Aquella noche era como cualquier otra. En la ciudad, la gente decente dormía y los que permanecíamos despiertos éramos los que nos encargábamos de que esa gente decente pudiera dormir. O los que intentaban impedirlo. A decir verdad, había llegado a un punto en que ni siquiera yo misma podía asegurar a cuál de los dos bandos pertenecía.
El cielo era negro tan solo en apariencia, fruto del engaño visual causado por todo el humo acumulado por encima de nuestras cabezas. Los coches escupían humo, las fábricas escupían humo y de vez en cuando, algún que otro negocio escupía humo por culpa de algún desafortunado accidente causado (¿Qué duda cabía?) por el descuido de alguien que no pagó a tiempo. Todo escupía humo, incluso algún que otro chiquillo con menos edad de la debida escupía humo de algún cigarrillo escamoteado en un despiste a algún adulto demasiado inmerso en sus asuntos.
No era de extrañar que se conociese a la ciudad como Smoke Town.
Por supuesto que no era su nombre real, pero al igual que el aire limpio, no quedaba rastro de nadie que recordase cómo era. De igual manera, yo no era capaz de recordad cuándo fue la última vez que vi la luz del día y ni siquiera en las fotografías se apreciaba ya más que un gris macilento donde debería haber un azul límpido cargado de nubes esponjosas. Daba la impresión de que el humo de Smoke Town había cobrado vida y corrompido tanto el firmamento que se había quedado con hambre y se las había ingeniado para devorar los cielos del pasado. Y no parecía que fuese a tener clemencia con el azul de días venideros.
A pesar de todo, Smoke Town era mi ciudad y por mucho que sus días de esplendor estuvieran acabados, mantenerla con vida era lo que me daba de comer. Tarde o temprano se derrumbaría y moriría, no era ningún secreto. Desde que el alcalde dio permiso para la explotación de la cantera de plomo, la ciudad había vivido un decadente auge como el que se describe en los cuentos para niños de civilizaciones que un día prácticamente obraban magia y, de la noche a la mañana, desaparecían engullidas por un mar furioso sin dejar rastro, sin supervivientes, siendo apenas un recuerdo que nadie sabe siquiera si fue real. Smoke Town iba de camino a convertirse en una Atlántida engullida por el océano de humo que su propia avaricia había creado.
Y nos arrastraría a todos.
Yo lo sabía y lo aceptaba. De hecho, siempre pensé que era lo que la ciudad merecía. Por mucha gente buena e inocente que pudiera haber, la mayoría había contribuido a que todo se fuese a la mierda. Por descontado que yo tampoco había sido una santa. Desde que volví del ejército no había sido la misma. Aquella noche había empezado como cualquier otra y, de la nada, los recuerdos comenzaron a amontonarse.
Recordé el destacamento en el extranjero. Nos habían dicho que nuestra parte consistía en lo más parecido a un camino de rosas que el ejército podía garantizar en un conflicto armado. Evidentemente eso no significaba nada, pero éramos encargados de comunicaciones, un grupo de pardillos con gafas gordas que se escondían detrás de los tíos que tenían los huevos lo bastante gordos para coger las armas y hacer lo que se espera de un soldado. Además, iríamos de paisano, con acreditaciones de prensa de esas que se ven a kilómetros y que parecen decir “Soy periodista, no vale dispararme”. Aprendimos por las malas que las reglas no valen más que para el que intenta imponerlas. Habíamos cumplido nuestra parte, interceptamos las comunicaciones sin que saltasen las alarmas y localizamos los almacenes y las rutas de abastecimiento. La idea era cortar los suministros intentando por todos los medios una solución pacífica. Me sorprendió cuánta gente estaba participando a la fuerza en una guerra en la que no creían y salvo algún lamentable caso aislado, todos se mostraron inmensamente aliviados por poder soltar las armas.
Todo se torció, literalmente, a última hora. El tren acorazado que nos devolvería a la base tenía que salir a las 20:00 amparado por la noche. Aunque el conflicto se hubiera zanjado, era el protocolo. Sin embargo, a las 19:53 se registró una emisión en una frecuencia de onda corta. Para cuando reaccionamos, teníamos encima una escuadra salida de ningún sitio y armada hasta los dientes. Aullaban como animales rabiosos y disparaban en todas direcciones, hiriendo incluso a sus propios compañeros. Esa gente sí creía en la causa por la que fueron a la guerra y habían llegado hasta nosotros para morir por sus ideales llevándose a tantos como pudieran. Y joder, viéndolo ahora reconozco que le echaron un par.
De las más de doscientas personas que teníamos que subir al tren, apenas lo logramos una treintena. Lou, mi compañero y amigo desde que entramos en la academia, no estaba entre ellos. Por lo que me contaron, en algún momento uno de aquellos suicidas me tuvo a tiro y Lou recibió el disparo que llevaba mi nombre. Al menos en su mayor parte. Él murió casi en el acto, pero algunos perdigones me alcanzaron en el vientre y quedé inconsciente. Lo último que recuerdo de todo aquello es la cara de alguien que disparaba con los ojos muy abiertos, como si se le hubiese olvidado parpadear. “La mirada de los mil metros” la llaman.
Cuando desperté me contaron que los perdigones me habían causado daños en algunos órganos y tuvieron que improvisarme una histerectomía. Al oír aquello miré instintivamente y vi mi vientre cosido como si fuese un saco de arpillera. Todo se fundió a negro y volví a desmayarme. Hay cosas para las que ni todo el entrenamiento del mundo puede prepararte.
Al llegar a casa nos recibieron como se recibe a los soldados en estos casos. Ovaciones, condecoraciones, aplausos. Y después cada cual que se las arregle como mejor sepa. Pasamos un par de meses dando charlas, poniendo nuestra mejor sonrisa y concienciando a la gente sobre lo buenos que éramos. Entre bambalinas, sin embargo, no todo era lo que querían que aparentásemos. O al menos en mi caso. A decir verdad, no puedo hablar por mis compañeros supervivientes porque ya entonces me importaban una mierda. Tenía mis propios problemas. El desgraciado de mi marido me dejó cuando los médicos le dijeron que ya no podríamos tener hijos y cuando se calmaron los ánimos y dejamos de ser útiles para la propaganda del ejército, nos jubilaron, que es una forma amable de decir que nos dieron una patada en el culo. Unos no podrían volver a empuñar un arma, otros no querían e incluso había algunos que, por su bien y por el de sus seres queridos, simplemente no debían volver a hacerlo. Además, la jugada les salió bien. Se quitaban un peso inútil y su imagen pública quedaba inmaculada al conceder a sus valientes guerreros un merecido descanso remunerado de por vida. La historia de siempre.
Para mí, sin embargo, todo había cambiado. Ahora Smoke Town se había convertido en esa hija que nunca tendría y decidí que la cuidaría. A veces, y eso lo sabía bien, eso implicaría protegerla de sí misma. Me saltaría quizá la parte de procurarle una buena educación y darle buenos consejos, pero estaba claro que las noches en vela preocupándome de que ningún maleante le hiciese daño no me las iba a quitar nadie.
Y joder, qué buena madre resulté ser.


2 comentarios:
Akaso no me extrañas? Yo si t extraño.p
Perdona pero... ¿Quién eres?
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