martes, 28 de mayo de 2013

Silent screaming


Tercera estrofa de un poema que no quiero escribir y cuyos versos no son si no días que me son arrebatados, días que se escapan por la ventana mientras sigo anclado a esta cama que amenaza con pasar a ser parte de mi. De nuevo mi nombre desaparece en favor de un número, el 119. Tal vez acabe por sucumbir a la locura de marcar mi piel con este número tan lleno y a la vez vacío de significado que casi empieza a obsesionarme.
Cada nueva visita es una nueva sorpresa, nueva situación y nueva excusa para reírme de esta parodia de vida que llevo viviendo desde hace un tiempo. Tanto es así que las venas ya no pueden con más porquería y cada poco tienen que perforar un sitio nuevo porque se cierran y escupen la medicación que cae por mis brazos como lágrimas de color beige por la mezcla de sangre rezagada y antibióticos que pretenden correr demasiado. Libre un punto y presa ahora mi muñeca, escribir cuesta más y cada tecla que pulso tira de mis tendones arañando ese trozo de plástico que dicen que necesito.
Como novedad principal, un vaticinio según el cual habrán de perforarme el vientre, ya no solamente abrirlo cuando la operación, que se retrasa por el momento, si no atravesarlo con una aguja aun mayor. Quizá logre esta vez que me dejen inconsciente, quizá quieran oírme gritar de nuevo... y yo me pregunto, si es así, ¿Por que no vienen a verme en sueños? Porque es en sueños cuando grito, en esos sueños en los que oigo un eco de una voz que ya no me habla, es en sueños cuando intento escapar y entonces me muevo y el cable tira de la aguja, la aguja de mis venas y aunque no sale sangre, el dolor me trae de vuelta y me recuerda que solamente era un sueño. Que tal vez tú fueses solamente un sueño.
No, tuvo que ser real porque jamás mi mente me regalaría algo así. No, tuvo que ser real.
Y vuelvo a la realidad, vuelvo a mi mano dolorida, vuelvo a mi cárcel de color salmón, a mi cama con ruedas de la que penden botellas de venenos curativos, al silencio, a la ventana desde la que sólo veo una fachada marrón y persianas a medio abrir, al sofá azul, vuelvo al pasillo deprimente salpicado por puertas tras las que se guardan historias que no conozco, que no me importan, que no hacen más que recordarme que este es un lugar de paso al que se viene solamente para salir, vivo o muerto, tras no poco sufrimiento. Vuelvo al frío que me corre bajo la piel y a pensar en que mi nombre ya no dice quién soy. Vuelvo y me doy cuenta de que aquí solamente soy un número, una habitación, un expediente y me pregunto qué soy para ti cuando estoy aquí, qué soy para ella, para los demás y para mí mismo... y solamente sé que aquí y ahora soy 119 y una extraña sensación me recorre mientras añoro una voz que nunca llega y espero que me digan cuándo me han de atravesar el vientre porque aunque quiera irme ya no puedo. Nadie espera a este número y yo... yo sólo puedo esperar.

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