viernes, 6 de agosto de 2021

舞踏カイピリーニャ (Caipirinha de Butō)

Caipiriña (Portugués: [kajpiˈɾĩj̃ɐ] caipirinha) es una bebida brasileña clasificada como un cóctel. Su ingrediente principal es la cachaça (cachaza), pero también lleva lima o limón sutil, azúcar y hielo). Este nombre fue puesto alrededor del 1900, y viene de una mezcla de “caipira” (término que hace referencia a los campesinos que habitaban en los bosques) y de “Curupirinha” (Curupira era un demonio místico que vivía en los bosques, cuyo diminutivo es “curupirinha”, además esta palabra se usa para referirse al estado de ebriedad en que comenzamos a tener visión borrosa).

Ankoku butō (Japonés: 暗黒舞踏), conocido en occidente simplemente como butō o butoh por su transliteración inglesa, técnicas de danza creadas en 1950 por Kazuo Ōno y Tatsumi Hijikata. El butō es una manifestación artística que nace de la posguerra y constantemente busca reflexionar sobre la cultura nipona posterior al desastre nuclear. Visualmente es reconocido por el uso de movimientos erráticos y grotescos, en muchos casos repetitivos. Los temas del butō suelen ser tópicos sobre la identidad, la ansiedad, el caos, críticas a la sociedad posguerra, la construcción del género y la orientación sexual.

Así, a priori y sin contexto, soy consciente de que poco o nada parecen tener en común los dos conceptos. Al fin y al cabo, ¿qué podría unirlos?


Uno es la luz

La fiesta

La risa

La alegría del verano, los amigos, quizá un ligue, el descontrol

Desconexión de la rutina, algo fresco

Dulce y paz, playita rica y piel morena.


Otro es gris, oscuridad

Retorcerse en el recuerdo, 

En el horror,

La memoria que arrastramos,

Cicatrices que ocultamos mientras,

Heridos, renqueamos.


Diríase, por tanto, que son noche y día, realidades diferentes de historias separadas… mas, ¡ay, ingenuos de nosotros!

Pocas veces nos percatamos de que son, empero, una misma realidad distorsionada.

Pocas veces alcanzamos a despejar la bruma que ante nuestros ojos se manifiesta.

Pocas veces conseguimos ver con claridad porque, al mirar, algo molesta.

Pocas veces nos paramos a pensar que, en el fondo, nuestra testa está adormilada.

Que percibimos, pero no todo. Que creemos que sabemos y brillamos cuando apenas intuimos y, de vez en cuando, destellos alcanzamos.

Y es que no es verdad que hoy en día sepamos más; tan sólo es cierto que tenemos más a nuestro alcance pero no, no sabemos más. Porque, dicen, que el saber no ocupa lugar pero no hablan del esfuerzo: saber cuesta. Y si en algo ha avanzado el mundo es en la búsqueda de la comodidad así que, ¿para qué aprender algo que podemos cunsultar cuando queramos? Y peor aún ¿para qué pensar? Pensar requiere tiempo, esfuerzo y atención. No siempre obtenemos resultados… o al menos no los que buscamos. Y eso frustra. Y eso de la frustración lo llevamos regular, ¿no?

¿Y si, en vez de pensar, tomamos una caipiriña? Nos relajamos, nos quitamos de encima las tensiones del trabajo, del jefe imbécil o el contable inútil o de ese abogado bueno-para-nada, mandamos a paseo al redactor baboso o al profesor que da la turra, a los padres plastas y, ¿por qué no? Al amigo llorón, al intensito y al que le da vueltas a todo. “Um pouco de cachaça” y a disfrutar, a embriagarnos y que la mente vuele… pero el ser humano no vuela por un motivo tan sencillo como que no tiene alas y sí, podemos subir, pero hay que aceptar que antes o después tocará bajar. Y de eso se encargará, en términos brasileños, Curupira.

Llegará un momento en que esa visión borrosa nos haga tambalear y, antes o después, de seguir así, caeremos. Caeremos embriagados, y nuestro cuerpo dejará de estar a nuestras órdenes y seremos apenas una parodia de quien somos. O mejor dicho, de quien pretendemos ser.

Y es que, curiosamente, hoy en día todo pasa por aplicar los filtros adecuados para mostrar al mundo que nuestra vida es de ensueño, que nuestros amigos siempre están a nuestro lado, nuestras casas son palacios, nuestras ventanas dan al paraíso y nuestros cuerpos fueron esculpidos por dioses griegos en una tarde de primavera hasta las cejas de afrodisíacos y que se nos zumbarían si, al menos, existieran.

Si algo de ello existiera.

Porque hoy en día, en realidad, la gente busca esa caipiriña para abotargar cuerpo y mente y no pensar. Porque, como dijo el gran Frank T, “Una reflexión merece: pensar escuece” y en pos de la tan ansiada comodidad, dejamos de pensar. Evitamos pensar, huimos de pensar. Porque, si lo pensamos, tendríamos que esforzarnos en resolver un gran problema:

Que no somos más que una proyección; que pensar nos recuerda que, en muchos casos, fingimos estar bailando y divirtiéndonos y que somos más como lombrices retorciéndose en un anzuelo que no recuerdan cómo las atrapó y del que cuesta más trabajo pensar cómo salir de lo que les cuesta, en definitiva, acostumbrarse a que les perfore las entrañas lentamente.

El problema, en definitiva, de que es más fácil vivir yéndonos de caipiriñas mientras nuestras almas, atormentadas por los problemas que es mejor callar para no romper el ambiente de desconexión y negación que proporciona el no pensar, danzan un butō.

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