La tarde se deslizaba perezosa y Clara ya había perdido la cuenta de cuánto llevaba mirando aquella línea incompleta en el papel. Aquella frase inacabada que ya había encontrado un primer escollo difícil de superar cuando divagó durante quince minutos hasta decidirse por el nombre del que sería el protagonista de su historia. Otra más de tantas aventuras que comenzaba y dejaba sin acabar. Nada nuevo bajo el sol, como suele decirse y el sol, precisamente, parecía haberse puesto de acuerdo con las distracciones habituales para impedir que la joven pudiera seguir escribiendo. Cada pensamiento parecía consumir más energías de la cuenta y el calor causaba que cada letra costase más esfuerzo que la anterior. Completar una sola palabra se convertía en un portento que parecía fuera del alcance de sus manos. Poco a poco notaba que su caligrafía se volvía más torpe, brusca y sí, también vulgar, y si de algo presumía Clara (al menos en voz alta) era de lo agradable que resultaba su letra manuscrita. Y no era sin razón. Podía tolerar perder el tiempo con detalles banales, bloquearse a mitad de una frase, escribir situaciones o personajes estereotipados, recurrir a tópicos adrede o de forma inconsciente; lo que sin embargo no podía pasar por alto era que su deliciosa caligrafía perdiese un ápice de su delicadeza.
Le costó, pero comprendió que debía tomar medidas: estaba dispuesta a mover el culo de su silla para ir a por un vaso de agua y evitar lo que seguramente sería una ridícula muerte por exceso de calor. Quizá exageraba un poco pero si ella misma no se ponía entre la espada y la pared era capaz de dejarse llevar por la pereza terminando posiblemente inconsciente por la deshidratación. Por suerte, el sendero hasta la nevera estaba despejado, no había rastro de ningún obstáculo que requiriese terribles medidas de emergencia como dar dos pasos de más o, incluso, recoger algún objeto. Cuando abrió la nevera, una suave bofetada de aire frío le hizo abrir los ojos durante un brevísimo instante antes de cerrarlos y respirar como si acabase de salir del agua.
La sensación del agua fría era algo que le encantaba, es más, le parecía algo divertido. En la mano, el vaso frío era como cualquier otro objeto frío, no tenía nada de especial. Al sentir el agua ya en los labios le sucedía que, por instinto, tenía el impulso de cerrarlos para no dejarla pasar, como si su cerebro no quisiera que se arriesgase con los cambios bruscos de temperatura. Una vez superado ese reflejo, el recorrido de aquella helada masa sin forma bajaba por su garganta y parecía despertarla de un largo sueño hasta que la sensación se perdía en un punto sin determinar. Para cualquier persona esa sensación es lo más corriente pero para Clara beber un vaso de agua fría en el momento adecuado era pura magia.
Pero la magia acababa rompiéndose siempre tarde o temprano y la sensación del agua empezaba a desvanecerse. También se había mitigado en gran medida aquella sensación de pesar una tonelada y casi podría decirse que había recuperado las fuerzas. Sin embargo, recordar de golpe lo que tenía a medias contrarrestó casi por completo aquella incipiente euforia. En ese momento lo vio un poco más claro. Comprendió que llevaba demasiado tiempo allí y no podría escribir algo grande si su mente se encontraba en un lugar tan pequeño.
Lo había decidido, iba a salir.
Cuando ya estaba todo listo se aseguró de dejar la ventana entreabierta para que el aire fresco que empezaba a levantarse pudiera entrar en su habitación. Las horas de aquella tarde de verano seguirían avanzando perezosamente pero Clara ya tenía la cabeza en otra parte. Sólo tenía que asegurarse de que su padre no la pillase como aquella otra vez así que tomó todas las medidas para no hacer ruido y que no hubiera nadie a la vista. Sabía que la magia acabaría por romperse tarde o temprano cuando regresase, pero tenía que hacerlo si quería escribir algo tan bonito como su propia letra.
Cuando llegó el momento, como siempre hacía, Clara batió las alas y se alzó sobre las nubes.