martes, 12 de noviembre de 2013

Nothing but disco

Aquella noche Andrew estaba algo inquieto. Hacía bastante que no se le pasaba por la cabeza la idea de salir por su cuenta. Con todo el trabajo, reuniones de última hora y tediosas presentaciones, no recordaba cuándo había disfrutado de la vida nocturna por última vez. Sus amigos tampoco habían hecho acto de presencia desde hacía tiempo y cada uno tenía una excusa distinta para ésa noche en concreto. La verdad era, sin embargo, que no les terminaba de gustar que él hubiese conseguido aquél empleo que, con apenas 26 años, le había convertido en todo un hombre de negocios trajeado y casi sin tiempo para respirar. Él mismo se hacía la eterna pregunta de si trabajaba para vivir o vivía para trabajar, pero procuraba no pensarlo demasiado por miedo a la respuesta y a sus consecuencias. No obstante, estaba bastante claro.
Mientras se vestía, escuchaba música, cosa que hacía mucho que no podía disfrutar y, mientras sonaba “Take me to the disco” de Fantastic Plastic Machine, en la tele aparecían, en silencio, las noticias más destacadas del día y a las que, por supuesto, él no tenía tiempo de prestar atención. De pasada vio algo relacionado con manifestaciones, creyó leer algo sobre un acciedente de tráfico, lo que parecía un adelanto de los deportes… nada fuera de lo habitual, a su parecer. Echó un último vistazo a su apartamento y se encaminó al garaje, subió a su coupé y encendió la radio en busca de algo que le animase entre las emisoras. Hacía tanto tiempo que no escuchaba la radio que no se había dado cuenta de que no tenía ninguna sintonizada ya que normalmente lo único que escuchaba en el coche era la voz de alguno de sus compañeros comentándole el plan del día a través del móvil conectado al manos libres del coche. Finalmente consiguió encontrar una emisora con algo decente y arrancó en dirección al este de la ciudad con la esperanza de que la discoteca que solía frecuentar años atrás siguiera existiendo. Tuvo suerte.
Aparcó relativamente cerca y comenzó a recorrer las calles otrora frecuentadas por él y sus inseguros pero buenos amigos. Faltaba poco para llegar cuando, de una esquina, un hombre de aspecto extraño con un cartel en las manos comenzó a proferir gritos mientras, con grandes aspavientos, vaticinaba el fin del mundo, condenaba la depravación de la juventud y la sociedad y se autoproclamaba profeta de un tal Samael (¿o había dicho Samuel?) y que él traería el fin de los tiempos y que esa noche el mundo conocería el bla bla bla. Andrew pensó que en el psiquiátrico alguien se debía de haber tomado el día libre si ese loco andaba suelto y asustando a la gente de ese modo.
Llegó a la puerta sin más incidentes y para sorpresa suya, reconoció al portero y él fue reconocido a su vez por éste. Tras un intercambio de frases corteses y fingir un mutuo interés por cómo le iba a cada uno, entró prometiendo a Tim, el portero, que le vería con más asiduidad. Los dos sabían que no era cierto.
Una vez dentro, Andrew tuvo esa extraña sensación que invade a uno cuando, después de mucho tiempo, vuelve a un lugar que antaño visitaba regularmente. Esa sensación a medio camino entre la nostalgia y la alegría cuando se amontonan los recuerdos de lo que sucedió tal noche en cuál punto exacto pese a que, tras casi 5 años, el local estaba irreconocible para él. Se dirigió a la barra y pidió algo suave para empezar, un vodka con lima y granadina, que le sirvió una camarera que no había visto jamás. No era de extrañar la renovación de personal tras cerca de un lustro. Ya con su copa, comenzó a repasar mentalmente los recuerdos que tenía de aquél lugar localizando las imágenes en los sitios en que se había producido aquella discusión, aquél ataque de risa de James que duró casi diez minutos, el bofetón que se llevó de regalo Ed y que todos le estuvieron recordando durante días… casi podía ver cada escena, pero definitivamente, aquello había cambiado. El local también.
Estaba apurando su tercera copa (¿o era la quinta?) cuando, para su sorpresa, comenzó a sonar “Take me to the disco” la misma canción que escuchaba en su apartamento, la misma que le había convencido de salir. Sentía debilidad por esa canción y mandó un poco a la porra sus rígidas convicciones para arrojarse a bailar. Al menos él lo consideraba baile. Posiblemente muy ridículo, pero él se divertía y no le importaba otra cosa y eso se notaba en que no dejaba de sonreír y de nuevo se encontró preguntándose a sí mismo cuánto llevaba sin notar una sonrisa en su cara. No debió disimularla muy bien ya que, cuando volvió a la barra, seguía sonriendo y la vio a ella, devolviéndole la sonrisa. Se sentó sin saber muy bien qué hacer o qué decir y, casi por instinto, le hizo un gesto a modo de pregunta, le estaba ofreciendo un trago y ella aceptó. Rose tenía unos increíbles ojos azules que brillaban entre los mechones color caoba que iban de un lado a otro mientras bailaba, reía y, en definitiva, le alegraba la existencia a un Andrew incrédulo ante la idea de que una chica tan agradable se hubiese fijado en él, un Andrew que no dejaba de sonreír y que, quizá, estaba recuperando en esa noche todo el tiempo perdido. Ni siquiera dejó de sonreír cuando se besaron después de un par de copas y unos cuantos bailes juntos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba allí y más desde que conoció a Rose y entonces consultó su reloj, que marcaba casi las siete de la mañana. Algo desorientado, intercambió su número con el de aquella encantadora chica, quería volver a verla y ella quería verla a él también. Se despidieron con un beso y él se dirigió a la puerta. Cuando la abrió, no terminaba de creer lo que estaba viendo.
Alrededor del local, toda la ciudad se hundía, como si se derritiese, hacia un abismo de un blanco inmaculado. Todo era blanco, allí donde debiera estar el cielo matinal con el alba despuntando no había más que blancura, bajo sus pies, a izquierda y derecha, todo era blanco. Era como si un dios caprichoso hubiese decidido volcar un bote de disolvente en el lienzo de la existencia y, ante los ojos de Andrew, toda la ciudad, el mundo, la propia realidad, se diluían. Sin saber muy bien qué hacer, se encogió de hombros y volvió a entrar en la discoteca, localizó a Rose y ella, sorprendida, le abrazó y besó de nuevo para después preguntarle por qué había vuelto. Andrew, sencillamente, la besó y le dijo:

-         Parece que el tal Samuel tenía razón.

Rose no lo entendió, pero le dio igual y le abrazó. Entonces, por tercera vez en toda aquella noche, sonó aquella canción y los dos bailaron y se divirtieron, haciendo caso a la letra de lo que ahora se le antojaba a Andrew como una profecía.

Take me to the disco at the end of the World!

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