Se dice pronto, se vive de una forma
extraña, el recuento no es breve y a la vez, en comparación con
otras existencias, es ridículamente corto. Casi una década y media
sin que el tiempo deje rastro alguno de su paso sobre mi, al menos no
en lo aparente. Oigo de vez en cuando murmullos de extrañeza ante un
hecho harto infrecuente como ése que, empero, es ,a mis ojos,
habitual e incluso lógico en cierto modo. Pocos son los que
recuerdan haberme visto como indolente niño y algunos más los que,
por contra, reconocen mis rasgos pese al incesante fluir del reloj de
la vida. En común tienen el hecho de haber cambiado y en común
tienen también la sorpresa de comprobar que, como si de un ser
arcano atrapado en un glaciar se tratase, mi aspecto no ha variado.
Al margen de detalles como el color o longitud de mi pelo, la
presencia o ausencia intermitente de una barba que nunca termina de
formarse o la ropa que vista en un determinado momento, nada ha
cambiado. No por fuera.
Miro el calendario (o uno de ellos,
cada cual cuenta el tiempo según sus cánones) y la treintena (en
teoría, la primera) se aproxima inexorablemente y yo, casi sin darme
cuenta, no dejo de pensar. Pienso en lo que se ha ido y en lo que
está por llegar, en el pasado y en mi pasado, en lo que se sabe y en
lo que solamente yo sé, en el futuro y en mi papel en esta era y las
que están por llegar. Pero, por más que pienso, no termino de
decidir. Barajo algunas posibilidades y cada una requiere que su
ejecución sea llevada a cabo en un momento u otro y si bien todas me
atraen de forma equitativa, lo que me puede es la curiosidad.
Contemplo el mundo a mi alrededor y atisbo su devenir con claridad,
la cuestión, no obstante, es la incertidumbre respecto a cómo se
alcanzará ese punto de no retorno, la intriga de no saber el nombre
de esa persona que apretará el proverbial gatillo. Quién habrá de
ser el detonante que prenda la chispa es para mi todavía un misterio
y quizá por eso intento posponerlo hasta, al menos, tener
candidatos. Alguien desencadenará una serie de acontecimientos que
desembocará irremediablemente en algo que estoy impaciente por
volver a ver y admito que es emocionante no saber quién puede ser
porque es el tipo de sorpresas que a mi me gustan. Las otras dos
ocasiones fueron, hablando mal y pronto, la hostia, pero la segunda
se fue al traste en el último momento contra todo pronóstico y la
tercera se quedó en un mero tira y afloja entre dos idiotas que no
terminaron de decidirse. Supongo que tampoco se podía pedir más de
aquella floja segunda mitad de siglo.
Ahora, con algunas ideas nuevas, lo
único que falta es esa mano inocente que pulse el botón para que
todo lo que he ido preparando se haga realidad. Y por eso miro ahora
y me doy cuenta de que han sido casi treinta años de idas y venidas,
de ajustar esto aquí y allá y de lo más tedioso, que ha sido sin
duda el tener que entablar relación con determinadas personas de
distintas maneras para que, el última instancia, jueguen el papel
que les fue asignado llegado el momento. En serio, algunas veces me
daban ganas de arrancarme la cabeza con tal de zafarme de escuchar
sandeces tan triviales que ni me hacen gracia ya. Treinta años...
que ya sé que no es gran cosa, pero el tiempo sigue pasando al mismo
ritmo para mi y aunque se supone que son mis “vacaciones”, he
seguido trabajando en mi proyecto personal. Pero bueno, tampoco me
quejo, todo marcha sobre ruedas y estoy bastante complacido por cómo
se han desarrollado los acontecimientos acorde con mis previsiones y
aun me quedan un par de años para encontrar a quien prenda la mecha.
La verdad sea dicha, echo de menos mi
antiguo trabajo... y mi uniforme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario