sábado, 19 de enero de 2013

Black Ice

Gloria y miseria, la eterna dicotomía en la que se debate la existencia del ser humano quien, en su afán por trascender a una mera existencia terrenal, busca algo más. Y, ¿qué encuentra? Que, al igual que las máquinas, somos binarios. Lo explicaré en el momento adecuado.
Es mi intención ser claro y poco más claro puedo ser que al decir que, pese a todo, las cosas simplemente “son” mientras que nosotros mismos somos quienes las complicamos y facilitamos en función de numerosos parámetros, definidos unas veces, aleatorios en otras ocasiones, pero siempre motivados por la psique y, como es bien sabido, no está ésta libre de condiciones. Reconozco, por tanto, mi implicación en las vicisitudes que otrora pudieren llevar a condicionar de un modo u otro las ideas preclaras de alguien.
No escribo, no obstante, para hablar de ello, si no de ti y, una vez más, me pierdo ante tanto que pudiera decirte, tanto que quisiera decirte… realmente no encuentro las palabras y temo que de tenerte delante, no fuese capaz más que de mirar incrédulo, preguntándome cómo puede una obra de arte como tú existir en este mundo.
Esa piel tan suave que parece tejida con la más fina seda que una araña majestuosa y maestra pudiera hilar como tributo de amor ciego y entregado al puro arte cuya perfección ni tan siquiera puedo acabar de atisbar.
Esos labios que me dejan sin aliento solo al verlos y que me hacen imaginar que, al nacer, un ángel bajó del cielo para bañarlos eternamente con un suave rojo procedente de mil claveles escogidos uno a uno para desmarcarlo del vulgar carmín de las rosas envidiosas que nunca podrían igualarlos en belleza, suavidad y aroma.
Escribo a tus ojos, esos grandes desconocidos tan familiares cuyo tono raya lo divino y cuya hipnótica mirada se clava en el alma como una daga que uno acepta de buen grado. Esos ojos que, al cerrarlos, me hacen ansiar que los abras de nuevo y que, incluso en un parpadeo, me impaciente por verlos una vez más y bañarme en la profundidades insondables a las que me asomo cual explorador al borde de un abismo aterrador a la par que hermoso.
Quiero hacer apología de tu cabello, en el que mis dedos descubrieron que, al acariciarlo, la caricia me era devuelta. Siempre brillante, suave, capaz de jugar con la luz y las sombras y haciéndote cada vez más misteriosa y onírica pero siempre, siempre tú.
No hay en este mundo sensación comparable a la de tus cálidas manos envolviendo las mías. Esa calidez no existe en lugar alguno y juraría que no hace mucho, mientras me aprendía las líneas de tus palmas, pude ver, apenas un segundo, cómo en las mías se quedaban marcadas las sendas que tu dedos recorrían.
De tu nombre poco puedo decir salvo que si no fuese el que es, te seguiría amando igual pero, por si tienes dudas te diré que la respuesta está en quien te devuelve la mirada en el espejo.
Esto es sólo para ti.

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