Así te llamo. No hay en mi nada que me impida decirte hasta qué punto te aborrezco porque desde que entraste en mi absurda vida no has hecho más que complicarla, retorcerla y retorcerme a mi. No tenías bastante con tus esporádicas apariciones, que ya de por sí son mal presagio, no… tenías que venir, más fuerte que nunca y humillarme. Y lo peor es que tengo que permitirlo, dejar que hagas tu trabajo y deformarme a tu antojo, física y psicológicamente. O morir de dolor.
Y sin embargo, el dolor que me quitas lo cambias por otro aun más insufrible porque ahora me has hecho preso. Maldita zorra, te detesto y sin embargo mi vida depende de que no me faltes, no de golpe. Y mientras me desintoxico como si fuese un adicto, te arrastras por mis huesos y me rasgas a placer, astillándome por dentro, entumeciéndome y quemándome mientras me congelas. Me has convertido en una bestia incapaz de saciar un apetito que ni siquiera me pertenece y has condenad mi ya de por sí patético aspecto… si ella me viese ahora huiría de mi oronda fealdad, por que sí, ¡PUTA! Me estás haciendo engordar para divertirte y dime, si no me quiere siendo yo, ¿cómo va a quererme siendo dos veces yo?
No, lo sé, no estás contenta y por si acaso, decides pasarte a verme, de cuando en cuando. Tus visitas me recuerdan que a veces, es peor el remedio que la enfermedad y tú eres la prueba. Sí, tal vez alivies mis entrañas pero a cambio, me has mutilado. Noches como anoche en que durante cuatro horas de insufrible agonía los huesos querían salirse por debajo de mi piel, mi frente ardía mientras me congelaba, mi cuerpo temblaba de dolor y mi garganta es ahora incapaz de producir más que un ronco sonido porque sí, zorra, me hiciste gritar de dolor. Arrancaste de mi pecho alaridos que hoy me impiden hablar como una persona normal, retorciste mis piernas y brazos para que no pudiera siquiera estar en pie, ni hablemos de caminar. Uno a uno, hueso a hueso, recorriste mi cuerpo haciéndolos crujir, rozar, arder y gritar por abrirse paso entre músculos y piel para escaparse. Conseguiste anularme y solamente podía gritar y respirar… gritar su nombre aunque sabía que no me escuchaba, respirar deprisa y tal vez desmayarme. Pero no me dejarías así como así… solamente te sirvió hacer venir a un médico para que me taladrase los músculos, analgesia directa, ansiolítico doble tras una ración doble de pastillas. Y aun así, te resistías. Pero yo no pude más. No recuerdo más.
¿Me dormí? ¿Me desmayé? ¿Lo soñé todo? No lo sé, lo admito. Pero sí sé que gritaba un nombre, su nombre. Sí sé que ahora estoy roto, que no puedo caminar y que no puedo retomar mi vida porque ahora sé que puedes llegar en cualquier momento, maldita ramera, y convertirme de nuevo en la fea criatura de miembros retorcidos que fui anoche, en el ser que no lograba articular más que alaridos de agonía intercalando una llamada desoída de cuando en cuando. No, no puedo vivir porque ahora, cada minuto que permanezco despierto, es una nueva posibilidad de que te vuelvas a meter en mis huesos para contorsionarme como si fuese un muñeco de alambre, de que vuelvas a quebrar mis huesos sin romperlos mientras haces que mi cuerpo sufra los desgarros de unas astillas que no existen ni dejan de existir. No puedo caminar, no puedo permanecer sentado, no puedo siquiera yacer y ni siquiera puedo perder el conocimiento porque, cuando estoy al borde del colapso, te detienes lo justo para dejar que coja aliento y, de nuevo, embistes contra mi. Si tú, zorra, has de ser la cura, olvídalo. Ya no quiero más. Ya no puedo más.
Tú y aquél contra el que luchas… no os queda nada que quitarme, ya me habéis vaciado así que marchaos, dejadme en paz y que el tiempo se ocupe de lo demás, pero basta. Así no vale la pena vivir, postrado en una cama, ora atormentado por la enfermedad, ora retorcido por la cura y, en todo momento, deseando cerrar los ojos y no abrirlos nunca más. No, ya no más. Esto ya no es vida, sólo es existencia y yo… no quiero seguir.
Quiero que ella apague la luz y me ayude a dormir como hace tanto que no duermo... la quiero a mi lado cuando cierre los ojos.
![]() |
| ¡Sonríe a la cámara, maldita! |
Y sin embargo, el dolor que me quitas lo cambias por otro aun más insufrible porque ahora me has hecho preso. Maldita zorra, te detesto y sin embargo mi vida depende de que no me faltes, no de golpe. Y mientras me desintoxico como si fuese un adicto, te arrastras por mis huesos y me rasgas a placer, astillándome por dentro, entumeciéndome y quemándome mientras me congelas. Me has convertido en una bestia incapaz de saciar un apetito que ni siquiera me pertenece y has condenad mi ya de por sí patético aspecto… si ella me viese ahora huiría de mi oronda fealdad, por que sí, ¡PUTA! Me estás haciendo engordar para divertirte y dime, si no me quiere siendo yo, ¿cómo va a quererme siendo dos veces yo?
No, lo sé, no estás contenta y por si acaso, decides pasarte a verme, de cuando en cuando. Tus visitas me recuerdan que a veces, es peor el remedio que la enfermedad y tú eres la prueba. Sí, tal vez alivies mis entrañas pero a cambio, me has mutilado. Noches como anoche en que durante cuatro horas de insufrible agonía los huesos querían salirse por debajo de mi piel, mi frente ardía mientras me congelaba, mi cuerpo temblaba de dolor y mi garganta es ahora incapaz de producir más que un ronco sonido porque sí, zorra, me hiciste gritar de dolor. Arrancaste de mi pecho alaridos que hoy me impiden hablar como una persona normal, retorciste mis piernas y brazos para que no pudiera siquiera estar en pie, ni hablemos de caminar. Uno a uno, hueso a hueso, recorriste mi cuerpo haciéndolos crujir, rozar, arder y gritar por abrirse paso entre músculos y piel para escaparse. Conseguiste anularme y solamente podía gritar y respirar… gritar su nombre aunque sabía que no me escuchaba, respirar deprisa y tal vez desmayarme. Pero no me dejarías así como así… solamente te sirvió hacer venir a un médico para que me taladrase los músculos, analgesia directa, ansiolítico doble tras una ración doble de pastillas. Y aun así, te resistías. Pero yo no pude más. No recuerdo más.
¿Me dormí? ¿Me desmayé? ¿Lo soñé todo? No lo sé, lo admito. Pero sí sé que gritaba un nombre, su nombre. Sí sé que ahora estoy roto, que no puedo caminar y que no puedo retomar mi vida porque ahora sé que puedes llegar en cualquier momento, maldita ramera, y convertirme de nuevo en la fea criatura de miembros retorcidos que fui anoche, en el ser que no lograba articular más que alaridos de agonía intercalando una llamada desoída de cuando en cuando. No, no puedo vivir porque ahora, cada minuto que permanezco despierto, es una nueva posibilidad de que te vuelvas a meter en mis huesos para contorsionarme como si fuese un muñeco de alambre, de que vuelvas a quebrar mis huesos sin romperlos mientras haces que mi cuerpo sufra los desgarros de unas astillas que no existen ni dejan de existir. No puedo caminar, no puedo permanecer sentado, no puedo siquiera yacer y ni siquiera puedo perder el conocimiento porque, cuando estoy al borde del colapso, te detienes lo justo para dejar que coja aliento y, de nuevo, embistes contra mi. Si tú, zorra, has de ser la cura, olvídalo. Ya no quiero más. Ya no puedo más.
Tú y aquél contra el que luchas… no os queda nada que quitarme, ya me habéis vaciado así que marchaos, dejadme en paz y que el tiempo se ocupe de lo demás, pero basta. Así no vale la pena vivir, postrado en una cama, ora atormentado por la enfermedad, ora retorcido por la cura y, en todo momento, deseando cerrar los ojos y no abrirlos nunca más. No, ya no más. Esto ya no es vida, sólo es existencia y yo… no quiero seguir.
Quiero que ella apague la luz y me ayude a dormir como hace tanto que no duermo... la quiero a mi lado cuando cierre los ojos.

1 comentario:
Sé que no te servirá de mucho y que ya te lo habrán dicho los médicos, pero por experiencia, los efectos de la cortisona, la aldosterona y en general de todos los corticoesteroides, son temporales, dolorosos, sí, pero por fortuna temporales.
Nadie, NADIE en tu vida, te quiere sólo por tu aspecto, la gente, y éso me incluye, te aprecia por otras muchas cosas, personalmente a mí me importa tres narices que peses 50 o 100 kg, me importa que seas tú mismo y que sigas luchando, porque sé que puedes hacerlo.
Mi madre leyó tu relato, se emocionó, dijo que a pesar de todo, ella nunca te ha odiado, que te quiso como un hijo y que se alegraba de haber significado tanto para ti.
Ánimo, aunque te sirva de poco que te lo diga.
Publicar un comentario