Enésima noche insomne. Mesa de escritorio con una taza de
café caliente, recién hecho, un par de muñecos al pie del monitor y un corazón
de peluche, regalo y recuerdo de tiempos pasados, de tiempos mejores.
El monitor me mira, casi riéndose de lo que hago, tentándome
a dejar de escribir para que me centre en lo que se me da mejor. Todavía no,
amigo mio… pero pronto a este paso.
Mis ojos se cierran pero mi cabeza sigue igual, sin
descanso, sin reposo, sin una pausa en su febril actividad y sobre todo, sin
paz. Ni un respiro para una mente que empieza a funcionar de forma extraña
hasta para mi gusto. Casi podría decir que hasta desconocida. Solamente sé que
me acuesto con tu nombre en los labios y con ese mismo nombre me levanto sin
haber dormido por haber estado horas recordando nuestras charlas, nuestros
paseos, discusiones, nuestros más y nuestros menos. Recordando, sí, pero también
imaginando, elucubrando sobre cosas que no han sucedido, que tal vez no sucedan
y sobre cómo sería la vida, mi vida, si acabasen por suceder… y pierdo la
cuenta por la cantidad de cosas que hay a mi alrededor relacionadas contigo y a
las que ya no llamo por su nombre. Las miro, las recuerdo y en mi mente no
suena “pulsera”, suena “Mina”, no suena “colgante” o “pendiente” o nada lo
bastante fuerte para sobreponerse a “Mina”. Tanto es así que no son pocas las
noches que me encuentro hablándote como si estuvieras a mi lado, escuchándome. Quizá
me obsesiones, quizá me haya vuelto loco finalmente… ¿Qué le vamos a hacer?
Por ahora, poco hay que pueda hacer, poco hay que quiera
hacer. Anhelo, eso sí, cogerte de la mano y salir sin rumbo fijo a ver nada en
concreto y charlar sobre la completa totalidad de ningún tema en absoluto. Pero
no es el momento.
Ahora es momento tan solo de sobreponerme al hastío de la
vida sin una mano cálida que me ayude a levantarme. Esta vez no tendré ayuda y
quizá, por ser la última, es cuando mejor me habría venido. Ahora es momento de
retirarme, terminar una pequeña intervención quirúrgica sencilla pero delicada
aun así y comprobar que todo funcione antes de irme de nuevo a clase. A
sobrevivir un día más. Un día menos. A empezar una cuenta atrás hasta volver
aquí, delante del monitor que se ríe de mi.
La taza de café ya no estará. Los muñecos harán de las suyas
y el corazón de peluche seguirá mirándome, recordándome que, en un momento, me
regalaste un “Te quiero” y yo no puedo ser más feliz al recordar que alguna
vez, en algún lugar, por alguna razón, una chica hizo un viaje para dejarme
constancia de que, por primera vez en mi vida, alguien me quiso sin trampa ni
cartón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario