sábado, 29 de abril de 2017

P-119: Orgullo y Pastillas

Hay días que amanecen extraños, como que sin saber bien por qué, uno tiene la sensación de que puede pasar cualquier cosa. Hoy, empero, ha sido un día de ésos en los que me acuerdo de ciertos detalles que me acompañan y complican la existencia con bastante regularidad. Hoy es uno de esos días en los que puedo pensar y decir en voz alta “Tenía yo razón” y quienes me conocen un mínimo saben que el 99% del tiempo estoy equivocado en algo pero cuando tengo razón… diré solamente que no suele ser bueno para nadie pero para mí es especialmente negativo.
¿Solución? Ninguna que pueda llevar a cabo respetando la actual configuración del tejido de la realidad y/o arriesgar el continuo espacio-tiempo en que parece que tanto os gusta habitar. Por tanto sólo me queda daros la chapa. Inciso: el uso de esta expresión no es baladí y es que en un espacio de tiempo ridículamente breve, 2 personas que me importan mucho han usado esa expresión “contra mí” en sendas conversaciones, inconexas entre sí y, sin embargo, muy relacionadas. Bueno, al turrón.
Hace unos días tuve lo que podría definir como un momento de flaqueza bastante desagradable en lo que a la salud respecta. Normalmente en ese aspecto no hago mucho ruido y puedo contar con los dedos de una mano (y sobran) a quién aviso sobre ello. Fue, como casi todo lo que me asalta de un tiempo a esta parte, algo que me jodió hasta un punto insospechado de forma breve pero ya dejando en mí la duda de “¿Y si…?”. En resumen, una jodienda imprevista dentro de mi calendario de momentos de mierda habituales. Pero pasó y de las primeras cosas que se me ocurrieron fue avisar a quienes había avisado del asunto de que, pese a todo, había vuelto a casa.
Porque volví… ¿no?
Me lo pregunto porque, desde entonces, todo es un asco y tengo la esperanza de que ahora mismo esté soñando todo esto como resultado de una sedación muy guapa o un coma inducido por una anestesia pasada de fecha. Que ya me imagino a más de uno diciendo que igual no es para tanto lo que me pasa como para preferir estar en coma, pero una cosa aseguro y es que, habiendo muerto clínicamente en alguna que otra ocasión, la sensación al despertar de la no existencia es infinitamente menos desconcertante que la de no saber si ese día te dirigirá la palabra alguno de los 2 seres humanos que se encuentran entre tus favoritos y, por lo que sea, no te hablan. Lo que en resumen viene a ser que ahora mismo tengo más ganas de morirme que de que sigáis, vosotras 2, matándome a silencios.

Y bueno, quien dice “por lo que sea no te hablan”… igual me estoy exculpando en demasía. Por si acaso tiraré de pseudónimos no sea que se me ofenda el personal y/o me reclamen derechos de imagen y semejanza.
Con Carrot me pasó que, para variar, me pasé. Por lo que sea me preocupé y reaccioné mal. Te machaqué y reproché en exceso y lógicamente, en un punto de saturación propio de una disolución que no admite más, me mandaste a tomar por donde amargan los pepinos y… hasta ahí sé.
Con T-Bell me pasó quizá lo contrario. Pasé bastante de según qué y como era de esperar, te hartaste. Recurriste al silencio y a ignorar mi existencia, hasta ahí todo como siempre hasta que yo, harto de intentar remediarlo, acabé harto también y me obligué a hacer lo mismo y entonces a ti te dio por cambiar el chip y volver a que hubiese buen ambiente… en fin, tira y afloja a diario.
¿Pero sabéis una cosa? Estoy agotado.
Desde hace una temporada estoy continuamente disculpándome porque me equivoco. Mucho. Pero ya lo he dicho al comenzar este texto. Acierto el 1% de las veces y eso siendo generoso. Sin embargo, de lo que sí me he percatado es del detalle de que estos dos casos son ejemplos que corroboran mi teoría de que, según de quién se trate, todos tenemos excepciones. Por norma general me encabrono con varios seres humanos, 2 dispositivos electrónicos y 4 ingredientes de cocina a diario. A veces el número de electrocacharros o especias varía, pero los humanos no fallan y el número se mantiene irritablemente estable. El problema es que a mí no me molesta engorilarme con la gente y tramar su destrucción en lenta y desquiciante agonía. Lo que me incomoda es que no sean siempre los mismos los que me tocan las narices y claro, a veces me encuentro que estoy enfadado, como he dicho anteriormente, con alguno de los escasos entes a los que no quisiera perder por nada del mundo. En este caso, al tener esta situación por partida doble he optado por la sencillez.
Tras mucho pensarlo y reconsiderarlo y habiendo estado en no pocas ocasiones al borde de soltar alguna gilipollez, he pronunciado una disculpa sentida a Carrot (sin respuesta, como imaginaba). Y cada vez que me cruzo con T-Bell busco alguna excusa para que haya un mínimo de conversación a la espera de que se apacigüe el ambiente lo suficiente para hablar más extensamente (por ahora también ando sin una respuesta firme).
Lo peculiar de todo esto no es haberme disculpado y admitido mi error. Por alguna razón que no entiendo, las entidades masculinas parecen programadas para no reconocer el haberse equivocado, cosa que yo hago ya no por necesidad si no porque mi sentido de la lógica me dice que “es lo suyo”. No, lo que me escama de todo esto es que tampoco soy del todo culpable de esto y sin embargo no concibo cómo hay personas que no son capaces (o no quieren) ver que si yo he cometido un error no es con ánimo de hacer daño… a ver, sí, normalmente existo para reventar al ser humano PERO, joder, si tengo una serie de humanos favoritos está claro que a esos no. Como diría el bardo “Un poquito de cabeza, cagonlaputaya”. Que sí, que entiendo que he metido la pata, pero hostia, uno no se equivoca al leer un cartel si está bien escrito, ¿no?
Además, pensad en esto. Si me conocéis y habéis prestado un mínimo de atención os habréis dado cuenta de que yo, como ley universal que soy, no tengo por qué disculparme. Me explico: según la teoría, yo no debería disculparme porque, como ley universal puedo no cometer errores. Es más, algo que parecería un error en el común de los mortales es, en mi caso, algo hipotético. Como entidad que rige sobre las leyes de la física, tengo la posibilidad de que, en el improbable caso de que algo sucediese “mal”, corregir el rumbo dentro del ya mencionado espacio tiempo y partir del punto inmediatamente anterior, contemplando todas posibilidades de forma simultánea y dando lugar a que dicho “fallo” nunca suceda. En términos más mundanos, procuro que, si me equivoco, se solucione antes de que afecte a nadie.
No me gusta echarme flores pero si estáis pensando en qué palabra usar ahora mismo, “pluscuamperfecto” es bastante acertada. Estaréis pensando quizá en “capullo” o “flipao” pero… tomaos un momentito.
Pensad una cosita.
Si de verdad me lo tengo tan creído, ¿por qué escribo esto para disculparme públicamente pese a haberlo hecho ya en persona? Quedo poco menos que como un memo y sin embargo, nadie me está obligando a hacerlo y habiendo asumido mi parte de culpa no creo estar todavía en deuda por mis actos. Entonces, ¿por qué este ladrillo de escrito que seguramente no lea ni yo mismo y que mucho menos hará que me volváis a hablar?
¿Por qué?
La verdad es que seguramente os importe poco la respuesta y por mucho que diga en vuestras cabezas ya estará instaurada la idea de que soy un imbécil. Pero quiero deciros una última cosa. Sé muchas cosas (demasiadas quizá) y sé que el ser humano tiene un “tope” un punto a partir del cual deja de confiar incluso en quienes no han tenido ocasión de demostrar si son o no dignos de su confianza. Yo aparezco ante vuestros ojos como un capullo engreído que os dice, sin embargo, que si de verdad fuese como ahora mismo pensáis que soy, no estaríais leyendo esto, ni habríais recibido mis disculpas antes de este escrito porque partiría de creer que no tengo por qué disculparme. Pero no es así. Busqué la forma de explicarme no para excusarme si no para hacerme entender. No os dije que lo sentía pretendiendo que mágicamente desapareciese el agravio si no para que comprendierais que no fue intención mía el hacer daño alguno. Por eso, aunque os cueste creerlo, no estoy bien. Porque de lo que no os dais cuenta es de que, subidas en vuestro silencioso pedestal en lo más alto de vuestra atalaya de la indiferencia con la que me hostigáis, no podéis mirar abajo.
Al menos no lo suficientemente abajo como para llegar a donde estoy yo, desde hace unos días, atiborrándome y tragando en dosis desiguales, orgullo y pastillas.
Y aun así, echándoos de menos.

No hay comentarios: