Esta no ha sido la primera vez que me pasaba. Tampoco sé si han sido muchas, pero estoy bastante convencido de que no era un sueño. O al menos no uno corriente.
Esta noche he vuelto a visitarla.
Pripyat.
Hace ya algo más de 30 años que sucedió el incidente y yo tenía poco menos de un año cuando pasó todo aquello y pasarán más de veinte milenios antes de que las heridas se cierren.
Resulta una obviedad, empero recalcable, que no he estado allí. Ni yo ni, técnicamente, nadie desde que acabó la evacuación de la planta y las zonas englobadas por el perímetro de seguridad. La cuestión es que no sé nada más allá de lo que he visto en documentales y leído en toda clase de artículos con mayor o menor credibilidad por parte y parte... y lo que he experimentado las veces que la he visitado.
No sé cómo llamar a esta experiencia que se ha repetido varias veces a lo largo de mi vida, incluso antes de conocer el nombre de esta ciudad o siquiera ser plenamente consciente de lo que supuso el incidente del reactor. Ni siquiera podría decir cuántas veces ha sucedido pero lo que sí sé es que esta pasada noche no se trataba de mi primera visita, pero en esta ocasión sí recuerdo a quien me acompañaba. De hecho, recuerdo a tres personas. En primer lugar estaba a mi lado mi hermana. No recuerdo con claridad las anteriores visitas pero sí sé que ella no estaba. De hecho, ella aún no había nacido en el momento de evacuar Pripyat, pero técnicamente es algo irrelevante si recordamos que yo tampoco he estado allí… Por otro lado había una señora mayor, rondaría unos 50 años mal llevados, casi 60 quizá. No tengo ni idea de quién era o qué hacía allí, pero de algún modo nos guiaba a mi hermana y a mí por una especie de camino cubierto por láminas de metal que conducía a lo que parecía ser una entrada no vigilada a la ciudad muerta. Nos daba instrucciones para colocarnos el traje de seguridad, los guantes, cerrarlo todo bien. Pero no recuerdo una sola palabra suya y ya no sé si porque hablaba en ruso y no entendía nada o porque, directamente, no hablaba. La tercera persona tardaba en aparecer y se mostraba una vez ya habíamos entrado en la ciudad mi hermana y yo, la señora no quería pasar de la entrada del pasillo de metal. Se trataba en esta ocasión de una chica que me resultaba familiar “allí” y hago esta aclaración porque realmente no conozco a nadie que se le parezca en absoluto. Era bajita y sólo recuerdo unas botas altas negras sobre el traje de protección.
Mi hermana y yo entrábamos en lo que parecía una sala de calderas o algo parecido y luego una puerta daba a lo que parecía la planta baja de una fábrica. No tengo realmente ni idea de lo que estaba viendo más allá de muchas tuberías de un color indeterminado por el óxido y lo que parecían garitas de guardia, como las que hay en los peajes.
Ya, me imagino que, como sueño es cuanto menos raro y cuestionable todo esto que escribo pero hubo un detalle que me desencajó por completo. En un momento dado, mi hermana se me acercó con algo en la mano, resultó ser un contador geiger. No voy a presumir que sé cómo funcionan ni si es buena o mala señal que marque esto o aquello, pero allí estaba mi hermana, indicándome que teníamos poco tiempo y aquél trasto haciendo su característico ruido como de algo frotando un micrófono con helio. Entonces, mi hermana me dijo “Mira a ver a qué hora se pararon los relojes” y yo fui, uno a uno, mirando cada reloj que encontraba, colgado en la pared de una garita, en una mesa, donde fuera. Al poco, volví con ella y le dije “Este marca las 10:15, el de la pared marca las 16:20, hay uno más allá que estaba parado a las 7:45… vamos que no hay dos que marquen la misma hora” y ella dijo “Eso quiere decir que se pararon en momentos diferentes” a lo que contesté “Puede ser por mil cosas, en realidad, pero sí, es bastante curioso” y entonces me hizo señales para que me acercase a mirar un calendario. Estaba cubierto de polvo y demás porquería propia de 30 años de existir en un ambiente cuyo aire está cargado de basura radiactiva. Ni idea de cómo seguía de una pieza, pero desde luego ni tocarlo. Era una imagen como de un campo poco antes de que llegase la primavera. Ni idea de qué ponía porque ni siquiera en sueños hablo ruso, pero he aquí el detalle: cuando dormimos no podemos leer y yo, aunque no entendía nada, estaba allí delante, reconociendo caracteres sueltos del alfabeto cirílico (ruso) y “desperté”. No podía estar soñando si podía leer (o al menos reconocer) aquellas palabras pero entonces, ¿qué estaba pasando? Lo que está claro que no podía ser es que mi hermana y yo hubiésemos aparecido sin más en aquella ciudad y más improbable aún es que fuese algo habitual y sin embargo, la forma en que nos movimos por allí, cómo ella manejaba el contador, encontrarme a aquella otra persona “conocida” y saber qué buscar y dónde, cuánto tiempo teníamos y a quién recurrir para entrar en la zona contaminada… algo no encajaba. Y sigue sin encajar.
Si era un sueño lúcido o si realmente no era nada, no lo sé. Sólo sé con seguridad que, mientras escribo esto, se me enfría el té y mi hermana ve la televisión sin sospechar que hace unas horas me acompañaba en una incursión de lo que parecía un amplio número de visitas al corazón de lo que un día se convirtió en un infierno sobre la tierra.
Si era un sueño, ¿por qué algo me dice que volveré allí hasta que encuentre lo que sea que estuviera buscando? Quizá esté perdiendo la cabeza o quizá realmente perdí algo en Ucrania hace 30 años...

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