en... ¡NO! ¡No podía ser verdad! ¡El mismo tatuaje en la muñeca! Fue tal mi sorpresa que no pude evitar el grito ahogado que acabó por delatarme.
La primera chica me vio y justo cuando se dirigía hacia mi posición, la puerta se abrió de nuevo. Dos hombres de aspecto joven salieron y la miraron con una mirada interrogante. Ella, sin mediar palabra, negó con la cabeza e hizo un ademán señalando a la pequeña puerta de la derecha. De nuevo, en silencio, uno de ellos se adelantó y al abrir la puerta, tiró de una cadena en cuyo extremo se encontraba el otro individuo que, como si de un perro se tratase, le siguió obediente, cerrando la puerta tras de sí. Yo seguía sin entender nada pero no tuve tiempo de pensar. La chica vino hacia mi y me hizo acompañarla. No me obligó, simplemente se acercó y me indicó que la siguiera y yo, sin ser del todo consciente de mis actos, lo hice. Nos acercamos a la otra chica, que no pronunció palabra alguna, y sin previo aviso, la primera de ellas se giró y mirándome fijamente con ojos enfurecidos me habló:
  • Ella está aquí por ti, sé que lo sabes. No debe cruzar esas puertas y para eso estoy yo, pero una vez entre, no podré seguir ayudándola y ahí es donde entras tú. ¿Eres consciente de lo que hiciste?
  • Sí – las palabras salían de mi boca como por arte de magia, como si alguien hablase por mi – sé lo que hice y sé que estuvo mal – mi voz no me obedecía, era como si mi cuerpo recordase algo que me hubiese sido extraído de la memoria – sé que mentí pero yo nunca quise... yo de verdad quería...
  • No me cuentes historias, ella está aquí por tu culpa, porque el agujero que dejaste en su vida jamás pudo cerrarse. Si de verdad la quisiste alguna vez, llévatela de aquí, llévala lejos y mantenla a salvo. ¡AHORA!
Sin dejarme decir nada más, cogió mi mano y me hizo coger la mano de la otra chica y cuando quise darme cuenta, estábamos huyendo. No sabía hacia dónde, no sabía lo que tenía que hacer. Solamente huíamos. Ni siquiera pude mirar atrás un instante y nunca sabré lo que sucedió en aquél lugar tras salir de aquella forma tan precipitada.
Llevábamos caminando lo que se me antojaba una eternidad y yo seguía sin soltar la mano de aquella chica que no podía ser quien yo creía pero que, sin embargo, no podía ser otra persona. Debía haber alguna explicación, debía ser sumamente parecida o quizá ya había olvidado cómo era ella y las confundí porque tuvieran algún rasgo en común... ¡Sí! ¡Debía ser eso!
Justo cuando ese pensamiento vino a mi cabeza, escuché mi nombre y tuve que pararme en seco. Sonó como un susurro, como cuando uno imagina haber oído algo y no es real. Pero no, no lo había imaginado y sí, reconocí la voz, era inconfundible, no podía ser otra persona. Me di la vuelta, todavía sujetando su mano, aquella mano tan familiar, y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal... ¿Cómo podía ser?
  • Rhöbert – repitió con una entonación que solamente ella podía dar a mi nombre – tengo algo muy importante que decirte. Yo...
Justo en ese momento, el inoportuno sonido del despertador me arrancó de aquél lugar y la escena se desvaneció para siempre.

"y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal..."

domingo, 2 de febrero de 2014

Meine nächste Aussterben

Se dice pronto, se vive de una forma extraña, el recuento no es breve y a la vez, en comparación con otras existencias, es ridículamente corto. Casi una década y media sin que el tiempo deje rastro alguno de su paso sobre mi, al menos no en lo aparente. Oigo de vez en cuando murmullos de extrañeza ante un hecho harto infrecuente como ése que, empero, es ,a mis ojos, habitual e incluso lógico en cierto modo. Pocos son los que recuerdan haberme visto como indolente niño y algunos más los que, por contra, reconocen mis rasgos pese al incesante fluir del reloj de la vida. En común tienen el hecho de haber cambiado y en común tienen también la sorpresa de comprobar que, como si de un ser arcano atrapado en un glaciar se tratase, mi aspecto no ha variado. Al margen de detalles como el color o longitud de mi pelo, la presencia o ausencia intermitente de una barba que nunca termina de formarse o la ropa que vista en un determinado momento, nada ha cambiado. No por fuera.
Miro el calendario (o uno de ellos, cada cual cuenta el tiempo según sus cánones) y la treintena (en teoría, la primera) se aproxima inexorablemente y yo, casi sin darme cuenta, no dejo de pensar. Pienso en lo que se ha ido y en lo que está por llegar, en el pasado y en mi pasado, en lo que se sabe y en lo que solamente yo sé, en el futuro y en mi papel en esta era y las que están por llegar. Pero, por más que pienso, no termino de decidir. Barajo algunas posibilidades y cada una requiere que su ejecución sea llevada a cabo en un momento u otro y si bien todas me atraen de forma equitativa, lo que me puede es la curiosidad. Contemplo el mundo a mi alrededor y atisbo su devenir con claridad, la cuestión, no obstante, es la incertidumbre respecto a cómo se alcanzará ese punto de no retorno, la intriga de no saber el nombre de esa persona que apretará el proverbial gatillo. Quién habrá de ser el detonante que prenda la chispa es para mi todavía un misterio y quizá por eso intento posponerlo hasta, al menos, tener candidatos. Alguien desencadenará una serie de acontecimientos que desembocará irremediablemente en algo que estoy impaciente por volver a ver y admito que es emocionante no saber quién puede ser porque es el tipo de sorpresas que a mi me gustan. Las otras dos ocasiones fueron, hablando mal y pronto, la hostia, pero la segunda se fue al traste en el último momento contra todo pronóstico y la tercera se quedó en un mero tira y afloja entre dos idiotas que no terminaron de decidirse. Supongo que tampoco se podía pedir más de aquella floja segunda mitad de siglo.
Ahora, con algunas ideas nuevas, lo único que falta es esa mano inocente que pulse el botón para que todo lo que he ido preparando se haga realidad. Y por eso miro ahora y me doy cuenta de que han sido casi treinta años de idas y venidas, de ajustar esto aquí y allá y de lo más tedioso, que ha sido sin duda el tener que entablar relación con determinadas personas de distintas maneras para que, el última instancia, jueguen el papel que les fue asignado llegado el momento. En serio, algunas veces me daban ganas de arrancarme la cabeza con tal de zafarme de escuchar sandeces tan triviales que ni me hacen gracia ya. Treinta años... que ya sé que no es gran cosa, pero el tiempo sigue pasando al mismo ritmo para mi y aunque se supone que son mis “vacaciones”, he seguido trabajando en mi proyecto personal. Pero bueno, tampoco me quejo, todo marcha sobre ruedas y estoy bastante complacido por cómo se han desarrollado los acontecimientos acorde con mis previsiones y aun me quedan un par de años para encontrar a quien prenda la mecha.

La verdad sea dicha, echo de menos mi antiguo trabajo... y mi uniforme.

domingo, 12 de enero de 2014

Kirjoitan

Y entonces, ¿por qué escribo?
Pues no lo sé, quizá porque quiero, porque debo, porque lo necesito y me gusta, porque ya casi no hablo o porque ya se me ha olvidado. Quizá sea porque tampoco recuerdo cómo se grita y así, si fallo, no se me escucha o quizá, precisamente, para que se escuche el alarido silencioso que se adueña de mis adentros.
Escribo para los ojos del océano y para los del mismísimo infierno, para los ojos de la luna ciega y los de quienes me miran y no me ven. Escribo para que se vean las palabras que nunca se habrán de escuchar y se oiga el silencio que atenaza mi existencia; para que mi vida no se me escape hacia mi interior y me destruya y las lágrimas que se asoman a mis ojos y nunca salen se derramen sobre el vacío y floten suspendidas en estas líneas; escribo para no ahogarme con ellas cuando se agolpan en mi garganta y me prohíben explicar.
Escribo para ella.
Para ti.
Escribo para mí mismo y recordar lo que he olvidado y quizá, algún día, desempolvar el lomo de un viejo libro en el que están los sentimientos que ya no sé cómo sentir. Escribo para recordar que olvidé algo y, aunque no pueda acordarme, saber que ese hueco otrora estuvo lleno y tal vez escribiendo estos gritos mudos me miren esos ojos, ojos de océano, de infierno, de luna ciega y de mirada ausente y se abran los míos lo suficiente como para que deje de llover.

Pero, mientras tanto, solamente escribo.