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| ...y la sangre corría por venas orgánicas y por otras de plástico en una demente montaña rusa que horadaba la piel y dejaba el alma fría y seca pero, sobre todo, triste. |
Por segunda vez en menos de un mes, escribo recién salido del hospital. Esta vez el ingreso se veía venir y se lo agradezco con todo el cariño del mundo al imbécil que se hace llamar especialista y que, posiblemente, se sacó el título de medicina estudiando mucho en la facultad de arqueología, porque es la única explicación que encuentro a que un médico sea capaz de tamaña memez. Una tontería que, sin embargo, me tuvo postrado en cama durante 3 días en los que no hubo articulación de mi ser que no quisiera salirse de debajo de mi piel para separarse de los otros huesos y dejar de arañarse unos a otros. Tres días en los que no podía estar de pie… ni sentado… ni tumbado. Simplemente no podía estar porque el dolor me azotaba en todo momento, estuviese quieto o en movimiento, obligándome a arrastrarme literalmente por el pasillo como un gusano para cualquier cosa que me fuese imprescindible. Tres días en los que deseé cerrar los ojos y no volver a abrirlos porque lo único que no me dolía era la ropa y porque no es parte de mi cuerpo. Esta misma tontería ha acabado por insensibilizarme definitivamente la zona de mi pierna que se vio afectada la primera vez que esa maldita sustancia entró en mi vida. Parece cuestión de unos pocos días que tenga que desempolvar el bastón.
De vuelta al hospital, este mismo personaje se muestra incapaz de admitir que se equivocó rebajando la dosis a ese ritmo. De un suministro diario de 120 miligramos pasó a 45 en dos días cuando hasta una enfermera en prácticas sabe que no es aconsejable reducirlo más deprisa que restando 5 cada semana o, incluso, cada quincena. Él quiso ser guay y aquí tenemos el resultado, una rebaja de 75 miligramos en 48 horas que me ha dejado una lesión permanente en un músculo, que me ha robado otra maldita semana de mi ya de por sí asquerosa vida y que, por si acaso, ha acelerado las previsiones de la cirugía puesto que ha afectado a la capacidad de regeneración habitual del sistema inmune y, en pocas palabras, me ha perforado las entrañas y no se está curando como ni al ritmo que debiera. Pero no acaba aquí la cosa. En un alarde de originalidad, el mismo día el especialista solicita una prueba de cuyo resultado dependerá que la operación sea antes o después. La prueba no llega hasta tres días después pero lo mejor viene ahora. Antes de saber si habrá intervención, me colocan una vía periférica, un trozo de plástico que me recorre las venas desde el codo hasta el mismo corazón mediante un pinchazo con una aguja con la que, además, ensanchan la propia vena desde dentro, provocando un dolor que espero que nadie que conozca haya experimentado jamás. De nuevo y como dije antes, sin saber si habría cirugía, en un macabro “por si acaso”. Resumen de la jugada: vía en el brazo izquierdo, vía en el brazo derecho y ahora sí, incapaz de prácticamente nada por no poder casi mover los brazos para no obstruir las vías… y por el dolor. Si alguien pensase que exagero, diré tan solamente que, quienes me conocen lo suficiente, saben la rapidez con la que se me cierran las heridas y cómo desaparecen sin dejar rastro en cuestión de, incluso, pocas horas. A esas personas lanzaré la pregunta sobre cómo harían las cosas para que aun haya en mi brazo un agujero que ni siquiera se ha cerrado, literalmente un agujero a través del cual se ven músculos. Y sí, aún me duele.
La segunda parte viene por parte de los siempre divertidos asuntos financieros, porque es divertido y fascinante ver cómo, cuando un banco se mete en cualquier asunto, las cosas cambian de formas tan impensables que uno no puede más que mirar con la misma cara que un conejo cuando le das las largas (o____Ô). Y es que, en los siete años que llevo a este amiguito campando a sus anchas y pudriéndome por dentro, el seguro médico había hecho su trabajo de una forma impecable, facilitándome, en la medida de lo posible, la vida en lo que respecta a esta pequeña maldición genética. Pero tuvo que venir un banco y hacer lo que mejor sabe: absorber. En un abrir y cerrar de ojos, se adueñó de una otrora buena compañía de seguros médicos y empezaron las complicaciones, al punto de que mi estado actual se deteriora por momentos ya que esta nueva entidad, fruto de una fusión defectuosa e innecesaria, parece haber evolucionado un paso más, siendo ahora también capaz de poner precio a la vida. Este medicamento que se suministra en doce dosis es, por poco frecuente y delicado, inherentemente caro, del orden de los 6 mil euros la dosis. Haciendo cuentas rápidas, prolongar mi vida un año más le costaría a este “Bancospital” 72 mil euros. Siendo claros, no valgo eso porque han decidido dar todas las vueltas posibles para buscar excusas y fallos administrativos que lleven a que se acabe mi paciencia… y mi tiempo. Nunca me he preciado de ser un ser valioso en lo particular ni en lo general, pero debo admitir que me inquieta saber cuál es el criterio que siguen para saber qué vida vale esa cantidad y cuál no. Sea como sea y cual sea ese criterio, la conclusión es simple: no les compensa económicamente darme doce meses más, no soy una inversión sabia. A veces me sorprende cómo los términos financieros se pueden trasponer al ámbito personal de tantas personas, pero de eso ya hablaré en otra ocasión.
Para finalizar, la mención al karma. Principio de acción-reacción trasladado a la espiritualidad y que empieza a darme que pensar. Me detendré poco ya que poco hay que decir y es que empiezo a preguntarme si todo esto no será la consecuencia lógica de mis actos a lo largo de mi vida. Unos actos que han ido generando unas consecuencias que se han desarrollado de formas que jamás llegaré a abarcar y que han vuelto a mi para devolverme lo que yo hice en su momento. Y es que, mirando un poquito más debajo de lo que tenía por costumbre, es decir, agachando un poco la cabezota y dejando a un lado el orgullo, debo admitir con toda humildad que he hecho tanto daño a tanta gente y a lo largo de tanto tiempo que empiezo a pensar que el sufrimiento que he provocado ha ido creando una cadena de sucesos que, eslabón a eslabón, ha ido creciendo hasta que han surgido los grilletes que ahora me tienen preso a la espera de lo que a todas luces parece la consecuencia más lógica (y poéticamente justa) de unos actos que admito inconscientes a la par que egoístas, crueles, manipuladores y fruto de un desmedido orgullo que solamente buscaba tapar una inseguridad. La inseguridad y el miedo a mi mismo, a no saber contenerme y, por tanto, no encontrar quien me aceptase o, peor aún, encontrar a esa persona y perderla. Y así fue. Encontré personas dispuestas a intentar entenderme y cuanto más se acercaban, más daño les hacía. Causé dolores que ni siquiera puedo comprender a día de hoy y quizá ya nunca logre entenderlos. Esas personas se fueron para intentar curar las heridas que les infligí y no hay forma de saber qué acción provocó qué reacción que desencadenó toda una serie de acontecimientos que derivaron en lo que ahora hay. Y lo que ahora hay es que las malas acciones de mi pasado parecen haber vuelto a mí, como un boomerang, con la misma fuerza con que yo arrojé mi mal al mundo, pero en formas distintas, transformadas por el paso del tiempo y el transcurrir de las vidas de esas personas. Personas que habrán de vivir con mayor o menor recuerdo de mi paso por su ciclo vital. Ahora las heridas que provoqué vienen despacio pero sin pausa y desde mil frentes distintos.
Como se suele decir, “las vueltas que da la vida…”.

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