sábado, 8 de febrero de 2014

Voiceless Phoenix's Eyes

El día comenzó de una forma algo extraña. Me encontraba en lo que parecía un aparcamiento acompañado por un viejo amigo al que hacía muchos años que no veía y jugábamos con una pelota amarilla y otra verde, del tamaño de una pelota de tenis, mientras manteníamos una conversación que debía ser harto insustancial pues ni siquiera recuerdo de qué trataba. En un momento, la pelota amarilla cayó en un pequeño trozo sin asfaltar cubierto de arena y fui a recogerla para descubrir que la otra se encontraba también allí, semienterrada. Entonces escuché un sonido extraño que provenía de debajo de la arena. No sabría describirlo pero parecía una respiración pesada y una parte de mi quería quedarse a averiguar de qué se trataba mientras mi lado más o menos sensato me encomiaba a que no me quedase a descubrirlo. Volví junto a mi amigo y me propuso ver una película y tomar algo. Mi respuesta fue afirmativa y añadí que, si su hermana se encontraba allí, podía unirse a la velada... nada extraño salvo por el hecho de que él no tenía ninguna hermana. Este detalle no pareció siquiera sorprenderle y se dispuso a prepararlo todo. Yo, por mi parte, me encaminé a un pasillo que se oscurecía a medida que avanzaba y que estaba escasamente iluminado por unos candelabros cuyas llamas carecían de la fuerza necesaria para combatir una oscuridad que casi parecía ser algo físico, palpable, como si se tratase de una neblina lo bastante densa como para que la luz no pudiese atravesarla pero, a la vez, tan ligera que resultaba imperceptible para cualquier sentido que no fuese la vista.
Escuché entonces un sonido como de voces y mi instinto me sugirió que me ocultase. Encontré un desvío hacia mi derecha que daba a unas escaleras y me agazapé a tiempo para no ser visto. Ante mis ojos desfilaba, como si de una procesión se tratase, un grupo de personas irreconocibles cubiertas por largas capas negras, sus rostros ocultos bajo capuchas y entonando un cántico a un volumen suave pero perfectamente audible. Por un momento contemplé la escena incrédulo pero consciente de que no lo estaba imaginando y con la inquietante seguridad de que no sería buena idea dejarme ver. Seguí oculto hasta que aquella congregación pasó de largo a un paso perfectamente sincronizado y, tras un par de minutos de margen, decidí seguir su ruta invadido por la curiosidad. Desde aquella distancia prudencial podía distinguirlos y me embelesó la precisión de su marcha que llegaba a tal punto de parecer una sola persona. Recorrieron el pasillo por el que había ido yo y, en lugar de encontrar el lugar donde me había despedido de mi amigo, llegamos a una gran antesala con una puerta doble en el centro que daba a una estancia que no pude ver en detalle pero que, no obstante, se me antojó enorme. Como pude, me escabullí al lado de la antesala opuesto a la gran puerta y pude contempla una pequeña puerta a la derecha de ésta y, a la izquierda, una pequeña carpa formada por cortinas de un color a medio camino entre el rojo y el púrpura. Entonces, de entre la fila de caminantes, una figura se separó y se dirigió a las cortinas y las abrió ligeramente. Tras unos segundos, se dirigió a la figura que encabezaba la hilera y dijo:
  • Todavía no está lista, tendréis que esperar. Entrad, yo os avisaré.
En silencio, obedecieron y fueron entrando en la sala sin emitir ya sonido alguno. La figura que hacía guardia ante las cortinas no se movió hasta que las puertas se cerraron. Entonces, como apremiada, echó hacia atrás a capucha. Se trataba de una muchacha joven, de cabello corto, apenas sobre los hombros. Se despojó de la túnica y me sorprendió enormemente su indumentaria, reducida a un collar de cuero con púas del que descendían otra dos tiras de cuero que cubrían lo justo antes de unirse a lo que parecía una pieza de ropa interior también de cuero. Calzaba unas botas negras que casi llegaban hasta sus rodillas y piel era increíblemente blanca. Estaba convencido de que la había visto antes, es más, la conocía... Pero, ¿de qué? Se dio la vuelta para abrir las cortinas y vi un tatuaje en su hombro izquierdo, pero no pude distinguirlo desde donde me encontraba. Tenía que acercarme un poco más.
Entonces se escuchó un movimiento tras las cortinas y en ese momento todo se paralizó a mi alrededor. De detrás de aquel dosel apareció otra chica, exactamente igual, idéntica a la primera, con la misma indumentaria, el mismo corte y color de pelo, los mismos ojos y, aunque su expresión era triste y de claro agotamiento, tuve la impresión de que hubieran colocado un espejo junto a la otra chica. Jamás había visto a dos personas tan iguales. Fue tal mi sorpresa que perdí por completo la noción de mí mismo, de dónde estaba y ni siquiera me había dado cuenta de que seguía sin saber qué estaba pasando. Solamente podía pensar en que esas dos chicas eran literalmente idénticas, salvo por el tatuaje que la primera llevaba en el hombro y la segunda lucía en... ¡NO! ¡No podía ser verdad! ¡El mismo tatuaje en la muñeca! Fue tal mi sorpresa que no pude evitar el grito ahogado que acabó por delatarme.
La primera chica me vio y justo cuando se dirigía hacia mi posición, la puerta se abrió de nuevo. Dos hombres de aspecto joven salieron y la miraron con una mirada interrogante. Ella, sin mediar palabra, negó con la cabeza e hizo un ademán señalando a la pequeña puerta de la derecha. De nuevo, en silencio, uno de ellos se adelantó y al abrir la puerta, tiró de una cadena en cuyo extremo se encontraba el otro individuo que, como si de un perro se tratase, le siguió obediente, cerrando la puerta tras de sí. Yo seguía sin entender nada pero no tuve tiempo de pensar. La chica vino hacia mi y me hizo acompañarla. No me obligó, simplemente se acercó y me indicó que la siguiera y yo, sin ser del todo consciente de mis actos, lo hice. Nos acercamos a la otra chica, que no pronunció palabra alguna, y sin previo aviso, la primera de ellas se giró y mirándome fijamente con ojos enfurecidos me habló:
  • Ella está aquí por ti, sé que lo sabes. No debe cruzar esas puertas y para eso estoy yo, pero una vez entre, no podré seguir ayudándola y ahí es donde entras tú. ¿Eres consciente de lo que hiciste?
  • Sí – las palabras salían de mi boca como por arte de magia, como si alguien hablase por mi – sé lo que hice y sé que estuvo mal – mi voz no me obedecía, era como si mi cuerpo recordase algo que me hubiese sido extraído de la memoria – sé que mentí pero yo nunca quise... yo de verdad quería...
  • No me cuentes historias, ella está aquí por tu culpa, porque el agujero que dejaste en su vida jamás pudo cerrarse. Si de verdad la quisiste alguna vez, llévatela de aquí, llévala lejos y mantenla a salvo. ¡AHORA!
Sin dejarme decir nada más, cogió mi mano y me hizo coger la mano de la otra chica y cuando quise darme cuenta, estábamos huyendo. No sabía hacia dónde, no sabía lo que tenía que hacer. Solamente huíamos. Ni siquiera pude mirar atrás un instante y nunca sabré lo que sucedió en aquél lugar tras salir de aquella forma tan precipitada.
Llevábamos caminando lo que se me antojaba una eternidad y yo seguía sin soltar la mano de aquella chica que no podía ser quien yo creía pero que, sin embargo, no podía ser otra persona. Debía haber alguna explicación, debía ser sumamente parecida o quizá ya había olvidado cómo era ella y las confundí porque tuvieran algún rasgo en común... ¡Sí! ¡Debía ser eso!
Justo cuando ese pensamiento vino a mi cabeza, escuché mi nombre y tuve que pararme en seco. Sonó como un susurro, como cuando uno imagina haber oído algo y no es real. Pero no, no lo había imaginado y sí, reconocí la voz, era inconfundible, no podía ser otra persona. Me di la vuelta, todavía sujetando su mano, aquella mano tan familiar, y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal... ¿Cómo podía ser?
  • Rhöbert – repitió con una entonación que solamente ella podía dar a mi nombre – tengo algo muy importante que decirte. Yo...
Justo en ese momento, el inoportuno sonido del despertador me arrancó de aquél lugar y la escena se desvaneció para siempre.

"y la miré a los ojos. Sus ojos, de ése color único y casi irreal..."

No hay comentarios: