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| Foto familiar con la ropa tradicional. De izquierda a derecha: No Lao Tsé, Ping Chi To, Gu Shi Lú, su hermana pequeña, el hámster, la abuela de Jesucristo y yo. |
El caso es que, conforme nos fuimos haciendo mayores y más negros (al menos yo), fuimos desarrollando un gusto por distintas disciplinas. A saber: Ping Chi To se convirtió en todo un chef y su especialidad era la comida vegetariana, como las chuletas de rinoceronte y la ensalada de tigre de mar, que no era otra cosa que un tigre de estar por casa cocido en agua con cantidades descompensadas de sal. No Lao Tsé abandonó la escuela, bueno, más bien fue expulsado porque algunos profesores creían que se burlaba de ellos cuando le preguntaban su nombre (yo aún no termino de entender por qué ese empeño...) y se alistó en el ejército, en el “Cuerpo de Escritores de Pancartas Ilegibles” porque lo cierto es que desde pequeño siempre tuvo un don para la caligrafía y la escritura; no sabía leer una mierda, pero escribía de maravilla. Por último, Gu Shi Lú terminó la carrera y se graduó las gafas, tras lo cual decidió dedicar su vida a la ciencia y hoy se le recuerda por ser el inventor del papel (cosa que No Lao Tsé le agradeció mucho aunque iba con retraso), el jabón perfumado, las cremalleras de los vaqueros, el motor diésel, el cante jondo y los gatos dorados que mueven la patica y parecen decir “En pa cá hermoso y ponme refles que tengo el hombro reventao”. Por mi parte, mi espíritu deportivo me llevó a superar nuevas metas y acabé inventando las artes marciales, basándome en los movimientos de la naturaleza y de animales como el pato malvasía inglés, el cangrejo de río y la chinchilla; desarrollé el estilo de combate con armas como el tenedor y el chorizo de Cantimpalo y fundé una escuela donde mis alumnos pagaban precios desorbitados y aprendían que la mejor defensa es llamar al primo de Zumosol porque eran unos pringaos. En resumidas cuentas (con ábaco), los cuatro triunfamos en la vida.
¿Por qué (os preguntaréis) nos separamos? Pues si os digo la verdad, todo pasó muy deprisa. Nos encontrábamos en el punto álgido, el cúlmen, el cénit (es decir, “en to lo nuestro”) de nuestras respectivas carreras y, al día siguiente, eran los 80. El resto os lo podéis imaginar: drogas, alcohol, sacarina, tabaco (¿soy el único al que le suena como al anuncio de Nocilla?). Por si ello fuese poco, llegó al barrio un chico nuevo, un extranjero, un neoyorquino llamado Ghengis Kahn, hijo de un tal Pi Pi Kahn que se dedicaba al tráfico legalizado de lana de pavo. Ghengis era bastante gamberro pese a ser algo mongolito (su madre era de Mongolia, no penséis mal) e intentaba intimidarnos pese a que su constitución física era poco más que la de un Super Saiyan hinchado a esteroides y cereales dietéticos. Nosotros no queríamos problemas así que le dejamos a su bola y bueno, se nos fue de las manos. Cuando quisimos darnos cuenta había invadido media China, tres cuartas partes de Marbella, había fundado Microsoft y se había cambiado el nombre por el de Julio Iglesias. Al ver el fruto de nuestra irresponsabilidad, nuestra infancia acabó de sopetón con apenas 34 años de tierna edad. Fue triste.
Así, queridos lectores, es como se desarrollaron los primeros 500 años de mi corta existencia. Lo último que supe de mis amigos fue también lo primero y, por tanto, resultó que no sabía nada pese a saberlo todo... o algo así.

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