domingo, 25 de mayo de 2014

Año 1: Fecho allend Mar.

18 de Mayo de 2013.
Aquél sábado se presentaba como un día más, o casi. Acababa de salir del segundo ingreso hospitalario en menos de un mes y lo único que me apetecía era salir, ver a mi gente y olvidarme de las agujas, los médicos y las pastillas. No me lo pensé ni por un momento cuando un querido amigo mío me invitó a su cumpleaños cuando vino a visitarme al hospital. Iría sí o sí en caso de que me diesen el alta a tiempo. Técnicamente no me la dieron, la pedí voluntariamente y no les quedó otra que soltarme, así que aquella noche saldría.
Por consejo de otro amigo, me vestí de una forma menos “mía” ante la perspectiva de acabar la noche en compañía de unas estudiantes de erasmus que muy probablemente hubiesen vuelto a su país de origen si hubiese lucido mis “galas” habituales. Finalmente no hubo erasmus. En su lugar, hubo una cena agradable con muchas caras conocidas, una sensación de bienestar producida por las risas, el buen ambiente, la considerable distancia hasta el hospital más cercano... y ella.
Me senté en la silla más alejada al cumpleañero (la única disponible) tras acercarme a saludarle y felicitarle con cariño. A mi alrededor, pocas caras conocidas ya que a muchos de los asistentes no les había visto jamás.
Y, entre todos los presentes, ella. Utilicé todo el disimulo que mis conocimientos ninja me permitieron, pero aunque fuese de forma subrepticia y fugaz, procuraba no dejar de mirarla. Aquella melena rojiza, unos increíbles ojos azules, una piel del color del mejor café que jamás he probado, ni pálida ni tostada al sol, una sonrisa increíble y un cuerpo de infarto envuelto en un vestido vaquero que parecía estar hecho exclusivamente para ella porque sabía (y sigo sabiendo) que a nadie de este u otro mundo le quedaría jamás así de bien.
María del Mar.
El resto de la noche fue, cuanto menos, peculiar, caminando por una ciudad atestada de gente que iba de un museo a otro mientras yo charlaba con un amigo sin perder de vista a aquella maravilla que, de vez en cuando, participaba en la conversación, cosa que yo agradecía enormemente. Procuraba no hacerme muchas ilusiones ya que, al fin y al cabo, junto a ella, caminaba su inseparable novio, pero eso no me impedía intentar conocerla un poco. Algo me decía que aquella chica no era una preciosidad solamente por fuera.

22 de Mayo de 2013.
Llevaba cuatro días dándole vueltas. Gracias a mis increíbles dotes de investigación y a que su nombre estaba en el grupo de chat que se creó para acordar los detalles de la cena de cumpleaños, conseguí su teléfono. Lo difícil ni siquiera fue encontrar su perfil en las redes sociales. Lo verdaderamente jodido era buscar una excusa para hablar con ella sin que tuviese la típica impresión de “¿De dónde has sacado mi número de teléfono?” o “A ver si me va a estar acosando” o, peor aún, “Esto... ¿Quién dices que eres?”. Me habría tirado por la ventana, pero siendo un primero, como mucho, me habría roto una pierna y no quería arriesgarme a ser hospitalizado otra vez, así que, tras sopesar rápidamente mis opciones (solamente tardé todo el día), esa noche entablé conversación con ella.
Intercambiamos música, ideas, creo que incluso se rió conmigo (o quizá de mi, que también puede ser). La cuestión es que me sobrevino mi instinto suicida de mis años bárbaros de juventud y se me ocurrió proponerle, como el que no quiere la cosa, quedar al día siguiente para tomar un café. Mientras esperaba su respuesta, una voz en mi cabeza (una de tantas), la bipolar, me decía “¡Con dos cojones!” y después “Te falta un cromosoma, ¿verdad?”, seguido de “De perdidos al río, pero eres más tonto que una piedra...” y demás genialidades que no me apetece detallar. El caso es que pasaron 3 horas hasta que me dio una respuesta (en realidad contestó enseguida, ni un minuto tardó, pero joder, se me hizo eterno). Al parecer, tenía que cuidar de una entidad a la que ella llamaba “sobrino” (MIERDA), pero (HAY UN “PERO”) intentaría que su madre se quedase con él y así poder quedar conmigo. Ni que decir tiene que aun lo flipo.

23 de Mayo de 2013.
Tenía mil cosas que hacer antes de salir de casa aquella mañana y a ella no la vería hasta poco después del mediodía. Lo único que me apetecía era manipular el tejido espacio-tiempo para que, al salir de mi habitación, fuesen las dos y media y estuviese en la puerta de mi facultad, esperando que llegase. Sin embargo, no lo hice porque ya sabéis lo que pasa cuando se juega con las leyes de la física y, por mucho que sean idea mía, están ahí para algo. Me pasé gran parte de la mañana escribiendo mientras tomaba un café y esperaba que llegase un buen amigo que tuvo a bien quedar
conmigo mientras hacía tiempo antes de coger el autobús para llegar al campus. Él no dijo nada, pero creo que vio perfectamente que estaba de los nervios y no era por el café ni por haber pasado toda la noche en vela.
Llegó la hora y ni siquiera sé si fue puntual. Tampoco me importó. En aquellos momentos, solamente me preocupaba de no perderme ni un detalle de lo que decía, de cómo lo decía y, por mi parte, de aplicar un principio básico y muy sencillo pero que, sin embargo, había tardado mucho en aprender a costa de mucho sufrimiento (propio y ajeno): sería sincero en todo momento. Para mi sorpresa, esa sinceridad, lejos de hacerla huir por los tejados, parecía hacer que lo que le contaba sobre mi vida pasada y presente le interesase.
Aquella tarde hubo lágrimas, risas, paseos, anécdotas y toda una serie de sutiles indirectas que ella soltaba como el que no quiere la cosa, sin que yo me diese ni cuenta, algo raro porque normalmente las pillo al vuelo (NO). Lamentablemente, tenía que marcharme a una revisión médica (maldita la hora, dicho sea de paso, en que tuve que cambiar su compañía por la de un imbécil con bata que habiéndome visto la semana anterior, ni se acordaba de por qué iba a su consulta y que era más feo que un frigorífico con detrás y más inútil que una inanimada barra de carbono). Sucedió, empero, que antes de despedirme, le di un abrazo y me vi incapaz de soltarla. Lo sorprendente fue que, al parecer, ella tampoco podía o quería soltarme a mi. Aquella noche volvimos a escribirnos. Nos veríamos ese domingo.
Sin embargo, separarme de aquél abrazo es de lo único que me arrepentí aquella tarde... y aún hoy en día.

25 de Mayo de 2013.
La cosa se torció. Fiebre alta y una abuela paranoica me condujeron de cabeza al hospital por tercera vez en menos de un mes. A la mierda la película del domingo en compañía de aquella chica salida de un sueño. Al menos, antes de salir, pude enviarle un mensaje y contarle lo que sucedía. Jamás me habría esperado su respuesta: “Iré a verte” dijo. Esa misma tarde, apareció, bonita como ella sola mientras yo, con mi elegante atuendo de hospital con gotero incluido, seguía intentando procesar lo que estaba viendo y, para qué negarlo, dándole vueltas al abrazo de dos días atrás. Quería hablar con ella a solas y salimos de la habitación. Nada más cerrar la puerta, por puro instinto, la besé.


25 de Mayo de 2014.
Ha pasado todo un año desde aquél momento. Cuatro estaciones en las que han sucedido muchas cosas, buenas y malas pero cuyo denominador común es el hecho de que, desde aquél beso, no nos hemos separado. Hoy cumplo un año con Mar y por eso, estas palabras que siguen son para ella. Para ti.
Lo primero es darte las gracias. Digas lo que digas, te estoy agradecido y no es para menos. Llevas todo un año soportándome y, sobre todo, cuidándome. Tu apoyo me ha sacado adelante en momentos en los que, si no hubieses estado, me habría rendido. Me has visto en mis peores momentos, cuando era más tubos que persona, cuando ni siquiera podía tenerme en pie y se me presentaba un futuro complicado, por decirlo amablemente. Me has cogido la mano cuando he sufrido y cuando he reído y has recorrido literalmente centenares de kilómetros para asegurarte de que nuestras manos no se soltasen nunca más por lejos que tuviese que ir. Me has enseñado mucho y me has permitido enseñarte un poco de lo poco que yo sé. Cada día me dibujas una sonrisa en algún momento del día y cada día eres tú lo primero y lo último que veo. Con tu ayuda, nuestro pequeño Ernest crece con todo el cariño del mundo (y mis enseñanzas ninja).
No sé qué puedo decir que no te haya dicho ya en este año, salvo que te quiero, que te quiero con locura y que siento ser pesado pero no quiero que pase un solo día sin que sonrías como aquella noche en que me aprendí tus ojos de memoria. No te diré que te bajaría la luna por todo el tema de las mareas y que tenemos un gato capaz de usarla como ovillo, pero sí te diré que, desde aquella noche, el cielo ya no es tan oscuro cuando el sol se esconde ni el día me ciega tanto cuando la luna duerme. Creo que, sin saberlo, aquella noche encontré mi término medio, mi equilibrio y, sobre todo, te encontré a ti.
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Pese a lo que parezca, lo que sí es cierto es que antes de darme cuenta estaré escribiendo un texto parecido a este y el contador de los años habrá subido porque sé que no cometeré el mismo error que aquélla tarde en la que te solté de aquél abrazo que intento compensar abrazándote cada día, cada noche y, en mi corazón, a cada instante hasta más allá de lo que se comprende como el tiempo.
Gracias, Mar, por este primer año y por los que están por llegar.
Te quiero, princesa.





domingo, 11 de mayo de 2014

Mojón del Manga

Hoy estoy compungido, alicaído, pusilánime incluso. En pocas palabras, de bajón.
El motivo no es otro que la visita que realicé ayer al basurípido “Salón del Manga” de Cartagena. Partiendo de la base de que llegué con poco tiempo, apenas una hora de visita antes del cierre, lo que vi allí fue más que suficiente, demasiado diría incluso, para que esa hora contribuyese a formarme la opinión que me dispongo a exponer y que ojalá sirva para que esta mierda deje de serlo el staff del evento y/o sus participantes se esmeren un poco más.
Representación del evento:
una aterciopelada mierda para todos.


Lo primero que quiero señalar es que me molestó soberanamente (y sé que a muchos más como yo) lo lamentable que fue la organización de algo que, en principio, se iba a celebrar durante la primera quincena de Abril y que, el mismo día que se suponía que comenzaba, se aplazó hasta este fin de semana de Mayo. Desde ese momento ya empezó a olerme mal el asunto, leyendo numerosos comentarios de entusiastas que, contando con esa primera fecha, habían organizado viajes, tanto particulares como de grupos numerosos llegando a alquilar autobuses para desplazarse hasta la ciudad portuaria. Sobra decir que la crispación de esos grupos fue inimaginable y que el gasto que realizaron cayó en saco roto. Lo peor es que ni siquiera se les ofreció una solución, una explicación, ni siquiera un sencillo sacrificio de vírgenes, como mandan las buenas costumbres.

En segundo lugar, tuve conocimiento de que se celebraba el evento a través de un buen amigo que acudió a comprar su entrada anticipada un par de días antes. El precio de la misma, 4,5€ me resultó cuanto menos elevado para un evento de estas características. Me explico: la primera vez que fui a un “Salón del Manga”, fue en Jerez (Cádiz) y la entrada era gratuita. Lo que vi allí me dejó boquiabierto y ya no solamente por la cantidad de puestos con todo tipo de merchandising y demás, si no porque el lugar era enorme y al margen de las compras compulsivas típicas del fanatismo que este mundillo ejerce entre sus seguidores (entre los que me incluyo), se podía disfrutar de proyecciones, talleres bien organizados, degustaciones gratuitas de auténticas delicias del país del sol naciente, charlas e incluso conferencias de autores de renombre y firmas de ejemplares. Sin ir más lejos, me llevé dos ilustraciones firmadas por Luis Royo, que estaba en su stand charlando con los que se animaban a acercarse. Al año siguiente volví y el precio de la entrada era simbólico de un Euro y la calidad, lejos de decaer en pos de un intento de sacar el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo e inversión posibles, no sólo se mantuvo si no que aumentó considerablemente. Unos años después, visité el que se celebró en Murcia (el primero que se celebraba) y de nuevo, un Euro simbólico para la entrada y una experiencia sumamente satisfactoria, tanto por el propio evento como por el ambiente que ayudaban a crear participantes y staff a partes iguales.

Con todo esto en mente, el pasado año visité el “Primer Salón Manga de Cartagena” y, sinceramente, salí desencantado. Escasa organización, el lugar elegido era, cuanto menos, angosto para un evento como este, los talleres comenzaban tarde (o, directamente, no comenzaban) y preguntarle a algún miembro de la organización equivalía a: una mirada por encima del hombro + contestación de mala gana + resoplidos de resignación + contemplar cómo se pasaban la bola de unos a otros para no tener que desplazarse + desinterés total y absoluto. Ni rastro de la ilusión que se presupone para la primera edición de un evento como este. Lo que sí había, en abundancia además, eran puestos con ingentes cantidades de todo tipo de artículos relacionados con este hobby. Es más, parecía ser lo único que había ya que las zonas de talleres y demás estaban prácticamente vacías mientras la gente se amontonaba en los diferentes stands con esa mezcla de expectación y avaricia que caracteriza (y de nuevo me incluyo aquí) a la juventud deseosa de encontrar algo, una pieza para su colección otaku de su serie favorita, el juego del momento o incluso descubrir algo nuevo. Asaz complicada tarea, si se me permite el comentario, en gran medida debido a unos precios que distan mucho de ser razonables si tenemos en cuenta la edad media de los participantes y más aún si los contrastamos con el artículo en sí mismo. Muchas veces se paga por el nombre que llevan, no por la calidad y/o fidelidad del producto respecto a lo que representan (o pretenden representar).
Tras esta experiencia, mi sensación era de inquietante confusión, pues la idea era buena a priori mas la ejecución dejó en mi retina bastantes cabos sueltos.

Ahora viene la GRAN mierda de ayer siguiente parte.

Ayer, día 10 de de Mayo de 2014, sin tenerlo previsto, visité el “Segundo Salón Manga de Cartagena”. Iba ya un poco intranquilo debido a que un conocido lo visitó por la mañana y en apenas 2 horas había ido y vuelto desde Murcia, trayendo consigo una opinión agridulce.
Primera señal.
Nada más llegar, quedaba apenas una hora y media para el cierre. No era un factor determinante puesto que, desafortunadamente para mi, los talleres que me interesaban ya se habían realizado (o incluso aplazado/cancelado según me contaron) con lo que disponía de 90 minutos para visitar los puestos, empaparme del ambiente y quizá llevarme algún recuerdo. Pasamos por taquilla y la vendedora se nos quedó mirando extrañados a mi chica y a mi. No dijo nada, pero en su cara se veía que, para el poco tiempo que quedaba, pagar una entrada completa era poco menos que absurdo (y yo opino igual) pero aun así no tuvo ningún reparo en cobrarme los diez Euros (mi entrada y la de mi chica).
Segunda señal.
No habíamos terminado de pagar cuando un buen amigo mío (con un curradísimo cosplay de Trafalgar Law que le quedaba como un guante) se cruzó con nosotros en la entrada y nos dijo lo que la vendedora no tuvo la honradez de decirnos, que pagar la entrada para tan poco tiempo no merecía la pena.
Tercera señal.
Una vez pagada la entrada, comenzó el despropósito. Lo primero que me sorprendió fue el desinterés de la organización cuando, nada más sellar las entradas, un chico con la camiseta del staff nos pidió amablemente que esperásemos un momento. Llamó a una compañera suya y le pidió que nos guiase. La chica nos miró y comenzó a caminar mientras el chico, con una sonrisa, nos indició que la siguiéramos. Nos cruzamos con un grupo de 4 o 5 personas y la chica desapareció para siempre entre las profundidades del abismo, engullida por una efímera pero trágica anomalía espacio-temporal, devorada por Pitufos invisibles o asesinada por un Furby ninja, porque no encuentro otra explicación a la forma en que desapareció. Abandonados a nuestra poca y mala suerte, mi chica y yo nos adentramos a la zona de puestos que, pese a ser al aire libre, desprendía el característico olor a chotuno aroma de las concentraciones humanas en lugares pequeños. Inexplicable, pero oye, ahí estaba, como muchas otras cosas vergonzosas igualmente inexplicables, a saber:

- ausencia total del 90% de lo que se anunciaba en el folleto (numerosos comentarios de asistentes acerca de actividades canceladas o que nada tenían que ver con lo que se anunciaba).

- merchandising absurdamente caro y con ingentes cantidades de material defectuoso, de imitación y/o de escasa y dudosísima calidad.

- zona de comidas con precios abusivos, capaces de cobrar dos Euros por un supuesto plato de ramen y que resultaba ser un simple paquete de fideos que se puede encontrar a escasos 60 céntimos en cualquier supermercado.

Al margen de estos detalles, (ir)responsabilidad de una (des)organización que no parecía tener reparo en dejar patente que su meta era embolsarse cuanto más mejor, hubo también algunos detalles que, francamente, no me podía esperar encontrar y que venían de los propios asistentes. Por un lado, el ambiente, cargado ya no solamente por el perfume Eau de Sobac que flotaba en el aire, si no por las miradas por encima del hombro que lanzaban quienes iban caracterizados a quienes íbamos “de calle” y que no fue solamente una sensación mía ya que vi a muchas personas siendo objeto de miradas y risitas maliciosas, cortesía de quienes lucían un cosplay u otro y aunque no se pueda aplicar a todos, sí comprobé que era una tónica dominante. Me molestó (y confieso que dolió) ya que parecía que el evento se estaba sesgando en dos “clases”, como si los que iban disfrazados tuviesen un “status social” más elevado que quienes no podían o querían ir caracterizados, sobre todo porque, como otaku, sé lo que es que la “gente normal” discrimine a quienes tenemos unos gustos distintos y comprobar que dentro de este mundillo parece haber estamentos sociales como los que tanto nos desagradan y de los que muchas veces se nos excluye, no es plato del agrado de nadie. Creo.
Por otra parte, el consumismo del que se hizo gala me decepcionó sobremanera. Compras, compras y más compras. Pero, ¿qué hay de la esencia del evento? En ningún sitio encontré grupos de gente charlando sobre manga o anime y, los pocos grupos que veía, eran pequeños ecosistemas cerrados de antemano (premades, que se les llamaría) cuyos integrantes y sus opiniones se conocían de sobra, cerrando toda posibilidad de debate interno y mucho menos externo, y es que si las miradas matasen, habría que llevar un chaleco antibalas porque estos grupos de personas que tanto rechazo han sufrido en su vida por sus gustos, rechazaban a los “extraños” que pudieran querer (si es que alguien quisiera) acercarse. Por si fuera poco, favoritismos a la hora de disfrutar de diversas actividades (creo que aún hay cola para las partidas de ayer en la zona de consolas) numerosas irregularidades que, al parecer, sucedieron en algunos torneos con resultados más sospechosos que una choni leyendo un libro de física cuántica...
Pero, por encima de todo, un detalle del que nadie habló y que me caló muy hondo. Muchas sonrisas y diversión durante el evento, el recinto era un hervidero de alegría aparente que, sin embargo, se convertía en otra cosa al salir. Y es que era demasiado poco sutil ver cómo las mismas personas que unos metros atrás estaban divirtiéndose, al salir del recinto, ponían a parir (y esto no lo tacho) la organización deficiente, el incómodo recinto, el desdén del staff,los precios abusivos de las baratas imitaciones que se vendían como si fuesen de oro y, en definitiva, el evento en sí mismo. Quizá un alarde de hipocresía o un prudente silencio por vergüenza ajena, como la que no tuvieron a la hora de montar este puesto de mercadillo con precio de entrada, pero la cuestión es que las aparentes buenas vibraciones se destapaban como un descontento general de los participantes que abandonaban el recinto con más comentarios negativos que positivos. Muchos pensarán que soy genial, borde, un tío guay y que estoy más bueno que un bocadillo de jamón serrano un tanto exigente, que es el segundo año que se celebra y la inexperiencia y demás gilipolleces la falta de medios pueden justificar este timo esto o aquello, pero me remito a lo que antes mencioné sobre la primera edición del evento en Murcia, que estuvo a la altura y que demuestra cuándo hay ganas de hacer algo bien y cuándo sencillamente se intenta sacar tajada.

No todo fue malo, por mucho que parezca (y que conste que no es sólo que lo parezca) que acabé hasta los huevos de esta puta mierda cutre y absurda, porque al menos pude ver un par de cosas que me sacaron una sonrisa, como comprobar que el manga es un hobby que no entiende de edades, detalle del que me percaté al contemplar un muy trabajado cosplay de Monkey D. Luffy que lucía un señor que seguramente dejó atrás los 40 hace varios años y, por otra parte una costumbre que parece ya endémica de estos eventos, el ver vestidos preciosos y disfraces de personajes femeninos impresionantes... siendo exhibidos por las chicas a las que menos lucen dichos atuendos.

Sin ánimo de ofender (más) dejo mi opinión sin dejarme llevar por lo personal (venga, ya os podéis reír de eso) y, si alguien quiere preguntar y/o comentar su experiencia particular en esta basura sacacuartos este evento, podéis escribir libremente que ya me encargaré yo de mandaros a la mierda si no estáis de acuerdo conmigo, que para eso estamos en una democracia y se hace lo que yo diga.

Al próximo va a ir tu puta madre menos gente.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Trébol de esmeralda.


Verdes, así eran. De un color que jamás he vuelto a ver y que sé que jamás volverá a existir. Así eran sus ojos, así los vi cuando la conocí y con ese brillo me enamoré. No encuentro todavía forma de explicar lo irreal del verdor de aquellos ojitos que me miraron y se hicieron un hueco en mi alma para siempre. Imposible de explicar la forma en que, sin palabras, nos dijimos en un solo instante que queríamos estar juntos. Y así fue.
Ocho años hace desde que la conocí y ni un solo día ha pasado desde entonces sin que estuviese en mis pensamientos y hoy escribo algo que he intentado evitar desde que me dijo adiós hace apenas dos meses. Hoy, por segunda vez, la he sostenido sin vida entre mis brazos y, como sucediera la primera vez, no era ella y aun así, no podía más que verla a ella. Hoy, sin siquiera un mes de vida, he tenido en mis manos a mi pequeña y de nuevo he sentido lo que es que una lágrima grite por mí.

Y se llamaría Clover.

Recuerdo aquella mañana, caminando con mi padre hacia la tienda, cuando una vecina sacaba a pasear a su perro y, de repente, se agachaba y de entre sus manos, salía una pequeña bola negra. Nos acercamos a saludar y allí, apenas a la altura de mi tobillo, vimos a aquella criaturita minúscula con sus enormes ojos verdes mirando a todas partes y, de repente, me miró. En ese momento el mundo desapareció y yo la miré. Sin saber siquiera que lo estaba haciendo, sonreí y a día de hoy sigo creyendo que, de alguna forma, ella me sonrió. Cuando recuperé un poco mi sitio en el mundo, iba caminando con mi padre hacia la tienda y una pequeña bolita negra caminaba torpemente dando pequeños saltos junto a mis pies. Tras ocho años sigo sin ser capaz de decir quién de los dos estaba más contento de estar junto al otro. Según me contó mi padre, mientras yo estaba a saber dónde mirando fijamente a aquella preciosidad, su “dueña” le explicó no sé qué historia y, al parecer, estaba buscando quien la cuidase cuando, casualmente, nos cruzamos con ella. La verdad de todo aquello es que aquella inconsciente había comprado a aquella gatita apenas dos semanas después que a su perro, un cachorro juguetón pero muy poco delicado y, al no poder (o no querer) hacerse cargo de los dos, esa misma mañana había decidido abandonarla mientras sacaba a pasear al perro y poner como excusa que se había escapado o perdido. Nunca he creído en las casualidades.
La cara de mi madre fue un poema, pero me daba igual. Aquella gatita estaba conmigo. Nunca la consideré “mía” y siempre, a quien me preguntaba, le hablaba de ella como “mi amiga” o “mi protegida”. Debo confesar que tardé bastante en decidir su nombre y no lo elegí yo solo por lo que aprovecho para dar las gracias a quien me ayudó (si lo lees, gracias por la idea), pero desde que empezó a escucharlo, pareció identificarse con él, como si supiera que el trébol que daba color a sus ojos le daba, a su vez, una identidad. No fueron pocas las veces en que oía llamar a Clover y me confundía con mi nombre, sobre todo al principio. Todavía se me dibuja una sonrisa cuando recuerdo cómo dormía. Siempre conmigo, hecha un ovillo en mi pecho al principio de la noche y poco a poco subiendo hasta convertirse en una bufanda rodeándome el cuello y, a veces, haciéndose un hueco en la almohada delante de mi cara, como si mi respiración le ayudase a dormir. Por las mañanas, temprano, se despertaba y me daba golecitos con su patita para despertarme y que la llevase a desayunar y, si se me ocurría remolonear, los golpecitos se hacían más insistentes hasta que sacaba las uñas y tenía que despertarme sí o sí. Mientras me tomaba una infusión ella bebía de su cuenco de leche y, de vez en cuando, me miraba y se relamía. No hay palabras para explicar la sensación que me producía un gesto tan simple y, a la vez, tan profundo.
Más tarde, ese mismo año, me marcharía a estudiar fuera y separarme de ella me dolió más de lo que me atreví a admitir. Sin embargo, en las visitas que hacía a casa de mis padres, lo primero que hacía tras dejar las maletas era ir a buscarla y abrazarla y ella, como si nunca me hubiera ido, seguía siendo la misma. Mis padres y mi hermana me decían que era muy arisca y a veces incluso agresiva con ellos y los demás animales, pero conmigo siempre fue dulce y cariñosa. Siempre.
Hace unos años tuve un encuentro con un gato callejero idéntico a ella, salvo que era macho y aunque jamás hubo un contacto ni remotamente parecido, algunos días le llevaba algo de comer y al volver a pasar encontraba el lugar vacío de todo rastro de comida salvo porque en algunas ocasiones le pude ver terminando los últimos bocados. No era lo mismo, pero le cogí aprecio y por eso me dolió aquella noche en que le vi tendido en mitad de la calle, atropellado por algún indeseable que pasó por allí a más velocidad de la razonable en una calle tan estrecha. Me quedé helado. Por un momento vi a Clover allí tendida y algo se removió dentro de mí y, sin pensarlo ni saber muy bien lo que hacía, le cogí en brazos y caminé con su cuerpo sin vida hasta que encontré un lugar donde pudiera descansar en paz. No sé si hice bien, no sé si logré darle una despedida digna, pero en ese momento solamente podía pensar en que no podía dejarle allí, a merced de a saber quién o qué. Esa noche, por primera vez, Clover murió en mis brazos.
Hace dos meses recibí una llamada, era mi hermana con noticias sobre Clover. Había perdido mucho peso y no sabían qué le sucedía, la llevarían al veterinario para hacerle pruebas. Una semana después, tras hablar a diario para saber de mi pequeña, volví a coger el teléfono, estaban en el veterinario. Según los análisis, Clover tenía un recuento inusualmente alto de células afectadas por lo que parecía ser un tipo de leucemia. Había sido todo muy rápido, apenas unos meses antes había estado con ella en casa de mis padres y, sin más, mi hermana me pasó a mi padre al teléfono quien me dijo que lo sentía mucho... y colgó.
Unos días después, me llamó de nuevo para preguntarme como estaba y ni recuerdo lo que le dije. Lo único que recuerdo es que algo en mí se rompió y quizá por eso no me atrevía a escribir estas líneas. No quería creerlo, no podía, no era lo bastante fuerte. Y sigo sin serlo.
Hoy, uno de los gatitos que tuvo Shara, la gata de Mar, hace menos de un mes, ha muerto y mi primera reacción ha sido la misma que hace unos años. Al tenerlo entre mis brazos he visto a Clover cuando la conocí y las lágrimas que no pude derramar hace dos meses hoy se han escapado de mis ojos, incrédulos ante lo que estaba viendo. Esta misma tarde habíamos estado jugando con ellos y el pequeñín negro de ojos curiosos se quedó dormido en mi pecho como otrora hiciese mi pequeña. Lo último que hice, antes de que pasase todo, fue mirarle a los ojos y vi, entre el color grisáceo de los ojos de un gato que aún no los ha abierto del todo, un pequeño brillo verdoso tan dulce como familiar. Lo poco que quedaba en mi capaz de sobrellevarlo se ha venido abajo y lo único que puedo hacer es escribir estas líneas y llorar.
Porque hoy, por segunda vez, Clover ha muerto entre mis brazos.

Siempre te querré, mi pequeña, mi amiga, mí protegida… mi Clover.