La voz no quiere salir, se me atragantan las palabras en la garganta y lo peor es que las únicas que se hacen un hueco y casi consiguen escapar son para decirte que te quiero… y evidentemente, me las tengo que tragar. La verdad es que de tanto que quisiera decirte, ni siquiera sé por dónde debería empezar, qué sería adecuado, qué podría impedir que te marchases sin dirigirme la palabra. No lo sé, sinceramente y me atormenta no tener las palabras necesarias para ti.
Miro en derredor y me sorprendo, no obstante, al ver que intercambias conversaciones con algunos especímenes que, simple y llanamente, no te llegan ni a la suela de los zapatos. Y no, no lo digo solamente por la apariencia de algunos, si no porque alcanzo a percibir parte de lo que te dicen y sobre todo el tono en que te hablan y me pregunto si de verdad tan mal concepto tienes de ti misma para considerar que es necesario castigar tu tiempo con conversaciones vacuas, absurdas y soeces que una princesa como tú no tendría que soportar. Siendo (casi demasiado) claro, vales más que esos contertulios tuyos que te hablan y se comportan de tal modo que degradan ya no sólo el arte y placer de una buena conversación, también a quien se ve envuelto en tan pueriles exhibiciones de nada en absoluto que decir, rabietas contra quien no tienen valor de afrontar a la cara y vulgaridades cuya obscenidad aumente a medida que disminuye el respeto hacia tu persona. Y es que lo siento pero no concibo que personas que hablen acerca de ti en esos términos estando tú ausente puedan profesarte el respeto que aseguran.
Debe ser que estoy hecho de otra pasta, una más anticuada, caducada quizá. Sé, empero, que no soy capaz de saludarte, me pueden los nervios; no puedo responder si lanzas una pregunta al aire, quizá mi respuesta no te sirva; soy incapaz de iniciar una conversación, me falta picardía aunque temas tenga algunos; no me atrevo a hacerte ni una pregunta, temo tanto tus respuestas como la ausencia de las mismas… y así me quedo, mudo, observándote como una estatua que te sigue con la mirada, incapaz de hablar, casi de moverme incluso. Petrificado, en definitiva, porque al verte tan hermosa y sonriente temo que, si me muevo, no sé cómo, estropearé tan idílica imagen. De piedra, al fin y al cabo, porque pétrea es la voz que no consigo hacerte llegar mientras que bajo mi enmudecido cascarón hay un corazón que grita. Grita con una voz capaz de atravesar la piedra y el hueso, el silencio y el alma. Una voz que, pese a todo, debo contener, encerrar con ese nudo en mi garganta que se forma cada vez que, al mirarte, casi se me escapan, incontrolables, esas palabras que te asustaría oir viniendo de mi.
La voz de una estatua agrietada que se tambalea desde dentro. Una estatua que, muda, grita:
Te Quiero.
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