viernes, 15 de febrero de 2013

Yo, Caronte. Quinto Aniversario.


Han pasado ya cinco años. No recuerdo la fecha exacta, pero se me antoja que no andaba lejana. Media década desde que te fuiste y yo sigo aquí, recordándote cuando nadie más lo hace. No es de extrañar, nunca hiciste mucho ruido en la vida de nadie… salvo en la mía cuando me despedí de ti.
Hoy te rindo este humilde homenaje, porque aunque breve, tu presencia y posterior ausencia dejaron en mi vida una marca imborrable. Hoy te recuerdo y aun sin nombre tienes en mi memoria un lugar que nadie puede ocupar.
Hoy recuerdo cómo tu despedida nos unió.
Nos conocimos por una de esas casualidades de la vida, pese a que no creo en ellas. Nos conocimos porque teníamos que conocernos, porque tú tenías que enseñarme una lección sobre la vida y sobre mi mismo. Nos conocimos una noche cualquiera, en una rambla como cualquier otra, mientras yo paseaba conversando y tú, simplemente, paseabas con tu familia. Un primer encuentro fugaz que, sin embargo, me dibujó una sonrisa. Me recordabas a mi pequeña.
Noche tras noche recorría ese mismo camino y rara era la ocasión en que no se cruzasen nuestras miradas. A veces solos, a veces acompañados, pero nunca nos detuvimos. Seguíamos cada uno nuestro camino.
Pasaron algunos meses y pese al silencio, había cierta familiaridad, o eso quise creerme yo. Te saludaba cada vez que te veía y tú me mirabas con esa mezcla de indiferencia, curiosidad y superioridad que solo los gatos saben proyectar. Aun así, me hacías sonreír si veía tus ojos verdes. Te había cogido cariño y te habría abrazado si hubiera podido, pero tenías miedo y huías. No te faltaban razones para ello.
Desde hacía tiempo, mucha gente (amigos y no tan amigos) hacían bromas sobre mi, llamándome “La Muerte” o “La Parca” y creando toda una mitología a mi alrededor según la cual yo devoraba almas, mataba con el tacto de mi piel o, simplemente, conducía a los muertos al infierno, a veces siguiendo instrucciones, a veces según mis propios designios.
Lo que nunca me dijeron era que, a veces, la muerte ha de sustituir al barquero. Aquella noche, sin previo aviso y sin preparación de ningún tipo, yo le sustituí. Yo fui Caronte.
Volvía por el camino de siempre preguntándome si te vería y por dónde huirías en esa ocasión. La respuesta fue tajante: sí, te vi, pero no huiste. Lo habías intentado pero aquel coche había sido más rápido.
No sé cuánto tiempo tardé en comprender lo que veía. Estabas allí, tumbado. Creí que descansando y que te marcharías en cuanto me acercase, pero no fue así. No sé aún cómo pero mi cuerpo se movió y cuando me quise dar cuenta, estaba arrodillado a tu lado, colocando mi mano en tu lomo, esperando sentir tu respiración. Aun espero sentirla. Miré alrededor en aquella calle vacía y silenciosa. No había nadie, era de esperar dadas las horas pero me di cuenta de que era una calle estrecha, demasiado estrecha para que un coche circulase a gran velocidad… ¿entonces?
A medida que la palabra “accidente” se difuminaba, surgió en mí la seguridad más aterradora de que alguien había hecho aquello. No fue un accidente, alguien quiso hacerlo.
Me quedé mirándote, pensando qué pasaría después. Ninguna de las dos opciones era digna. Podrías ser atropellado en más ocasiones o ser arrojado a la basura cuando pasase el camión. NO PODÍA PERMITIRLO. Pero no sabía qué hacer.
Hasta que lo supe. Tenía que llevarte a descansar.
Aun hoy no sé cómo fui capaz pero sé que no podía dejarte allí. Con más tristeza de la que se puede expresar con palabras, volví a hincar la rodilla, dispuesto a no levantarme sin llevarte conmigo. Fue entonces cuando me sobrevino la primera prueba: el golpe te había causado daños que no había podido ver hasta que intenté cogerte. La imagen aun está grabada en mis retinas. Con miedo de hacerte daño, recompuse tu figura lo mejor que pude y, con sumo cuidado coloqué en su lugar las entrañas que asomaban de tu vientre. La segunda prueba sería mas dura aún. Te examiné para asegurarme de que tu cuerpo sería trasladado con dignidad, como si estuvieras simplemente durmiendo y parecía que todo estaba en su lugar. Hasta que vi tu rostro. Tu mirada vacía, como vacía estaba la cuenca de tu ojo izquierdo. No estaba preparado para enfrentarme a tu mirada de miedo, de duda, de dolor. Tu mirada que buscaba un por qué. No podía enfrentarme a tu mirada y aparté la vista y allí lo vi, no muy lejos, el gemelo del ojo que me miraba y me atravesaba el alma. Casi llorando y con más cuidado del que ningún ser humano ha tenido jamás, coloqué aquella joya verde cristalina en su legítimo lugar… y te cerré los ojos para que nunca más vieras este mundo de locos.
Cuando te cogí en brazos me recordaste mucho a cuando cogía a Clover. Pesabas lo mismo, eras del mismo color, los ojos también verdes… continuamente me preguntaba qué clase de broma retorcida podía ser aquella.
Finalmente llegué abajo, donde, a veces, las lluvias forman una corriente de agua que corre paralela a la calle donde solíamos encontrarnos. Allí, junto a la única planta con flores, decidí que podrías descansar. No sé cuánto tardé, pero no es fácil arrancarle tierra a la tierra con las manos desnudas. Pero no me detuve. Me dolían los cortes que se estaban llenando de tierra, pero me daba igual, las heridas cerrarían. Al final conseguí abrir un agujero en aquella tierra dura y fría que parecía resistirse a mis intenciones. Estaba decidido y no me marcharía sin despedirle como merecía. Cuando acabé, tenía en las manos una mezcla de tierra, sangre y pequeñas piedras incrustadas en las heridas. Pero no sentía dolor. No ese dolor. Me acerqué a ti y te cogí en brazos por última vez para recostarte en tu recién excavada cama. Un momento después, te cubría con la tierra que había arrancado con mis manos y que ya no estaba fría. No pasarías frío.
Finalmente dije unas palabras que nadie más oyó. Fueron solamente para ti y sólo tuyas seguirán siendo por siempre.
Al volver a casa empezaron a dolerme las manos como nunca antes me habían dolido, pero tenía que contar lo que te había ocurrido, no quería que nadie se olvidase de ti. Así, en el otrora popular fotolog, escribí mi entrada en la que relataba mi experiencia como Caronte.
Hoy, un lustro después, rememoro aquella noche y te recuerdo a ti. No nos hicimos amigos pero te quise, aunque tú ni me recordases quizá de un día para otro.
Aquella noche aprendí lo frágil que es la vida y cómo, a veces, no hace falta conocer a alguien para querer hacer algo bueno por esa persona. Aprendí que el que siega las almas no tiene que enfrentarse a las miradas de miedo y tristeza como sí hace el barquero y por eso Caronte era ciego… pero yo no.
Hoy, como cada vez que paso junto a tu tumba, te he saludado, amigo mío y, como cada vez desde hace cinco años me pregunto si alguien alguna vez te dio un nombre y cuál pudo ser.
Ojala hubiese podido ofrecerte una cesta en la que acurrucarte.
Quizá sea cierto y fuese culpa mía. Quizá la gente muera a mi alrededor de un modo u otro y no me doy cuenta porque no veo sus ojos como vi los tuyos.
Quizá sea ya hora de dejar al mundo en paz…
Decida lo que decida, esta noche recuerdo las palabras que te dije y que nunca nadie ha oído y que solo una persona estuvo a punto de escuchar. No habrías huido de ella.
Esta noche, amigo mío, te recuerdo, te honro y te saludo.
Como cada día y cada noche al pasar junto a tu tumba.
El único lugar donde aun crecen flores.
Como tú, flores sin nombre.

No hay comentarios: