Telleth me
How come
Thou art water
For I am fire
I cannot tell
In words thou knoweth
The true magnitude
Of this feel o’mine
For that heart o’thine
Shall the sunlight fade
I’ll still see
For thy eyes do shineth
Shall the music stop
I’ll still enjoy
The sound of thy voice
Time may end
Flowers may turn white
Or gray
Or black
Or even turn to ashes
Whatever happens
Thou’ll be water
For I’ll be fire
And together
We’ll make water burn
The world to its core
We’ll make fire flow
With the life thou giveth
Making this olde heart beat
Idas y venidas de una mente aburrida que, en su afán de algo profundo, con palabras jode al mundo.
martes, 29 de enero de 2013
sábado, 26 de enero de 2013
Capítulo 7: Floating cherry
Después de la charla con Joseph, necesitaba despejarme. Como de costumbre, había poco que hacer o, al menos, poca cosa capaz de alejar mis pensamientos de lo que habíamos estado hablando. Por más que lo intentaba no lograba abstraerme de su historia pero creo que cualquiera habría tenido las mismas dificultades que yo ante la cantidad y naturaleza de las “revelaciones” de aquella tarde. Aún me pregunto cómo pudo hacerlo…
En un vulgar intento de distraerme, me pertreché con lo primero que tuve a mano y salí a enfrentarme al frío y a mi propia capacidad de concentración. Recorrí las calles casi como una exhalación pues, sin darme cuenta, caminaba a un ritmo poco menos que acelerado y cuando quise reaccionar, estaba en la puerta de un bar. Había pasado incontables veces por aquella puerta y me sorprendió cómo mis pies se movieron automáticamente para llevarme hasta allí. El local, “Le Monde”, era un lugar pequeño, con una iluminación clara aunque no molesta y con un ambiente agradable debido, en gran parte, a la suave música que flotaba de fondo en el ambiente. Perceptible con facilidad sin sobreponerse a las conversaciones que allí discurrían. Uno podía hablar sin alzar la voz o, si lo prefería, apurar su bebida dejándose mecer por melodías cálidas y ligeras. Recordaba haber entrado un par de veces un par de años ha, pero esta ocasión me brindó la oportunidad de centrarme algo más en los detalles al no haber un contertulio conmigo con quien enfrascarme en conversación alguna que ocupase mi atención. Sin más, entré y me senté a la barra donde el camarero, un joven atento y eficiente, me sirvió el combinado que solicité, no sin antes comentar alegremente que era la primera vez que alguien le pedía algo tan específico y que, con mi permiso, se prepararía una copia de mi receta para sí mismo.
Ignoro cuánto tiempo pasé contemplando el vaso y su contenido, de un color dorado deliciosamente familiar. Lo que sé, es que, de repente, no estaba sentado solo.
Mientras estaba embelesado con las espirales que se formaban producto de la mezcla de líquidos y el danzar del hielo, en la silla de mi derecha alguien se había sentado. Con poco disimulo, miré de soslayo y vi a una mujer joven, no llegaría a la treintena ni de lejos. Un rápido vistazo me permitió ver que iba bien vestida. Elegante, que no recatada en exceso, con un vestido negro con delicados brocados de un intenso rojo Burdeos, casi indistinguible del negro y con unos ribetes de color violeta que recorrían y embellecían las líneas donde se hallaban las costuras. La prenda se sujetaba al cuello como una gargantilla y, a su alrededor había pequeños adornos plateados con forma de lágrima. Unas bonitas medias rematadas por un par de botas de tacón de un lustroso negro con brillo de charol adornaban sus largas piernas. Retiré la mirada por precaución, pocas ganas tenía de incomodar a mi repentina compañera de barra si ésta me pillaba in fraganti observando con tanto detenimiento.
Fue entonces cuando oí que me hablaba.
- Buenas noches – dijo con un tono desenfadado
- B… Buenas noches – tartamudeé yo
- ¿Pasa algo malo? – su pregunta me descolocó por completo
- No, ¿Por qué habría de…
- ¿Sabes que es de mala educación no mirar a quien te habla? ¡Y más aún cuando llevas todo el rato mirándome desde ahí! – rió
Completamente bloqueado, sentía cómo se me subían los colores y, lentamente, alcé la mirada para enfrentarme a la directa acusación de la muchacha. Lo que vi aun me ronda por las retinas. Aquella chica, de tez pálida, me miraba con unos ojos grandes cuya intensidad era, cuanto menos, inexplicable, casi sobrenatural. Su sonrisa, pícara sin llegar a ser burlona, transmitía cercanía, familiaridad incluso. Amabilidad en estado puro. Dos leves zarcillos asomaban entre sus mechones de un agradable negro con reflejos rojizos y ambarinos aquí y allá mientras un lazo recogía el resto de su melena en una cola que fluía como un manantial de ónice. Sus manos, pequeñas y finas, se dejaban ver a través de unos guantes de fino encaje adornados con motivos florales nada ostentosos. Aquella visión, junto a cuanto había visto en mi anterior incursión visual, conformaron una estampa difícil de asimilar… imposible de olvidar.
Cuando me recompuse mentalmente apenas logré balbucear:
- Lo… lo siento, no pretendía…
- Tranquilo, no me has ofendido. No vengo mucho por aquí, quizá por eso vosotros los “parroquianos” os extrañáis con una cara nueva – dijo despreocupada.
- No, yo tampoco, no soy un habitual de este sitio. He venido un par de veces, casi siempre con amigos, pero no soy lo que podrías llamar un “parroquiano”.
- Vaya, entonces somos dos extraños en tierras profanas – dijo sonriendo – Y ¿qué bebes, compañero extraño?
- Es una receta de un amigo, no sé si tiene nombre…
- ¿Puedo? – dijo señalando mi copa y, antes de que pudiera asentir, le dio un pequeño sorbo, dejando la marca de su carmín en el borde. – ¡Está muy dulce! Y… ¡Por Dios! – empezó a toser.
- ¡Camarero, un vaso de agua, por favor! – dije apresuradamente mientras veía cómo su pálida piel enrojecía.
En un vulgar intento de distraerme, me pertreché con lo primero que tuve a mano y salí a enfrentarme al frío y a mi propia capacidad de concentración. Recorrí las calles casi como una exhalación pues, sin darme cuenta, caminaba a un ritmo poco menos que acelerado y cuando quise reaccionar, estaba en la puerta de un bar. Había pasado incontables veces por aquella puerta y me sorprendió cómo mis pies se movieron automáticamente para llevarme hasta allí. El local, “Le Monde”, era un lugar pequeño, con una iluminación clara aunque no molesta y con un ambiente agradable debido, en gran parte, a la suave música que flotaba de fondo en el ambiente. Perceptible con facilidad sin sobreponerse a las conversaciones que allí discurrían. Uno podía hablar sin alzar la voz o, si lo prefería, apurar su bebida dejándose mecer por melodías cálidas y ligeras. Recordaba haber entrado un par de veces un par de años ha, pero esta ocasión me brindó la oportunidad de centrarme algo más en los detalles al no haber un contertulio conmigo con quien enfrascarme en conversación alguna que ocupase mi atención. Sin más, entré y me senté a la barra donde el camarero, un joven atento y eficiente, me sirvió el combinado que solicité, no sin antes comentar alegremente que era la primera vez que alguien le pedía algo tan específico y que, con mi permiso, se prepararía una copia de mi receta para sí mismo.
Ignoro cuánto tiempo pasé contemplando el vaso y su contenido, de un color dorado deliciosamente familiar. Lo que sé, es que, de repente, no estaba sentado solo.
Mientras estaba embelesado con las espirales que se formaban producto de la mezcla de líquidos y el danzar del hielo, en la silla de mi derecha alguien se había sentado. Con poco disimulo, miré de soslayo y vi a una mujer joven, no llegaría a la treintena ni de lejos. Un rápido vistazo me permitió ver que iba bien vestida. Elegante, que no recatada en exceso, con un vestido negro con delicados brocados de un intenso rojo Burdeos, casi indistinguible del negro y con unos ribetes de color violeta que recorrían y embellecían las líneas donde se hallaban las costuras. La prenda se sujetaba al cuello como una gargantilla y, a su alrededor había pequeños adornos plateados con forma de lágrima. Unas bonitas medias rematadas por un par de botas de tacón de un lustroso negro con brillo de charol adornaban sus largas piernas. Retiré la mirada por precaución, pocas ganas tenía de incomodar a mi repentina compañera de barra si ésta me pillaba in fraganti observando con tanto detenimiento.
Fue entonces cuando oí que me hablaba.
- Buenas noches – dijo con un tono desenfadado
- B… Buenas noches – tartamudeé yo
- ¿Pasa algo malo? – su pregunta me descolocó por completo
- No, ¿Por qué habría de…
- ¿Sabes que es de mala educación no mirar a quien te habla? ¡Y más aún cuando llevas todo el rato mirándome desde ahí! – rió
Completamente bloqueado, sentía cómo se me subían los colores y, lentamente, alcé la mirada para enfrentarme a la directa acusación de la muchacha. Lo que vi aun me ronda por las retinas. Aquella chica, de tez pálida, me miraba con unos ojos grandes cuya intensidad era, cuanto menos, inexplicable, casi sobrenatural. Su sonrisa, pícara sin llegar a ser burlona, transmitía cercanía, familiaridad incluso. Amabilidad en estado puro. Dos leves zarcillos asomaban entre sus mechones de un agradable negro con reflejos rojizos y ambarinos aquí y allá mientras un lazo recogía el resto de su melena en una cola que fluía como un manantial de ónice. Sus manos, pequeñas y finas, se dejaban ver a través de unos guantes de fino encaje adornados con motivos florales nada ostentosos. Aquella visión, junto a cuanto había visto en mi anterior incursión visual, conformaron una estampa difícil de asimilar… imposible de olvidar.
Cuando me recompuse mentalmente apenas logré balbucear:
- Lo… lo siento, no pretendía…
- Tranquilo, no me has ofendido. No vengo mucho por aquí, quizá por eso vosotros los “parroquianos” os extrañáis con una cara nueva – dijo despreocupada.
- No, yo tampoco, no soy un habitual de este sitio. He venido un par de veces, casi siempre con amigos, pero no soy lo que podrías llamar un “parroquiano”.
- Vaya, entonces somos dos extraños en tierras profanas – dijo sonriendo – Y ¿qué bebes, compañero extraño?
- Es una receta de un amigo, no sé si tiene nombre…
- ¿Puedo? – dijo señalando mi copa y, antes de que pudiera asentir, le dio un pequeño sorbo, dejando la marca de su carmín en el borde. – ¡Está muy dulce! Y… ¡Por Dios! – empezó a toser.
- ¡Camarero, un vaso de agua, por favor! – dije apresuradamente mientras veía cómo su pálida piel enrojecía.
Apuró el vaso casi de un solo trago y, mientras se recomponía, me miró y riendo dijo
- Vaya, esto me pasa por no dejar hablar a los demás. Es muy dulce pero ¡Caray cómo pega! Creo que volveré a mi copa – dijo mientras alcanzaba su vaso y bebía un trago.
De nuevo me quedé sin saber qué decir. Su copa consistía en un largo vaso cilíndrico, transparente, que habría parecido vacío de no ser por un detalle. Justo en el centro de un líquido transparente flotaba una esfera de un color rojo intenso. Se me antojó que fuese una gota de sangre que hubiera adoptado la forma de una esfera perfecta. Mi mente comenzó a divagar entonces sobre explicaciones sobrenaturales que le darían sentido, no solamente al cocktail si no también a la irresistible presencia de aquella criatura que se sentaba a mi lado. Más me inquietó aún cuando observé que, incluso al beber, aquella esfera no se movía de su lugar. Ya estaba empezando a pensar que veía visiones cuando, sin más, la chica cogió el rabito de aquella cereza entre sus dedos índice y pulgar y la acercó a sus labios. Fue durante menos de un segundo pero aun recuerdo que aquella perfecta fruta roja, pese a su intensísimo color, palidecía frente a los labios de la muchacha, que la devoró con total naturalidad, como si no se percatase de que acababa de tirar por tierra todos los esfuerzos de la naturaleza por intentar que aquella fruta fuese perfecta con tan solo un gesto de sus delicados dedos y una efímera comparación entre la susodicha cereza y sus labios.
Aun en mi mundo, vi sin ver cómo la chica se levantaba tras pagar la cuenta y se giraba hacia mi
- Bueno, ha sido un ¿placer? – dijo divertida – espero que si coincidimos de nuevo me reveles esa receta y quizá no tenga que temer por mi vida
- ¡C… claro! – alcancé a decir – Si a cambio me explicas lo de la cereza…
- ¡Buenas noches, Richard! – rió antes de salir del local.
- ¡Eh! ¡Espera! ¿Cómo sabes…- salí del bar pero ella había desaparecido.
Empecé a creer que lo había soñado. Debió ser eso, sin darme cuenta habría bebido demasiado deprisa y, junto a la charla de Joseph había estado imaginándome todo aquello. Era una explicación algo cogida por los pelos pero razonable… o lo habría sido de no ser porque, al volver al bar para pagar la cuenta, encontré un trozo de papel que sobresalía debajo de mi vaso. En él, escritos con bella caligrafía, un número de teléfono y un nombre:
María.
- Vaya, esto me pasa por no dejar hablar a los demás. Es muy dulce pero ¡Caray cómo pega! Creo que volveré a mi copa – dijo mientras alcanzaba su vaso y bebía un trago.
De nuevo me quedé sin saber qué decir. Su copa consistía en un largo vaso cilíndrico, transparente, que habría parecido vacío de no ser por un detalle. Justo en el centro de un líquido transparente flotaba una esfera de un color rojo intenso. Se me antojó que fuese una gota de sangre que hubiera adoptado la forma de una esfera perfecta. Mi mente comenzó a divagar entonces sobre explicaciones sobrenaturales que le darían sentido, no solamente al cocktail si no también a la irresistible presencia de aquella criatura que se sentaba a mi lado. Más me inquietó aún cuando observé que, incluso al beber, aquella esfera no se movía de su lugar. Ya estaba empezando a pensar que veía visiones cuando, sin más, la chica cogió el rabito de aquella cereza entre sus dedos índice y pulgar y la acercó a sus labios. Fue durante menos de un segundo pero aun recuerdo que aquella perfecta fruta roja, pese a su intensísimo color, palidecía frente a los labios de la muchacha, que la devoró con total naturalidad, como si no se percatase de que acababa de tirar por tierra todos los esfuerzos de la naturaleza por intentar que aquella fruta fuese perfecta con tan solo un gesto de sus delicados dedos y una efímera comparación entre la susodicha cereza y sus labios.
Aun en mi mundo, vi sin ver cómo la chica se levantaba tras pagar la cuenta y se giraba hacia mi
- Bueno, ha sido un ¿placer? – dijo divertida – espero que si coincidimos de nuevo me reveles esa receta y quizá no tenga que temer por mi vida
- ¡C… claro! – alcancé a decir – Si a cambio me explicas lo de la cereza…
- ¡Buenas noches, Richard! – rió antes de salir del local.
- ¡Eh! ¡Espera! ¿Cómo sabes…- salí del bar pero ella había desaparecido.
Empecé a creer que lo había soñado. Debió ser eso, sin darme cuenta habría bebido demasiado deprisa y, junto a la charla de Joseph había estado imaginándome todo aquello. Era una explicación algo cogida por los pelos pero razonable… o lo habría sido de no ser porque, al volver al bar para pagar la cuenta, encontré un trozo de papel que sobresalía debajo de mi vaso. En él, escritos con bella caligrafía, un número de teléfono y un nombre:
María.
lunes, 21 de enero de 2013
Hoy te vi...
Hoy es uno de esos días en los que la vida te da un susto, así, por las buenas. Uno de esos días en los que, sin previo aviso, pasa algo que le hace a uno pensar. Hoy ha sido uno de esos días para mi y he pensado, sigo pensando y seguramente seguiré pensando mañana y días después. Tal vez no deje de pensar en el día de hoy nunca.
Es curioso cómo a veces todo puede cambiar en cuestión de segundos y cómo algo sumamente pequeño e insignificante puede cambiar las prioridades de una persona hasta el punto de reorganizar su jerarquía cognitiva y reasignar sus prioridades. Es curioso cómo a veces, un simple gesto puede hacer que una mente se quede en blanco y que solo seamos capaces de pensar en una palabra, un nombre, un rostro, una persona... tan curioso como darse cuenta de que esa persona no es quien uno esperaría imaginar en un momento como ese. La vida, en sí, es curiosa y hoy soy considerablemente más consciente de que, además, es tan frágil que puede irse cuando menos lo esperamos.
Tan curiosa es la vida, que hoy, tras salir victorioso de mi tercer examen me he equivocado de calle. Solamente por eso ha sucedido que me he encontrado en el lugar equivocado, en el lugar erróneo y con la persona que no debía. Solo por eso, esa persona ha tenido en su mano, literalmente, el poder de decidir sobre mi vida. Solamente por eso no podré olvidar esas dos caras.
La cara de quien tenía delante y la de quien se me apareció cuando todo se volvió negro y caí al suelo.
Hoy he visto cómo mi existencia ha estado a punto de extinguirse y sin embargo, me he sentido en paz porque he podido verte un instante y aunque no recuerdo qué has dicho, sí sé que ha sido una sorpresa. No esperaba que fueses precisamente tú... pero si lo pienso tiene sentido. Tienes sentido.
Me alegra saber de antemano que, cuando suceda algo que no se quede en un "casi" será a ti a quien vea. Quizá te he querido más de lo que yo mismo habría imaginado.
Es curioso cómo a veces todo puede cambiar en cuestión de segundos y cómo algo sumamente pequeño e insignificante puede cambiar las prioridades de una persona hasta el punto de reorganizar su jerarquía cognitiva y reasignar sus prioridades. Es curioso cómo a veces, un simple gesto puede hacer que una mente se quede en blanco y que solo seamos capaces de pensar en una palabra, un nombre, un rostro, una persona... tan curioso como darse cuenta de que esa persona no es quien uno esperaría imaginar en un momento como ese. La vida, en sí, es curiosa y hoy soy considerablemente más consciente de que, además, es tan frágil que puede irse cuando menos lo esperamos.
Tan curiosa es la vida, que hoy, tras salir victorioso de mi tercer examen me he equivocado de calle. Solamente por eso ha sucedido que me he encontrado en el lugar equivocado, en el lugar erróneo y con la persona que no debía. Solo por eso, esa persona ha tenido en su mano, literalmente, el poder de decidir sobre mi vida. Solamente por eso no podré olvidar esas dos caras.
La cara de quien tenía delante y la de quien se me apareció cuando todo se volvió negro y caí al suelo.
Hoy he visto cómo mi existencia ha estado a punto de extinguirse y sin embargo, me he sentido en paz porque he podido verte un instante y aunque no recuerdo qué has dicho, sí sé que ha sido una sorpresa. No esperaba que fueses precisamente tú... pero si lo pienso tiene sentido. Tienes sentido.
Me alegra saber de antemano que, cuando suceda algo que no se quede en un "casi" será a ti a quien vea. Quizá te he querido más de lo que yo mismo habría imaginado.
sábado, 19 de enero de 2013
Black Ice
Gloria y miseria, la eterna dicotomía en la que se debate la existencia del ser humano quien, en su afán por trascender a una mera existencia terrenal, busca algo más. Y, ¿qué encuentra? Que, al igual que las máquinas, somos binarios. Lo explicaré en el momento adecuado.
Es mi intención ser claro y poco más claro puedo ser que al decir que, pese a todo, las cosas simplemente “son” mientras que nosotros mismos somos quienes las complicamos y facilitamos en función de numerosos parámetros, definidos unas veces, aleatorios en otras ocasiones, pero siempre motivados por la psique y, como es bien sabido, no está ésta libre de condiciones. Reconozco, por tanto, mi implicación en las vicisitudes que otrora pudieren llevar a condicionar de un modo u otro las ideas preclaras de alguien.
No escribo, no obstante, para hablar de ello, si no de ti y, una vez más, me pierdo ante tanto que pudiera decirte, tanto que quisiera decirte… realmente no encuentro las palabras y temo que de tenerte delante, no fuese capaz más que de mirar incrédulo, preguntándome cómo puede una obra de arte como tú existir en este mundo.
Esa piel tan suave que parece tejida con la más fina seda que una araña majestuosa y maestra pudiera hilar como tributo de amor ciego y entregado al puro arte cuya perfección ni tan siquiera puedo acabar de atisbar.
Esos labios que me dejan sin aliento solo al verlos y que me hacen imaginar que, al nacer, un ángel bajó del cielo para bañarlos eternamente con un suave rojo procedente de mil claveles escogidos uno a uno para desmarcarlo del vulgar carmín de las rosas envidiosas que nunca podrían igualarlos en belleza, suavidad y aroma.
Escribo a tus ojos, esos grandes desconocidos tan familiares cuyo tono raya lo divino y cuya hipnótica mirada se clava en el alma como una daga que uno acepta de buen grado. Esos ojos que, al cerrarlos, me hacen ansiar que los abras de nuevo y que, incluso en un parpadeo, me impaciente por verlos una vez más y bañarme en la profundidades insondables a las que me asomo cual explorador al borde de un abismo aterrador a la par que hermoso.
Quiero hacer apología de tu cabello, en el que mis dedos descubrieron que, al acariciarlo, la caricia me era devuelta. Siempre brillante, suave, capaz de jugar con la luz y las sombras y haciéndote cada vez más misteriosa y onírica pero siempre, siempre tú.
No hay en este mundo sensación comparable a la de tus cálidas manos envolviendo las mías. Esa calidez no existe en lugar alguno y juraría que no hace mucho, mientras me aprendía las líneas de tus palmas, pude ver, apenas un segundo, cómo en las mías se quedaban marcadas las sendas que tu dedos recorrían.
De tu nombre poco puedo decir salvo que si no fuese el que es, te seguiría amando igual pero, por si tienes dudas te diré que la respuesta está en quien te devuelve la mirada en el espejo.
Es mi intención ser claro y poco más claro puedo ser que al decir que, pese a todo, las cosas simplemente “son” mientras que nosotros mismos somos quienes las complicamos y facilitamos en función de numerosos parámetros, definidos unas veces, aleatorios en otras ocasiones, pero siempre motivados por la psique y, como es bien sabido, no está ésta libre de condiciones. Reconozco, por tanto, mi implicación en las vicisitudes que otrora pudieren llevar a condicionar de un modo u otro las ideas preclaras de alguien.
No escribo, no obstante, para hablar de ello, si no de ti y, una vez más, me pierdo ante tanto que pudiera decirte, tanto que quisiera decirte… realmente no encuentro las palabras y temo que de tenerte delante, no fuese capaz más que de mirar incrédulo, preguntándome cómo puede una obra de arte como tú existir en este mundo.
Esa piel tan suave que parece tejida con la más fina seda que una araña majestuosa y maestra pudiera hilar como tributo de amor ciego y entregado al puro arte cuya perfección ni tan siquiera puedo acabar de atisbar.
Esos labios que me dejan sin aliento solo al verlos y que me hacen imaginar que, al nacer, un ángel bajó del cielo para bañarlos eternamente con un suave rojo procedente de mil claveles escogidos uno a uno para desmarcarlo del vulgar carmín de las rosas envidiosas que nunca podrían igualarlos en belleza, suavidad y aroma.
Escribo a tus ojos, esos grandes desconocidos tan familiares cuyo tono raya lo divino y cuya hipnótica mirada se clava en el alma como una daga que uno acepta de buen grado. Esos ojos que, al cerrarlos, me hacen ansiar que los abras de nuevo y que, incluso en un parpadeo, me impaciente por verlos una vez más y bañarme en la profundidades insondables a las que me asomo cual explorador al borde de un abismo aterrador a la par que hermoso.
Quiero hacer apología de tu cabello, en el que mis dedos descubrieron que, al acariciarlo, la caricia me era devuelta. Siempre brillante, suave, capaz de jugar con la luz y las sombras y haciéndote cada vez más misteriosa y onírica pero siempre, siempre tú.
No hay en este mundo sensación comparable a la de tus cálidas manos envolviendo las mías. Esa calidez no existe en lugar alguno y juraría que no hace mucho, mientras me aprendía las líneas de tus palmas, pude ver, apenas un segundo, cómo en las mías se quedaban marcadas las sendas que tu dedos recorrían.
De tu nombre poco puedo decir salvo que si no fuese el que es, te seguiría amando igual pero, por si tienes dudas te diré que la respuesta está en quien te devuelve la mirada en el espejo.
Esto es sólo para ti.
viernes, 18 de enero de 2013
Somwhere around nothing
Hace mucho oí una canción, no recuerdo ya de qué hablaba, no recuerdo quién cantaba. Recuerdo solamente la melodía, las notas hiladas como en una preciosa telaraña de sonidos que componían, con el tempo, ambrosía para el alma. Quién compuso tal proeza es ahora un misterio para mi.
Hoy, empero, he vuelto a escucharla. No sé cómo, no sé dónde, pero ha aparecido ante mi cuando he cerrado los ojos y de tus labios han salido esas palabras. Quizá nunca hubo música, quizá fuese tu voz. Quizá fuesen tus labios el instrumento que producía esa melodía y tus palabras la canción. quizá el tempo era perfecto porque al escucharte el propio tiempo se detiene y puedo, nota a nota, notar una leve caricia que dura segundos eternos.
Quizá, mi linda niña, la banda sonora de mi vida tiene nombre y apellidos y unos ojos que no puedo describir con palabras ni colores. Quizá, solamente quizá, esta noche vuelva a ver tus labios hablándome despacito, a escuchar tu voz y recordar por qué eres tan bella.
Eres música
domingo, 13 de enero de 2013
5 Nillets
Esta es una de esas noches
En que inquieto, me desvelo
Cavilando y preguntando
Aun no sé muy bien a quién
Si tras cruzarme con tus ojos
Siquiera éstos me ven.
Algo extraño aquí sucede
Y no sé cómo explicar
Cómo viéndote a diario
No aparezco en tu mirar.
Hay silencio en tus palabras
Una niebla te acompaña
Que te impide vislumbrar
Cómo tu ceguera daña.
Una rosa sin espinas
Que aun así peligros porta
Pues su aroma otrora dulce
De venenos ahora cubre
Cada pétalo de seda.
Cuántas veces habrás de mirar
Cuántas noches aun por velar
Cuántas veces recordar
Cuán cerca te vi pasar.
Duerme
Sueña
Reposa
Mi bella
Tal vez mañana
Al mirarte
Tú me veas.
jueves, 10 de enero de 2013
Lotus Bloom. Part 2: Rage
This is me,
this is all I’ve got, all I am.
U may like
it, u may not, I ain’t no way to really get a hint ‘bout that ‘nswer but know this
one thing ‘cuz, for sure, this is me. Read every word, bury deep inside these
lines ‘cuz no’ne’s gonna say this ‘nymore. This is only mine, no’ne ain’t a fcking
clue what this stuff is all ‘bout.
All the
things u said ‘r’ always in my mind. All the things I said, what I kept and what
I keep from u… dammit nonsense! Wanna say what’s inside with a mouth wide shut.
Gotta keep it ‘side a little box ‘till dunno when. Maybe never gonna have the
guts to say this looking at your fcking beautiful face, the one that’s now
lookin’ at some point I just can curse.
Dammit! Cursed
be! Can’t say what I feel ‘cuz you ain’t gonna listen!
miércoles, 9 de enero de 2013
Honey and clover
In a world made of honey and clover
where nobody can reach us
while we can reach anywhere
is where I live.
In a world
made of honey and clover
being rich is not important if she’s there
being poor is impossible if she’s there
simply being is a blessing.
In a world
made of honey and clover
there’s her breathing in the silence
there’s music in that silence
she is music, poetry… beauty.
In a world
made of honey and clover
carnations grow red and white and yellow and pink
and the sun shine next to me
for it shines in your eyes.
In a world
made of honey
and clover
you were the first
you’ll be the last.
You… her.
where nobody can reach us
while we can reach anywhere
is where I live.
In a world
made of honey and clover
being rich is not important if she’s there
being poor is impossible if she’s there
simply being is a blessing.
In a world
made of honey and clover
there’s her breathing in the silence
there’s music in that silence
she is music, poetry… beauty.
In a world
made of honey and clover
carnations grow red and white and yellow and pink
and the sun shine next to me
for it shines in your eyes.
In a world
made of honey
and clover
you were the first
you’ll be the last.
You… her.
lunes, 7 de enero de 2013
A. A.
Raro. Es quizá la mejor palabra para describir todo esto. Porque es raro estar aquí frente a un teclado y que mientras tanto esta nueva musa esté aquí a mi lado.
Sí, te escribo a ti, a la adorable loca que ahora me acompaña y mientras escribo baila con la música que vomitan mis altavoces. A ti, querida demente, que salturreas de un lado a otro por mi habitación con la gracia de una bailarina y sin tumbar ni una figura, sin mover ni una sola hoja de mis apuntes, casi como si fueses un holograma. Te acercas y ves que escribo sobre ti y no solo no te enfadas, me sonríes y sigues con tu baile, con tus saltos y tu risa y mientras veo cómo tu vestido verde cada vez parece más etéreo, me asaltan las preguntas.
Pero no pregunto nada.
Observo.
Te observo.
Escribo. Acerca de ti, contigo, intentando concentrarme, pero no lo pones fácil, esa risa es contagiosa y me apetece reír. Ahora mismo me acuerdo de cuando entraste por la puerta la primera vez y de nuevo te asomas a ver qué escribo... a veces eres tan payasa. Te ríes otra vez porque te llamo payasa y porque te acuerdas de las risas que echamos aquella mañana, que no fueron pocas y parecía que estábamos locos. Y quizá lo estemos, realmente no se puede estar seguro. De lo que sí estoy seguro es de que me has ayudado a escribir muchas cosas, más de las que publico aquí. Me has dado muy buenas ideas, aunque alguna que otra absurda también se te ha escapado.
Ahora mismo se me ocurren mil cosas que te preguntaría pero sé que quizá no tengas una respuesta o que, si la tienes, no me aclare nada. Es posible que ni siquiera me haga falta una respuesta o que incluso no sepa cuál es la pregunta. Sea como sea, deja de enredar, sabes que luego soy yo el que recoge mientras tú te quedas frita... si no fuera porque cuando duermes pareces salida de un cuento, la ibas a llevar clara.
Lo que aun no termino de entender es cómo lo haces, cómo entras en mi cabeza y sacas ideas que ni yo mismo sabía que tenía. Simplemente te quedas ahí, sin decir nada, haces que me preocupe, te mire y de repente, cuando ya has captado mi intención (tramposa) sueltas, como si nada, sin esfuerzo y como si fuese lo más normal del mundo, algo. Cualquier cosa, incluso lo que puede parecer una memez y que habitualmente lo es. Pero a veces es una mezcla de lo que dices y cómo lo dices lo que hace que sea sencillamente genial, genialmente sencillo y sobre todo, desconcertante. Más que nada porque como he dicho antes, esas ideas parecen sacadas de mi cabeza, como si de algún modo que aun no comprendo ni tú me has explicado, supieras alguna forma de abrirme la cabeza, expandir mi normalmente abotargada psique y coger ideas. Ideas que creí que era demasiado mayor para realizar, ideas que había olvidado casi por completo, ideas al fin y al cabo que mi lado racional había archivado como "irrealizables". Ideas que, al habérmelas devuelto, me hacen sentir que aun soy joven. Y era algo que necesitaba volver a sentir.
Mira, voy a dejarlo por ahora, me estás distrayendo y me está entrando la risa floja, no es serio escribir así para dar las gracias y no quiero que se me vaya la olla diciendo tonteridas. Cuando leas esto y te acuerdes de este momento, acuérdate también de que me dibujaste una sonrisa, de que me inspiraste, de que durante un rato tu vestido verde fue como un prado donde mi cabeza reposó en paz. Acuérdate de que no hicimos ruido, de que aquella pulsera quedó arreglada y de que la próxima vez que te duermas, aprovecharé para escribir, así será más sorpresa. Mientras llega esa próxima parrafada te diré, si me permites, que si esta noche duermo en paz será en parte por tu risa, en parte por reposar mi cabeza en tu vestido verde y recordar lo que poco a poco me vas enseñando.
Danke Schön.
P.d.: me recuerdas a...
Sí, te escribo a ti, a la adorable loca que ahora me acompaña y mientras escribo baila con la música que vomitan mis altavoces. A ti, querida demente, que salturreas de un lado a otro por mi habitación con la gracia de una bailarina y sin tumbar ni una figura, sin mover ni una sola hoja de mis apuntes, casi como si fueses un holograma. Te acercas y ves que escribo sobre ti y no solo no te enfadas, me sonríes y sigues con tu baile, con tus saltos y tu risa y mientras veo cómo tu vestido verde cada vez parece más etéreo, me asaltan las preguntas.
Pero no pregunto nada.
Observo.
Te observo.
Escribo. Acerca de ti, contigo, intentando concentrarme, pero no lo pones fácil, esa risa es contagiosa y me apetece reír. Ahora mismo me acuerdo de cuando entraste por la puerta la primera vez y de nuevo te asomas a ver qué escribo... a veces eres tan payasa. Te ríes otra vez porque te llamo payasa y porque te acuerdas de las risas que echamos aquella mañana, que no fueron pocas y parecía que estábamos locos. Y quizá lo estemos, realmente no se puede estar seguro. De lo que sí estoy seguro es de que me has ayudado a escribir muchas cosas, más de las que publico aquí. Me has dado muy buenas ideas, aunque alguna que otra absurda también se te ha escapado.
Ahora mismo se me ocurren mil cosas que te preguntaría pero sé que quizá no tengas una respuesta o que, si la tienes, no me aclare nada. Es posible que ni siquiera me haga falta una respuesta o que incluso no sepa cuál es la pregunta. Sea como sea, deja de enredar, sabes que luego soy yo el que recoge mientras tú te quedas frita... si no fuera porque cuando duermes pareces salida de un cuento, la ibas a llevar clara.
Lo que aun no termino de entender es cómo lo haces, cómo entras en mi cabeza y sacas ideas que ni yo mismo sabía que tenía. Simplemente te quedas ahí, sin decir nada, haces que me preocupe, te mire y de repente, cuando ya has captado mi intención (tramposa) sueltas, como si nada, sin esfuerzo y como si fuese lo más normal del mundo, algo. Cualquier cosa, incluso lo que puede parecer una memez y que habitualmente lo es. Pero a veces es una mezcla de lo que dices y cómo lo dices lo que hace que sea sencillamente genial, genialmente sencillo y sobre todo, desconcertante. Más que nada porque como he dicho antes, esas ideas parecen sacadas de mi cabeza, como si de algún modo que aun no comprendo ni tú me has explicado, supieras alguna forma de abrirme la cabeza, expandir mi normalmente abotargada psique y coger ideas. Ideas que creí que era demasiado mayor para realizar, ideas que había olvidado casi por completo, ideas al fin y al cabo que mi lado racional había archivado como "irrealizables". Ideas que, al habérmelas devuelto, me hacen sentir que aun soy joven. Y era algo que necesitaba volver a sentir.
Mira, voy a dejarlo por ahora, me estás distrayendo y me está entrando la risa floja, no es serio escribir así para dar las gracias y no quiero que se me vaya la olla diciendo tonteridas. Cuando leas esto y te acuerdes de este momento, acuérdate también de que me dibujaste una sonrisa, de que me inspiraste, de que durante un rato tu vestido verde fue como un prado donde mi cabeza reposó en paz. Acuérdate de que no hicimos ruido, de que aquella pulsera quedó arreglada y de que la próxima vez que te duermas, aprovecharé para escribir, así será más sorpresa. Mientras llega esa próxima parrafada te diré, si me permites, que si esta noche duermo en paz será en parte por tu risa, en parte por reposar mi cabeza en tu vestido verde y recordar lo que poco a poco me vas enseñando.
Danke Schön.
P.d.: me recuerdas a...
jueves, 3 de enero de 2013
Sendepause
Suena la alarma del reloj. Ya ha terminado de enfriarse y mi
deber, como buen cocinero (o al menos intento), es probar el resultado. Casi me
da pena romper esa superficie que parece un espejo. Con cuidado, sujeto el mango
de un cuchillo y asesto unos cuantos golpes que lo resquebrajan. Ahora parece
un parabrisas recién apedreado. Con cuidado cojo uno de los trocitos, pequeño,
tampoco hay que ser mal anfitrión.
Es curioso cómo lo que ahora sujeto antes no estaba ahí. Los
ingredientes separados han dado lugar a algo que existía en potencia pero no en
acto… más vale que deje de disgregar mis pensamientos, ya habrá tiempo para eso
y de sobra por lo que tengo entendido. De nuevo, un par de golpes con el mango
del cuchillo y el trocito se rompe en fragmentos más pequeños, casi polvo y por
no perder más el tiempo, lo recojo con la hoja y todo para adentro. No sé si
pica, escuece, duele… sólo puedo decir que noto como si me quemase y que parece
que lo he hecho bien porque tengo que dejar de escribir porque se me va porque
mdahdli´-
Vale, han pasado 7 horas creo. Ya he vuelto, vaya viaje y
vaya invento. No negaré que tenía miedo porque es la primera vez que he probado
el cristal y encima, hecho por mí pero ahora mismo entiendo por qué me lo encargaban
a mí. Mira que es fácil pero parece que no todo el mundo tiene mano con la
receta.
Aun estoy procesando lo que he visto y sentido, ha sido
sencillamente espectacular. He visto cómo las paredes iba cambiando del
aburrido blanco a colores que no sabría ni nombrar, he escuchado canciones que
conocía como si fuese la primera vez y podría haber corrido por toda la avenida
sin parar porque aunque no he parado de moverme, no sentía cansancio de ningún
tipo. Ahora tengo algo de hambre y me tiembla el pulso aunque, por lo que tengo
entendido, podría ser peor. He leído mucho sobre los efectos de la meta y he
visto esos mismos efectos en otras personas, pero vivirlo es completamente
distinto. A decir verdad, estaba acojonado, he visto cómo la gente se cuelga
con esto y cómo luego van caminando con esos espasmos y luego cuentan cómo
tienen la sensación de que alguien les sigue. Afortunadamente no me ha pasado,
tiemblo un poco pero nada grave, supongo que pasa en la mayoría de primeras
veces. Tampoco me persigue nadie, si no contamos el ruido de las patas de ese
escarabajo que se ha escondido detrás del armario y que de vez en cuando se
asoma para reírse de mí. No es coña, oigo cómo pisotea la madera del armario y cómo
se cachondea de mi por los temblores… veremos si se ríe cuando acabe de
escribir aquí y quite el armario de ahí.
Ánima
El reloj marcaba las 11:45 pero era difícil asociar una hora
a aquella oscuridad perpetua e isotrópica en que estaban envueltos. Por otra
parte, era irónico cómo en la ingravidez se podía tener tal sensación de
pesadez. Uno no logra explicar cómo es posible que, cuando los huesos no pesan
y la sangre y demás fluidos simplemente flotan, se pueda sentir como si una
losa de granito empujase hacia abajo… entre otras cosas porque en tales
condiciones, la losa podría levantarse sin esfuerzo y el concepto de “abajo”
era demasiado relativo como para poder ejercer algún tipo de influencia en tan
desconcertante sensación.
Pese a todo, Cornelius sentía como si pesase una tonelada,
cuando eso significaba mucho allá en su tierra natal que ahora contemplaba
desde aquella ventana. Al otro lado del pasillo, una ventana orientada en
sentido diametralmente opuesto con una precisión milimétrica dejaba ver la
estación que aguardaba su llegada, la bautizada como “Pharaoh IV”.
Fue entonces cuando se perdió en uno de sus habituales
momentos de disyunción racional en los que el hilo de sus pensamientos se volvía
tan excéntrico que incluso él mismo se sorprendía de las vanalidades en que
llegaba a centrar su atención. En aquella ocasión fue el nombre de la estación
lo que desvió sus pensamientos en busca de los motivos que llevaban a poner
aquellos nombres que poco o nada tenían que ver con la forma o función de
aquellas ciclópeas construcciones. Sin ir más lejos, su vehículo se llamaba “Explorer”
y ni tenía forma de explorador (fuera cual fuese la supuesta forma básica de un
explorador) ni tenía como objetivo explorar puesto que era un transporte
programado para seguir una ruta preestablecida y minuciosamente calculada hasta
el último tramo. Si le hubieran preguntado a él, le habría puesto un nombre que
no dejase dudas sobre su forma y su función, como por ejemplo “Transporte
Rosquilla” y la "Pharaoh IV" podría muy bien haber sido denominada “Laboratorio Cilíndrico
IV”.
“Menuda estupidez”.
Así solían terminar sus viajes disociativos, dándose cuenta
de que había estado un rato mirando a la nada, muy probablemente con cara de
lelo y gastando tiempo y energía en darle vueltas a algo que, de puro absurdo,
habría hecho que cualquiera cuestionase su formación y preparación. Cualquiera
salvo, por supuesto, la Comandante Margaret o, como la llamaba cuando no
estaban de servicio, Maggie. Su esposa era quizá la única persona capaz no
solamente de divagar tanto como él si no incluso de plantear cuestiones cuya
aleatoriedad era superada únicamente por su inherente capacidad de captar su atención.
Tanto era así que en cierta ocasión llegaron hasta el punto de reprenderse a sí
mismos y mutuamente por abstraerse hasta tal punto. “Un desperdicio de sinapsis”
llegaron a llamar a aquellos absurdos momentos e hicieron propósito de ayudarse
mutuamente a evitarlo.
Sobra decir que no lo consiguieron y que, además, aquellos
momentos les unieron más al ser un vínculo que, en lo extraño, sabían que nadie
más compartiría o comprendería. Era su peculiaridad de pareja, algo que
solamente ellos dos comprendían y disfrutaban y que les hacía, durante períodos
indeterminados, dejar de ser una pareja de científicos para ser, sencillamente,
una pareja de enamorados que pensaban en idioteces que nadie más se molestaba
en barruntar.
La voz del sistema de megafonía anunció que la llegada a la
estación se estimaba para pasados 15 minutos. Cornelius acababa de pasar dos
horas como si fuesen dos minutos, simplemente pensando en tonterías y en el
hecho de pensar tonterías con Maggie.
Todo el mundo le consideraba un genio. Él pensaba que si
alguien que no fuese su esposa supiera en qué se ocupa su mente en esos
momentos, le tomarían medidas para una camisa de fuerza.
El “Explorer” había rotado durante su ausencia cognitiva y
ahora veía la estación “Pharaoh IV” por la ventanilla ante la que llevaba horas
plantado. Cuando llegase, comenzarían los protocolos de rutina para empezar con
garantías las investigaciones del proyecto “Ánima”.
“Al menos esta vez el nombre del proyecto se parece bastante
a lo que es.” pensó. Al fin y al cabo, se trataba de…
miércoles, 2 de enero de 2013
Neonlicht
No, esto no es un secreto
Sí, quizá no se entienda
No es nada que no se sepa
Sí es, quizás, algo que no he dicho cuanto debiera
No tiene sentido esconderlo
Sí me atrevo a gritarlo
No quiero que se lo lleve el viento
Sí existe
No es una sensación
Sí una certeza
No hay siquiera palabras
No puedo dejar de hablarlo
No se ve aquí escrito
Sí está, pese a todo
Sí lo incluyo a sottovoce
No se sabe exactamente el qué
No puede palparse directamente
Sí está, empero, presente
No tiene nombre
Sí sé cómo llamarlo
No hay nada oculto
No está tampoco a la vista
Sí es simple
No es fácil
No es pequeño
No se oye
No ser ve
No deja de percibirse
No es tan obvio
Sí más de lo que parece
Sí se sabe
No se reconoce
No se dice
No se deja de decir
No se pronuncia
Sí lo incluyo en mis mantras
No es nuevo
Sí hay a quien sorprende
Sí hay quien no lo entiende
No lo he dicho aun
Sí lo estoy diciendo ya
Sí lo he dicho siempre
No todos pueden verlo
Sí puede quien ver quiere
No es un enigma
Sí un gran misterio
Sí un acertijo
No anhelo confusión
Sí una confesión
Sí es fruto del desvelo
Sí, decirlo puedo
Sí, sé que no debo
No me cuesta ya
No me aterra más
Sí he aprendido
No lo he de limitar
No podría
No querría
No lo puedo ni contar
No hay medida con que calcular
No sé cómo decirlo
Sí sé qué decir
No se me escuchará
No habrá silencio aun así
Sí lo diré
Sí lo callaré
No será ignorado
Sí quizá cuestionado
No puede retratarse
Sí es posible contemplarlo
Sí puedo mostrarlo
No tiene letra
Sí se canta
No suena en ningún lado
No hace ruido alguno
Sí enmudece al mundo
No se busca
Sí se encuentra
Sí te encuentra
No se asimila
Sí se acepta
Sí se necesita
Sí se comparte
No se reparte
No existe pro sí solo
Sí en mitades
Sí te lo puedo contar
No deja de crecer
No cesa hasta florecer
No se te podrá negar
No hay explicación
Sí, lo puedes conocer
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