En ocasiones, quizá demasiadas, la
vida es más que una mierda. Hay veces en que se supera a sí misma y
pasa a ser una verdadera malnacida que se empeña en jugar a eso de
que las personas hagan planes para, cuando todo parece ir bien,
recordarles que esa mierda sigue ahí y ahora su hedor es aún peor.
Hoy es una de esas veces.
Porque a veces, como hoy, uno mira en
derredor y parece que todo, aunque por los pelos, empieza a encajar.
Pero entonces algo empieza a oler mal. Entonces y sólo entonces, me
doy cuenta de que lo que parece positivo, es perjudicial. Conviviendo
con mi pareja veo el día a día de cada uno, nuestra vida individual
y conjunta y lo que veo llega a dolerme. Porque duele hacer planes de
futuro cuando no se tiene trabajo pero duele más cuando se consigue
un trabajo y éste te coloca en una situación peor que la que había
siendo desempleado. Duele ver cómo mi chica, cuya sonrisa intento
dibujar de todas las formas que se me ocurren, no tiene fuerzas casi
ni para hablar. Duele ver que puedo contar con los dedos de una mano
las horas que pasamos juntos al cabo del día y duele, como añadido,
pensar que me sobran dedos y vivimos bajo el mismo techo. Duele saber
que hace su trabajo de forma impecable y pese a ello, le llueven
quejas injustificadas y le salpica la ineptitud de otras personas que
solamente buscan hundirla por la envidia que les invade al ver que
una “novata” les da mil vueltas y en lugar de intentar aprender,
hacen lo posible para que la despidan. Duele ver cómo se levanta a
duras penas a horas tan tempranas en las que ni el sol se levantaría
o llega tan tarde que la “hora bruja” queda ridículamente atrás.
Duele terriblemente verla tan agotada que apenas tenga fuerzas para
nada más que descalzarse y caer rendida hasta el día siguiente,
como duele escucharla sufrir por las pesadillas que la atormentan
mientras, en sueños, sigue en su puesto de trabajo, sufriendo por
culpa de las representaciones oníricas de clientes y compañeras.
Duelen sus desvelos, sus cambios de turno, sus treinta días de
trabajo continuado sin siquiera uno solo libre por la organización
inexistente de jefes a los que solamente preocupa que haga caja, su
salud menguante y su ánimo en declive. Duele que, sin darse cuenta,
siga trabajando aún cuando su jornada ha acabado, que su vida se el
trabajo y el trabajo le quite la vida. Duele porque, en pos de
cumplir un sueño, la persona con la que vivo no se acuerda de cómo
es ser esa persona. Duele porque Mar sigue siendo Mar, pero no le
quedan fuerzas para recordar cómo es ser Mar.
Y... ¿qué hago yo?
Poca cosa, me temo. Y es que esta vez
se han juntado tantas cosas que no he podido siquiera afrontarlas de
una en una. Un curso perdido por los mismos problemas que, al final,
me llevaron a pasar el verano en una cama de hospital. No hay manera
de encontrar un trabajo más allá del callejón sin salida en que se
convierte ser comercial a puerta fría y, mientras, mis días se
pasan frente a una pantalla, escuchando, observando, buscando pero,
sobre todo, esperando. Esperando a Mar para darle un abrazo y que me
cuente cómo ha ido el día, las anécdotas, cualquier cosa. Quiero
que llegue para beberme sus palabras y comérmela a besos mientras le
digo que la quiero. Quiero verla sonreír y no me importa hacer el
ridículo o quedar como un pardillo si, a cambio, oigo esa música
que sale de su interior cuando las comisuras de sus labios señalan
al cielo. Quiero darle una buena noticia que nos permita echar a
volar juntos hacia nuestro nido y dejar de ser un lastre, quiero que
pueda apoyarse en mi como yo en ella. Quiero verla feliz y, sin
embargo, todo se me acaba escapando de las manos y veo cómo el
cansancio la derrota, la desazón invade todo su ser y su sonrisa
dura cada vez menos a medida que su voz se apaga entre pocas horas de
sueño y pesadillas que la persiguen hasta en la vigilia. Y es
entonces cuando veo cómo todo se viene encima como quien contempla
un aluda al pie de la montaña y su voz, casi muda, me arroja un
jarro de agua helada que me arranca de mi, hasta ahora, homeostática
existencia mientras las frías gotas se escurren por mi piel
llevándose consigo los sueños que, otrora, vi posibles. Y es que
quizá sea ése, precisamente, el fallo, haber soñado. Quizá debí
haber interpretado lo accidentado de mi carrera como una señal de
que no es mi sino el que yo creía. Quizá no deba ser ese genial
profesor de universidad que, en día de malhumor suspende a un alumno
mientras que en día propicio suspende a toda la clase. Quizá deba
aceptar que, aunque sea “lo mío”, no es “para mí” y que la
esperanza de algún día ser la inspiración de un gran escritor que
aprendió en mi clase, era solamente una quimera. Aceptar que
probablemente mi nombre jamás quedará grabado en lugar alguno más
que en la losa de un nicho y que jamás habrá en una estantería de
biblioteca o librería un libro con mis iniciales en el lomo.
Aceptar, en definitiva, que mi oportunidad de ser grande se escapó o
tal vez nunca existió y deba resignarme al multitudinario anonimato
de la inmensa mayoría de quienes han vivido, viven y vivirán.
Aceptar que, quizá, lo más sensato sea seguir buscando ese trabajo
que me permita, en la medida de lo posible, engordar mi cartera
mientras mi mente se queda “a medio hacer” y mi curiosidad sea
saciada de un modo más bien “amateur” en lugar de perseguir el
que un día, ante mi nombre, aparezca la palabra “Doctor”.
Quizá ése sea el camino y deba
aceptar ese sabor amargo que impone la derrota ante un sueño que aún
no ha sido soñado y ya se ha esfumado.
Quizá lo único dulce que hay ahora
mismo es la plácida expresión de Mar sin pesadillas y la ridícula
cantidad de azúcar que le he puesto al té.

