El reloj marcaba las 11:45 pero era difícil asociar una hora
a aquella oscuridad perpetua e isotrópica en que estaban envueltos. Por otra
parte, era irónico cómo en la ingravidez se podía tener tal sensación de
pesadez. Uno no logra explicar cómo es posible que, cuando los huesos no pesan
y la sangre y demás fluidos simplemente flotan, se pueda sentir como si una
losa de granito empujase hacia abajo… entre otras cosas porque en tales
condiciones, la losa podría levantarse sin esfuerzo y el concepto de “abajo”
era demasiado relativo como para poder ejercer algún tipo de influencia en tan
desconcertante sensación.
Pese a todo, Cornelius sentía como si pesase una tonelada,
cuando eso significaba mucho allá en su tierra natal que ahora contemplaba
desde aquella ventana. Al otro lado del pasillo, una ventana orientada en
sentido diametralmente opuesto con una precisión milimétrica dejaba ver la
estación que aguardaba su llegada, la bautizada como “Pharaoh IV”.
Fue entonces cuando se perdió en uno de sus habituales
momentos de disyunción racional en los que el hilo de sus pensamientos se volvía
tan excéntrico que incluso él mismo se sorprendía de las vanalidades en que
llegaba a centrar su atención. En aquella ocasión fue el nombre de la estación
lo que desvió sus pensamientos en busca de los motivos que llevaban a poner
aquellos nombres que poco o nada tenían que ver con la forma o función de
aquellas ciclópeas construcciones. Sin ir más lejos, su vehículo se llamaba “Explorer”
y ni tenía forma de explorador (fuera cual fuese la supuesta forma básica de un
explorador) ni tenía como objetivo explorar puesto que era un transporte
programado para seguir una ruta preestablecida y minuciosamente calculada hasta
el último tramo. Si le hubieran preguntado a él, le habría puesto un nombre que
no dejase dudas sobre su forma y su función, como por ejemplo “Transporte
Rosquilla” y la "Pharaoh IV" podría muy bien haber sido denominada “Laboratorio Cilíndrico
IV”.
“Menuda estupidez”.
Así solían terminar sus viajes disociativos, dándose cuenta
de que había estado un rato mirando a la nada, muy probablemente con cara de
lelo y gastando tiempo y energía en darle vueltas a algo que, de puro absurdo,
habría hecho que cualquiera cuestionase su formación y preparación. Cualquiera
salvo, por supuesto, la Comandante Margaret o, como la llamaba cuando no
estaban de servicio, Maggie. Su esposa era quizá la única persona capaz no
solamente de divagar tanto como él si no incluso de plantear cuestiones cuya
aleatoriedad era superada únicamente por su inherente capacidad de captar su atención.
Tanto era así que en cierta ocasión llegaron hasta el punto de reprenderse a sí
mismos y mutuamente por abstraerse hasta tal punto. “Un desperdicio de sinapsis”
llegaron a llamar a aquellos absurdos momentos e hicieron propósito de ayudarse
mutuamente a evitarlo.
Sobra decir que no lo consiguieron y que, además, aquellos
momentos les unieron más al ser un vínculo que, en lo extraño, sabían que nadie
más compartiría o comprendería. Era su peculiaridad de pareja, algo que
solamente ellos dos comprendían y disfrutaban y que les hacía, durante períodos
indeterminados, dejar de ser una pareja de científicos para ser, sencillamente,
una pareja de enamorados que pensaban en idioteces que nadie más se molestaba
en barruntar.
La voz del sistema de megafonía anunció que la llegada a la
estación se estimaba para pasados 15 minutos. Cornelius acababa de pasar dos
horas como si fuesen dos minutos, simplemente pensando en tonterías y en el
hecho de pensar tonterías con Maggie.
Todo el mundo le consideraba un genio. Él pensaba que si
alguien que no fuese su esposa supiera en qué se ocupa su mente en esos
momentos, le tomarían medidas para una camisa de fuerza.
El “Explorer” había rotado durante su ausencia cognitiva y
ahora veía la estación “Pharaoh IV” por la ventanilla ante la que llevaba horas
plantado. Cuando llegase, comenzarían los protocolos de rutina para empezar con
garantías las investigaciones del proyecto “Ánima”.
“Al menos esta vez el nombre del proyecto se parece bastante
a lo que es.” pensó. Al fin y al cabo, se trataba de…
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