En definitiva, hoy quiero contar una de esas historias de mis años bárbaros, de cuando era algo más joven y vagaba por el mundo cual vaca desnortá y hacía tropelías mil con esos seres a los que a mi me gustaba llamar “colegas”. Hoy no encontraréis, lectores, declaraciones de amor a mi chica (esa la tengo guardada para otra ocasión), ni mantras cargados de ira homicida contra el universo, ni odas plañideras en honor de musas que han colgado su clámide en pos de vaya usted a saber qué, ni sutiles indirectas para personas que no existen, ni quejas médicas, ni, en definitiva, palabras que provoquen mal rollete. Y es que, lo que hoy voy a contar, es una de esas vergonzosas historias de tiempos mozos que, en el momento, hacen que quiera que la tierra me trague y que, al recordarlas siglos después, me dan la risa por muchas razones. Esta es una historia real, así que no juzguéis mucho mis actos ni los de mis, por entonces, compañeros de aventuras. Eran otros tiempos.
Todo empezó una fría mañana de invierno. Me desperté sin saber muy bien dónde estaba, algo normal en mi persona por aquél entonces. Cuando el sol entró por la ventana, me levanté con mi habitual gruñido mañanero y, desde la ventana, escuché el gruñido de mi amigo Olaf como respuesta, así como su habitual y estruendoso pedo de buenos días, capaz de anestesiar a un toro adulto y que, curiosamente, le hacía salir de su choza segundos después tosiendo como si fuese a parir un corzo por la boca. Tras el saludo habitual, que consistía en un cabezazo con intención de provocar un coágulo cerebral (pero de buen rollo, conste) emitimos una serie de gruñidos tales como:
- Hgrnaosmng sas dadk Olaf cbiDB - Que venía a significar
algo como “Hey, Olaf, buenos días so guarro”
- Cchbvñifhbvñ jodío memo nvfspfavibkanc cabrón de Hans
vbfpñivb? - algo así como “Buenos días estimado amigo Rhobert,
has visto a nuestro querido Hans por aquí?”
Antes de que pudiera eructarle la respuesta, Hans apareció tambaleándose elegantemente mientras se rascaba el trasero con lo que parecía ser una costilla de caballo o el brazo de un niño, nunca se me dio muy bien la anatomía ajena y menos si el hueso estaba masticado. Tras varios puñetazos con muy mala idea pero mucho cariño, varios minutos de conversación tratando temas de suma importancia como ventosidades, cerveza y quién tenía la barba más llena de mierda, decidimos hacer algo productivo y, como era jueves, fuimos a saquear.
Si soy sincero, no recuerdo del todo cómo llegamos allí porque conducía Olaf y yo me mareo mucho en caballo de guerra, así que, cuando volví en mi, ya habíamos alcanzado nuestro destino y mis compañeros, como buenos bastardos, habían empezado sin mi. Por un lado, Hans estaba corriendo de un lado a otro medio desnudo mientras atizaba a los campesinos con una pata de algo que, supuse, había matado o desmembrado poco antes. Le encantaba atizar aldeanos con patas de animales. Por otro lado, Olaf era más sutil y entraba en las cabañas en busca de mujeres y cerveza, aunque a veces iba tan borracho que no sabía cuál era para beber y cuál para otros menesteres y no era raro verlo decapitar a una joven campesina para saciar su sed y, poco después, intentar beneficiarse a un barril. Se sabe, sin embargo, que el barril lo pasaba peor. Por mi parte, me dediqué a hacer lo que solía hacer en aquellos casos: correr de un lado a otro con una antorcha en una mano y un hacha en la otra para contemplar cómo los asustados pueblerinos sucumbían a una muerte natural, porque si a una persona estándar le clavas un hacha en la cabeza, lo natural es que muera. Supongo que podéis imaginaros el resto, una típica tarde de jueves en Escandinavia. Hay quien se va de compras, de museos... y hay quien se entretiene matando gente, quemando aldeas y ridiculizando sus creencias antes de descuartizarlos. Tan válida es una cosa como otra, total, no hacíamos daño a nadie... que pudiera contarlo.
![]() |
| Olaf siempre fue el que tuvo más éxito con las mujeres... y los barriles. |
A la mañana siguiente, cuando desperté entre un montón de miembros cercenados y torsos ensangrentados, me di cuenta de que mis compañeros no estaban. Hans había dejado una nota escrita en la espalda del dueño de la posada que decía:
“Hvuafo cmncvih dco OIC CPIKKOL. Olaf y tú sois unos malnacidos vfnooa v pfh OUHV ÑOHHN vbp ADSL cdsb lij Cthulh F'tagn arriquitaun arsa ole pisha y ar caraho tó vfa il cnlid . OJETE!”
Esto para los que no saben griego antiguo, se traduce como:
“Queridos amigos, habréis notado mi ausencia. El deber me llama y parto compungido por tener que dejaros. Rhobert, cuida de Olaf y enséñale a leer, sois los dos unas bellísimas personas y os deseo lo mejor en esta vida. Sed felices y acordaos siempre de vuestro amigo en vuestros saqueos. Os quiere vuestro leal amigo Jose Arturo “Hans”. Hasta siempre.”
La traducción es algo libre.
Cuando desenterré a Olaf de entre una montaña de pieles, huesos, cadáveres y queso, le conté lo que había pasado con Hans. Su respuesta no se hizo esperar y tuvo a bien expresar sus sentimientos con un sonoro pedo que ni el eco de las montañas tuvo valor de reproducir. Cuando recuperamos el (poco) conocimiento, Olaf decidió emprender una misión espiritual y recorrer el Camino de Santiago arrastrando la punta de su pene descompensadamente grande desde su tierra natal hasta la susodicha catedral. Intenté disuadirle pero fue en vano puesto que me amenazó con su desproporcionado miembro. Si hubiese sido un hacha o una pata mutilada de algún animal de granja, no habría tenido reparo en replicarle, pero con eso... no, yo ya había visto suficientes veces cómo amanecían los barriles que enganchaba por las noches. En un último intento, le recordé que tenía pendiente el reto de punto de cruz, que le llamarían cobarde si no participaba, pero, muy elocuente él, me dijo que, si algún dios tenía (cito textualmente) “los huevos lo bastante gordos” para llamarle cobarde, él le haría callar a mandurriazos. Ante tamaño “argumento”, silencio y respeto. Y así partió también Olaf.
Debería recordar esto con dolor pero me parto el ojal al pensar que se fue a peregrinar a una catedral que aún no habían construído mientras mi otro amigo, por listo, se caía por el borde del mundo.
Por mi parte, acabé estudiando filología... creo que fui el más perjudicado, pero al menos no estoy (demasiado) loco.

2 comentarios:
Resulta extraño leer algo tuyo en plan chorrada / humor puro y duro pero me alegro, yo solía escribir cosas de este estilo tiempo ha.
Aunque no se si la extrañeza se debe a que no había leído algo así tuyo nunca o a que tienes poca practica con el estilo y se refleja (para evitar eso te recomiendo usar un lenguaje mas coloquial o burdo al describir las situaciones).
De todas formas la historia mola, vikingos, cerveza, sangre y destrucción mola.
De nuevo, gracias por tu comentario, me hace ilusión conocer tu opinión.
Respecto a la práctica, no, no es la primera vez que escribo estas chorr... cosas. Precisamente porque no pega, utilizo esa mezcla de lenguaje "serio" con parte vulgar en un intento de plasmar el delicado estado de salud mental de los personajes (y sí, lo admito, también el mío XD).
Me gustaría leer alguna de esas idas de olla tuyas, tengo la impresión de que no tienen desperdicio ;)
Publicar un comentario