No puedo describir el olor, decir qué música sonaba o siquiera si era un día soleado o llovía a cántaros. Son detalles que, empero, recuerdo perfectamente que no llamaban mi atención. Si alguien me lo hubiese preguntado en aquél mismo momento no habría podido decir si era martes o viernes, si cantaban los pájaros o si granizaba. Me daba igual todo aquello. Mi atención estaba puesta en otra cosa. Concretamente, en aquél hombre.
No lo negaré, estaba muy nervioso y la presencia de mis tres amigas no aliviaba mucho aquella tensión. Principalmente cuando dos de ellas se quedaron fuera bebiendo cervezas con el tío que atendía el mostrador. La que entró conmigo iba y venía y, mientras estaba fuera, yo seguía atento a lo que aquél tío me hacía en el brazo. Pero sobre todo, me intrigaba el hecho de que, al parecer, yo había conocido a aquél hombre cuando, casi 20 años atrás, mi padre nos llevó a visitarle a saber dónde. Yo no lo recordaba, tendría apenas ¿qué? ¿2 o 3 años? Pero ya por aquél entonces cuenta mi padre que lucía la barba que tanto le caracterizaba. Seré quizá cruel pero el paso del tiempo se había portado bastante mal con él aunque, por su (desconocida pero evidentemente más que mediana) edad, su forma de beber cerveza y el olor a “especias” que llegaba de la zona del mostrador, raro era que no estuviese peor. De hecho, me fijé que detrás de la barba, bajo la piel arrugada y con apariencia de cuero de imitación llena de tatuajes con más años que yo, seguía habiendo algo en su mirada que solamente se ve en la gente joven. Y no hablo de un margen de edad si no de una actitud, de una forma de ver la vida. Aquél señor de cincuenta y largos años (y barba) seguía siendo un chaval y fue quien me dejó el que sería mi primer tatuaje.
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| Y bajo aquella barba seguía un niño mirando el mundo |
Las vueltas que da la vida uno no las puede ni imaginar y han pasado casi 10 años desde aquello. Ahora escribo porque resulta que aquella aguja no sería la única que se hiciese un hueco en mi vida.
Casi 10 años después me encuentro aquí, escribiendo como si alguien fuese a leer algo y decirme lo que piensa. Nunca pasa. Al menos ya no. Pero da igual. Lo que hoy, literalmente, me quita el sueño es que tras varias semanas casi sin poder con mi alma, hoy necesitaba mi dosis. Salí esta tarde intentando despejarme un poco y sólo podía pensar en volver a casa, encerrarme en mi habitación con la música alta y sacar a pasear una aguja. No dejaba de ver en mi cabeza imágenes de una número 9 dejando su peculiar marca y la viveza de los colores en mi retina me instaba a cerrar el libro, apurar el último trago y volver. Sabía que, si lo hacía, no conseguiría nada bueno, que no encontraría la paz porque no obtendría el resultado que quería. Al fin y al cabo, el material del que dispongo no es precisamente la joya de la corona. Pero, aun sabiéndolo, quería hacerlo, lo necesitaba. Por mucho que lo hubiese visto antes necesitaba experimentarlo por mí mismo, hacerlo yo, conseguir el resultado con mis propias manos, con mis propias agujas.
Escribo esto a las 5:15 de la madrugada y, sin darme cuenta, se han ido casi tres horas y ha pasado lo que me esperaba.
Es frustrante, pero de nuevo el color no es. Sencillamente no existe, no aparece no “se manifiesta” y llega un momento en que dudo de todo. Desde hace 6 meses no he conseguido prácticamente nada, estoy estancado. Sí, es cierto que no tengo una mala línea (según mi mentor) y que no puedo pedir milagros con unos materiales tan… dejémoslo en “humildes”. Pero la única forma de avanzar es, precisamente practicar y para lograrlo y trabajar primero hay que pagar. Así va el mundo, hay que pagar primero y buscar el trabajo después. De nada sirve estar inspirado y sabe que se puede hacer bien si no hay un título que te diga que puedes hacer lo que ya sabes hacer. Quizá no de un modo perfecto pero, como he dicho, eso solo se consigue con práctica. Todo se reduce a lo mismo y yo ya desvarío, como siempre.
Creo, empero, que lo peor de todo no es tanto estar estancado como el haberme quedado así después de dar el primer paso. Porque si no empiezas, te frustras, sí, pero si empiezas y no puedes seguir, directamente te jode la vida y más aún cuando lo que te detiene es precisamente la mano de quien te ayudó a subir ese primer escalón porque descubres (y nunca directamente) que no cree en ti, que te dio aquél primer impulso porque pensó que te cansarías y lo dejarías de lado… como todo.
Casualmente, como todos esos proyectos que me ayudaron a comenzar y que, después, se encargaron de que no pudiera continuar. Pero eso así no se ve. Es más fácil verlo como que soy yo quien deja todo a medias y no como lo que es, que me veo obligado a dejarlo así porque, para mi desgracia, no suele depender de mí.
Y es cuando repaso todo que me doy cuenta de que, en el fondo, tengo suerte de que la aguja que me crea afición escupa tinta. Muchos, en mi lugar, habrían buscado otras salidas menos artísticas.


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