Caminaba decidido sobre aquel océano dorado y, a cada paso, la arena se hundía bajo sus pies marcando aquél punto como uno más de la línea sinuosa que formaba su camino.
Un sendero que conducía a ninguna parte, bordeando la nada, atravesando ningún lugar yendo sin dilación a un destino que no parecía existir.
Y aun así, caminaba.
El sol abrasaba su piel y el viento le acariciaba como una lija hecha de arena y furia. Pero no se detenía.
Caminaba.
Casi gateaba al subir una duna y no pocas veces tropezaba al descender. Pero no se detenía en ese afán enfermizo de encontrar lo que quizá nunca hallaría.
Y pese a todo, caminaba.
De sus ojos secos manaban lágrimas de sal que perlaban sus mejillas como pequeños diamantes que le quemaban aún más. Cada paso, una agonía y respirar era un dilema al aspirar aire de fuego y expirar su propia vida.
Y caminaba.
Despacio. Cada vez pasos más cortos, casi sin poder tenerse en pie.
Cayó.
Pero no se detenía. Se arrastraba con triste languidez buscando algo, quizá nada. Solo lo sabría cuando encontrara a quien le llamaba.
Ya no caminaba.
Y allí, rodeado de oro, fuego y soledad, escuchó la voz más clara y de su garganta abrasada no salió más que polvo mientras sus ojos, agotados, eran incapaces ya de abrirse.
La encontró.
Mas no pudo alcanzarla.
De nuevo, el tiempo jugó en su contra, la vida se apagó demasiado pronto.
Tendría que volver a empezar a buscarla de nuevo en otra existencia.
Y sin poder hacer otra cosa, volvió al mundo.
Y, de nuevo, buscándola, caminaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario