En un vulgar intento de distraerme, me pertreché con lo primero que tuve a mano y salí a enfrentarme al frío y a mi propia capacidad de concentración. Recorrí las calles casi como una exhalación pues, sin darme cuenta, caminaba a un ritmo poco menos que acelerado y cuando quise reaccionar, estaba en la puerta de un bar. Había pasado incontables veces por aquella puerta y me sorprendió cómo mis pies se movieron automáticamente para llevarme hasta allí. El local, “Le Monde”, era un lugar pequeño, con una iluminación clara aunque no molesta y con un ambiente agradable debido, en gran parte, a la suave música que flotaba de fondo en el ambiente. Perceptible con facilidad sin sobreponerse a las conversaciones que allí discurrían. Uno podía hablar sin alzar la voz o, si lo prefería, apurar su bebida dejándose mecer por melodías cálidas y ligeras. Recordaba haber entrado un par de veces un par de años ha, pero esta ocasión me brindó la oportunidad de centrarme algo más en los detalles al no haber un contertulio conmigo con quien enfrascarme en conversación alguna que ocupase mi atención. Sin más, entré y me senté a la barra donde el camarero, un joven atento y eficiente, me sirvió el combinado que solicité, no sin antes comentar alegremente que era la primera vez que alguien le pedía algo tan específico y que, con mi permiso, se prepararía una copia de mi receta para sí mismo.
Ignoro cuánto tiempo pasé contemplando el vaso y su contenido, de un color dorado deliciosamente familiar. Lo que sé, es que, de repente, no estaba sentado solo.
Mientras estaba embelesado con las espirales que se formaban producto de la mezcla de líquidos y el danzar del hielo, en la silla de mi derecha alguien se había sentado. Con poco disimulo, miré de soslayo y vi a una mujer joven, no llegaría a la treintena ni de lejos. Un rápido vistazo me permitió ver que iba bien vestida. Elegante, que no recatada en exceso, con un vestido negro con delicados brocados de un intenso rojo Burdeos, casi indistinguible del negro y con unos ribetes de color violeta que recorrían y embellecían las líneas donde se hallaban las costuras. La prenda se sujetaba al cuello como una gargantilla y, a su alrededor había pequeños adornos plateados con forma de lágrima. Unas bonitas medias rematadas por un par de botas de tacón de un lustroso negro con brillo de charol adornaban sus largas piernas. Retiré la mirada por precaución, pocas ganas tenía de incomodar a mi repentina compañera de barra si ésta me pillaba in fraganti observando con tanto detenimiento.
Fue entonces cuando oí que me hablaba.
- Buenas noches – dijo con un tono desenfadado
- B… Buenas noches – tartamudeé yo
- ¿Pasa algo malo? – su pregunta me descolocó por completo
- No, ¿Por qué habría de…
- ¿Sabes que es de mala educación no mirar a quien te habla? ¡Y más aún cuando llevas todo el rato mirándome desde ahí! – rió
Completamente bloqueado, sentía cómo se me subían los colores y, lentamente, alcé la mirada para enfrentarme a la directa acusación de la muchacha. Lo que vi aun me ronda por las retinas. Aquella chica, de tez pálida, me miraba con unos ojos grandes cuya intensidad era, cuanto menos, inexplicable, casi sobrenatural. Su sonrisa, pícara sin llegar a ser burlona, transmitía cercanía, familiaridad incluso. Amabilidad en estado puro. Dos leves zarcillos asomaban entre sus mechones de un agradable negro con reflejos rojizos y ambarinos aquí y allá mientras un lazo recogía el resto de su melena en una cola que fluía como un manantial de ónice. Sus manos, pequeñas y finas, se dejaban ver a través de unos guantes de fino encaje adornados con motivos florales nada ostentosos. Aquella visión, junto a cuanto había visto en mi anterior incursión visual, conformaron una estampa difícil de asimilar… imposible de olvidar.
Cuando me recompuse mentalmente apenas logré balbucear:
- Lo… lo siento, no pretendía…
- Tranquilo, no me has ofendido. No vengo mucho por aquí, quizá por eso vosotros los “parroquianos” os extrañáis con una cara nueva – dijo despreocupada.
- No, yo tampoco, no soy un habitual de este sitio. He venido un par de veces, casi siempre con amigos, pero no soy lo que podrías llamar un “parroquiano”.
- Vaya, entonces somos dos extraños en tierras profanas – dijo sonriendo – Y ¿qué bebes, compañero extraño?
- Es una receta de un amigo, no sé si tiene nombre…
- ¿Puedo? – dijo señalando mi copa y, antes de que pudiera asentir, le dio un pequeño sorbo, dejando la marca de su carmín en el borde. – ¡Está muy dulce! Y… ¡Por Dios! – empezó a toser.
- ¡Camarero, un vaso de agua, por favor! – dije apresuradamente mientras veía cómo su pálida piel enrojecía.
Apuró el vaso casi de un solo trago y, mientras se recomponía, me miró y riendo dijo
- Vaya, esto me pasa por no dejar hablar a los demás. Es muy dulce pero ¡Caray cómo pega! Creo que volveré a mi copa – dijo mientras alcanzaba su vaso y bebía un trago.
De nuevo me quedé sin saber qué decir. Su copa consistía en un largo vaso cilíndrico, transparente, que habría parecido vacío de no ser por un detalle. Justo en el centro de un líquido transparente flotaba una esfera de un color rojo intenso. Se me antojó que fuese una gota de sangre que hubiera adoptado la forma de una esfera perfecta. Mi mente comenzó a divagar entonces sobre explicaciones sobrenaturales que le darían sentido, no solamente al cocktail si no también a la irresistible presencia de aquella criatura que se sentaba a mi lado. Más me inquietó aún cuando observé que, incluso al beber, aquella esfera no se movía de su lugar. Ya estaba empezando a pensar que veía visiones cuando, sin más, la chica cogió el rabito de aquella cereza entre sus dedos índice y pulgar y la acercó a sus labios. Fue durante menos de un segundo pero aun recuerdo que aquella perfecta fruta roja, pese a su intensísimo color, palidecía frente a los labios de la muchacha, que la devoró con total naturalidad, como si no se percatase de que acababa de tirar por tierra todos los esfuerzos de la naturaleza por intentar que aquella fruta fuese perfecta con tan solo un gesto de sus delicados dedos y una efímera comparación entre la susodicha cereza y sus labios.
Aun en mi mundo, vi sin ver cómo la chica se levantaba tras pagar la cuenta y se giraba hacia mi
- Bueno, ha sido un ¿placer? – dijo divertida – espero que si coincidimos de nuevo me reveles esa receta y quizá no tenga que temer por mi vida
- ¡C… claro! – alcancé a decir – Si a cambio me explicas lo de la cereza…
- ¡Buenas noches, Richard! – rió antes de salir del local.
- ¡Eh! ¡Espera! ¿Cómo sabes…- salí del bar pero ella había desaparecido.
Empecé a creer que lo había soñado. Debió ser eso, sin darme cuenta habría bebido demasiado deprisa y, junto a la charla de Joseph había estado imaginándome todo aquello. Era una explicación algo cogida por los pelos pero razonable… o lo habría sido de no ser porque, al volver al bar para pagar la cuenta, encontré un trozo de papel que sobresalía debajo de mi vaso. En él, escritos con bella caligrafía, un número de teléfono y un nombre:
María.
- Vaya, esto me pasa por no dejar hablar a los demás. Es muy dulce pero ¡Caray cómo pega! Creo que volveré a mi copa – dijo mientras alcanzaba su vaso y bebía un trago.
De nuevo me quedé sin saber qué decir. Su copa consistía en un largo vaso cilíndrico, transparente, que habría parecido vacío de no ser por un detalle. Justo en el centro de un líquido transparente flotaba una esfera de un color rojo intenso. Se me antojó que fuese una gota de sangre que hubiera adoptado la forma de una esfera perfecta. Mi mente comenzó a divagar entonces sobre explicaciones sobrenaturales que le darían sentido, no solamente al cocktail si no también a la irresistible presencia de aquella criatura que se sentaba a mi lado. Más me inquietó aún cuando observé que, incluso al beber, aquella esfera no se movía de su lugar. Ya estaba empezando a pensar que veía visiones cuando, sin más, la chica cogió el rabito de aquella cereza entre sus dedos índice y pulgar y la acercó a sus labios. Fue durante menos de un segundo pero aun recuerdo que aquella perfecta fruta roja, pese a su intensísimo color, palidecía frente a los labios de la muchacha, que la devoró con total naturalidad, como si no se percatase de que acababa de tirar por tierra todos los esfuerzos de la naturaleza por intentar que aquella fruta fuese perfecta con tan solo un gesto de sus delicados dedos y una efímera comparación entre la susodicha cereza y sus labios.
Aun en mi mundo, vi sin ver cómo la chica se levantaba tras pagar la cuenta y se giraba hacia mi
- Bueno, ha sido un ¿placer? – dijo divertida – espero que si coincidimos de nuevo me reveles esa receta y quizá no tenga que temer por mi vida
- ¡C… claro! – alcancé a decir – Si a cambio me explicas lo de la cereza…
- ¡Buenas noches, Richard! – rió antes de salir del local.
- ¡Eh! ¡Espera! ¿Cómo sabes…- salí del bar pero ella había desaparecido.
Empecé a creer que lo había soñado. Debió ser eso, sin darme cuenta habría bebido demasiado deprisa y, junto a la charla de Joseph había estado imaginándome todo aquello. Era una explicación algo cogida por los pelos pero razonable… o lo habría sido de no ser porque, al volver al bar para pagar la cuenta, encontré un trozo de papel que sobresalía debajo de mi vaso. En él, escritos con bella caligrafía, un número de teléfono y un nombre:
María.
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