Así lo llamo hoy. Cuan curioso es, no obstante, todo.
Tiempo ha, yo lo tenía todo. Te tenía a ti. Era yo quien daba los consejos a los desamparados. Hoy soy quien ni siquiera los recibe.
Heme aquí que esta noche, etilizado, he creído verte incluso antes de que los licores hicieran mella en mi juicio... he aprendido a discernir según qué cosas, pero no puedo evitar verte a cada paso que doy y doblar cada esquina con el pulso acelerado. Quizá hoy te vea, quizá hoy nos crucemos... quizá sea capaz de recordar que no es posible. Esta noche, entre risas y chanzas he recordado lo que es añorar sentirte cerca y creo, si me permites decirlo, que nunca fui yo más feliz.
No, hoy tampoco diré tu nombre, ¿de qué serviría? Lo aborrezco. No quiero pronunciarlo, quiero referirme a ti con un beso y quiero hablar de ti en términos de abrazos y silencios en los que una mirada dijo lo que nuestros labios no se atrevían. No, no quiero mencionarte ni recordarte por un nombre. Quiero que, si me preguntan, tú seas la mancha de carmín negro que mi cuello ya no esconde.
Esta es una de esas noches en las que no añoro tanto tu cuerpo como tu voz, de esas noches en que hacerte mía no significa tomar tu cuerpo si no abrazar tu esencia.
No, hoy no añoro tu silueta retorciéndose al compás sordo de nuestros cuerpos amándose. Hoy solamente añoro ver cómo la luna, envidiosa, se cuela en tus ojos intentando en vano que la mire. En vano porque solo puedo mirarte a ti, porque hoy he creído verte tantas veces que ya no es culpa del alcohol... es porque algo hice mal.
Y te perdí.
Idas y venidas de una mente aburrida que, en su afán de algo profundo, con palabras jode al mundo.
domingo, 23 de septiembre de 2012
sábado, 22 de septiembre de 2012
L'ange sans ses ailes
Hace ya tiempo, no sé cuánto, que las cosas siguen un curso diferente al que habría imaginado. Poco queda de lo que una vez fue, de lo que una vez fui.
No, no soy la misma persona y a la vez no he dejado de serlo. No soy, empero, el ángel que antaño alguien me dije que era y dudo haberlo sido alguna vez. No soy indefectiblemente malo, pero tampoco tan bueno como aparento o como quisiera creer que soy. Soy, simplemente, yo y lo que soy es lo que queda del que fui y no terminó de arreglarse.
Lo que no se arregló se quedó ahí, roto. Unas veces por culpa de otras personas; siempre, no obstante, por la mía propia por no pararme a reparar antes de construir de nuevo. Así, emprendí caminos sin antes sacudirme el polvo de los que me habían hecho caer. Al final todo vuelve y las piedrecitas que, de una en una, apenas molestaban al caminar han hecho que me hinque de rodillas al juntarse unas con otras impidiéndome dar un paso más. Pesan demasiado todas juntas. Duelen demasiado todas a la vez.
Es ahora cuando, parado por obligación, me veo. Veo como era, cómo fui y cómo soy ahora, pero ya no veo cómo quería ser, cómo querría ser. Es ahora cuando me doy cuenta de que muchas de las cosas que me dijeron eran ciertas y siempre lo fueron... pero yo no quería creerlo. No quería aceptar mis propias acciones y, por tanto, rechazaba sus consecuencias clamando por una injusticia que no era tal. El injusto fui yo.
Veo también cómo viene el deterioro a raíz de que continuamente me hayan tocado la moral y no me refiero a que, como coloquialmente decimos, me hayan tocado las narices (que también) si no más bien a que he vivido toda clase de situaciones a cada cual más extraña que han hecho que mi percepción de conceptos básicos como el mal y el bien se hayan difuminado, trastocado y a veces hasta mezclado. Porque hay veces en que uno se enfrenta a cosas para las que no está preparado, para las que no existe preparación porque jamás se pasean por una mente corriente. Hay veces en que uno se ve envuelto en algo que no entiende, cuyo origen aun no comprende y cuyo desenlace es inminente y no hay tiempo para intentar comprenderlo. Hay que actuar como se considera mejor, teniendo en cuenta que lo más probable es que acabe en error, pero hay que hacerlo porque quedarse quieto es indudablemente una condenación y una sentencia, no de muerte, pero sí de sufrimiento y eso es, sin duda, peor.
Es curioso, no obstante, cómo pueden sucederse los acontecimientos para que, evitando el dolor propio acabemos provocando dolor a otros... y yo he causado mucho dolor. A muchas personas. Pero no, no veréis en estas líneas disculpas porque sinceramente, no de todas esas ocasiones me arrepiento. Sí de algunas, pero definitivamente no de todas.
Como decía al principio, no soy malo, pero tampoco soy bueno. Sí he sido siempre y sigo siendo bastante tonto y torpe. Admito, no obstante, que fue bonito sentir que durante un tiempo hubo quien usaba las palabras "Mi ángel" como nombre para guardar mi teléfono en la memoria de su móvil, que en otra ocasión hubo quien casi cambió legalmente mi nombre por "cielo" y que haya habido quien se haya podido referir a mi como "pequeño" y otros apelativos cariñosos... pero no. Ya no soy pequeño.
No soy el cielo de nadie ni para nadie.
No soy un ángel y nunca lo fui ni lo seré.
Esos huesos que alguien notó en mi espalda no eran alas, no eran espinas.
Solo eran huesos.
Solo querían un abrazo.
No supieron encajarlo.
No, no soy la misma persona y a la vez no he dejado de serlo. No soy, empero, el ángel que antaño alguien me dije que era y dudo haberlo sido alguna vez. No soy indefectiblemente malo, pero tampoco tan bueno como aparento o como quisiera creer que soy. Soy, simplemente, yo y lo que soy es lo que queda del que fui y no terminó de arreglarse.
Lo que no se arregló se quedó ahí, roto. Unas veces por culpa de otras personas; siempre, no obstante, por la mía propia por no pararme a reparar antes de construir de nuevo. Así, emprendí caminos sin antes sacudirme el polvo de los que me habían hecho caer. Al final todo vuelve y las piedrecitas que, de una en una, apenas molestaban al caminar han hecho que me hinque de rodillas al juntarse unas con otras impidiéndome dar un paso más. Pesan demasiado todas juntas. Duelen demasiado todas a la vez.
Es ahora cuando, parado por obligación, me veo. Veo como era, cómo fui y cómo soy ahora, pero ya no veo cómo quería ser, cómo querría ser. Es ahora cuando me doy cuenta de que muchas de las cosas que me dijeron eran ciertas y siempre lo fueron... pero yo no quería creerlo. No quería aceptar mis propias acciones y, por tanto, rechazaba sus consecuencias clamando por una injusticia que no era tal. El injusto fui yo.
Veo también cómo viene el deterioro a raíz de que continuamente me hayan tocado la moral y no me refiero a que, como coloquialmente decimos, me hayan tocado las narices (que también) si no más bien a que he vivido toda clase de situaciones a cada cual más extraña que han hecho que mi percepción de conceptos básicos como el mal y el bien se hayan difuminado, trastocado y a veces hasta mezclado. Porque hay veces en que uno se enfrenta a cosas para las que no está preparado, para las que no existe preparación porque jamás se pasean por una mente corriente. Hay veces en que uno se ve envuelto en algo que no entiende, cuyo origen aun no comprende y cuyo desenlace es inminente y no hay tiempo para intentar comprenderlo. Hay que actuar como se considera mejor, teniendo en cuenta que lo más probable es que acabe en error, pero hay que hacerlo porque quedarse quieto es indudablemente una condenación y una sentencia, no de muerte, pero sí de sufrimiento y eso es, sin duda, peor.
Es curioso, no obstante, cómo pueden sucederse los acontecimientos para que, evitando el dolor propio acabemos provocando dolor a otros... y yo he causado mucho dolor. A muchas personas. Pero no, no veréis en estas líneas disculpas porque sinceramente, no de todas esas ocasiones me arrepiento. Sí de algunas, pero definitivamente no de todas.
Como decía al principio, no soy malo, pero tampoco soy bueno. Sí he sido siempre y sigo siendo bastante tonto y torpe. Admito, no obstante, que fue bonito sentir que durante un tiempo hubo quien usaba las palabras "Mi ángel" como nombre para guardar mi teléfono en la memoria de su móvil, que en otra ocasión hubo quien casi cambió legalmente mi nombre por "cielo" y que haya habido quien se haya podido referir a mi como "pequeño" y otros apelativos cariñosos... pero no. Ya no soy pequeño.
No soy el cielo de nadie ni para nadie.
No soy un ángel y nunca lo fui ni lo seré.
Esos huesos que alguien notó en mi espalda no eran alas, no eran espinas.
Solo eran huesos.
Solo querían un abrazo.
No supieron encajarlo.
![]() |
| No Sheol nor Gehena |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
