Anoche volví a soñar contigo. Estabas preciosa y hasta sonreías
y yo, supongo que también. Caminábamos y después de pasear junto a unos
rosales, unas manos te cogieron y comenzaron a tirar de ti hacia abajo, hacia
un agujero que se abría bajo tus pies y amenazaba con engullirte. No podía
permitirlo y corrí a por ti. Aquellas manos tiraban de ti y yo solamente podía
hacer una cosa. Me lancé hacia ellas y te cogí por la cintura con todas mis
fuerzas para sacarte de allí. Tú gritabas asustada y me pedías que te soltase,
pero no podía hacerlo. No lo hice y aquellas manos comenzaron a atacarme, a
rajar mi piel y a golpearme con violencia sin dejar de tirar de ti ni por un
momento. Conseguí rodearte en un abrazo y el dolor lacerante de mil latigazos
recorría mi espalda en un sin fin de uñas afiladas que me desgarraban
intentando atravesarme para alcanzarte de nuevo.
Entonces, entre el estruendo, se alzó una voz que te llamaba
y me exigía que te soltase, que cejase en mi empeño porque tu lugar era el
fondo de aquél pozo oscuro. No pensé ni por un momento en hacerle caso. Me
mirabas llorando y de mis ojos caían lágrimas de sangre, pero sonreí para ti. Nunca
te dejaría sola, nunca te dejaría caer en aquella oscuridad. Entonces sentí una
punzada de dolor atravesándome desde la espalda y por mi pecho emergió una mano
cubierta con mi sangre. La mano estaba vacía. Abriste tus preciosos ojos como
para preguntarme a qué se debía y sin palabras te conté que no pudo arrancarme
el corazón porque lo tienes tú.
Sé que dijiste algo más, pero no pude oirlo. El agujero se estaba
cerrando, pero el de mi pecho no. Lo último que recuerdo fue cómo colocaste mi
cabeza en tu regazo y me miraste. Cerré los ojos.
Hoy, al despertar, grité tu nombre.
Aún me duele el hueco donde tenía el corazón.
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