viernes, 10 de marzo de 2017

P-119 (C6428 H9912 N1694 O1987 S46)

Ya había perdido la cuenta. Pasa el tiempo tan despacio para mí que aunque han sido apenas 4 años pareciera que todo sucedió hace décadas.
Había olvidado lo difícil que es escribir con un trozo de plástico invadiendo las venas, sin poder, o más bien sin atreverme, a doblar el codo. Ya no recordaba los intentos absurdos de quitarme el miedo a esos intrusos hipodérmicos comparando esa intrusión con la de las agujas de tatuar. Había olvidado lo estúpidas que parecen esas personas que lo dicen tan convencidas, como si fuese realmente lo mismo.
Pero sobre todo había olvidado aquél nombre por el que me llamaban. Nunca a la cara, siempre entre ellos a una distancia prudente… pero igualmente perceptible si se presta atención y, lamentablemente, en una camilla uno presta atención incluso a lo que no quiere. Ya no recordaba ese nombre.
P-119

No hay misterio alguno: “P” por “paciente” y 119 el número de la habitación. Aquella habitación donde hace unos años todo empezó a terminar y, a la vez, terminó de empezar. Sí, hubo otras ocasiones poco después en que sería el P-117, P-126 y sin embargo hoy vuelvo al origen.
Cambia el lugar y cambia el tiempo pero ha surgido, de nuevo de la nada y casi como un reproche del karma, la misma lapidaria etiqueta que pende de una puerta que casi nadie respeta cerrada. Cambia incluso el aire que se respira, el que otrora fuese familiar mezcla de oxígeno depurado es ahora un gas que me reseca desde dentro y se mezcla con voces impertinentes que no saben respetar que a algunos prefiramos pasar por esto en silencio y no escuchando insulsas bromas de un escaso nivel de exigencia intelectual. Cambia, por tanto, la educación que al parecer no venía incluida con la formación… cuestión de prioridades según la zona. Lo que no cambia es que quiero que dejen de decirme que puedo doblar el codo para escribir. No puedo, me duele y si tengo que tardar más, ¿qué importa? ¿A quién le importa? Tiempo es, por desgracia, lo único que sé que voy a tener aquí y nadie me espera fuera. Ya no.
Cambia esto o aquello, detalles nimios y esencias completas. Sin embargo, pese al tiempo y la distancia algo ha vuelto a empezar como sucedió entonces. El frío ha vuelto y además, coincidiendo con la incipiente primavera. No supe verlo en aquél momento, tan asustado estaba y sólo pude verlo cuando ya me había envuelto. Quizá sea ahora por haberlo pensado tantas veces, por haberlo revivido y rastreado hasta su origen; quizá sea simplemente más sensible a las pequeñas señales que se aparecen en sucesión, como cuidados pasos de una coreografía invisible que a nadie más atañe. No importa realmente cómo haya podido pasar, porque sea como sea, la infección ha vuelto a tomar la forma que en su día me convirtió en otra cosa, en el P-119.
Los tubos de goma que se me pegan a la piel parecen cosa de magia. Al tacto, tienen una temperatura normal y, sin embargo, el líquido que vierten en mis venas está helado. Ese frío… así empezó todo entonces. Cuando el dolor aún no se ha ido y ni siquiera he terminado de hacerme a la idea de mantener rígido el brazo, aparece ese primer momento, como si de la nada hubiese caído una gota de agua gélida sobre mi piel. No hay gota sobre la piel, no es agua, pero sí está helada. Por momentos ese frío empieza a extenderse y noto como si los dedos se me fuesen a romper al moverlos y la tinta de debajo de mi piel se fuese a convertir en una masa sólida que de un momento a otro se fuese a fragmentar y cuyas esquirlas estuviesen a punto de empezar a moverse libremente como pequeños icebergs de ceniza. En un punto indeterminado, el frío llega a… a esa cosa tan grotesca ya no se le puede llamar corazón. En ese momento, el tiempo mismo se congela y todo comienza a ir despacio. Las voces de alrededor se escuchan como a través de un líquido denso, la luz se difumina y pierdo el enfoque como si me hubiesen quitado las gafas sin saberlo. Pero las llevo todavía y aun así esta neblina se empecina en desdibujarlo todo. Pareciera que de un momento a otro el sueño hubiese de asaltarme y sin embargo sigo despierto, apuñalando cada tecla que resuena con el eco típico de una habitación poco amueblada. Cada letra se estrella varias veces contra las paredes blancas antes de volver a mis oídos como un sonido aguado, como diluido en un matraz de lágrimas sin dueño, acumuladas durante años de acoger a otros que lloraron y a los que lloraron por los que ya no llorarán más.
Pero yo no lloro.
“El de la 119 casi no habla” Quizá no a voces.
“El de la 19 sigue despierto con el nolotil y el orfidal” Más lo siento yo.
“El de la 119…”…
¿Y qué?
Ya no importa. No me importa saber que al verme piensan eso, no me importa que se rían al verme ser torpe con una sola mano y miren con disimulo la pantalla a ver qué escribo. No me importa que la otra cama esté vacía y la televisión apagada y no haya nadie más salvo cuando se abre la puerta sin aviso y alguien entra sin permiso con pastillas, otro suero, otra aguja, otra excusa. No me importa.
A estas alturas esa infección fría no sé ya ni dónde comenzó. Tampoco me importa. Como sucedió entonces, noto la escarcha formarse desde dentro. La sangre decelera, el aliento se condensa en un instante e incontables cintas azules me envuelven por dentro y asoman bajo una piel que pareciera que de un momento a otro se vaya a volver transparente.
Eso tampoco me importa.
Acabo de notarlo. El primer crujido. Esta vez el hielo se ha formado más deprisa y quizá por eso se ha rajado a causa del proceso incompleto. Tampoco importa, sé cómo funciona y aunque esa primera capa se agriete, enseguida empezará a formarse la siguiente. Ese hielo es muy bueno en lo suyo. La diferencia en esta ocasión respecto a nuestro primer encuentro es que lo esperaba. Sólo era cuestión de tiempo y así ha sido que de nuevo este hielo negro ha empezado a correr por mis venas y se ha abierto paso hasta el núcleo. Y lo envuelve de nuevo pero esta vez con calma, recreándose incluso. Porque esta vez el mensaje está claro.
Esta vez no se irá. Esta vez el fénix no renace entre llamas, se alza entre colmillos de hielo negros como nada que yo pueda escribir. Esta vez no hay tregua y por esa puerta sólo saldrá uno. Y esta vez le toca a esa cosa con mi forma y sin mi fondo.
Lo sé. Esta vez yo me quedo aquí y veré cómo se marcha eso… pero ya no me importa. Quizá lo haga mejor.
Me da igual. Me das igual. Todo tuyo. Te cedo el paso.
“El de la 119 se despide”… ¿Cómo se llamaba?
Ya no importa.

1 comentario:

Maribel dijo...

El de la 119 no puede ir a ningún lado más lejos de lo que físicamente está ahora de mi castillo. El de la 119 es una persona excepcional y maravillosa que es capaz de vencer cualquier cosa por muy dura que sea. El de la 119 tiene que coger ese hielo y ponérselo a las cervezas que nos vamos a tomar juntos. Y si el de la 119 tiene frío es mejor que me avise para que le lleve un kit de mantitas calentitas y mucho, mucho amor, que es lo que se merece, que es lo que él ha sembrado.