Y entonces, ¿por qué escribo?
Pues no lo sé, quizá porque quiero, porque debo,
porque lo necesito y me gusta, porque ya casi no hablo o porque ya se me ha
olvidado. Quizá sea porque tampoco recuerdo cómo se grita y así, si fallo, no
se me escucha o quizá, precisamente, para que se escuche el alarido silencioso
que se adueña de mis adentros.
Escribo para los ojos del océano y para los del
mismísimo infierno, para los ojos de la luna ciega y los de quienes me miran y
no me ven. Escribo para que se vean las palabras que nunca se habrán de
escuchar y se oiga el silencio que atenaza mi existencia; para que mi vida no
se me escape hacia mi interior y me destruya y las lágrimas que se asoman a mis
ojos y nunca salen se derramen sobre el vacío y floten suspendidas en estas
líneas; escribo para no ahogarme con ellas cuando se agolpan en mi garganta y
me prohíben explicar.
Escribo para ella.
Para ti.
Escribo para mí mismo y recordar lo que he olvidado
y quizá, algún día, desempolvar el lomo de un viejo libro en el que están los
sentimientos que ya no sé cómo sentir. Escribo para recordar que olvidé algo y,
aunque no pueda acordarme, saber que ese hueco otrora estuvo lleno y tal vez
escribiendo estos gritos mudos me miren esos ojos, ojos de océano, de infierno,
de luna ciega y de mirada ausente y se abran los míos lo suficiente como para
que deje de llover.
Pero, mientras tanto, solamente escribo.
