lunes, 16 de septiembre de 2013

'Ohana

A veces me da la impresión de que fallo en algo, además de en lo evidente. Si no, no me explico por qué no logro comprender el concepto de familia... bueno, en realidad sí creo que puedo entender el por qué me cuesta asimilarlo, y es que si miro a mi alrededor, lo que no me explico es cómo no me faltan más tornillos.
En condiciones normales (CN para los experimentos de física, dato curioso e irrelevante por que sí) la familia es un grupo de personas con las que compartes lazos afectivos y genéticos. En mi humilde opinión, los primeros surgen a consecuencia de los segundos casi indefectiblemente, habiendo excepciones, por supuesto. Supongo que se acaba cogiendo cariño a la descendencia por eso del esfuerzo que conllevan y demás, pero no quiero engañar a nadie, no tengo mucha idea al respecto porque mi experiencia personal es algo peculiar. Ojo, no quiero decir que mi familia no me quiera, porque sí que me quieren, pero no estoy seguro de si han “elegido” quererme o si lo hacen porque “es lo que toca”. Dicho así suena raro y tendré que establecer una serie de premisas. Partimos de la base de que mis padres no son un matrimonio típico, mi madre se casó con mi padre con el único objetivo de escapar de casa de mi abuela, algo bastante triste, la verdad, pero son su propias palabras. Mi padre siempre ha sido un tanto “suyo” y se ha metido en mil historias que no vienen a cuento pero que han hecho que su vida, tanto individual como de pareja fuese innecesariamente complicada y, para rizar el rizo, llegué yo. Al margen de lo “bala perdida” que fuese mi padre y las ansias de una vida distinta de mi madre, los dos eran y son todavía muy tradicionales en según qué cosas y bueno, no era muy “tradicional” que su hijo de tan sólo 15 días de vida comenzase a hablar (si es que repetir “ajo”, “papá” o “mamá” se puede considerar hablar). Ellos no le dieron mayor importancia, hasta se sintieron un poquito orgullosos según mi madre. La pega vino cuando eso lo supo el resto de una familia chapada a la antigua. La respuesta no se hizo esperar y la familia por parte de mi padre rehusó, por ejemplo, llamarme por mi nombre hasta el punto de que mi abuelo paterno murió sin haber pronunciado nunca mi nombre y, posiblemente, sin siquiera saberlo. Por parte de mi madre, me miraron siempre con recelo, y aún hoy lo siguen haciendo. Hablan conmigo intentando que no se note que, en el fondo, preferirían no hacerlo, pero como dije, “es lo que toca”. En toda familia hay un raro, un miembro que aunque no ha hecho nada malo, es diferente y no pueden rechazarlo del todo porque es de la familia pero que, si pudieran, si no fuese de su misma sangre, ni mirarían y mucho menos hablarían. No digo con esto que yo sea un santo, es más, he sido bastante cabroncete y confieso que he jugado malas pasadas, pero esas miradas de soslayo y esos comentarios en voz baja son anteriores a mis tropelías.
Un año y medio después llegó mi hermana y todos quedaron encantados con ella y no les culpo, mi hermana es un cielo y siempre supo ganarse a la familia, a los amigos, etc. y yo la quiero desde antes de que naciera. Siempre ha estado a mi lado, nos hemos criado juntos y nunca nos hemos llevado nada mal, hasta el punto de que en varias ocasiones la gente se ha quedado pasmada al saber que éramos hermanos, acostumbrados a ver peleas fraternales de la más diversa índole y con grados de violencia que, para mi, son desproporcionados. No, mi hermana y yo no somos los típicos hermanos porque además siempre hemos sido amigos y nos hemos apoyado el uno al otro y, aunque no me comprende del todo, me acepta.
Es, empero, harto curioso ver cómo, con el paso del tiempo, las diferencias que otrora se guardaron en silencio por razones inexistentes, salen ahora a flote, tras veintiocho años y convierten una sospecha en un hecho contrastado. Hoy puedo decir que no me siento querido por mi familia (salvo por mi hermana), al menos no del modo en que ellos se han empeñado en hacerme creer que me querían. Hoy me encuentro que mis padres no se aguantan, que mi madre nunca ha querido a mi padre y que posiblemente “se ve con otro”, que mi padre no tiene la cabeza en su sitio y está dispuesto a manipular, mentir y arriesgar mi vida con tal de conseguir sus propósitos incluso cuando ni él mismo sabe por qué quiere lo que dice que quiere y, cuando falla, lo paga con mi hermana porque tiene la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el peor momento. Hoy escribo desde una casa ajena porque mi abuela no quiere que siga viviendo en su casa para no tener que preocuparse por mi salud. Hoy veo cómo en apenas dos o tres horas comienza un nuevo curso de la universidad y yo, muy probablemente, estaré al margen y mis estudios se pospondrán todavía un año más. Hoy recuerdo todas esas veces en las que se me decían esas frases “de padres” como “Esta es y siempre será tu casa” mientras vero que mi habitación es, literalmente, un trastero. Veo cómo no puedo estudiar porque, dado mi estado de salud, la única manera en que podía costearme la matrícula pasaba por el apoyo de unos padres que me han dado la espalda por el simple hecho de querer continuar la carrera donde la comencé en lugar de en un hogar que no merece tal nombre, en el que no tengo siquiera un sitio físico en el que estudiar pues la que fuese mi habitación está invadida de todo aquello que no cabe en otras habitaciones. Hoy veo cómo me cuesta cada vez más ver en qué acabará todo esto.
Sin embargo, veo también algo muy curioso. Desde hace casi cuatro meses hay a mi lado una persona que no se ha separado de mi y que me ha apoyado y ayudado en todo, incluso cuando estaba en el hospital y me ayudaba a levantarme o acostarme o me traía un cigarro “de contrabando” que nos fumábamos en la ventana mientras hablábamos sobre lo que haríamos cuando me diesen el alta. Sí, soy así y fumaba en el hospital, ya os dije que no soy un santo pero tampoco he matado a nadie (todavía). Esta persona, mi chica, Mar, no solamente ha mostrado esa complicidad, además, me ha dado su cariño y apoyo desde que nos conocimos. Tanto es así que hoy escribo, como dije antes, desde una casa ajena, su casa y es que estoy viviendo con ella, acogido por los miembros de una familia que no es la mía y que, sin embargo, me han abierto las puertas que mi “verdadera familia” ha ido cerrando para intentar tenerme donde y como ellos querían. Hoy vivo con mi chica y tengo dos madres, dos padres, dos hermanos y una hermana y pienso y recuerdo y me doy cuenta de que ha habido varias ocasiones en mi vida en las que personas ajenas a mi bagaje genético se han portado conmigo como se supone que debería haberlo hecho esa familia que intentó inculcarme unos valores que jamás profesaron, al menos hacia mi.
Hoy doy las gracias a esas familias que me acogieron, durante más o menos tiempo, de una forma más simbólica o más literal, y que me hicieron sentir que era de la familia. Diría nombres si no fuese porque posiblemente haya quienes no quieran ni oír hablar de mi (de nuevo, no soy un santo). Que no mencione a nadie no significa, empero, que no me acuerde todas y cada una de esas personas y aprovecho para dar las gracias una vez más porque hoy me doy cuenta de que con ellos me sentí “de la familia” mientras que con mis parientes biológicos siempre me han hecho sentir “como de la familia”. La diferencia está en ese “como”.
Quizá hoy vea esto alguien y me recuerde con algo de cariño, quizá no.
Hoy, simplemente, veo que hay muchas personas a las que quisiera abrazar...

1 comentario:

Mar Rock dijo...

Pues hagamos nuestra propia familia, Tu Yo y nuestra gatita Sara, que nosotras si que sabemos como arrancarte una sonrisa :-)