Nunca pude ni podré olvidar aquella aparición. Aquella noche vi por vez primera lo indescriptible, lo que no habría sido capaz de imaginar que pudiera existir porque ni siquiera sabía a ciencia cierta que era a ella a quien había estado buscando y esperando. Sí, era consciente de algún modo que faltaba algo pero no era capaz de decir qué, quién ni cómo era. Hasta que la vi.
Fue una visión, se encarnó ante mí el concepto de la perfección liberadora que inconscientemente había perseguido toda mi vida. Todas mis vidas. Tanto tiempo que ni yo soy consciente ni lo logro recordar. Pero allí, entonces, ante ella, todo cobró sentido de un modo que aun no entiendo y sin embargo, pese a no poder manifestarlo con palabras, tan natural y sencillo que hasta un niño podría haberlo hecho encajar.
Ella era preciosa, en todos los aspectos que abarca esa palabra. Ni muy alta ni muy baja, la estatura perfecta para alguien como yo. Una larga cabellera de brillantes hilos escarlata que, en ocasiones, fulguraban como rubíes líquidos cuando los caprichos de la luz así lo querían. Su piel tenía un color único, lejos del blanco que siempre me había obligado a pensar que tanto me atraía y con un matiz que recordaba a la miel y, como pude comprobar, poseía una suavidad que nada ni nadie pudo ni podrá siquiera aspirar a emular. Tan suave, de hecho, que hasta las gotas de lluvia, al tocarla, permanecían intactas como diamantes brillando sobre terciopelo. De sus ojos recuerdo haberlos comparado injustamente con el cielo, con zafiros y con infinidad de tonos y conceptos que jamás hicieron justicia ni evocaron con certeza un color que sólo existe para brillar al mirarla. Ese color, ese azul tan claro y al tiempo tan profundo, sé y supe siempre que no habría de poder hallarlo de no ser en su mirar. Y sus labios… ¿qué decir? Poco o nada que en su día no dijese sobre cuán hermosos eran y el ansia que en mi causaban de morderlos, acariciarlos y de hacer cuanto pudiese para que dibujasen la más bella sonrisa que jamás haya contemplado y que daba paso a la melodía más hermosa que el ser humano haya oído nunca. Y es que su risa sonaba como perlitas cayendo por una escalera de mármol.
No le hacía falta ser tan bella y aun así, lo era. Y yo recuerdo cómo aquella noche cambió mi vida, cómo se adueñó de mi percepción del tiempo y de mi tiempo mismo, de mi esencia y de todo cuanto había sido y sería a partir de entonces. Se apropió de todas las vidas que había vivido buscándola y de todas las que deseaba vivir junto a ella.
Y comprendí que nunca había amado hasta que la conocí.

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