Sé de un lugar que otrora supo de mi. Poco, como casi cada lugar del que algo sé. Porque yo mismo, de mí mismo, poco sé. Porque poco paso en donde sea que haya un lugar del que algo sepa.
Sé que ese lugar me vio correr a mi, que casi nunca corro ya. Quizá se me gastó entonces la poca prisa por crecer.
Sé que conocí ese lugar como todo conocía de niño, porque alguien me llevaba. Sé que estaba al lado de mi casa y durante años no lo supe. Lo ocultaban unas zarzas gruesas, de esas que dan moras que yo nunca probé porque de niño no comía fruta. Tampoco como mucha ahora. Ocultaban, como digo, un camino sin señales, un recorrido breve de apenas un par de minutos con las piernas de un chiquillo. Un par de minutos y, de pronto, otro mundo. “El Huerto” lo llamaba su dueño, el padre de un amigo del colegio. Mi primer contacto, me di cuenta mucho después, con gente de Galicia. Un trozo de tierra sin misterio en algún punto de la ladera de la montaña porque de pequeño sí, vivía entre montañas. Pero miento, sí había misterio. Porque no entendía entonces ni entiendo todavía cómo era posible que existiera esa dimensión distinta desde la que podía ver las ventanas de mi bloque de pisos y, sin embargo, no la hubiera descubierto.
El Huerto era, en realidad, un pasatiempo para Juan, el padre de Juan hasta que un día Rosa, mujer de Juan y madre de Juan, tuvo la idea de llevarnos a mi y a Juan, hijo de Juan, para que no estuviéramos todo el día enganchados a Bola de Drac o a “las maquinitas”. Yo no había ido nunca a un huerto y le pregunté a Rosa, a Juan y a Juan qué se hace normalmente en un sitio así.No sé lo que me dijeron, hace mucho ya de aquello, pero sí recuerdo lo que hice el primer día. Divertirme “como un niño normal”. Y eso se repitió todas y cada una de las veces que Rosa nos llevaba a Juan y a mi junto a Juan, que solía llegar antes para, como decía él mismo “Echar el vistazo” porque aunque lo llamaba “El Huerto”, seguía siendo un trozo de tierra en la ladera de una montaña en la que podía salir una serpiente de cualquier parte. Lo cierto es que nunca vi una y estaba (y sigo) convencido de que se debía a la concienzuda labor del vistazo de Juan. Al fin y al cabo, cualquier cosa era posible en aquella parcela de mundo que estaba a la vez junto a mi casa y en otra dimensión.
Sé que en un momento nos mudamos. Nunca me despedí de Rosa, ni de Juan, ni de Juan. Ni del Huerto. Se suponía que me iba para unas vacaciones… eso también me lo creí.
Veinte años después pude volver a aquel bloque de pisos. Vi la ventana por la que solía mirar y no me pregunté quién habría allí ahora. Porque vi las zarzas, que todavía daban moras. Con el mismo aspecto que cuando, de pequeño, no las comía. Y me asomé buscando aquel camino.
Porque después de veinte años seguía sabiendo de un lugar.
Y el camino estaba allí.
Y “El Huerto”… A ojos de un adulto parecería que estaba abandonado y que la naturaleza, libre del yugo del hombre, había reclamado la parcela.
Pero en realidad,
Sé de un lugar que estaba en otro tiempo. Un lugar en que dejé parte de mi tiempo, sin perderlo. Un lugar que, después de mucho tiempo, sigue al final de un camino guardado por zarzas que dan moras que quizá nunca pruebe. Un lugar cubierto de verde. Un pasatiempo que, de alguna manera, le salió bien a Juan.
4 comentarios:
Andorra , el mejor viaje de mi vida
Andorra, el mejor viaje de mi Vida
Andorra, el mejor viaje de mi vida
Mucho me temo, querida, que eso es una gran exageración.
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