El día comenzó de una forma algo
extraña. Me encontraba en lo que parecía un aparcamiento acompañado
por un viejo amigo al que hacía muchos años que no veía y
jugábamos con una pelota amarilla y otra verde, del tamaño de una
pelota de tenis, mientras manteníamos una conversación que debía
ser harto insustancial pues ni siquiera recuerdo de qué trataba. En
un momento, la pelota amarilla cayó en un pequeño trozo sin
asfaltar cubierto de arena y fui a recogerla para descubrir que la
otra se encontraba también allí, semienterrada. Entonces escuché
un sonido extraño que provenía de debajo de la arena. No sabría
describirlo pero parecía una respiración pesada y una parte de mi
quería quedarse a averiguar de qué se trataba mientras mi lado más
o menos sensato me encomiaba a que no me quedase a descubrirlo. Volví
junto a mi amigo y me propuso ver una película y tomar algo. Mi
respuesta fue afirmativa y añadí que, si su hermana se encontraba
allí, podía unirse a la velada... nada extraño salvo por el hecho
de que él no tenía ninguna hermana. Este detalle no pareció
siquiera sorprenderle y se dispuso a prepararlo todo. Yo, por mi
parte, me encaminé a un pasillo que se oscurecía a medida que
avanzaba y que estaba escasamente iluminado por unos candelabros
cuyas llamas carecían de la fuerza necesaria para combatir una
oscuridad que casi parecía ser algo físico, palpable, como si se
tratase de una neblina lo bastante densa como para que la luz no
pudiese atravesarla pero, a la vez, tan ligera que resultaba
imperceptible para cualquier sentido que no fuese la vista.
Escuché entonces un sonido como de
voces y mi instinto me sugirió que me ocultase. Encontré un desvío
hacia mi derecha que daba a unas escaleras y me agazapé a tiempo
para no ser visto. Ante mis ojos desfilaba, como si de una procesión
se tratase, un grupo de personas irreconocibles cubiertas por largas
capas negras, sus rostros ocultos bajo capuchas y entonando un
cántico a un volumen suave pero perfectamente audible. Por un
momento contemplé la escena incrédulo pero consciente de que no lo
estaba imaginando y con la inquietante seguridad de que no sería
buena idea dejarme ver. Seguí oculto hasta que aquella congregación
pasó de largo a un paso perfectamente sincronizado y, tras un par de
minutos de margen, decidí seguir su ruta invadido por la curiosidad.
Desde aquella distancia prudencial podía distinguirlos y me embelesó
la precisión de su marcha que llegaba a tal punto de parecer una
sola persona. Recorrieron el pasillo por el que había ido yo y, en
lugar de encontrar el lugar donde me había despedido de mi amigo,
llegamos a una gran antesala con una puerta doble en el centro que
daba a una estancia que no pude ver en detalle pero que, no obstante,
se me antojó enorme. Como pude, me escabullí al lado de la antesala
opuesto a la gran puerta y pude contempla una pequeña puerta a la
derecha de ésta y, a la izquierda, una pequeña carpa formada por
cortinas de un color a medio camino entre el rojo y el púrpura.
Entonces, de entre la fila de caminantes, una figura se separó y se
dirigió a las cortinas y las abrió ligeramente. Tras unos segundos,
se dirigió a la figura que encabezaba la hilera y dijo:
- Todavía no está lista, tendréis que esperar. Entrad, yo os avisaré.
En silencio, obedecieron y fueron
entrando en la sala sin emitir ya sonido alguno. La figura que hacía
guardia ante las cortinas no se movió hasta que las puertas se
cerraron. Entonces, como apremiada, echó hacia atrás a capucha. Se
trataba de una muchacha joven, de cabello corto, apenas sobre los
hombros. Se despojó de la túnica y me sorprendió enormemente su
indumentaria, reducida a un collar de cuero con púas del que
descendían otra dos tiras de cuero que cubrían lo justo antes de
unirse a lo que parecía una pieza de ropa interior también de
cuero. Calzaba unas botas negras que casi llegaban hasta sus rodillas
y piel era increíblemente blanca. Estaba convencido de que la había
visto antes, es más, la conocía... Pero, ¿de qué? Se dio la
vuelta para abrir las cortinas y vi un tatuaje en su hombro
izquierdo, pero no pude distinguirlo desde donde me encontraba. Tenía
que acercarme un poco más.
Entonces se escuchó un movimiento tras
las cortinas y en ese momento todo se paralizó a mi alrededor. De
detrás de aquel dosel apareció otra chica, exactamente igual,
idéntica a la primera, con la misma indumentaria, el mismo corte y
color de pelo, los mismos ojos y, aunque su expresión era triste y
de claro agotamiento, tuve la impresión de que hubieran colocado un
espejo junto a la otra chica. Jamás había visto a dos personas tan
iguales. Fue tal mi sorpresa que perdí por completo la noción de mí
mismo, de dónde estaba y ni siquiera me había dado cuenta de que
seguía sin saber qué estaba pasando. Solamente podía pensar en que
esas dos chicas eran literalmente idénticas, salvo por el tatuaje
que la primera llevaba en el hombro y la segunda lucía en... ¡NO!
¡No podía ser verdad! ¡El mismo tatuaje en la muñeca! Fue tal mi
sorpresa que no pude evitar el grito ahogado que acabó por
delatarme.
La primera chica me vio y justo cuando
se dirigía hacia mi posición, la puerta se abrió de nuevo. Dos
hombres de aspecto joven salieron y la miraron con una mirada
interrogante. Ella, sin mediar palabra, negó con la cabeza e hizo un
ademán señalando a la pequeña puerta de la derecha. De nuevo, en
silencio, uno de ellos se adelantó y al abrir la puerta, tiró de
una cadena en cuyo extremo se encontraba el otro individuo que, como
si de un perro se tratase, le siguió obediente, cerrando la puerta
tras de sí. Yo seguía sin entender nada pero no tuve tiempo de
pensar. La chica vino hacia mi y me hizo acompañarla. No me obligó,
simplemente se acercó y me indicó que la siguiera y yo, sin ser del
todo consciente de mis actos, lo hice. Nos acercamos a la otra chica,
que no pronunció palabra alguna, y sin previo aviso, la primera de
ellas se giró y mirándome fijamente con ojos enfurecidos me habló:
- Ella está aquí por ti, sé que lo sabes. No debe cruzar esas puertas y para eso estoy yo, pero una vez entre, no podré seguir ayudándola y ahí es donde entras tú. ¿Eres consciente de lo que hiciste?
- Sí – las palabras salían de mi boca como por arte de magia, como si alguien hablase por mi – sé lo que hice y sé que estuvo mal – mi voz no me obedecía, era como si mi cuerpo recordase algo que me hubiese sido extraído de la memoria – sé que mentí pero yo nunca quise... yo de verdad quería...
- No me cuentes historias, ella está aquí por tu culpa, porque el agujero que dejaste en su vida jamás pudo cerrarse. Si de verdad la quisiste alguna vez, llévatela de aquí, llévala lejos y mantenla a salvo. ¡AHORA!
Sin dejarme decir nada más, cogió mi
mano y me hizo coger la mano de la otra chica y cuando quise darme
cuenta, estábamos huyendo. No sabía hacia dónde, no sabía lo que
tenía que hacer. Solamente huíamos. Ni siquiera pude mirar atrás
un instante y nunca sabré lo que sucedió en aquél lugar tras salir
de aquella forma tan precipitada.
Llevábamos caminando lo que se me
antojaba una eternidad y yo seguía sin soltar la mano de aquella
chica que no podía ser quien yo creía pero que, sin embargo, no
podía ser otra persona. Debía haber alguna explicación, debía ser
sumamente parecida o quizá ya había olvidado cómo era ella y las
confundí porque tuvieran algún rasgo en común... ¡Sí! ¡Debía
ser eso!
Justo cuando ese pensamiento vino a mi
cabeza, escuché mi nombre y tuve que pararme en seco. Sonó como un
susurro, como cuando uno imagina haber oído algo y no es real. Pero
no, no lo había imaginado y sí, reconocí la voz, era
inconfundible, no podía ser otra persona. Me di la vuelta, todavía
sujetando su mano, aquella mano tan familiar, y la miré a los ojos.
Sus ojos, de ése color único y casi irreal... ¿Cómo podía ser?
- Rhöbert – repitió con una entonación que solamente ella podía dar a mi nombre – tengo algo muy importante que decirte. Yo...
Justo en ese momento, el inoportuno
sonido del despertador me arrancó de aquél lugar y la escena se
desvaneció para siempre.
![]() |
| "y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal..." |

No hay comentarios:
Publicar un comentario