sábado, 1 de junio de 2013

πάντα ρει


Panta rhei”. Todo fluye. El tiempo, el agua, el aire y la vida. Todo se mueve sin cesar, sin prisa, sin pausa y sin embargo, algunas cosas se detienen y nos anclan a un momento pretérito, a un instante ya ocurrido que no quisimos que acabase. Y pese a todo, también esas cosas se acaban moviendo porque todo, todo fluye.
Del mismo modo que un río nace en una cumbre y avanza hacia un océano, la vida sigue su curso inexorable hacia el tranquilo desenlace que a todos nos aguarda. Es el camino lo que distingue la relevancia que una vida tendrá durante el tiempo que se le otorgue pues, sea breve o longeva nuestra existencia, no importa tanto de dónde venimos o a dónde vamos si no qué hacemos con el tiempo que se nos ha dado. Y yo me encuentro aquí hoy para intentar reflexionar sobre mi tiempo, sobre qué he hecho con él y qué me queda por hacer.
Llegué a este mundo en 1985, hace ya algo más de 28 años y tengo recuerdos desde hace 26. Muchos son vagas imágenes que no distingo claramente pues no sé si son recuerdos propiamente dichos o imaginaciones mías, pero sí recuerdo claramente, por ejemplo, la escena final de una película cuyo título, “Forbidden Planet” descubriría muchos años después. Vienen a mi mente una habitación con muebles de madera oscura con una ventana a mi derecha, un patio con una moto de baterías con la que daba vueltas, un ordenador en el que se mostraba un rudimentario videojuego en verde sobre negro, un saltamontes en el pequeño jardín de una casa de fachada azul... Y otras cosas menos claras como mi madre llorando en el asiento del conductor tras una discusión con mi padre en lo que parecía la puerta de una discoteca de mediados de los 80, un viaje en coche por una carretera en la que, en medio de la nada, aparecía un enorme supermercado durante un día muy caluroso de verano, un bloque de apartamentos de playa en un lugar que ni siquiera sé si existe, una vaga imagen de lo que parece ser la única vez que vi con vida (si es que sucedió tal cosa) al padre de mi padre. Realmente no sé cuáles de esos recuerdos son reales porque hasta hace poco no ha sabido qué parte de mi vida era real y cuánto era producto de mi imaginación o de mi propio intento de darle sentido a lagunas que dejaban vacíos que mi mente no podía si no intentar completar.
Saltando al presente, me encuentro, por tercera vez en menos de un mes, postrado en una cama de hospital a expensas de los designios de un grupo de médicos que me traen de cabeza al no ponerse de acuerdo y tener, cada día, una nueva “sorpresa” con la que hacer que me plantee si de verdad quiero despertar mañana. En el momento de escribir estas líneas estoy indeciso. Tengo tantos motivos para vivir como para morir y es un punto delicado este en el que me encuentro porque, la verdad, ambas opciones me parecen razonables y ninguna pesa sobre la otra. Supongo que se podría decir que ganará la que mejor “excusa” me dé para hacerle caso.
Por otro lado, lo que puedo decir que he hecho hasta ahora es bastante poco, escaso incluso y ni siquiera sé si merece la pena. Lo que sí puedo decir es queme he dado cuenta de que, ya desde pequeño, siempre hubo algo raro en mi. Yo mismo me sentía y siento raro respecto a los demás, como que hay algo que no termina de encajar, algo al margen de mis no pocas “taras” y que otras personas han visto desde muchas y muy variadas perspectivas. Pese a todo, a día de hoy sigo sin saber qué es esa diferencia que noto y notan los demás, sigo sin entenderla porque cuando por fin parece que alguien me puede ayudar a encontrar una respuesta, surge entonces otra pregunta que hace que todo se desmorone como el tan manido ejemplo del castillo de naipes. La pregunta en cuestión es “¿Por qué yo?”. Si hay alguna razón para este desasosiego existencial que explique qué me hace sentirme distinto, debe haber también alguna razón para que sea precisamente a mi, en mi opinión. Entonces, ¿Qué ocurre realmente y por qué me ocurre a mi? Como he dicho, he recibido varias explicaciones al “qué” bastante razonables, pero hasta ahora ninguna sobre el “por qué” y esto, además de molestarme sobremanera provoca que aumente mi inquietud primero porque sin esa respuesta, la anterior pierde fuerza y segundo porque una parte de mi no puede evitar pensar que si todo tiene un por qué en la vida, debe haberlo también para esto y el no haberlo encontrado en las casi tres décadas que llevo aquí, pese a las incontables conversaciones sobre el tema, las infinitas reflexiones, experimentos, etc. Si pese a todos los esfuerzos, propios y ajenos, no hay aun un por qué, debe haber un fallo. Tal vez no haya llegado el momento de saberlo, tal vez no he encontrado a la persona que me ayude a dar con la respuesta o tal vez no haya encontrado el enfoque exacto al tratarse de algo tan concreto y tenga que “afinar” aun más... O tal vez simplemente no haya un por qué, pero, de no haberlo, ¿Qué sentido tendría entonces que no fuese igual? Todo cambio en la naturaleza obedece a un motivo, a un propósito que principalmente está relacionado con la adaptabilidad a un entorno. Sin embargo, no me adapto mejor que nadie a nada ergo no se trata de una diferencia evolutiva, no soy y nunca me he considerado superior a nadie en nada, más bien tres cuartos de lo contrario.
A veces pienso que esta sensación no es más que una broma cruel del juguetero que me fabricó solamente para hacer conmigo los experimentos que con sus otros muñecos no quiere hacer para no estropearlos y por eso me dejó a medias, incompleto y con un vacío interior a propósito para no olvidase que solamente soy un muñeco de prueba, como los que utilizan para probar los coches en accidentes simulados. Ese titiritero mueve los hilos de mi vida llevándome por caminos extraños que no haría recorrer a sus otras creaciones por miedo a dañarlas pero a mi me fabricó para eso porque así, cuando me rompa, podrá conservar sus otras joyas y sabrá por dónde no debe llevarlas para que no se dañen. Tanto es así que me paro a pensarlo y casi creo que es posible que el hueco que esta marioneta que soy lleva en su interior fuese hecho a medida con una forma exacta y con un propósito concreto como el de fabricar después a otra marioneta, una preciosa muñequita que tendría en su interior la pieza del puzzle que me falta y que me completaría y que esa muñequita de princesa entraría en mi vida, completaría el rompecabezas y, cuando pareciese que mi existencia cobraba sentido, él volvería a mover los hilos llevándome por caminos esperpénticos que ningún otro títere seguiría y me haría actuar de formas tales que, finalmente, la  muñequita princesa huiría despavorida llevándose consigo aquella pieza y la esperanza de un servidor de conocerse a sí mismo y quizá incluso ser feliz. No intento, conste, librarme de mi culpa pues los pies que recorrieron el camino equivocado fueron los míos. A veces simplemente quisiera saber cómo cortar esas cuerdas, cómo dejar de ser un sujeto de pruebas en manos de un artesano demasiado cobarde para mover sus otros muñecos hasta saber si se pueden romper o no, demasiado cobarde para explicarme el por que, para dar la cara o, sencillamente, acabar conmigo. Y es que me pregunto qué más le puede quedar por probar ahora que ya me ha llevado al límite, ahora que mi vida útil se acorta a medida que se me agotan las pilas y a mi alrededor todo se va volviendo difuso.
Pero el juguetero es solamente una metáfora, una posibilidad como otra cualquiera dentro de un conjunto demasiado amplio para siquiera pararme a contemplarlo habida cuenta del tiempo del que dispongo y de lo que quisiera hacer con él. La realidad parece ser la misma en la que todo está en movimiento, todo recorre un camino, todos lo hacemos y tarde o temprano, llegamos a la meta. Una vez allí, acaba el flujo que es la vida y quién sabe si hay relevo, si hay una segunda vuelta o si continuamos en otra dirección.
Miro y veo 28 años, pocos o muchos, según quién observe, pero en definitiva se resumen en dos días, que es lo que dicen, que la vida son dos días y, si es así, tengo la sensación de que a mis dos días ya les quedan sólo horas... Cosas del tiempo que, dicen, no fluye igual para todos.

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