lunes, 2 de diciembre de 2013

Wild Wine and Swarm

Maldita puta noche
que se cierra una vez más
y me envuelve con las voces
de los que no saben respirar.

Estoy ya harto
de contar las mil estrellas
que veo desde la terraza
cuando el frío me atenaza
y en mi carne dejan huellas
los recuerdos como esparto.

Quiero oír gritos
de pánico y congoja
como antaño sucedía
cada vez que yo escribía
y dejaba así, sin hojas,
a de tu alma sus arbolitos.

Anhelo quemarlo todo
reducir todo a cenizas
a la vez que siento el hielo
y veo cómo me congelo
y me rompo, me hago trizas
mientras, riendo, al mundo jodo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Mar

Debería haber esperado, quizá, puede ser, tal vez, ¿qué más da? Lo que me importa ahora es que lo que pasó hace un tiempo, parece que fue ayer. Dentro de apenas unos días, habrán pasado seis meses desde que te conocí en aquél cumpleaños. Fui un poco por los pelos, hacía poco que me habían dado el alta y andaba aun algo desubicado. Pero fui, no vestido como hubiese preferido, pero fui y allí, entre caras conocidas y rostros a medio conocer, aparecieron tus ojos azules. Sí, ibas preciosa de pies a cabeza, pero tus ojos… todavía no tengo palabras.
Hablamos de música y un poco de todo y, a la vez, de nada. Me gustaste, fuiste un encanto conmigo, me dabas conversación y yo no era capaz de pensar en ti del modo en que no dejaba de pensar en ti pese a que esa noche te acababa de conocer como amiga de un amigo y novia de un desconocido. Comprendí que era mejor ser tu amigo que no ser nada, que intentar una tontería y perder la oportunidad de conocerte. Quizá por eso, para conocerte, conseguí tu número siendo “un poco Ninja” y fue, sin duda, por eso por lo que entablé conversación contigo. Admito que no me esperaba pasar tanto tiempo hablando aquella noche, intercambiando música y que accedieses a quedar conmigo apenas cuatro días después de que nos presentasen. Pero si voy a hablar de cosas que no me esperaba, debería hablar de que no me esperaba estar tan nervioso, no me esperaba hacer el tonto y provocarte unas lágrimas enseñándote aquellas líneas que escribí para alguien que ni las leyó ni le habrían importado lo más mínimo de haberlo hecho, alguien que ni existe ya. No me esperaba que te emocionases por unas palabras de mi pasado cuando las que tenía presentes no dejaban de agolparse en mi cabeza y mi garganta intentando escaparse hacia ti. No me esperaba que me abrazases al despedirnos y que no quisieras soltarme al igual que yo no quería soltarte y con eso conseguiste que, sin esperármelo, fuese al médico dándome igual lo que me pudiesen decir.
Cuando, dos días después, me ingresaron, no me esperaba que fueses a venir a verme y me robases el beso que dos días antes hubiera matado por entregarte y digas lo que digas, no, no me esperaba que aquella noche me confesases que le habías dejado para estar a mi lado. Y así ha sido.
Desde entonces has estado junto a mi, has escuchado mi historia y sabes las no pocas cosas que he hecho mal, el daño que he hecho a otras personas, las mentiras que han salido de mi boca, los engaños que he perpetrado y las consecuencias que han tenido para cada persona a la que engañaba y para mí mismo. Conoces la clase de persona que era y por qué decidí cambiar y has visto cómo he ido avanzando por mantener una promesa hacia mi mismo pues tampoco queda a quien la hube prometido y ¿sabes? Ya no importa. Me importa mantener quien soy ahora y no olvidar quien fui para no caer en aquél error. En este tiempo me has visto sonreír y me has visto hundirme, me has visto con más tubos que venas había donde clavar las agujas, has estado presente cuando mi vientre era una masa de carne abierta y amarillenta cubierta de hilos, grapas y gasas, has tenido dificultad para entenderme cuando un tubo me obstruía la garganta y siempre me has cogido la mano, nunca me has dado por perdido. Has sobrevivido a conocer a mi familia biológica y has estado ahí cuando ésta ha empezado a desmoronarse mientras la tuya empezaba a aceptarme y acogerme y tú y yo comenzábamos nuestra pequeña familia propia con nuestro pequeño Ernest.
Y todo eso y mucho más lo haces día a día y yo no sé ni qué decir. En ocasiones me preguntas si, habiendo muerto aquella musa, había muerto también mi inspiración pues ya no escribo como antes y es ahora cuando me doy cuenta de que no, no escribo como antes pero porque ahora, cuando me inspiras, se me escapa antes de escribírtelo, te lo digo al oído haciéndote cosquillas, a veces sin quererlo, pero casi siempre adrede con tal de escuchar tu risa.
Hace algo más de tres meses que vivimos juntos y cuando despiertas y eres la primera persona que veo, la primera voz que escucho… no tengo palabras para explicarte lo que se mueve por dentro de mi ser, pero creo que así es mejor porque podemos buscar juntos las palabras y, si no alcanzan, completarlo con un beso. Ahora mismo, de hecho, hay muchas más cosas que quisiera decirte y no encuentro palabras para explicar así que quizá deba ir a despertarte con un beso y darte las gracias por quererme, por tener fe en mi, por cuidarme y quererme más de lo que nadie ha hecho jamás y por luchar cada día conmigo (y a veces contra mi) para superar lo que se nos avecine o lo que, desde el pasado, intente alcanzarnos. Gracias porque nadie jamás me ha querido como tú y sobre todo gracias porque ahora puedo respirar un poco más tranquilo pensando que, cuando leas esto, te darás cuenta de que tanta palabrería podía haberla resumido y decirte, simplemente

Te quiero Mar.

martes, 12 de noviembre de 2013

Nothing but disco

Aquella noche Andrew estaba algo inquieto. Hacía bastante que no se le pasaba por la cabeza la idea de salir por su cuenta. Con todo el trabajo, reuniones de última hora y tediosas presentaciones, no recordaba cuándo había disfrutado de la vida nocturna por última vez. Sus amigos tampoco habían hecho acto de presencia desde hacía tiempo y cada uno tenía una excusa distinta para ésa noche en concreto. La verdad era, sin embargo, que no les terminaba de gustar que él hubiese conseguido aquél empleo que, con apenas 26 años, le había convertido en todo un hombre de negocios trajeado y casi sin tiempo para respirar. Él mismo se hacía la eterna pregunta de si trabajaba para vivir o vivía para trabajar, pero procuraba no pensarlo demasiado por miedo a la respuesta y a sus consecuencias. No obstante, estaba bastante claro.
Mientras se vestía, escuchaba música, cosa que hacía mucho que no podía disfrutar y, mientras sonaba “Take me to the disco” de Fantastic Plastic Machine, en la tele aparecían, en silencio, las noticias más destacadas del día y a las que, por supuesto, él no tenía tiempo de prestar atención. De pasada vio algo relacionado con manifestaciones, creyó leer algo sobre un acciedente de tráfico, lo que parecía un adelanto de los deportes… nada fuera de lo habitual, a su parecer. Echó un último vistazo a su apartamento y se encaminó al garaje, subió a su coupé y encendió la radio en busca de algo que le animase entre las emisoras. Hacía tanto tiempo que no escuchaba la radio que no se había dado cuenta de que no tenía ninguna sintonizada ya que normalmente lo único que escuchaba en el coche era la voz de alguno de sus compañeros comentándole el plan del día a través del móvil conectado al manos libres del coche. Finalmente consiguió encontrar una emisora con algo decente y arrancó en dirección al este de la ciudad con la esperanza de que la discoteca que solía frecuentar años atrás siguiera existiendo. Tuvo suerte.
Aparcó relativamente cerca y comenzó a recorrer las calles otrora frecuentadas por él y sus inseguros pero buenos amigos. Faltaba poco para llegar cuando, de una esquina, un hombre de aspecto extraño con un cartel en las manos comenzó a proferir gritos mientras, con grandes aspavientos, vaticinaba el fin del mundo, condenaba la depravación de la juventud y la sociedad y se autoproclamaba profeta de un tal Samael (¿o había dicho Samuel?) y que él traería el fin de los tiempos y que esa noche el mundo conocería el bla bla bla. Andrew pensó que en el psiquiátrico alguien se debía de haber tomado el día libre si ese loco andaba suelto y asustando a la gente de ese modo.
Llegó a la puerta sin más incidentes y para sorpresa suya, reconoció al portero y él fue reconocido a su vez por éste. Tras un intercambio de frases corteses y fingir un mutuo interés por cómo le iba a cada uno, entró prometiendo a Tim, el portero, que le vería con más asiduidad. Los dos sabían que no era cierto.
Una vez dentro, Andrew tuvo esa extraña sensación que invade a uno cuando, después de mucho tiempo, vuelve a un lugar que antaño visitaba regularmente. Esa sensación a medio camino entre la nostalgia y la alegría cuando se amontonan los recuerdos de lo que sucedió tal noche en cuál punto exacto pese a que, tras casi 5 años, el local estaba irreconocible para él. Se dirigió a la barra y pidió algo suave para empezar, un vodka con lima y granadina, que le sirvió una camarera que no había visto jamás. No era de extrañar la renovación de personal tras cerca de un lustro. Ya con su copa, comenzó a repasar mentalmente los recuerdos que tenía de aquél lugar localizando las imágenes en los sitios en que se había producido aquella discusión, aquél ataque de risa de James que duró casi diez minutos, el bofetón que se llevó de regalo Ed y que todos le estuvieron recordando durante días… casi podía ver cada escena, pero definitivamente, aquello había cambiado. El local también.
Estaba apurando su tercera copa (¿o era la quinta?) cuando, para su sorpresa, comenzó a sonar “Take me to the disco” la misma canción que escuchaba en su apartamento, la misma que le había convencido de salir. Sentía debilidad por esa canción y mandó un poco a la porra sus rígidas convicciones para arrojarse a bailar. Al menos él lo consideraba baile. Posiblemente muy ridículo, pero él se divertía y no le importaba otra cosa y eso se notaba en que no dejaba de sonreír y de nuevo se encontró preguntándose a sí mismo cuánto llevaba sin notar una sonrisa en su cara. No debió disimularla muy bien ya que, cuando volvió a la barra, seguía sonriendo y la vio a ella, devolviéndole la sonrisa. Se sentó sin saber muy bien qué hacer o qué decir y, casi por instinto, le hizo un gesto a modo de pregunta, le estaba ofreciendo un trago y ella aceptó. Rose tenía unos increíbles ojos azules que brillaban entre los mechones color caoba que iban de un lado a otro mientras bailaba, reía y, en definitiva, le alegraba la existencia a un Andrew incrédulo ante la idea de que una chica tan agradable se hubiese fijado en él, un Andrew que no dejaba de sonreír y que, quizá, estaba recuperando en esa noche todo el tiempo perdido. Ni siquiera dejó de sonreír cuando se besaron después de un par de copas y unos cuantos bailes juntos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba allí y más desde que conoció a Rose y entonces consultó su reloj, que marcaba casi las siete de la mañana. Algo desorientado, intercambió su número con el de aquella encantadora chica, quería volver a verla y ella quería verla a él también. Se despidieron con un beso y él se dirigió a la puerta. Cuando la abrió, no terminaba de creer lo que estaba viendo.
Alrededor del local, toda la ciudad se hundía, como si se derritiese, hacia un abismo de un blanco inmaculado. Todo era blanco, allí donde debiera estar el cielo matinal con el alba despuntando no había más que blancura, bajo sus pies, a izquierda y derecha, todo era blanco. Era como si un dios caprichoso hubiese decidido volcar un bote de disolvente en el lienzo de la existencia y, ante los ojos de Andrew, toda la ciudad, el mundo, la propia realidad, se diluían. Sin saber muy bien qué hacer, se encogió de hombros y volvió a entrar en la discoteca, localizó a Rose y ella, sorprendida, le abrazó y besó de nuevo para después preguntarle por qué había vuelto. Andrew, sencillamente, la besó y le dijo:

-         Parece que el tal Samuel tenía razón.

Rose no lo entendió, pero le dio igual y le abrazó. Entonces, por tercera vez en toda aquella noche, sonó aquella canción y los dos bailaron y se divirtieron, haciendo caso a la letra de lo que ahora se le antojaba a Andrew como una profecía.

Take me to the disco at the end of the World!

sábado, 26 de octubre de 2013

Idiotez sobrehumana

Idiota: del griego ἰδιώτης (idiōtēs) Empezó usándose para un ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos. En latín, la palabra idiota (una persona normal y corriente) precedió al término del latín tardío que significa «persona sin educación» o «ignorante».

Habiendo aclarado este punto, a mi parecer básico, me dispongo a decir a la cara a un par de personas otras tantas cosas. Y es que así es, amig@s, hoy he recibido críticas bastante desconsideradas por mi anterior entrada en la que no pretendía ofender a nadie pese a la brusquedad de mis palabras, pero como parece que hay mucha necesidad de sentirse atacad@ y tener algo con que cargar contra quien expresa su opinión de una forma algo distópica, hoy paso de sutilezas esperando que esas mismas personas lean estas palabras sin tapujos de ningún tipo. Pero sobre todo, aviso que NO estoy disculpándome porque no dije nada que no fuese plenamente subjetivo, una opinión sin malas intenciones y que las verdaderas malas palabras vienen ahora por culpa de un par de tarad@s que se creen el centro de mi vida cuando no son más que una insignificante mota de polvo y que se creen el sol.
Para comenzar, hablé de la idiotez de algunos miembros del mundo de la biología que podrían criticar mi teoría sobre el carácter hereditario de la estupidez y las malas decisiones. Pues bien, así ha sido y por eso esta vez te lo digo directamente a ti, FRAN, el gran Fran, don Francisco, Paquito, como tanto te disgusta que te llamen: como dije, era solamente una METÁFORA, una idea peregrina y espera, imbécil, que aquí viene lo mejor... estaba hablando de la estupidez y las malas decisiones de MI padre y que tenía la impresión de haber "heredado" YO. En ningún momento he hecho alusión alguna a que tú hayas heredado algo así porque, primero, no conozco a tu familia y, segundo, creo que el ser todo un botarate, bodoque o sencillamente UN GILIPOLLAS, te lo has ganado tú solito, por tus propios méritos. Lo último que te diré es que, si tanto te molesta, el lunes cuando nos veamos me pides cuentas porque te lo diré igual que te lo escribo y, ya que es mi espacio para escribir, puedo decirte que mi teoría es que tú has empezado una línea evolutiva paralela en la cual, el cromosoma que te sobra, contiene información genética que te condiciona irremediablemente a la mediocridad y que si estás en esa carrera, no es porque valgas, si no porque "poderoso caballero es, sin duda, don Dinero". IMBÉCIL.
En segundo lugar, las leves divagaciones que dejé entrever sobre el mundo de la literatura han despertado la antipatía de una que yo me sé y cuyos mensajes no dejan mucho a la imaginación. Así que, Cristina, te diré solamente que si piensas ponerme de vuelta y media cuando tú eres la primera que suspende literatura en una filología, mi respuesta es simple: dedícate a leer un poco más (si es que aún recuerdas cómo funciona eso) y pasa menos tiempo pintándote como una puerta porque si esa es tu idea del buen gusto, comprendo perfectamente que no tengas ni idea de lo que dices y sobre todo, deja de criticarme cuando tú, estando en mi misma carrera, presumes de vete tú a saber qué cuando tu inglés lo habla un loro afónico (y con una voz menos irritante, dicho sea de paso).
Por último y ya lo más gracioso es el hecho de que venga a pedirme explicaciones sobre lo de la familia que perdí una ex-novia de la que no sabía nada desde hacía no sé si 6 ó 7 años y que me hace pensar que perderla de vista fue algo más que positivo. No diré tu nombre pero sabes que te hablo a ti, rubita, del mismo modo que no tienes ni idea de lo que me reprochas así que mejor cierra la bocachancla y sigue haciendo de florero porque es lo que me demuestras que has llegado a ser en la vida. Me alegro de que no quieras verme ahora porque yo soy incapaz de conservar siquiera un buen recuerdo tuyo salvo del momento en que mi vida empezó a avanzar sin ti. Y me alegro porque así demuestras que fuiste una imbécil haciendo las cosas así y lo sigues siendo al creerte que yo iba a disculparme si te ofendían mis palabras.

Acabo por hoy con este derroche de cariño y mala leche diciendo que si quiero decir que una persona es absurda, lo diré, porque tengo derecho a opinar así. Del mismo modo, quiero dejar claro que NO TENGO NADA EN CONTRA DE BIÓLOGOS, FILÓLOGOS NI NINGÚN COLECTIVO ACADÉMICO. Como en todas partes, hay de todo y hay gente de ciencias que son un encanto y otros que son un desperdicio humano, al igual que hay filólog@s que merecen la pena y otr@s que mejor harían en dedicarse a plantar hamburguesas, incluso puede que exista algún abogado decente y todo...
En fin, creo haberlo dejado todo claro y si alguien tiene alguna duda, es libre de preguntar pero también os digo, tanto a los que he mencionado aquí como a cualquier otra persona que tuviera en mente rajar sobre lo que no saben, que si tengo algo que decir, a quien sea, lo diré directamente y que quienes no mantenga una conversación conmigo al menos una vez por semana, no os considero parte de mi vida y por lo tanto, no desperdicio ni un minuto en escribir sobre vosotr@s ni me molesto en saber nada sobre vosotr@s porque, como he dicho, NO ESTÁIS EN MI VIDA.
Ahora criticad lo que queráis, pero tened narices y hacedlo a la cara.

viernes, 25 de octubre de 2013

Hemingway y el ADN

Antes de nada, quiero aclarar que no es mi intención hablar de literatura ni de genética en términos habituales ni, por lo tanto, basados en nada más que en impresiones. Aclaro esto porque aunque no suelo recibir comentarios, tampoco quiero que luego se critiquen mis alusiones al mundo literario ni venga alguien del entorno de la biología a ponerse imbécil por haber dicho algo sin sentido.
Sentadas estas bases, comenzaré hablando del motivo por el que he elegido este título. Tiene apenas dos meses y se llama Ernest. Mar y yo le encontramos una noche que salíamos a tomar un helado. Estaba en mitad de la carretera y pasó un coche que creímos que le habría atropellado. No fue así, pero se acercaba otro, más rápido que el anterior y había un 99,9% de posibilidades de que ese otro sí le arrollase. Lo pienso ahora y, valga la redundancia, no lo pensé mucho y salí derecho a por él. Ahí, en mitad de la carretera, estábamos los dos, un gatito asustado y yo inconsciente de que me podían atropellar a mi también y que solamente quería apartarlo del peligro… no se me ocurrió nada mejor que cogerlo en brazos y a día de hoy ese pequeñazo está, mientras escribo esto, acurrucado junto a ella en nuestra cama, posiblemente durmiendo sobre su cabeza o hecho un ovillo en su cuello para no perder su hábito de bufanda. Su nombre es un homenaje a Ernest Collin Hemingway pero ya no tanto por su obra si no más bien por su máxima vital. Hemingway valoraba, por encima de todo, la credibilidad aunque a él le gustaba más utilizar la palabra “veraz”, le gustaba cómo sonaba, una forma contundente de evocar la verdad… y desde hace un tiempo, como muchas personas ya sabrán, la verdad es para mi algo indispensable. Aviso también de que si alguien se va a poner gilipollas diciendo que yo era o yo hacía o yo decía, puede y debe plantearse seriamente irse a tomar por culo porque sé perfectamente cómo era, cómo hablaba y cómo actuaba tiempo atrás y, siendo veraz, como mi apreciado autor, si alguien es lo bastante vulgar como para seguir viéndome como era y no como soy ahora, es más que probable que ni siquiera entienda lo que estoy escribiendo y debería dedicar su tiempo a menesteres más adecuados a su escasa amplitud de miras. Y es que, si algo aprendí de Hemingway es que ser sincero no siempre va de la mano con los buenos modales ni está necesariamente reñido con decir a esta persona o a aquella, con total sinceridad, que son unos cantamañanas.
Sí, lo reconozco y no me enorgullece admitir que mentía mucho, tanto que hasta a mi me sorprende a día de hoy. Mentí a mi familia, a mis amigos, a mis (por entonces) parejas y sobre todo, a mí mismo creyéndome lo bastante buen mentiroso como para salir airoso de mis embustes. Perdí mucho y a muchas personas pero aprendí mucho sobre los demás y sobre mi mismo. A día de hoy, y aunque es poco en comparación con lo que otrora hiciere, hablo solamente con la voz de la verdad y no guardo secreto alguno. Por eso puedo decir que, quien quiere, me conoce, quien no me conoce y prefiere quedarse con la versión antigua y corrupta de mi persona, es su decisión pero me parece una soberana muestra de retraso mental puesto que es una persona que prefiere anclarse en un pasado negativo en vez de plantearse la posibilidad de un presente positivo. Es cosa de cada cual, pero imbéciles hay en todas partes y eso me sirve para identificarlos mejor y saber con quién no debo perder mi tiempo.
Por otro lado, esta sinceridad me viene de haber recibido suficientes golpes de mis errores y, qué curioso, después de cometerlos tuve una peculiar conversación sobre errores vitales con una persona con la que jamás creí que hablaría de estos temas: mi padre. Lo que me sorprendió no fue que él, de joven, cometiese errores si no el hecho de que los que él me relató tenían un pasmoso reflejo en los míos propios. Ni siquiera le había hablado de mis tropelías y ahí estaba él, hablándome de cómo él, de joven, hizo esto o aquello para conseguir tal o cual. Fue entonces como, si de una teoría Lamarck se tratase, me planteé la posibilidad de que hubiese errores con consecuencias capaces de dejar marcas tan profundas como para, de algún modo, filtrarse hasta nuestro ADN y convertirse en una suerte de herencia genética que nuestros descendientes estén condenados a recibir y repetir. Como dije al principio, esta observación no es más que una metáfora de cuán curiosa es la vida y cómo, sin saberlo, recibimos en ocasiones algo más que las características de los genes dominantes y las lecciones de la educación. La lección que aprendí fue dura al ver reflejadas en mi padre las consecuencias de sus actos y me di cuenta de que, de no haber dado un giro a mi vida, habría seguido por el mismo camino de mentiras y probablemente mi porvenir no habría sido más que un eco de un pasado que se habría repetido y me habría llevado a ser alguien que no quiero ser.
Por todo esto, con todo mi cariño, cuido de mi pequeño Ernest, al que no considero una mascota si no un amigo, un pequeño aprendiz al que intento instruir en el arte del Ninja (y debo reconocer que se le da muy bien atacar por sorpresa y esconder cadáveres), casi un hijo. Un hijo al que he dado un nombre que, para mi, significa ser sincero y por eso le enseño la verdad de las cosas junto a Mar, que le quiere como una madre y que me ayuda, día a día, a ser mejor persona y a superarme cuando creo que estoy estancado o cuando directamente lo estoy. Cometió mi padre, en una ocasión, el error de abandonar a su familia y como si fuese un rasgo ineludible garbado a fuego en mi genoma, yo hice lo mismo. Él la recuperó, yo tuve que hundirme hasta el fondo para, poco a poco, empezar de cero. Formé una nueva familia, una nueva vida y volví a ser la persona que el dolor y la rabia hicieron que dejase de ser y que nunca debí haber evitado mostrar.
Tengo presente lo que fui para así no caer en el mismo error, pero tengo aún más presente que ya no soy así y por tanto, si lees esto y me conoces sabrás que soy veraz y si no me conoces, puedes hacer la prueba y conocer al verdadero yo. Pero si conociste al antiguo yo y lo que prefieres es estancarte en la idea de que sigo siendo así, permíteme decirte, con toda mi honradez, que tienes una predisposición genética a la idiotez y la mediocridad y que posiblemente deberías invertir tu tiempo en encontrar el cromosoma que te falta para, de paso, no hacerme perder a mi un tiempo que puedo aprovechar en cuidar de quienes me importan y entre los que demuestras que no estás.

Shallom a quien me lea con el corazón y una “hostia bien dá” a quien solamente busca cotillear y criticar a las espaldas.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sayeth my name

Empezamos jodidos. Bueno, más bien tú.
Te despiertas como cualquier otro día, o eso parecería si no fuera porque, sin saber por qué, en cuanto terminas de bostezar se te viene mi nombre a la cabeza. El motivo, como he dicho, desconocido, pero así sin más cierras la boca para no pronunciarlo, pero lo tienes ahí, atragantado y no sabes ni por qué. Haces un pequeño repaso y ni siquiera has soñado conmigo ni con nada remotamente cercano a mi persona, pero ahí está mi nombre. Está ahí mientras vas al baño y te miras al espejo, mientras desayunas, mientras te vistes, mientras terminas de arreglarte. Sin darte cuenta, mueves tu lengua en silencio como pronunciando la primera letra para intentar quitarte ese “mono” sin abrir en ningún momento la boca para evitar que se te escape, no quieres que se oiga lo que ni siquiera tú quieres oír.
Te preguntas qué coño pasa y empiezas a enfadarte. No tiene ningún sentido, tú ya no piensas en mi y sin embargo ahí estás, sintiéndote gilipollas por culpa de una consonante que invade tus labios desde el interior y un nombre que evoca un sonido que o quieres escuchar. Lo peor es que eres tan idiota que aún sabiéndolo, intentas no pensarlo a base de decirte una y otra vez que no lo pienses. ¡Bendita estupidez la tuya!
Ahora dime, ¿hasta qué punto te jode? No debe de ser poco porque mírate, llevas una cara larga y tu mirada denota que tu día ha empezado jodido, como dije al principio. Ni siquiera llevas una hora despierta y se te hace eterna y te das cuenta de que, de seguir así, el día será un suplicio. Pues, ¿sabes? Vas a seguir así. El día de hoy parecerá no tener fin y cada palabra que oigas te sonará hueca, incomprensible. Tanto como el hecho de que tengas mi nombre rondando por esa puta cabecita tuya que te deja cada día más claro que no funciona como debería, que algo falla, que algo falta. ¿Un tornillo? Llámalo como te dé la real gana, pero lo que está claro es que tu vida está coja y eso, tarde o temprano, pasa factura y leer una factura no es precisamente como leer un poema o un buen libro. Se hace tedioso, eterno, lo aborreces y las palabras se arrastran ante tus ojos como mi nombre por tu mente, despacio, sin prisa, sin pausa y, sobre todo, sin intención de marcharse hasta haber cumplido su misión. ¿Que cuál es? Tú sabrás, hablamos de tu cerebro, de tu monólogo interno, de ese soliloquio que narra tus pensamientos, o al menos eso hacía hasta que esta mañana te has despertado con un cable cruzado y todo se ha ido a la mierda... tú te has ido a la mierda.
Transcurre un año y te das cuenta de que ni siquiera ha terminado el día, el puto día de hoy. Vuelves a casa con menos fuerzas que nunca y decides darte una ducha para despejarte. Pero no cuela. Cada gota de agua que resbala por tu piel te ensordece al arrastrar, milímetro a milímetro, esa maldita consonante por todo tu cuerpo, como si fuese un caracol dejando un asqueroso rastro a su paso, un rastro pegajoso que te recorre de pies a cabeza y que no te puedes quitar de encima. Gota a gota, palmo a palmo, casi no puedes ni respirar y sigues cerrando la boquita para que no se te escape y te ahogas un poco más. Das por terminada la que posiblemente haya sido la ducha que más te ha ensuciado en tu vida y te envuelves con una toalla en un vano intento de secarte todas esas consonantes que aún tienes pegadas a la piel. Te miras al espejo y casi esperas ver mi cara para maldecirme pero no, solamente estás tú, con los ojos cansados y los labios apretados intentando controlar esa despreciable palabra que no te atreves a vomitar.
Vuelves a tu habitación y ni siquiera cenas, tienes el estómago revuelto y el pulso te da por saco acelerándose sin motivo aparente. Sientes mareos, angustia y un desasosiego que no sabes describir. Y mejor que ni lo intentes porque, si hablas, lo primero que se te escapará será un nombre que no quieres ni que exista. Si escribes, más de lo mismo. Te pasa como a Tolstoi cuando su hermano le dijo que se quedase en aquél rincón hasta que dejase de pensar en un oso blanco... salvo que tú no eres Tolstoi, tu hermano no te ha dicho nada y yo soy el oso blanco en que no dejas de pensar.
Te fallan las fuerzas pero intentas no dormir por el acojone de soñar conmigo después del día de mierda que llevas con mi nombre en la sesera. Vete tú a saber qué mierdas puede proyectar tu subconsciente si, en plena vigilia, te ha estado puteando de esa manera. Es un fastidio pero ya no puedes con tus párpados y se apodera de ti una mezcla de cansancio y miedo que no te deja en paz pero, admítelo, lo que más te avergüenza es que en el fondo tienes una curiosidad casi tan grande como ese absurdo orgullo tuyo. Quizá incluso mayor... pero tienes que mantener esa fachada que, sin embargo, se cae a pedazos por mucho que te empeñes en intentar cubrirla con apariencias que no te tragas ni tú.
Y hablando de tragar, acabas de joderte la garganta un poco más al tragarte ese nudo que se te ha formado porque sí, has oído una voz y no es la tuya. Demasiado familiar para no reconocerla, demasiado nítida para ser un recuerdo. ¿Acojona, verdad? Relájate un momento y escucha. Es mi voz y la escuchas perfectamente y solamente pronuncia tres palabras para decirte, como si de Walter White se tratase, “Di mi nombre”. Venga, aguanta, no hagas ni puto caso... pero espera,empiezan a fallarte también las fuerzas que te mantenían en silencio, las que creías que impedían que tu cordura se desvaneciese y sin darte cuenta, abres un poco la boca, separas los labios lo justo para que se escape un sonido leve, casi imperceptible, como el ronroneo de un gato a punto de dormirse. Y lo dices. En un susurro, apenas una facción de segundo, casi ni tú lo has oído y sin embargo resuena por las paredes como un eco atronador y silencioso. Te encuentras ahora en paz, en tu cabeza se forman frases con ese nombre que no querías pronunciar y asaz sorprendente es el hecho de que, en contra de lo que pensabas al levantarte, te invade una sensación agradable, largo tiempo olvidada o, mejor dicho, soterrada. No sabes el motivo mas intuyes, empero, que esta noche dormirás de una forma distinta. Ni mejor, ni peor, sencillamente diferente a lo que te has habituado. No sabes lo que te espera pero te sorprendes sonriendo en la oscuridad con ese nombre, mi nombre, en tus labios dejándote un sabor dulce. Cierras los ojos y ves los míos. El día acaba, en teoría, jodido. Soy el oso blanco.

Y tú, caes.

lunes, 7 de octubre de 2013

Howl of Hróðvitnir



Such a cold winter day
while the afternoon fades away
I try to find you, the silent prey.

Say my name just once
and I'll reach to you in a glance
and we shall fight this lovely dance.

I'm deligthed with your scream
your open eyes, like in my dream
your blood in my lips, as I esteem.

Shall I chase your lovely bones
'till my life and yours are gone
and the masquerade's undone.

martes, 1 de octubre de 2013

Forbidden dreaming

De nuevo, para no variar, estoy despierto mientras la mayor parte de la gente del hemisferio acariciado por la suave luna duerme, descansa, sueña. Unos pocos trasnochamos, sí, y cada cual tiene sus motivos, algunos más lógicos, otros más absurdos e incluso los hay que, simplemente, velan de noche y duermen de día. En cuanto a mi... no tengo ni idea.
Tal vez sea eso, que estoy loco y aun no me doy cuenta
y mi cabeza no quiere que sueñe con algo mejor... contigo.
Me sucede desde hace unos años que, en ciertas ocasiones, me desvelo. Como consecuencia, paso la noche danzando de un lado a otro buscando en qué ocupar mi mente y mi tiempo a la espera de que el sueño me sobrevenga. Algunos días llega antes, otros después pero hay noches en que sencillamente se olvida de que existo y he aquí que me quedo sentado frente a un libro, una pantalla o un folio en blanco y lanzo miradas a la ventana más cercana y veo cómo, poco a poco, el negro de la noche se vuelve de un azul cada vez más claro hasta que despunta el alba. Cuando esto sucede, procuro suprimir mi presencia, evitar que quienes duermen bajo el mismo techo que yo sean molestados por mis circunstancias. Procuro no hacer ruido, no moverme demasiado para que mis pasos no despierten a los de sueño ligero, intento prever lo que puedo necesitar para hacer acopio en un solo viaje subrepticio para no tener que recurrir a abrir y cerrar puertas si no es estrictamente necesario. Esta noche por ejemplo, escribo con una botella de té con sabor a melocotón y un cigarro como únicas provisiones mientras una música suena lo suficientemente baja como para que incluso a mi me cueste oírla, no quiero despertar a nadie.
Y es que, cuando me pasa esto y alguien, por el motivo que sea, me “descubre” suele haber un enfado por parte de esa persona... pero supongo que es comprensible. Mi princesa duerme en la habitación de enfrente, sus padres en la que tengo a mis espaldas, cualquier descuido, un chirrido de una bisagra, una visita al cuarto de baño, cualquier cosa puede despertarles y necesitan descansar. Cuando, empero, soy visto en estas circunstancias, se me suele acusar sin acusación de haberlo elegido, de trasnochar por tal o cual razón y se me alecciona una y otra vez sobre las no poco negativas consecuencias mientras en sus rostros aparece una mezcla de varias sensaciones: enfado, preocupación, cansancio, culpa... pero por encima, prima el desconcierto de no saber por qué lo hago.
He ahí el punto de la discordia, pues no es esta mi elección y nadie me cree cuando digo que nada me gustaría más que llevar un horario normal... una vida normal. Me encuentro lejos de todo y de todos, pero sobre todo lejos de mi mismo. No puedo estudiar y mi búsqueda de empleo sigue sin dar frutos y, por tanto, mi vida es un cúmulo de tiempo libre, demasiado libre. Tanto es así, que mi cabeza no para de urdir ideas, planes, proyectos con los que intentar saciar mis acuciantes inquietudes intelectuales, mi hambre por saber, por conocer, por ampliar lo que sé de este mundo y quizá forjar alguno nuevo... pero sobre todo, esta máquina de movimiento perpetuo que es mi cabeza trabaja en busca de algo que apacigüe esta desazón que me invade al sentirme un inútil. Como he dicho antes, este curso no habrá estudios para mi y mientras no encuentre trabajo, no puedo evitar sentirme así, inútil, estancado y atrapado en una estasis física y mental, como si tan solo pudiera sentarme a contemplar cómo pasan los días mientras espero a que alguna de las semillas que he plantado germine. Si bien debo agradecer a mi chica el tiempo que pasamos juntos y todo lo que compartimos día a día, no puedo evitar pensar que aporto más bien poco a una relación que, en principio, fuese simbiótica... en pocas palabras, siento que recibo más de lo que puedo ofrecer. Ya no solamente a ella, pues su familia también está pendiente de mi, hasta Shara, su gatita, me hace compañía y “me habla” cuando salgo a la terraza o, simplemente, la encuentro dormitando en la silla en la que poco antes estuviese sentado.
Supongo que, ahora que leo mis propias palabras, me doy cuenta de que no duermo porque de noche pienso mejor y busco la forma de salir de este atasco vital en que me encuentro por todos los medios que tengo a mi alcance. Lo peor es que no soy capaz de explicar esto cuando alguien me pregunta por qué sigo despierto a estas horas. Lo absurdo, porque es absurdo, es que yo mismo descubro la explicación tras escribir sobre algo de lo que no tengo la más remota idea.

Lo triste es que, al parecer, pese a la explicación, no se entiende. Y mientras le doy vueltas, me doy cuenta de que daría lo que fuera porque, cuando leyeses esto, apareciese un mensaje tuyo diciendo que, al menos, lo has leído. No ya que lo aceptas porque no tienes por qué, pues es un problema que tengo que resolver, pero al menos que lo comprendes. Daría lo que fuese porque alguien lo entendiese... porque tú lo entendieses y me dijeses que no me odias por ser incapaz, por ahora, de hacer algo mejor que escribir estas tonterías en las que nadie se fija lo suficiente como para ver que te estoy llamando y que, a veces, quisiera sencillamente pasar la noche hablando de todo y de nada, haciendo esto o aquello o simplemente caminar divagando bajo este manto de estrellas y nubarrones de rebordes plateados que en breve se irán difuminando en un azul que despunta junto a un brillo dorado que ya no recuerdo y que, aun así, echo de menos.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Weird kids' playground.

Desde que escribí sobre mis familiares, no he dejado de pensar en otras personas. Concretamente, en unos viejos amigos a los que hace un tiempo que no veo. A decir verdad, no los veo desde que éramos pequeños y me pregunto qué habrá sido de sus vidas. Lo que sí sé, es cómo fue mi infancia con ellos.
Foto familiar con la ropa tradicional. De izquierda a derecha:
No Lao Tsé, Ping Chi To, Gu Shi Lú,
su hermana pequeña, el hámster,
 la abuela de Jesucristo y yo.
Pasé mis primeros años (al menos de los que tengo recuerdos) en una casita en las afueras de la ciudad de Chu-Pao, al norte de Pekín y a veinte minutos de Tarragona. Solía jugar con mis vecinos y amigos Ping Chi To, que era un poco marranete, No Lao Tsé, que era algo despistadillo y Gu Shi Lú, todo un iluminado pese a su corta edad (y estatura). Seguramente os preguntaréis si, de pequeño, tenía alguna amiga... y os lo seguiréis preguntando. En cuanto a qué solíamos hacer, supongo que hacíamos lo típico de un grupo de niños en la China medieval del pleistoceno: concursos de pedos tres delicias (en los que Ping Chi To destacaba especialmente), carreras por las copas de los árboles a lo “Tigre y Dragón” pero sin zapatillas porque éramos asín de guays, íbamos al río a pescar vacas con palillos... creo que una vez incluso nos fuimos de excursión a Disney Land París pero nos llevamos un chasco al llegar porque todavía no existía (París digo, Disney Land existe desde que el universo hizo la comunión... o antes). Recuerdo que Gu Shi Lú se llevó tal disgusto que mató a un canguro de un pellizco en la oreja durante el viaje de vuelta. Estuve a punto de decirle que se había pasado pero lo cierto es que me importaba una mierda, yo también estaba enfadado y quería matar cosas y romper cosas y maldecir cosas y profanar cosas.
El caso es que, conforme nos fuimos haciendo mayores y más negros (al menos yo), fuimos desarrollando un gusto por distintas disciplinas. A saber: Ping Chi To se convirtió en todo un chef y su especialidad era la comida vegetariana, como las chuletas de rinoceronte y la ensalada de tigre de mar, que no era otra cosa que un tigre de estar por casa cocido en agua con cantidades descompensadas de sal. No Lao Tsé abandonó la escuela, bueno, más bien fue expulsado porque algunos profesores creían que se burlaba de ellos cuando le preguntaban su nombre (yo aún no termino de entender por qué ese empeño...) y se alistó en el ejército, en el “Cuerpo de Escritores de Pancartas Ilegibles” porque lo cierto es que desde pequeño siempre tuvo un don para la caligrafía y la escritura; no sabía leer una mierda, pero escribía de maravilla. Por último, Gu Shi Lú terminó la carrera y se graduó las gafas, tras lo cual decidió dedicar su vida a la ciencia y hoy se le recuerda por ser el inventor del papel (cosa que No Lao Tsé le agradeció mucho aunque iba con retraso), el jabón perfumado, las cremalleras de los vaqueros, el motor diésel, el cante jondo y los gatos dorados que mueven la patica y parecen decir “En pa cá hermoso y ponme refles que tengo el hombro reventao”. Por mi parte, mi espíritu deportivo me llevó a superar nuevas metas y acabé inventando las artes marciales, basándome en los movimientos de la naturaleza y de animales como el pato malvasía inglés, el cangrejo de río y la chinchilla; desarrollé el estilo de combate con armas como el tenedor y el chorizo de Cantimpalo y fundé una escuela donde mis alumnos pagaban precios desorbitados y aprendían que la mejor defensa es llamar al primo de Zumosol porque eran unos pringaos. En resumidas cuentas (con ábaco), los cuatro triunfamos en la vida.
¿Por qué (os preguntaréis) nos separamos? Pues si os digo la verdad, todo pasó muy deprisa. Nos encontrábamos en el punto álgido, el cúlmen, el cénit (es decir, “en to lo nuestro”) de nuestras respectivas carreras y, al día siguiente, eran los 80. El resto os lo podéis imaginar: drogas, alcohol, sacarina, tabaco (¿soy el único al que le suena como al anuncio de Nocilla?). Por si ello fuese poco, llegó al barrio un chico nuevo, un extranjero, un neoyorquino llamado Ghengis Kahn, hijo de un tal Pi Pi Kahn que se dedicaba al tráfico legalizado de lana de pavo. Ghengis era bastante gamberro pese a ser algo mongolito (su madre era de Mongolia, no penséis mal) e intentaba intimidarnos pese a que su constitución física era poco más que la de un Super Saiyan hinchado a esteroides y cereales dietéticos. Nosotros no queríamos problemas así que le dejamos a su bola y bueno, se nos fue de las manos. Cuando quisimos darnos cuenta había invadido media China, tres cuartas partes de Marbella, había fundado Microsoft y se había cambiado el nombre por el de Julio Iglesias. Al ver el fruto de nuestra irresponsabilidad, nuestra infancia acabó de sopetón con apenas 34 años de tierna edad. Fue triste.

Así, queridos lectores, es como se desarrollaron los primeros 500 años de mi corta existencia. Lo último que supe de mis amigos fue también lo primero y, por tanto, resultó que no sabía nada pese a saberlo todo... o algo así.

lunes, 16 de septiembre de 2013

'Ohana

A veces me da la impresión de que fallo en algo, además de en lo evidente. Si no, no me explico por qué no logro comprender el concepto de familia... bueno, en realidad sí creo que puedo entender el por qué me cuesta asimilarlo, y es que si miro a mi alrededor, lo que no me explico es cómo no me faltan más tornillos.
En condiciones normales (CN para los experimentos de física, dato curioso e irrelevante por que sí) la familia es un grupo de personas con las que compartes lazos afectivos y genéticos. En mi humilde opinión, los primeros surgen a consecuencia de los segundos casi indefectiblemente, habiendo excepciones, por supuesto. Supongo que se acaba cogiendo cariño a la descendencia por eso del esfuerzo que conllevan y demás, pero no quiero engañar a nadie, no tengo mucha idea al respecto porque mi experiencia personal es algo peculiar. Ojo, no quiero decir que mi familia no me quiera, porque sí que me quieren, pero no estoy seguro de si han “elegido” quererme o si lo hacen porque “es lo que toca”. Dicho así suena raro y tendré que establecer una serie de premisas. Partimos de la base de que mis padres no son un matrimonio típico, mi madre se casó con mi padre con el único objetivo de escapar de casa de mi abuela, algo bastante triste, la verdad, pero son su propias palabras. Mi padre siempre ha sido un tanto “suyo” y se ha metido en mil historias que no vienen a cuento pero que han hecho que su vida, tanto individual como de pareja fuese innecesariamente complicada y, para rizar el rizo, llegué yo. Al margen de lo “bala perdida” que fuese mi padre y las ansias de una vida distinta de mi madre, los dos eran y son todavía muy tradicionales en según qué cosas y bueno, no era muy “tradicional” que su hijo de tan sólo 15 días de vida comenzase a hablar (si es que repetir “ajo”, “papá” o “mamá” se puede considerar hablar). Ellos no le dieron mayor importancia, hasta se sintieron un poquito orgullosos según mi madre. La pega vino cuando eso lo supo el resto de una familia chapada a la antigua. La respuesta no se hizo esperar y la familia por parte de mi padre rehusó, por ejemplo, llamarme por mi nombre hasta el punto de que mi abuelo paterno murió sin haber pronunciado nunca mi nombre y, posiblemente, sin siquiera saberlo. Por parte de mi madre, me miraron siempre con recelo, y aún hoy lo siguen haciendo. Hablan conmigo intentando que no se note que, en el fondo, preferirían no hacerlo, pero como dije, “es lo que toca”. En toda familia hay un raro, un miembro que aunque no ha hecho nada malo, es diferente y no pueden rechazarlo del todo porque es de la familia pero que, si pudieran, si no fuese de su misma sangre, ni mirarían y mucho menos hablarían. No digo con esto que yo sea un santo, es más, he sido bastante cabroncete y confieso que he jugado malas pasadas, pero esas miradas de soslayo y esos comentarios en voz baja son anteriores a mis tropelías.
Un año y medio después llegó mi hermana y todos quedaron encantados con ella y no les culpo, mi hermana es un cielo y siempre supo ganarse a la familia, a los amigos, etc. y yo la quiero desde antes de que naciera. Siempre ha estado a mi lado, nos hemos criado juntos y nunca nos hemos llevado nada mal, hasta el punto de que en varias ocasiones la gente se ha quedado pasmada al saber que éramos hermanos, acostumbrados a ver peleas fraternales de la más diversa índole y con grados de violencia que, para mi, son desproporcionados. No, mi hermana y yo no somos los típicos hermanos porque además siempre hemos sido amigos y nos hemos apoyado el uno al otro y, aunque no me comprende del todo, me acepta.
Es, empero, harto curioso ver cómo, con el paso del tiempo, las diferencias que otrora se guardaron en silencio por razones inexistentes, salen ahora a flote, tras veintiocho años y convierten una sospecha en un hecho contrastado. Hoy puedo decir que no me siento querido por mi familia (salvo por mi hermana), al menos no del modo en que ellos se han empeñado en hacerme creer que me querían. Hoy me encuentro que mis padres no se aguantan, que mi madre nunca ha querido a mi padre y que posiblemente “se ve con otro”, que mi padre no tiene la cabeza en su sitio y está dispuesto a manipular, mentir y arriesgar mi vida con tal de conseguir sus propósitos incluso cuando ni él mismo sabe por qué quiere lo que dice que quiere y, cuando falla, lo paga con mi hermana porque tiene la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el peor momento. Hoy escribo desde una casa ajena porque mi abuela no quiere que siga viviendo en su casa para no tener que preocuparse por mi salud. Hoy veo cómo en apenas dos o tres horas comienza un nuevo curso de la universidad y yo, muy probablemente, estaré al margen y mis estudios se pospondrán todavía un año más. Hoy recuerdo todas esas veces en las que se me decían esas frases “de padres” como “Esta es y siempre será tu casa” mientras vero que mi habitación es, literalmente, un trastero. Veo cómo no puedo estudiar porque, dado mi estado de salud, la única manera en que podía costearme la matrícula pasaba por el apoyo de unos padres que me han dado la espalda por el simple hecho de querer continuar la carrera donde la comencé en lugar de en un hogar que no merece tal nombre, en el que no tengo siquiera un sitio físico en el que estudiar pues la que fuese mi habitación está invadida de todo aquello que no cabe en otras habitaciones. Hoy veo cómo me cuesta cada vez más ver en qué acabará todo esto.
Sin embargo, veo también algo muy curioso. Desde hace casi cuatro meses hay a mi lado una persona que no se ha separado de mi y que me ha apoyado y ayudado en todo, incluso cuando estaba en el hospital y me ayudaba a levantarme o acostarme o me traía un cigarro “de contrabando” que nos fumábamos en la ventana mientras hablábamos sobre lo que haríamos cuando me diesen el alta. Sí, soy así y fumaba en el hospital, ya os dije que no soy un santo pero tampoco he matado a nadie (todavía). Esta persona, mi chica, Mar, no solamente ha mostrado esa complicidad, además, me ha dado su cariño y apoyo desde que nos conocimos. Tanto es así que hoy escribo, como dije antes, desde una casa ajena, su casa y es que estoy viviendo con ella, acogido por los miembros de una familia que no es la mía y que, sin embargo, me han abierto las puertas que mi “verdadera familia” ha ido cerrando para intentar tenerme donde y como ellos querían. Hoy vivo con mi chica y tengo dos madres, dos padres, dos hermanos y una hermana y pienso y recuerdo y me doy cuenta de que ha habido varias ocasiones en mi vida en las que personas ajenas a mi bagaje genético se han portado conmigo como se supone que debería haberlo hecho esa familia que intentó inculcarme unos valores que jamás profesaron, al menos hacia mi.
Hoy doy las gracias a esas familias que me acogieron, durante más o menos tiempo, de una forma más simbólica o más literal, y que me hicieron sentir que era de la familia. Diría nombres si no fuese porque posiblemente haya quienes no quieran ni oír hablar de mi (de nuevo, no soy un santo). Que no mencione a nadie no significa, empero, que no me acuerde todas y cada una de esas personas y aprovecho para dar las gracias una vez más porque hoy me doy cuenta de que con ellos me sentí “de la familia” mientras que con mis parientes biológicos siempre me han hecho sentir “como de la familia”. La diferencia está en ese “como”.
Quizá hoy vea esto alguien y me recuerde con algo de cariño, quizá no.
Hoy, simplemente, veo que hay muchas personas a las que quisiera abrazar...

sábado, 7 de septiembre de 2013

Misplaced vanilla

Hoy no tengo muchas ganas de andarme con rodeos, la verdad. Pasa a veces que tienes un día relativamente normal hasta que, como de la nada, surge una conversación que te descoloca y ya todo se va a pique. Podría haber sido uno de esos días, pero esto va un poco más allá y es que no todos los días uno descubre que es adoptado.
Si soy completamente sincero, desde que tengo memoria siempre ha habido una parte de mi que no terminaba de encajar en mi “familia”, ya no por el hecho de ser tan distinto a ellos físicamente, que también, si no más bien era una sensación, una especie de cosquilleo bajo la piel que no sabría explicar y que jamás podía prever, aparecía sin más y me hacía sentir fuera de lugar, como una nota discordante en un compás que, de otra manera, podría haber sonado distinto, mejor. Me hacía sentir como cuando, al piano, los dedos se deslizan suavemente sobre las teclas y todo va bien hasta que de repente, sin verlo venir, esa yema traviesa de un meñique inquieto se resbala apenas un milímetro sobre la tecla siguiente, a destiempo, y la pieza queda “herida” aunque se intente continuar como si nada. Tras tanto tiempo, ponerle nombre, o más bien causa a esa sensación me resulta harto extraño, mas no del todo inverosímil habida cuenta de que, desde siempre, esa misma sensación me hizo plantearme esa posibilidad. Curioso, no obstante que mis “padres” hayan esperado hasta ahora para decírmelo, sobre todo porque, de pequeño, recuerdo que les preguntaba abiertamente si era, por casualidad, posible.
Por lo que tengo entendido, mis padres (sin comillas) son (o eran) una pareja de estadounidenses, Richard y Mary Jane Stevenson. Ahora va a resultar que cuando me confundían con un turista americano no iban desencaminados del todo. Por lo visto, mi padre era periodista y escribía en un periódico local mientras que mi madre era abogada. Según me han contado, un día, a los pocos meses de nacer yo, mi padre fue a cubrir una noticia sobre un incendio en una planta de reciclaje y se produjo un accidente que hizo explotar uno de los camiones de bomberos y mi padre murió por las graves quemaduras. Mi madre en aquél momento había viajado a España conmigo para darme a conocer a mis abuelos y, durante su estancia, se enteró de lo que había ocurrido. Se quedó tan trastornada que me dio en adopción y se suicidó.
No puedo decir que esté consternado, al fin y al cabo, no tengo recuerdos sobre ellos, pero sí me pregunto por qué ciertas cosas se hicieron como se hicieron. Me pregunto por qué ahora, después de tantos años, me hacen saber todo esto. Me pregunto si habría sido mejor saberlo antes, o no saberlo nunca. Me pregunto si el rechazo que he sentido siempre por parte de esta familia se debe a cómo actuó mi madre o si es simplemente porque no soy realmente “uno de ellos”... pero me pregunto sobre todo qué es una familia y ahora que sé un poco más de dónde vengo, me pregunto si yo, la persona que soy ahora, mi forma de ver las cosas, habría sido la misma o habría cambiado por completo si hubiese crecido allá en Virginia. Me pregunto cómo eran Richard y Mary Jane, si me pusieron mi nombre por alguna razón, si querían que tuviera hermanos, si me habrían llevado a pescar los domingos, si habrían sido, en resumen, los padres de las típicas series norteamericanas que parece que todo lo saben y todo lo pueden y siempre están para apoyara sus hijos cuando los necesitan. Me pregunto, simplemente, si me querrían ahora si estuvieran vivos.
Ahora mismo estoy algo perdido, desorientado y no estoy seguro de lo que debería hacer. Por un lado pienso que quizá sería correcto intentar contactar con los familiares de mis verdaderos padres, quizá alguno tuviera hermanos o mis abuelos sigan vivos. Por otro lado, sin embargo, no sé si sería buena idea. Quiero decir que la muerte de mis padres y mi entrega en adopción no serían cosas que pasasen precisamente desapercibidas para estas personas, sabían de mi existencia en mayor o menor medida y, sin embargo, nunca han intentado encontrarme o contactar conmigo...¿O sí? Tal vez sea otra de las cosas que mi “padre” ha hecho, la posibilidad de que la familia Stevenson haya intentado ponerse en contacto conmigo y él lo haya impedido. Hace tiempo habría pensado que mi “padre” no sería capaz de hacer algo así, pero desde hace unos meses, he descubierto que lleva mintiendo en más cosas de las que tengo ganas de enumerar. Si ha sido capaz de ocultarme que ni siquiera era mi verdadero padre, ya no sé qué más cosas puede haberme ocultado o haber manipulado para que yo siguiera viviendo en ése engaño por razones que quizá ni él mismo recuerde.
Perdonadme, estoy algo raro, pero llevo todo el día mirándome al espejo y añadiendo ese apellido a mi nombre y aun no me acostumbro a la idea de que ése sea yo. Sin embargo es extraño, pero saber que no soy “uno de ellos” me ha removido algo dentro que no sabría explicar. Sólo sé que, sin saber por qué, se me ha escapado una sonrisa.
No sé quién soy... pero sé un poco más de quién no soy.
Pensaréis que debo ser idiota por sonreír... pero quizá sea parte de quien soy.

Quizá, simplemente, sea cosa de familia.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Först Betänkande

Hubo una vez una persona que me dijo que, si me lo proponía, podía cambiar el mundo con mis palabras, que tenía dentro “algo” capaz de remover conciencias y poner en marcha algo imparable y que incluso podría causar que nada volviese a ser igual.
Just... THINK!
A día de hoy, esa persona ya no existe y no sé si pensaría lo mismo dadas las circunstancias... pero confieso que me sorprende el hecho de que no me importa. Desde hace unos días, llevo dando vueltas a lo que es un hecho obvio en mi vida y no es más que el que las palabras siempre han formado parte de mi vida, desde mucho antes de lo que yo mismo esperaba. Tal vez por eso escogí una carrera de letras (vale, también porque descubrí que no me abstraigo lo suficiente como para programar en JAVA) y más concretamente, el inglés. Sí, ese temido, odiado y sin embargo necesario idioma del que todos hemos oído hablar y pocos tienen un conocimiento más allá del “Good morning, my tailor is rich” y otras perlitas para el aprobado justito o incluso algún adorno para raspar unas décimas “For if the flies”. Aviso que no pretendo criticar a quienes no dominan este idioma porque no es mi intención y, si quisiera hacerlo, no tendría problema en hacerlo directamente cara a cara. Sin ir más lejos, yo empecé mi experiencia algosajona suspendiendo bajo la estricta mirada de una profesora que me decía en un perfecto catalán (que no citaré textualmente para quienes no conozcan la lengua de grandes como Dalí o Montserrat Caballé) que no aprendería inglés jamás. Por si acaso se me ocurría aprobar, ella buscaba cualquier forma para recordarme que los idiomas no eran lo mío. Hoy puedo decir que hablo cuatro idiomas, sigo peleando con el quinto, comprendo bastante bien un sexto y tengo nociones de un séptimo y un octavo a los que dedicaré más tiempo cuando decida si el noveno será el que me gusta o el práctico... y bueno, no cuento las palabras que me invento ni mi habilidad natural para la lengua de Mordor y el chiquitistaní de Barbate (JARL).
Si he de ponerme un poco serio, empero, es porque me doy cuenta de los no pocos giros y tumbos que ha dado mi vida desde ese primer encontronazo con el mundo de los idiomas hasta ahora. Han sido muchas las cosas a las que quise dedicarme y, la verdad, pienso que de no haber sido por aquella zorra... profesora que se empeñó en desanimarme, podría haber acabado haciendo la carrera de biología, que es lo que quise desde que descubrí lo que era, y en vez de escribir esto, podría estar riéndome desde una azotea contemplando cómo una bandada de criaturas mitad araña mitad somormujo sembrando el terror mientras Theodore, mi pato mayordomo, me comenta cómo van mis inversiones y dispara a un par de taxistas. Por ejemplo. En vez de eso (aunque puede que también llegue si os portáis bien) decidí tomar la vía de las letras y no, no me arrepiento. He descubierto cosas que ni siquiera sabía que existían en forma de grandes obras de autores que conocía tan sólo de oídas, he tenido ocasión de conocer las raíces del pensamiento de lugares tan lejanos que aparecen más en los sueños que en los mapas y me he dado cuenta de que dentro de poco, cuando acabe la carrera, querré volcar todo eso en otras personas y, quizá, abrir algunos pares de ojos ayudando a descubrir lo que yo he ido desentrañando en mi paso por este mundo de vidas y sueños plasmados en tinta.

Hoy me alegro de haber escogido este camino y quizá por eso me duele más tener que enfrentarme a ciertas cosas para salir adelante, pero se trata de mi vida, de cómo mi pasado me ha llevado al presente en el que estoy construyendo mi futuro. Nadie puede hacerlo por mi y nadie va a vivir por mi. Miro alrededor y me doy cuenta de que, en esto, algo ha cambiado, que ya no cuento con quienes decían que siempre me apoyarían y me pregunto si de verdad lo hicieron alguna vez o si, en el fondo, esperaban que fracasara o me rindiese para reprochármelo eternamente. Tampoco me importa porque ya lo he decidido. Cuando acabe, seré un cabronazo buen profesor que joderá vivos inspirará a sus alumnos y cuando mire atrás recordaré que alguien una vez me dijo que podía cambiar el mundo y me daré cuenta de que ni recordaré quién me dijo eso, pero me dará igual porque habré cambiado la vida de una persona y, como todo gran cambio, se empieza por un primer paso.

viernes, 30 de agosto de 2013

Neznalosť

No sé si alguna vez le ha pasado, a alguna de las personas que me leen, lo mismo que me pasa a mi esta noche. No sé qué escribir, no tengo ninguna idea sobre la que quiera hablar ni ganas de hablar sobre las que tenía planeado hacerlo. Solamente encuentro un extraño desasosiego de palabras, nombres, rostros, imágenes, sonidos y silencios que no me dejan en paz y me impiden conciliar el sueño. Una extraña sensación de que algo falta o no está como o donde debiera y la prueba es que estoy aquí, tecleando sin ton ni son mientras el mundo a mi alrededor duerme.
¿Busco acaso que le des sentido?
No lo sé...
No busco una respuesta porque ni siquiera sé si tengo alguna pregunta, simplemente me encuentro en un punto estático en medio de una inmensidad absurda en la que todo se mueve sin cesar y, de repente, se detiene en seco sin darme tiempo a reaccionar, por lo que me limito a contemplar, pero no veo nada. Tampoco sé qué se supone que debiera ver. Todo está demasiado oscuro o, por el contrario, demasiado iluminado, no lo sé. De hecho, creo que ésas tres palabras son las que mejor definen este extraño estado en que me encuentro: "No lo sé". No sé por qué escribo esto, no sé quién quiero que lo lea o si espero siquiera que alguien lo haga, no sé si intento inconscientemente que alguien me explique qué ocurre, no sé si busco una revelación leyendo mi propia ignorancia, no sé por qué no puedo simplemente abrazar a mi chica y quedarme dormido a su lado aun cuando es lo que más me apetece ahora mismo, no sé por qué no soy capaz de terminar esta lista de cosas que no sé... No lo sé.
Miro al rededor y veo cosas que debieran hacerme reflexionar. Veo lo fugaz y curiosa que es la vida reflejada en muebles hechos de una madera que otrora fuese un árbol vivo y que es ahora solamente un producto manufacturado. Veo cómo la importancia de una persona es relativa en las fotografías que muestran los rostros de personas que desconozco por completo y cuya presencia o ausencia es para mí tan irrelevante como decisiva, empero, para quienes decidieron colocar ahí esos retratos. Veo colecciones de libros que jamás serán leídos, cursos de idiomas que alguien compró con el buen propósito de aprender y que quedaron en eso, en un propósito. Veo ventanas por las que, al asomarme, vislumbro un pequeño trozo del mundo desde un ángulo que yo no decidí, rodeado de un paisaje que yo no escogí. Veo las caprichosas formas de las vetas en el mármol y que quizá guarden un misterioso orden dentro de su aparente aleatoriedad. Veo las gotas de lluvia resbalando por el cristal y veo que, pese a todo lo que veo, sigo sin saberlo.
Quizá deba volver a la cama e intentar dormir, puede que simplemente necesitase escribir que necesitaba decir que no lo sé. Quizá, tal vez alguien lea esto y sepa lo que quiero decir y acabe recibiendo un mensaje que me aclare esta extraña noche en la que el tiempo se ha derretido y el pasado viaja al futuro en busca de la oportunidad de mostrarse ente mi presente... O tal vez me estoy volviendo loco al pensar que tú estés leyendo esto, sabiendo lo que intento decir y que yo mismo ignoro y que, de repente, dirás mi nombre, me despertaré y me sonreirás y lo comprenderé todo. Quizá...
No lo sé.

viernes, 23 de agosto de 2013

Old times farra

Qué curiosa puede ser a veces la vida. Un día estoy escribiendo y me doy cuenta de que, para mi sorpresa, existe gente que me lee y todo. Y resulta que no son solamente los cuatro gatos que pensaba, hay pendientes de mis palabras ojos que ni sospechaba, y eso me hizo pensar. Repasando un poco algunas de mis entradas, me he percatado de que, salvo una o dos, todas son de un tono algo lúgubre, triste o simplemente empalagosas hasta decir “que alguien mate a este tío”. Lo cierto es que soy así, lúgubre, triste y empalagoso, pero también soy otras muchas cosas (podéis ahorraros los insultos que me los conozco y no me vais a sorprender) y una de esas cosas que soy, además de un gamberro es... espera, iba a decir gamberro. Ya me he pisado a mí mismo.
En definitiva, hoy quiero contar una de esas historias de mis años bárbaros, de cuando era algo más joven y vagaba por el mundo cual vaca desnortá y hacía tropelías mil con esos seres a los que a mi me gustaba llamar “colegas”. Hoy no encontraréis, lectores, declaraciones de amor a mi chica (esa la tengo guardada para otra ocasión), ni mantras cargados de ira homicida contra el universo, ni odas plañideras en honor de musas que han colgado su clámide en pos de vaya usted a saber qué, ni sutiles indirectas para personas que no existen, ni quejas médicas, ni, en definitiva, palabras que provoquen mal rollete. Y es que, lo que hoy voy a contar, es una de esas vergonzosas historias de tiempos mozos que, en el momento, hacen que quiera que la tierra me trague y que, al recordarlas siglos después, me dan la risa por muchas razones. Esta es una historia real, así que no juzguéis mucho mis actos ni los de mis, por entonces, compañeros de aventuras. Eran otros tiempos.


Todo empezó una fría mañana de invierno. Me desperté sin saber muy bien dónde estaba, algo normal en mi persona por aquél entonces. Cuando el sol entró por la ventana, me levanté con mi habitual gruñido mañanero y, desde la ventana, escuché el gruñido de mi amigo Olaf como respuesta, así como su habitual y estruendoso pedo de buenos días, capaz de anestesiar a un toro adulto y que, curiosamente, le hacía salir de su choza segundos después tosiendo como si fuese a parir un corzo por la boca. Tras el saludo habitual, que consistía en un cabezazo con intención de provocar un coágulo cerebral (pero de buen rollo, conste) emitimos una serie de gruñidos tales como:
  • Hgrnaosmng sas dadk Olaf cbiDB - Que venía a significar algo como “Hey, Olaf, buenos días so guarro”
  • Cchbvñifhbvñ jodío memo nvfspfavibkanc cabrón de Hans vbfpñivb? - algo así como “Buenos días estimado amigo Rhobert, has visto a nuestro querido Hans por aquí?”


Antes de que pudiera eructarle la respuesta, Hans apareció tambaleándose elegantemente mientras se rascaba el trasero con lo que parecía ser una costilla de caballo o el brazo de un niño, nunca se me dio muy bien la anatomía ajena y menos si el hueso estaba masticado. Tras varios puñetazos con muy mala idea pero mucho cariño, varios minutos de conversación tratando temas de suma importancia como ventosidades, cerveza y quién tenía la barba más llena de mierda, decidimos hacer algo productivo y, como era jueves, fuimos a saquear.
Si soy sincero, no recuerdo del todo cómo llegamos allí porque conducía Olaf y yo me mareo mucho en caballo de guerra, así que, cuando volví en mi, ya habíamos alcanzado nuestro destino y mis compañeros, como buenos bastardos, habían empezado sin mi. Por un lado, Hans estaba corriendo de un lado a otro medio desnudo mientras atizaba a los campesinos con una pata de algo que, supuse, había matado o desmembrado poco antes. Le encantaba atizar aldeanos con patas de animales. Por otro lado, Olaf era más sutil y entraba en las cabañas en busca de mujeres y cerveza, aunque a veces iba tan borracho que no sabía cuál era para beber y cuál para otros menesteres y no era raro verlo decapitar a una joven campesina para saciar su sed y, poco después, intentar beneficiarse a un barril. Se sabe, sin embargo, que el barril lo pasaba peor. Por mi parte, me dediqué a hacer lo que solía hacer en aquellos casos: correr de un lado a otro con una antorcha en una mano y un hacha en la otra para contemplar cómo los asustados pueblerinos sucumbían a una muerte natural, porque si a una persona estándar le clavas un hacha en la cabeza, lo natural es que muera. Supongo que podéis imaginaros el resto, una típica tarde de jueves en Escandinavia. Hay quien se va de compras, de museos... y hay quien se entretiene matando gente, quemando aldeas y ridiculizando sus creencias antes de descuartizarlos. Tan válida es una cosa como otra, total, no hacíamos daño a nadie... que pudiera contarlo.
Olaf siempre fue el que tuvo
más éxito con las mujeres... y los barriles.
Esa noche, después de unas cervezas (JAMÁS del barril que traía Olaf), estuvimos gruñendo sobre nuestras vidas, nuestro futuro y sobre cómo quitar las manchas de sangre de las pieles porque no se podían lavar en caliente y la limpieza en seco aún no se había inventado. Hans nos sorprendió a todos cuando, con su característico acento catalán de los fiordos, nos dijo que pasada la estación de los saqueos, la de las violaciones y la de rascarse la entrepierna, se marcharía al norte. Al principio nos sentimos apenados, pero luego nos dimos cuenta de que no había tierra más al norte y nos partimos el culo a su costa, cosa que le deprimió bastante. Eso nos hizo reir más. Olaf, para variar, no tenía muy claro lo que haría, pero dejó claro que no se marcharía antes del festival de “Rascatelcüloadoblemanenfest” que consistía en toda clase de actividades intelectuales como saber distinguir entre la mano derecha y la izquierda para después rascarte el culo hasta que te sangre, elaborar cerveza en tu propio intestino, derribar árboles a pellizcos, esnifar patatas y desafiar a los dioses a un duelo de punto de cruz. Sin embargo, le notamos algo menos entusiasmado de lo habitual, como si se hubiera sentado en el filo de su hacha (otra vez) y acabó por contarnos que, desde hacía unos días, no se encontraba bien por culpa de una cabra. Al parecer, no había podido desmembrarla mucho porque, tal y como nos dijo, “le puso ojitos” y empezó a soñar con esa situación y tenía la sensación de que, en nuestro próximo saqueo, no tendría tan claro lo de arrimar cebolleta al barril de turno. Yo le ayudé como pude y le dije que no se dejase seducir por ideas peregrinas porque las cabras vienen y van, pero no me hizo mucho caso y así fue como sin darse cuenta de ello (y de nada en realidad) mi colega Olaf acababa de inventar la zoofilia.
A la mañana siguiente, cuando desperté entre un montón de miembros cercenados y torsos ensangrentados, me di cuenta de que mis compañeros no estaban. Hans había dejado una nota escrita en la espalda del dueño de la posada que decía:

“Hvuafo cmncvih dco OIC CPIKKOL. Olaf y tú sois unos malnacidos vfnooa v pfh OUHV ÑOHHN vbp ADSL cdsb lij Cthulh F'tagn arriquitaun arsa ole pisha y ar caraho tó vfa il cnlid . OJETE!”

Esto para los que no saben griego antiguo, se traduce como:

“Queridos amigos, habréis notado mi ausencia. El deber me llama y parto compungido por tener que dejaros. Rhobert, cuida de Olaf y enséñale a leer, sois los dos unas bellísimas personas y os deseo lo mejor en esta vida. Sed felices y acordaos siempre de vuestro amigo en vuestros saqueos. Os quiere vuestro leal amigo Jose Arturo “Hans”. Hasta siempre.”

La traducción es algo libre.
Cuando desenterré a Olaf de entre una montaña de pieles, huesos, cadáveres y queso, le conté lo que había pasado con Hans. Su respuesta no se hizo esperar y tuvo a bien expresar sus sentimientos con un sonoro pedo que ni el eco de las montañas tuvo valor de reproducir. Cuando recuperamos el (poco) conocimiento, Olaf decidió emprender una misión espiritual y recorrer el Camino de Santiago arrastrando la punta de su pene descompensadamente grande desde su tierra natal hasta la susodicha catedral. Intenté disuadirle pero fue en vano puesto que me amenazó con su desproporcionado miembro. Si hubiese sido un hacha o una pata mutilada de algún animal de granja, no habría tenido reparo en replicarle, pero con eso... no, yo ya había visto suficientes veces cómo amanecían los barriles que enganchaba por las noches. En un último intento, le recordé que tenía pendiente el reto de punto de cruz, que le llamarían cobarde si no participaba, pero, muy elocuente él, me dijo que, si algún dios tenía (cito textualmente) “los huevos lo bastante gordos” para llamarle cobarde, él le haría callar a mandurriazos. Ante tamaño “argumento”, silencio y respeto. Y así partió también Olaf.
Debería recordar esto con dolor pero me parto el ojal al pensar que se fue a peregrinar a una catedral que aún no habían construído mientras mi otro amigo, por listo, se caía por el borde del mundo.

Por mi parte, acabé estudiando filología... creo que fui el más perjudicado, pero al menos no estoy (demasiado) loco.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Lemonade kill

El vaso se hizo añicos nada mas tocar el suelo, mis manos no eran capaces de sujetarlo y la gravedad lo reclamó para sí. Lentamente, el escaso contenido que aún quedaba se iba extendiendo por el suelo. Caí de rodillas sobre los cristales, pero no noté ningún dolor y, mientras la sangre se derramaba mezclándose con el licor, comprendí que el veneno empezaba a actuar. Miré atónito su rostro inexpresivo mientras cogía la llave y el cuaderno de notas. Todavía podía oler su perfume pero mi cuerpo ya no respondía, no podía moverme ni sentía ya nada. Ella debió darme por muerto antes de tiempo y por eso me dio aquel último beso en la frente. Sin embargo, aun me quedaba un suspiro y quiso el destino que en el último instante de mi vida ella me infligiese el mayor dolor que jamás había sentido cuando, antes de marcharse, dijo "Te quiero". Así morí, sintiendo el corazón romperse y un dolor que solamente su veneno pudo hacerme padecer... su veneno, y el que vertió en aquel vaso roto en mil pedazos.

lunes, 19 de agosto de 2013

giọng nói

For I speak no name that might come from a long time gone moment, I shall not say I do have some thoughts that become, sooner or later, a fairly important ingredient of the restless dreams that haunt me every single night.
Thou shall call them nightmares if thou please, but I myself am not so sure for I listen to a voice I can no longer understand. Worst yet is my luck, for it won't allow me to allocate the very source of that voice and I have no soul around me capable of telling me where that song comes from. Thou may wonder why said I the word song, and no mystery beneath the term, for it serves a prupose no other than to make thou, oh reader, aware of how sweet that voice is, how soft its touch turned to be the last time I was gifted with itsdelicate silk-like melody. Music is, indeed, the most similar word I can find to describe the obsession that is about to cause me to fall into a deep well of pure madness as I try and try and will always try, untill I find out or die or turn insane, to know where it comes from, who it comes from... so please, if THOU are reading these desperate words of mine, I beg you to speak thy name. I thou, reader, are not the one who owns that voice but know who I mean, please, tell me where to find her for I much desire to speak with her.

viernes, 16 de agosto de 2013

време (vreme)

Hay momentos en los que almas lloran, en los que vidas completamente se redecoran. Momentos, en definitiva, que tienen la capacidad de poner patas arriba cuanto ha existido, existe y existirá. Son fragmentos de un tiempo que transcurre sin cesar, que no se para ante nada y que nunca se detendrá.
El tiempo no es bueno, no es malo, simplemente es, y lo que con él viene y va es solamente pasajero aunque sucede algunas veces que un instante fugaz dura por siempre en nuestras mentes. Un segundo se hace eterno y ese beso es ya inmortal, porque pasa a formar parte de un recuerdo que jamás perecerá, alcanza una existencia que al propio tiempo con desdén superará pues existe ahora en un plano que jamás se alterará. Es tan sólo un instante y brilla por la eternidad.
Tengo suerte pues conservo aun momentos que por siempre luz darán a una vida que ahora empiezo a vivir sin ya dañar a quienes me acompañan y que siempre me verán como un alma que aunque no comprenderán, será fiel a sí misma y en mi confiar podrán. Guardo en mi pecho el orgullo de haber hecho algo bueno de un deshecho y puedo al fin mirarme al espejo y saberme un hombre nuevo y a pesar de tener aun el corazón de un cuervo, he aprendido a caminar por este parque sin dejar que mi dolor una inocente flor arranque.
El silencio que me envuelve, el sonido de una noche que como siempre vuelve y cuyas luces tras nubes se esconden me recuerdan que mi voz debo guardar y mi demonio apaciguar, que jamás ante nadie mi mano he de levantar ni mi rabia he de volcar en quien camina a mi lado y me quiere ayudar. En ausencia de algún ruido al final he comprendido que la mano me han tendido y me doy por aludido cuando alguien me mira y habla y me dice “amigo mío”.
Del pasado ahora quedan voces tenues y sus ecos, que vagan por de mi alma los huecos y recuerdanme los juegos que otrora fueron luengos ratos en mi soledad. De los días que antaño fueron mi presente queda sólo el recuerdo de palabras de otras gentes que quisiéronme y odiáronme, si mi memoria no miente. Han borrádose los rostros y los gestos de aquéllos y de éstos, pero no hay en mi tez mirada triste por el daño que hice, por el daño que me hicisteis.
Del presente nada sé, pues se torna en pasado antes de que pueda ver, mas me hace comprender que el tiempo viene y va y jamás se detendrá, pues el tiempo es fugaz y mi anhelo es que este instante quede preso en este texto así como lo están vuestras voces en mi seso.
Gracias a quienes no me hayan de olvidar pues vuestra memoria me hace inmortal.

Gracias por darme un motivo por el que yo os quiera recordar.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Did not give up

No, mundo, no tienes la suerte que creías. He aquí que de nuevo escribo y eso implica que sigo vivo. Muchos cambios ha habido en mi existencia desde mis últimas palabras, tantos, que sobra relatarlos pues quien quisiera saber de ellos ya habría preguntado. Es por ello que no pretendo aquí contar qué ha pasado, mi gente está al tanto y quien deseare saber de mi vida debiere, por ende, formar parte de ella. Soy consciente, empero, de que la vida es un proceso sujeto de forma inherente a una entropía que implica un cambio constante y que indefectiblemente se avecinan, si cabe, más cambios de los que ya han pasado. De cuántos soy consciente es, curiosamente, un número irrisoriamente pequeño y eso hace que apenas pueda percibir un esbozo algo borroso de lo que hubiere de ser llamado “mi futuro”.
Cuanto resta por llegar me es ignoto y admito que no pocas veces desconcertante a la par que aterrador, pero es en muchas más ocasiones desafiante y seductor, un desafío que me infunde a la vez respeto y temor, pasión y rechazo, ansia y curiosidad. Tal vez sea esto último, la curiosidad, lo que me impulsa a afrontar el advenimiento de una etapa de mi vida que solo puedo describir como la que posiblemente decida mi dirección definitiva y, por tanto, el modo en que todo acabe. Y no puedo más que preguntarme si debo escuchar esta curiosidad pues es precisamente la causante de muchos momentos de mi vida que me han marcado para siempre.
Desde que tengo memoria (unos 26 años aproximadamente) siempre he querido saber y comprender cuanto sucedía a mi alrededor, desde cómo funcionaba un aparato que emitía música como por arte de magia al colocarle una especie de galleta gigante negra (lo que más tarde descubriría que se llamaba “tocadiscos”) hasta curiosidades actuales como el concepto de la dualidad espacio-tiempo como un único tejido que pudiera ser manipulado, doblado e incluso rasgado para cruzarlo y hallar al otro lado algo de lo que no podemos siquiera teorizar sin caer en elucubraciones y quimeras. Es esta misma curiosidad la que, unida a una peculiar y absurda perspectiva carente de empatía me ha llevado por derroteros que han causado grandes daños ya no solamente en mi persona si no también en otras que, por motivos diversos, se hallaban cerca de mi durante lo que no puedo clasificar más que como experimentos abocados al fracaso desde su misma concepción y que eran, sin embargo, evidentes para todos excepto para mi. Como se suele decir, no hay más ciego que el que no quiere ver, y durante más tiempo del que hubiese querido, yo no quise ver más allá de mis narices.
No escribo tampoco un lamento de un pasado que no puedo cambiar. Mis aciertos y mis errores (por los cuales he pagado con creces) me han llevado al punto en que me encuentro en el momento de escribir estas líneas. No hay forma de saber si, por fin, voy por el buen camino, si todavía no lo he encontrado o si lo encontré tiempo ha y en algún momento habré de volver sobre mis pasos y retomarlo en alguna bifurcación donde tomé la senda errónea. Sé, no obstante, lo que no quiero de mi pasado en mi futuro, los errores que jamás me permitiré volver a cometer y las personas a las cuales jamás volveré a tender una mano como ingenuamente hiciese otrora con consecuencias tan nefastas. Sé de qué color son los ojos que anhelo ver cada mañana al despertar.
En adelante portaré conmigo y para siempre una marca imborrable sobre mi piel que habrá de recordarme que la vida es cambio, fragilidad y riesgo pero, sobre todo, es luchar por lo que uno quiere, por los sueños y tal es mi objetivo y siempre ha sido el mismo... pero ahora veo un poco más allá y sé que debo ser fiel a mi mismo, a quien siempre he sido y recordar que no debo bajar la guardia pues cuando di ciertas cosas por sentadas, perdí mucho, me perdí a mi mismo y me convertí en quien nunca quise ser.
Hoy escribo porque vuelvo a ser quien jamás debí dejar de ser.
Hoy soy, definitivamente, yo, y solamente podrá comprobar que digo la verdad quien, como escribí al principio, forme parte de mi vida. Quien quiera saber y no tenga valor de abrir esa puerta, seguirá tristemente temiendo a un monstruo.

Es decisión de cada cual. Temedme o conocedme.

jueves, 27 de junio de 2013

To my (bitter)sweet love

Hola princesa:
Quería darte una sorpresa y espero haberlo conseguido. No, no digas nada todavía, déjame explicarte.
Supongo que te preguntarás dónde estamos, pero no es importante porque estamos solos los dos. Te diré que es un sitio secreto, especial, que he encontrado para una ocasión irrepetible como esta. Cualquier cosa por ti, cielo. Sé que eres curiosa y te preguntarás por qué, si estamos solos, estás amordazada. Verás, tu voz siempre ha sido un elixir para mi y me sería imposible seguir adelante si te oyese hablar en estos momentos y no querrás que, llegados a este punto, dé marcha atrás. He procurado aun así que estés lo más cómoda posible, no quiero que tengas que hacer nada, hoy es un día único.
Habrás comprobado que te recorre una sensación extraña, es normal cariño. Te he inyectado un analgésico muy potente y la sensibilidad de tu cuerpo apenas llega al 1% pero tus facultades están intactas, por eso puedes verme y escucharme sin problema. ¿Y ese ceño fruncido, cielo? ¡Ah, ya sé! Aun no sabes por qué estamos aquí, ¿es eso?
Verás, a lo largo de mi vida siempre he cometido una cantidad inexplicable y absurda de errores en lo que respecta a las personas que he querido y me he dado cuenta de que, cuanto más he querido a alguien, peores han sido mis actos. Pensé que lo más lógico sería cambiar esa pauta y dejar de hacer daño a las personas que quería porque, al fin y al cabo, eso me hacía daño a mi. Contemplé la idea de darle la vuelta a la tortilla, cambiar ese contradictorio comportamiento mío y alcanzar el equilibrio al fin entre lo que siento y cómo lo expreso. Vi la posibilidad de dejar atrás el dolor asociado al amor y vivir una vida feliz haciendo que las personas que quiero encuentren en mí una fuente de afecto y apoyo en lugar de dolor y miedo.
Me di cuenta de que habría sido un error.
Cambiar lo que soy, lo que siempre he sido, haría que mis muestras de afecto nunca fuesen genuinas del todo, que siempre hubiese algo forzado, artificial, como si intentase aparentar ante los demás y no hay cosa que deteste más que la falsedad. Por eso, dándole muchas vueltas, me di cuenta de que lo adecuado es que sea yo mismo y que si mi forma de demostrar mi cariño se manifiesta con dolor, debería dar a cada persona que quiero un dolor en función al aprecio que tenga por esa persona. Si estamos hoy aquí, mi niña, es porque me he dado cuenta de que eres la persona que más he amado en toda mi vida y la que más amaré jamás y por eso voy a matarte.
Seguramente pensarás que estoy loco… y es cierto, estoy loco por ti, te amo con toda mi alma y por eso quiero expresártelo de una forma que jamás olvides. Lo lógico sería no haberte inyectado el analgésico, pero como dije al principio, si oyese tu voz, aunque fuesen gritos, no podría hacerlo y jamás sabrías cuánto te amo. Lo que he pensado es que, mejor que dolor físico, te daré algo más duradero, un dolor que recorrerá tu ser por dentro hasta el último momento, hasta el último aliento que será el momento justo en el que por fin comprenderás cuánto te amo y amaré siempre.
El proceso va a ser simple. Como ves, no puedes girar la cabeza por el collarín que te he colocado con la intención de que no puedas predecir lo que voy a hacer, así todo será una sorpresa para mi cielo. Durante unos momentos saldré de tu campo visual y cuando “reaparezca” te enseñaré qué te he hecho, qué parte de tu cuerpo he cortado o roto o, bueno, lo que surja. Además, tienes una vía por la que te administro un suero especial que impedirá que te desmayes, no quiero que te pierdas ni un paso antes del final. Creo que la angustia de no saber qué parte de ti dejará de estar unida a ti y el saber que no volverás a salir de aquí serán un dolor perfecto para que me comprendas al fin. Pero basta de charla, fíjate en lo que tengo aquí porque mientras hablaba te he cortado 3 dedos y ni te has dado cuenta, ¿a que no cariño? Ya te dije que no lo notarías. Vuelvo enseguida.
Vaya, ha costado un poco más de lo que pensaba, pero creo que ha merecido la pena. A ver si adivinas, sin ver el pie, si esta es tu pierna derecha o la izquierda… ¡Muy bien! Siempre has sido tan intuitiva que a veces me sorprendes y sabes que adoro que me sorprendan. Vamos a ver qué se me ocurre ahora. ¡Ya lo tengo! Dame un momento.
Perfecto, a ver, está un poco empapado pero creo que sabrás lo que es enseguida. Me ha costado encontrarlo con toda la sangre que ha salido y bueno, pensaba que los riñones eran más grandes. Aun así, aquí está. Visto así no tengo muy claro ahora que en los libros los presenten como con forma de judía, ¿y tú? Permíteme un momento que te cierre aquí abajo, no quiero que te desangres.
Vaya, si pudieras verlo, te he cosido la herida dando las puntadas con nuestros nombres dentro de un corazón. No me ha quedado nada mal, aunque esté mal que yo lo diga. Casi se me olvida, mientras cosía, se me ha ocurrido lo siguiente que voy a hacer, espero que salga bien. Si ves que tardo, no te preocupes cariño, siempre estoy cerca de ti.
Parece que podría dedicarme a esto y todo. Si te digo lo que he hecho… vale, voy a limpiar esto un poco y te lo enseño. ¿Preparada? Mira, he conseguido sacarte el fémur SIN cortarte la pierna y sin que se astille la articulación con la rótula. He tardado pero es que no quería hacer una chapuza y ahora sí que puedo decir que “estoy loquito por tus huesos”. ¿El muslo? Tranquila, también lo he cerrado aunque como supuse que los puntos solos podrían ser poca cosa, he usado silicona caliente para sellar y así también me aseguro de que no sangre.
¿Sabes? Hay algo que nunca comprendí de ti, ese complejo tan extraño con tu pecho… siempre te decía que tenías unos pechos preciosos pero nunca me creías y pienso que a lo mejor es que no los veías como yo. Mira, ¿qué te parecen ahora? Tal vez cambie la cosa al no estar “pegados” a un torso, pero creo que el cambio de perspectiva te viene bien, ¿no? Además, mientras los cortaba, he notado el latido de tu corazón con más intensidad que nunca y lo confieso, me he emocionado y no puedo esperar más para contarte la última parte.
El final es algo clásico, pero sabes que soy un poco chapado a la antigua. Te atravesaré el corazón y dejaré que tu sangre fluya y justo entonces usaré esta pistola para dispararme. Es que, verás, me he dado cuenta con el paso de cada  momento que hemos vivido juntos, de que un mundo sin ti es un error y como comprenderás, no puedo cometer más errores. Por eso, cuando esta muestra de amor incondicional te envuelva por completo y pases al otro lado, yo estaré allí, esperándote para abrazarte una vez más. No tengas miedo, como ves, no has sentido dolor físico alguno y ahora mismo tu mente está empezando a venirse abajo, pero no, no por traumas si no porque al fin comienzas a verlo, a ver que siempre te amé. Por fin empiezas a comprender cómo y cuánto te amo y por eso hay que aprovechar el momento. Sí, es la daga que me regalaste, siempre me gustó y del mismo modo que tú me hiciste este regalo ahora yo lo utilizo para regalarte esta humilde muestra de que lo que te dije era cierto y siempre lo será. Porque te amo, princesa y siempre te amaré.
Ya no queda mucho, apenas unos latidos más. Te estaré esperando, mi dulce niña y te diré, de nuevo, que te amo.
Hasta pronto, amor de mi vida.
 ¡¡BANG!!
Entra una bala. Sale mi amor.