domingo, 23 de febrero de 2014

Quizá homeostasis, quizá dolor.

En ocasiones, quizá demasiadas, la vida es más que una mierda. Hay veces en que se supera a sí misma y pasa a ser una verdadera malnacida que se empeña en jugar a eso de que las personas hagan planes para, cuando todo parece ir bien, recordarles que esa mierda sigue ahí y ahora su hedor es aún peor.
Hoy es una de esas veces.
Porque a veces, como hoy, uno mira en derredor y parece que todo, aunque por los pelos, empieza a encajar. Pero entonces algo empieza a oler mal. Entonces y sólo entonces, me doy cuenta de que lo que parece positivo, es perjudicial. Conviviendo con mi pareja veo el día a día de cada uno, nuestra vida individual y conjunta y lo que veo llega a dolerme. Porque duele hacer planes de futuro cuando no se tiene trabajo pero duele más cuando se consigue un trabajo y éste te coloca en una situación peor que la que había siendo desempleado. Duele ver cómo mi chica, cuya sonrisa intento dibujar de todas las formas que se me ocurren, no tiene fuerzas casi ni para hablar. Duele ver que puedo contar con los dedos de una mano las horas que pasamos juntos al cabo del día y duele, como añadido, pensar que me sobran dedos y vivimos bajo el mismo techo. Duele saber que hace su trabajo de forma impecable y pese a ello, le llueven quejas injustificadas y le salpica la ineptitud de otras personas que solamente buscan hundirla por la envidia que les invade al ver que una “novata” les da mil vueltas y en lugar de intentar aprender, hacen lo posible para que la despidan. Duele ver cómo se levanta a duras penas a horas tan tempranas en las que ni el sol se levantaría o llega tan tarde que la “hora bruja” queda ridículamente atrás. Duele terriblemente verla tan agotada que apenas tenga fuerzas para nada más que descalzarse y caer rendida hasta el día siguiente, como duele escucharla sufrir por las pesadillas que la atormentan mientras, en sueños, sigue en su puesto de trabajo, sufriendo por culpa de las representaciones oníricas de clientes y compañeras. Duelen sus desvelos, sus cambios de turno, sus treinta días de trabajo continuado sin siquiera uno solo libre por la organización inexistente de jefes a los que solamente preocupa que haga caja, su salud menguante y su ánimo en declive. Duele que, sin darse cuenta, siga trabajando aún cuando su jornada ha acabado, que su vida se el trabajo y el trabajo le quite la vida. Duele porque, en pos de cumplir un sueño, la persona con la que vivo no se acuerda de cómo es ser esa persona. Duele porque Mar sigue siendo Mar, pero no le quedan fuerzas para recordar cómo es ser Mar.
Y... ¿qué hago yo?
Poca cosa, me temo. Y es que esta vez se han juntado tantas cosas que no he podido siquiera afrontarlas de una en una. Un curso perdido por los mismos problemas que, al final, me llevaron a pasar el verano en una cama de hospital. No hay manera de encontrar un trabajo más allá del callejón sin salida en que se convierte ser comercial a puerta fría y, mientras, mis días se pasan frente a una pantalla, escuchando, observando, buscando pero, sobre todo, esperando. Esperando a Mar para darle un abrazo y que me cuente cómo ha ido el día, las anécdotas, cualquier cosa. Quiero que llegue para beberme sus palabras y comérmela a besos mientras le digo que la quiero. Quiero verla sonreír y no me importa hacer el ridículo o quedar como un pardillo si, a cambio, oigo esa música que sale de su interior cuando las comisuras de sus labios señalan al cielo. Quiero darle una buena noticia que nos permita echar a volar juntos hacia nuestro nido y dejar de ser un lastre, quiero que pueda apoyarse en mi como yo en ella. Quiero verla feliz y, sin embargo, todo se me acaba escapando de las manos y veo cómo el cansancio la derrota, la desazón invade todo su ser y su sonrisa dura cada vez menos a medida que su voz se apaga entre pocas horas de sueño y pesadillas que la persiguen hasta en la vigilia. Y es entonces cuando veo cómo todo se viene encima como quien contempla un aluda al pie de la montaña y su voz, casi muda, me arroja un jarro de agua helada que me arranca de mi, hasta ahora, homeostática existencia mientras las frías gotas se escurren por mi piel llevándose consigo los sueños que, otrora, vi posibles. Y es que quizá sea ése, precisamente, el fallo, haber soñado. Quizá debí haber interpretado lo accidentado de mi carrera como una señal de que no es mi sino el que yo creía. Quizá no deba ser ese genial profesor de universidad que, en día de malhumor suspende a un alumno mientras que en día propicio suspende a toda la clase. Quizá deba aceptar que, aunque sea “lo mío”, no es “para mí” y que la esperanza de algún día ser la inspiración de un gran escritor que aprendió en mi clase, era solamente una quimera. Aceptar que probablemente mi nombre jamás quedará grabado en lugar alguno más que en la losa de un nicho y que jamás habrá en una estantería de biblioteca o librería un libro con mis iniciales en el lomo. Aceptar, en definitiva, que mi oportunidad de ser grande se escapó o tal vez nunca existió y deba resignarme al multitudinario anonimato de la inmensa mayoría de quienes han vivido, viven y vivirán. Aceptar que, quizá, lo más sensato sea seguir buscando ese trabajo que me permita, en la medida de lo posible, engordar mi cartera mientras mi mente se queda “a medio hacer” y mi curiosidad sea saciada de un modo más bien “amateur” en lugar de perseguir el que un día, ante mi nombre, aparezca la palabra “Doctor”.
Quizá ése sea el camino y deba aceptar ese sabor amargo que impone la derrota ante un sueño que aún no ha sido soñado y ya se ha esfumado.

Quizá lo único dulce que hay ahora mismo es la plácida expresión de Mar sin pesadillas y la ridícula cantidad de azúcar que le he puesto al té.

sábado, 8 de febrero de 2014

Voiceless Phoenix's Eyes

El día comenzó de una forma algo extraña. Me encontraba en lo que parecía un aparcamiento acompañado por un viejo amigo al que hacía muchos años que no veía y jugábamos con una pelota amarilla y otra verde, del tamaño de una pelota de tenis, mientras manteníamos una conversación que debía ser harto insustancial pues ni siquiera recuerdo de qué trataba. En un momento, la pelota amarilla cayó en un pequeño trozo sin asfaltar cubierto de arena y fui a recogerla para descubrir que la otra se encontraba también allí, semienterrada. Entonces escuché un sonido extraño que provenía de debajo de la arena. No sabría describirlo pero parecía una respiración pesada y una parte de mi quería quedarse a averiguar de qué se trataba mientras mi lado más o menos sensato me encomiaba a que no me quedase a descubrirlo. Volví junto a mi amigo y me propuso ver una película y tomar algo. Mi respuesta fue afirmativa y añadí que, si su hermana se encontraba allí, podía unirse a la velada... nada extraño salvo por el hecho de que él no tenía ninguna hermana. Este detalle no pareció siquiera sorprenderle y se dispuso a prepararlo todo. Yo, por mi parte, me encaminé a un pasillo que se oscurecía a medida que avanzaba y que estaba escasamente iluminado por unos candelabros cuyas llamas carecían de la fuerza necesaria para combatir una oscuridad que casi parecía ser algo físico, palpable, como si se tratase de una neblina lo bastante densa como para que la luz no pudiese atravesarla pero, a la vez, tan ligera que resultaba imperceptible para cualquier sentido que no fuese la vista.
Escuché entonces un sonido como de voces y mi instinto me sugirió que me ocultase. Encontré un desvío hacia mi derecha que daba a unas escaleras y me agazapé a tiempo para no ser visto. Ante mis ojos desfilaba, como si de una procesión se tratase, un grupo de personas irreconocibles cubiertas por largas capas negras, sus rostros ocultos bajo capuchas y entonando un cántico a un volumen suave pero perfectamente audible. Por un momento contemplé la escena incrédulo pero consciente de que no lo estaba imaginando y con la inquietante seguridad de que no sería buena idea dejarme ver. Seguí oculto hasta que aquella congregación pasó de largo a un paso perfectamente sincronizado y, tras un par de minutos de margen, decidí seguir su ruta invadido por la curiosidad. Desde aquella distancia prudencial podía distinguirlos y me embelesó la precisión de su marcha que llegaba a tal punto de parecer una sola persona. Recorrieron el pasillo por el que había ido yo y, en lugar de encontrar el lugar donde me había despedido de mi amigo, llegamos a una gran antesala con una puerta doble en el centro que daba a una estancia que no pude ver en detalle pero que, no obstante, se me antojó enorme. Como pude, me escabullí al lado de la antesala opuesto a la gran puerta y pude contempla una pequeña puerta a la derecha de ésta y, a la izquierda, una pequeña carpa formada por cortinas de un color a medio camino entre el rojo y el púrpura. Entonces, de entre la fila de caminantes, una figura se separó y se dirigió a las cortinas y las abrió ligeramente. Tras unos segundos, se dirigió a la figura que encabezaba la hilera y dijo:
  • Todavía no está lista, tendréis que esperar. Entrad, yo os avisaré.
En silencio, obedecieron y fueron entrando en la sala sin emitir ya sonido alguno. La figura que hacía guardia ante las cortinas no se movió hasta que las puertas se cerraron. Entonces, como apremiada, echó hacia atrás a capucha. Se trataba de una muchacha joven, de cabello corto, apenas sobre los hombros. Se despojó de la túnica y me sorprendió enormemente su indumentaria, reducida a un collar de cuero con púas del que descendían otra dos tiras de cuero que cubrían lo justo antes de unirse a lo que parecía una pieza de ropa interior también de cuero. Calzaba unas botas negras que casi llegaban hasta sus rodillas y piel era increíblemente blanca. Estaba convencido de que la había visto antes, es más, la conocía... Pero, ¿de qué? Se dio la vuelta para abrir las cortinas y vi un tatuaje en su hombro izquierdo, pero no pude distinguirlo desde donde me encontraba. Tenía que acercarme un poco más.
Entonces se escuchó un movimiento tras las cortinas y en ese momento todo se paralizó a mi alrededor. De detrás de aquel dosel apareció otra chica, exactamente igual, idéntica a la primera, con la misma indumentaria, el mismo corte y color de pelo, los mismos ojos y, aunque su expresión era triste y de claro agotamiento, tuve la impresión de que hubieran colocado un espejo junto a la otra chica. Jamás había visto a dos personas tan iguales. Fue tal mi sorpresa que perdí por completo la noción de mí mismo, de dónde estaba y ni siquiera me había dado cuenta de que seguía sin saber qué estaba pasando. Solamente podía pensar en que esas dos chicas eran literalmente idénticas, salvo por el tatuaje que la primera llevaba en el hombro y la segunda lucía en... ¡NO! ¡No podía ser verdad! ¡El mismo tatuaje en la muñeca! Fue tal mi sorpresa que no pude evitar el grito ahogado que acabó por delatarme.
La primera chica me vio y justo cuando se dirigía hacia mi posición, la puerta se abrió de nuevo. Dos hombres de aspecto joven salieron y la miraron con una mirada interrogante. Ella, sin mediar palabra, negó con la cabeza e hizo un ademán señalando a la pequeña puerta de la derecha. De nuevo, en silencio, uno de ellos se adelantó y al abrir la puerta, tiró de una cadena en cuyo extremo se encontraba el otro individuo que, como si de un perro se tratase, le siguió obediente, cerrando la puerta tras de sí. Yo seguía sin entender nada pero no tuve tiempo de pensar. La chica vino hacia mi y me hizo acompañarla. No me obligó, simplemente se acercó y me indicó que la siguiera y yo, sin ser del todo consciente de mis actos, lo hice. Nos acercamos a la otra chica, que no pronunció palabra alguna, y sin previo aviso, la primera de ellas se giró y mirándome fijamente con ojos enfurecidos me habló:
  • Ella está aquí por ti, sé que lo sabes. No debe cruzar esas puertas y para eso estoy yo, pero una vez entre, no podré seguir ayudándola y ahí es donde entras tú. ¿Eres consciente de lo que hiciste?
  • Sí – las palabras salían de mi boca como por arte de magia, como si alguien hablase por mi – sé lo que hice y sé que estuvo mal – mi voz no me obedecía, era como si mi cuerpo recordase algo que me hubiese sido extraído de la memoria – sé que mentí pero yo nunca quise... yo de verdad quería...
  • No me cuentes historias, ella está aquí por tu culpa, porque el agujero que dejaste en su vida jamás pudo cerrarse. Si de verdad la quisiste alguna vez, llévatela de aquí, llévala lejos y mantenla a salvo. ¡AHORA!
Sin dejarme decir nada más, cogió mi mano y me hizo coger la mano de la otra chica y cuando quise darme cuenta, estábamos huyendo. No sabía hacia dónde, no sabía lo que tenía que hacer. Solamente huíamos. Ni siquiera pude mirar atrás un instante y nunca sabré lo que sucedió en aquél lugar tras salir de aquella forma tan precipitada.
Llevábamos caminando lo que se me antojaba una eternidad y yo seguía sin soltar la mano de aquella chica que no podía ser quien yo creía pero que, sin embargo, no podía ser otra persona. Debía haber alguna explicación, debía ser sumamente parecida o quizá ya había olvidado cómo era ella y las confundí porque tuvieran algún rasgo en común... ¡Sí! ¡Debía ser eso!
Justo cuando ese pensamiento vino a mi cabeza, escuché mi nombre y tuve que pararme en seco. Sonó como un susurro, como cuando uno imagina haber oído algo y no es real. Pero no, no lo había imaginado y sí, reconocí la voz, era inconfundible, no podía ser otra persona. Me di la vuelta, todavía sujetando su mano, aquella mano tan familiar, y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal... ¿Cómo podía ser?
  • Rhöbert – repitió con una entonación que solamente ella podía dar a mi nombre – tengo algo muy importante que decirte. Yo...
Justo en ese momento, el inoportuno sonido del despertador me arrancó de aquél lugar y la escena se desvaneció para siempre.

"y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal..."

domingo, 2 de febrero de 2014

Meine nächste Aussterben

Se dice pronto, se vive de una forma extraña, el recuento no es breve y a la vez, en comparación con otras existencias, es ridículamente corto. Casi una década y media sin que el tiempo deje rastro alguno de su paso sobre mi, al menos no en lo aparente. Oigo de vez en cuando murmullos de extrañeza ante un hecho harto infrecuente como ése que, empero, es ,a mis ojos, habitual e incluso lógico en cierto modo. Pocos son los que recuerdan haberme visto como indolente niño y algunos más los que, por contra, reconocen mis rasgos pese al incesante fluir del reloj de la vida. En común tienen el hecho de haber cambiado y en común tienen también la sorpresa de comprobar que, como si de un ser arcano atrapado en un glaciar se tratase, mi aspecto no ha variado. Al margen de detalles como el color o longitud de mi pelo, la presencia o ausencia intermitente de una barba que nunca termina de formarse o la ropa que vista en un determinado momento, nada ha cambiado. No por fuera.
Miro el calendario (o uno de ellos, cada cual cuenta el tiempo según sus cánones) y la treintena (en teoría, la primera) se aproxima inexorablemente y yo, casi sin darme cuenta, no dejo de pensar. Pienso en lo que se ha ido y en lo que está por llegar, en el pasado y en mi pasado, en lo que se sabe y en lo que solamente yo sé, en el futuro y en mi papel en esta era y las que están por llegar. Pero, por más que pienso, no termino de decidir. Barajo algunas posibilidades y cada una requiere que su ejecución sea llevada a cabo en un momento u otro y si bien todas me atraen de forma equitativa, lo que me puede es la curiosidad. Contemplo el mundo a mi alrededor y atisbo su devenir con claridad, la cuestión, no obstante, es la incertidumbre respecto a cómo se alcanzará ese punto de no retorno, la intriga de no saber el nombre de esa persona que apretará el proverbial gatillo. Quién habrá de ser el detonante que prenda la chispa es para mi todavía un misterio y quizá por eso intento posponerlo hasta, al menos, tener candidatos. Alguien desencadenará una serie de acontecimientos que desembocará irremediablemente en algo que estoy impaciente por volver a ver y admito que es emocionante no saber quién puede ser porque es el tipo de sorpresas que a mi me gustan. Las otras dos ocasiones fueron, hablando mal y pronto, la hostia, pero la segunda se fue al traste en el último momento contra todo pronóstico y la tercera se quedó en un mero tira y afloja entre dos idiotas que no terminaron de decidirse. Supongo que tampoco se podía pedir más de aquella floja segunda mitad de siglo.
Ahora, con algunas ideas nuevas, lo único que falta es esa mano inocente que pulse el botón para que todo lo que he ido preparando se haga realidad. Y por eso miro ahora y me doy cuenta de que han sido casi treinta años de idas y venidas, de ajustar esto aquí y allá y de lo más tedioso, que ha sido sin duda el tener que entablar relación con determinadas personas de distintas maneras para que, el última instancia, jueguen el papel que les fue asignado llegado el momento. En serio, algunas veces me daban ganas de arrancarme la cabeza con tal de zafarme de escuchar sandeces tan triviales que ni me hacen gracia ya. Treinta años... que ya sé que no es gran cosa, pero el tiempo sigue pasando al mismo ritmo para mi y aunque se supone que son mis “vacaciones”, he seguido trabajando en mi proyecto personal. Pero bueno, tampoco me quejo, todo marcha sobre ruedas y estoy bastante complacido por cómo se han desarrollado los acontecimientos acorde con mis previsiones y aun me quedan un par de años para encontrar a quien prenda la mecha.

La verdad sea dicha, echo de menos mi antiguo trabajo... y mi uniforme.